¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 31
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Capítulo 31

Gloria

No podía apartar la mirada de la de Sergio. Lo había intentado varias veces y no lo había conseguido.

Hasta que la risa de Clara y un chapoteo me hicieron bajar la vista al agua.

Después observé a mis amigos y sonreí. Mauro había conseguido que Clara se relajara e incluso jugara, que era lo que estaban haciendo en el agua. Se perseguían el uno al otro, lo que me daba a mí que terminaría muy, pero que muy bien.

Solté un suspiro, al darme cuenta de que Tania también estaba muy ocupada con Matías, hacia una de las esquinas más alejadas, e Ingrid y Julio conversaban sentados en la escalera de la piscina.

Sergio y yo éramos los únicos que nos manteníamos alejados y no supe por qué, pero de repente me dio un pequeño bajón de tristeza. Tal vez fue debido a que me sentí fuera de lugar.

Por ese motivo, o por el que fuera, me solté del poyete y nadé hacia la escalera.

—¿Sale ya? —me preguntó Julio, extrañado.

—Sí, pero vuelvo rápido —le contesté, para que se quedara donde estaba—. Voy a sacar la primera bandeja de carne, para dejarla en la mesa del porche. Pero lo principal es que necesito ir al baño, señor que quiere saberlo todo —le dije con diversión.

Julio rio e Ingrid sonrió.

—Muy bien, preciosa.

Subí los escalones y fui directa a la silla donde mi madre dejó toallas dobladas para todos. Cogí la de arriba, me sequé el cuerpo todo lo rápido que pude y me quité el exceso de agua del pelo.

Al terminar, me enrollé la toalla al pecho y fui hacia la casa.

Pasé por el porche y entré en el salón.

Cuando quise marcharme de la piscina por un rato, no tuve la intención de sacar una bandeja de carne al porche, ya que lo único que quería era tomar un poco de distancia de todo.

Pero fue lo primero que se me ocurrió decir a la pregunta de Julio, de manera que ahora no me quedaba más remedio que cumplir con lo que había dicho.

Cogí de la nevera la bandeja y la llevé a la mesa del porche. Después volví a entrar en la casa y me dirigí al baño, pero no al que había cerca del salón. Elegí el de mi habitación en la casa de mi abuela, para que fuera lo más privado posible.

Así me aseguraba que estaría tranquila e incluso podía estar en la habitación un rato, no encerrada en un baño.

Nada más llegar a la habitación y cerrar la puerta, fui al baño. Era una lástima que a mi abuela no le gustara tener pestillos en las puertas, porque me habría venido de maravilla tener uno en la de mi habitación.

No entendí ni lo que se me pasaba por la cabeza. Estaba fatal porque pensaba como si Sergio fuese a venir a buscarme y que en cualquier momento golpearía la puerta de mi habitación.

Solté un bufido, muy agobiada de repente. Lo que me sucedía se debía a la frustración que yo misma me creaba con cierto hombre, una y otra vez.

¿En qué momento se había metido tan dentro de mí? ¿Por qué me sentía así, cuando no habíamos tenido un acercamiento que me hiciera creer que yo le interesaba a Sergio?

Se me había ido mucho de las manos y todo era mi culpa. ¿La manera en la que creía que me miraba? Cosas de mi imaginación. ¿La forma en la que me trató el día del hospital y lo insistente que fue para esperarme en el mirador? Algo normal, de una persona con corazón.

¿Dónde había visto un posible algo más? Alucinaba conmigo misma. No me había pasado nunca, el ilusionarme con alguien por señales que solo estaban en mi cabeza, ya que era lo que quería que sucediera.

Al entrar en el baño me quité la toalla y la dejé colgada. Cogí otra seca y por unos instantes me observé en el espejo, haciendo una mueca. No fue por lo que vi. Fue por lo que sentía y la manera en la que me había complicado la vida a nivel sentimental.

En todas las relaciones que había tenido en mi vida, o más bien, en todos los intentos de relaciones, yo había sido la última en mostrar sentimientos y en tenerlos un poco más intensos. No estaba acostumbrada a sentirme tan vulnerable por el miedo y la incertidumbre.

El problema de que Sergio fuera el hermano de mi amiga estaba ahí, ya que estábamos condenados de por vida a vernos. Por suerte, no muy a menudo, pero aun así…

Solté un suspiro cansado porque, después de lo de Ernesto, lo que menos necesitaba era sufrir por algo que no tenía sentido.

Me repetí una y otra vez cómo narices había llegado a este punto. Llegué a la conclusión de que estas cosas sucedían sin que las vieras venir, cuando menos importancia les dabas a las cosas.

Con la toalla seca volví a la habitación y fui hasta la cama. Extendí la toalla y me tumbé bocarriba sobre ella.

El cuerpo lo tenía seco, pero el bikini estaba muy mojado. Noté cómo se humedecía la toalla debajo de mí, en las zonas del bikini y la cabeza, por el pelo.

Cerré los ojos y me permití dejar de ser la anfitriona. Me sentía muy segura con todas las personas que había invitado.

Para distraer la mente, pensé en decirle a Clara que quería coger día y hora para hacerme las uñas. No sabía si me atendería ella ahora que ya tenía la mano bien, o cualquiera de las otras chicas.

Comencé a visualizar cómo quería que me las hicieran. Lo único que tenía claro era que las quería cortas porque para mi trabajo necesitaba comodidad y que fuera práctico.

Pensando en ello y viendo modelos de uñas en mi mente, fui dejando de enterarme de todo porque me dormí sin darme cuenta.

Durante un rato que no supe cuánto duró, me sentí muy bien descansando cómodamente.

Sentí que me giraba, como si estuviera despertándome y comenzara a ser consciente de mi cuerpo.

Abrí los ojos despacio y la ventana apareció a unos metros de distancia. Sonreí un poco, al oír las risas y los chillidos de mis amigos. Me acordé perfectamente de que estábamos en la casa de mi abuela, hasta mañana domingo.

Mi sonrisa se hizo más grande cuando escuché a Tania decir varias veces el nombre de Matías, entre risas fuertes y nerviosas.

Él debía estar siguiéndola por el jardín y esperaba que la alcanzara con muchas ganas. Por lo que había visto desde que llegó Matías, todas las interacciones con Tania habían sido muy buenas. Al igual que sus miraditas.

Todo marchaba según los planes de mi amiga y yo no podía estar más feliz por eso.

Me haría muchísima ilusión también que Julio y Clara consiguieran lo mismo. Con Julio lo tenía más claro. Por el momento, el sábado estaba yendo genial y todos estaban contentos.

Eso ya lo era todo, y aparte, estaba lo demás que llegara para cada uno.

Me quedé en la cama unos minutos más, sin apartar la vista de la ventana. Disfruté de los sonidos que me llegaban a través de ella. Estaba abierta.

Estaba a punto de cerrar los ojos cuando noté por el rabillo que algo se movía a los pies de la cama.

Cuando miré tranquilamente para ver qué era, moviendo los ojos lentamente hacia abajo, dejé de respirar por la sorpresa que me llevé al encontrarme a Sergio apoyado en una de las columnas del dosel de la cama.

De repente sentí que el bikini no era ropa suficiente para este momento inesperado. O al revés, tal vez el bikini sobraba en mi cuerpo, por cómo me observaba en silencio Sergio.

—¿Qué… qué haces aquí? ¿Ha pasado algo? —le pregunté.

Conseguí hablar, pero mi voz sonó un poco ronca y débil debido a los nervios.

No me atreví a moverme. No pude. Mi cuerpo no reaccionaba a mis órdenes, pero en cambio se calentaba cada vez más por la presencia de Sergio.

Él tampoco llevaba mucha ropa, lo que era un gran problema. Se me iba la vista hacia donde no debía mirar, porque tenía mucha piel y músculos a la vista.

Había subido únicamente con el bañador mojado. Un mechón húmedo por el baño le caía hacia la frente. Tenía el pelo alborotado, como si se hubiera pasado las manos repetidas veces.

—Pensaba que a la que le había pasado algo era a ti —me contestó.

Su voz también sonó diferente.

—Tardabas mucho en volver —me aclaró, aunque no hubiera hecho falta—. Te he buscado y he terminado aquí porque quería asegurarme de que todo estaba bien.

—Ya ves que sí —susurré.

—Ya… veo demasiado.

Tragué saliva, obligando a mi cuerpo a mantenerse estirado en la cama. Cuando tuve el control sobre él, fui muy consciente de lo que estaba viendo Sergio y no quise ponérselo fácil.

—He llamado a la puerta antes de entrar. Era el último sitio que me faltaba por mirar. Me he recorrido toda la casa porque no sabía dónde podías estar. He golpeado la madera, pero no has respondido. Cuando he entrado, te he visto y he entendido por qué.

—No quería preocuparos. Solo… he necesitado descansar un rato.

—Los demás se lo están pasando tan bien y están tan entretenidos con sus cosas, que no se han dado cuenta del tiempo que hace que te has ido de la piscina.

—Lo imagino —susurré.

—¿Cómo estás? ¿No te encuentras bien?