Capítulo 30
Sergio
—¿Es interesante vuestra vida como policías? —nos preguntó Mauro a Matías y a mí.
Lo miré divertido, con una sonrisa.
Me llevé el botellín de cerveza a los labios. Julio nos había traído a todos hacía unos minutos.
Estábamos en el jardín, en una parte que daba la sombra y cerca de la barbacoa.
Habíamos dejado el carbón encendido, para que fuera poniéndose a punto para la primera ronda de carne. Aunque para eso aún quedaba un rato.
Observé con curiosidad a Mauro, mientras hablaba con Matías. Mi amigo estaba contestándole lo «interesante» que era nuestra profesión.
La reacción de mi hermana la había delatado y de Mauro no podía decir nada diferente, porque desde que nos abrió la puerta y fijó la mirada en Clara, dejó a la vista que había algo no dicho con ella.
En esos temas la experta era Ingrid, pero había sido tan evidente todo que yo no había tenido problema en diferenciar cómo estaba el tema.
Miré hacia las chicas, bebiendo otro trago de cerveza.
Estaban en el porche, hablando y riendo. Ingrid se veía una más del grupo. Había encajado de maravilla con Gloria y Tania. Mi hermana e Ingrid se querían mucho, de manera que Clara estaba descartada a la hora de hablar de nuevas conexiones.
Intenté mantener la seriedad para no delatarme, ya que me entraron ganas de reír cuando vi cómo mi hermana miraba disimuladamente hacia nosotros.
Por el momento Mauro me había caído bien y esperaba que continuara siendo así, para no sacarle fallos.
Ingrid y Julio no se cortaban. Sus miraditas eran constantes y algo que me gustaba de Julio era que, desde que Ingrid le dejó claro en el bar del mirador que le gustaba, él miraba mucho por ella y su embarazo. Eso lo hacía ganar puntos a la velocidad de la luz.
Solo esperaba que Ingrid supiera bien lo que estaba haciendo, porque si enamoraba a Julio y después todo quedaba en nada… Me refería a que yo no sentía que mi amiga estuviera por la labor de comprometerse con nadie para iniciar una relación sentimental ni de cualquier tipo.
Julio no se merecería que le hiciera daño de esa manera, aunque quién sabía, lo mismo era Ingrid la cazada sin darse cuenta.
El tema de las parejitas estaba muy caliente y activo, aunque la mayoría de esas parejas no se hubiera acercado con intenciones claras. Estaba seguro de que eso cambiaría este fin de semana. Teníamos muchas horas por delante, el resto del día, la noche y el inicio del día siguiente.
Incluso yo notaba los efectos de tanto tiempo.
Entre Mauro y mi hermana, Ingrid y Julio, y Matías y Tania, porque estos dos no se quedaban fuera de la tensión que desprendían…
Y los que quedábamos, Gloria y yo, de nosotros mejor no hablaba porque podía descontrolarme demasiado y venir arriba. Eso sería fatal porque entonces daría rienda suelta a lo que deseaba.
—¿Por qué vas a negarte el disfrutar, tío? —me preguntó Matías, cuando lo recogí en su casa, antes de ir a por Ingrid y mi hermana.
Esa pregunta continuaba dando vueltas en mi cabeza. ¿Por qué? ¿Qué mal hacía si provocaba que entre Gloria y yo sucediera algo? No tenía nada de malo y mi cuerpo lo estaba deseando, pero, al mismo tiempo, sí que tenía una cosa mala.
No quería pensar en eso en este momento ni en las siguientes horas. Como tampoco en la necesidad que sentía. Esta cada vez se hacía más fuerte, lo que me dificultaba centrarme en otras cosas.
—De mi vida os he hecho un buen resumen —dijo riendo Mauro.
Matías debía haberle preguntado después de contestarle a Mauro sus dudas.
—Aunque el trabajo en el hospital no es el definitivo —continuó hablando.
Captó mi atención.
—¿A qué te refieres? —le preguntó Julio.
—Llevo un tiempo pensando bien cómo voy a hacerlo, el mismo que llevo ahorrando.
—¿Para qué? ¿Qué tienes en mente? —se interesó Matías.
Sabía que estaba haciendo hablar a Mauro por mí, para que me enterara de las máximas cosas de él. Lo dejé hacer porque la conversación servía para conocernos todos, no solo a Mauro.
—Quiero abrir mi propio negocio. Un restaurante. Tengo mirado el local. Hace meses que está en alquiler y sería el perfecto, para lo que tengo pensado —habló con ilusión—. Espero llegar a tiempo.
—Será por locales… —comentó Julio—. Si no es uno, será otro. Me alegro, tío. Pinta muy bien, aunque también te oprimirá durante los primeros años.
—Lo sé. Estoy preparado para todo.
—Pues entonces no hay más que hablar —comenté—. Hazlo, sin miedo. Vive y dales forma a tus sueños.
—Joder, tío, cuando te pones profundo…
Después del comentario de Sergio, soltamos una carcajada.
—Eh, ¿chicos? —gritó Ingrid.
Cuando la miramos, volvió a hablar.
—¿Cómo va esa barbacoa? Estamos hablando de darnos un baño y después, mientras nos secamos, hacer un picoteo y comenzar con la barbacoa.
—A mí me parece perfecto —alzó la voz Mauro—. Vamos muy bien de tiempo.
Ladeé un poco la cabeza, al ver la pequeña sonrisa que quiso ocultar mi hermana.
—Genial —dijo Tania—. Pues vamos al agua. ¡El que no lleve su botellín de cerveza no puede entrar en la piscina! —dijo riendo.
Vimos cómo las cuatro se quitaban la ropa, sonriendo y riendo.
Yo solo pude fijarme bien en una mujer, la que vestía un vestido vaquero tipo pichi que dejaba ver en la parte de arriba cómo era su bikini y el color.
No estaba preparado para la imagen que ofreció Gloria al quitarse el vestido despacio y después al verla únicamente con el bikini.
Los puñeteros trozos de tela, muy pequeños, estaban diseñados para provocar infartos. Ninguno de los chicos miró más de unos segundos a Gloria, ya que estaban muy entretenidos con sus propios intereses que acabaron con la misma poca ropa que Gloria.
Las chicas se alejaron del porche y fueron hacia la piscina. Los cuatro las seguimos con la vista, como cuando entraron en la piscina por los escalones de obra. La piscina tenía una entrada muy cómoda y segura.
—¿Todas saben nadar? —preguntó Julio.
—Sergio y yo solo podemos responder por Clara y por Ingrid. Ellas sí —le contestó Matías—. ¿Lo preguntas por algo en especial?
—Es solo que una vez tuve una mala experiencia con alguien y no lo pasé nada bien.
—Quédate tranquilo —le pedí—. Mira, Tania y Gloria también saben moverse en el agua perfectamente.
Así era y lo demostraron mientras se movían con facilidad de un lado al otro de la piscina. Ingrid, después de darse un chapuzón, se sentó en uno de los escalones. El agua le llegaba por la barriga.
Sin ropa se le veía una curva pequeña muy bonita.
Clara se lanzó detrás de sus amigas y se movió con ellas.
—Vamos a refrescarnos —dijo Matías.
Dejó su botellín en la hierba, antes de quitarse de un tirón la camiseta. La lanzó cerca del botellín y salió corriendo hacia la piscina. Ingrid soltó una carcajada por el sobresalto que les dio a las otras tres, ya que se lanzó en bomba muy cerca de ellas. Controló la distancia.
Julio y Mauro lo siguieron, pero fueron mucho más tranquilos. Ambos se lanzaron al agua sin correr y de manera más suave.
Me quité la camiseta y la dejé en un arbusto que hizo de percha. Me había traído ropa de repuesto suficiente, al igual que todo lo necesario para pasar la noche aquí. Lo tenía en la mochila que dejamos en la primera habitación, al poco de llegar.
Solté el botellín cerca de la barbacoa y caminé hacia la piscina, notando cierta mirada que me agradó.
Para distraerme y que mi cuerpo no me jugara una mala pasada, antes de poder refrescarme en el agua, pensé en que la abuela de Gloria tenía una casa preciosa.
Aparte, era muy grande. La vivienda era muy espaciosa, con muchas estancias, y el jardín tenía un tamaño perfecto. La gran piscina no lo hacía parecer más pequeño, porque no lo era.
Yo fui el más tranquilo de los cuatro, ya que entré en la piscina bajando los escalones. No me apeteció lanzarme de golpe.
—Hola, guapetón —me dijo Ingrid, cuando pasé por su lado.
—Hola, preciosa —sonreí de medio lado—. Voy a alejarme rápido de ti. Noto la mirada de alguien que está a punto de hacerme desaparecer debajo del agua.
Me referí a Julio y mi amiga rio con ganas.
—Lástima que no lleves la pistola encima —me dijo con diversión.
—Joder —se quejó Matías—. Me acerco a vosotros y lo primero que escucho es lo de la pistola.
Ingrid y él rieron.
—Has cometido un gran fallo, preciosa —continuó hablando Matías—. Parece que se te ha olvidado que nosotros siempre llevábamos las pistolas encima y muy bien cargadas.
Ingrid le lanzó con fuerza agua y Matías huyó riendo.
Yo terminé de bajar la escalera y apoyé la espalda en la pared de la zona en la que cubría menos. El agua me llegó por debajo de la cinturilla del bañador. Suficiente por el momento.
—¡Oye! ¿Y vuestras bebidas? —nos preguntó Tania.
—Hay tiempo para todo, preciosa —le dijo Matías.
—Me gustaría que me dijeras para qué.
—¿Quieres que te detalle todo lo que podemos hacer? —le preguntó Matías, con picardía.
—¿Quieres que te lo diga yo? Es que, si no, no es lo mismo, y me llevaré una gran decepción contigo. Es demasiado pronto para eso —suspiró ella.
—¿Decepción?
Matías llegó hasta ella nadando y se paró enfrente.
—Ven a esa esquina. Vamos a organizar el día y me explicas bien eso de la decepción.
—Y la noche —añadió ella.
—Por supuesto. Solo quería ir despacio.
—No tienes por qué. No voy a salir corriendo asustada.
Se mordió el labio inferior.
A Matías se le fueron los ojos hacia lo que se hacía y se acercó un poco más. Le dijo algo que nadie más escuchó, pero que tuvo que ser importante y determinante, porque Tania se ruborizó.
Mi amigo nadó hacia la esquina más alejada de la piscina y Tania no dudó en seguirlo. Esta vez fue ella la que se quedó muy cerca de él, pero mi amigo invirtió las posiciones.
La agarró de un brazo y deslizó su cuerpo por el agua, hasta que dejó a Tania entre la pared de la piscina y su cuerpo.
Cuando desvié la mirada, satisfecho porque estaba sucediendo todo lo que Matías había esperado que ocurriera, me encontré con los ojos de Gloria.
Ella estaba apoyada en el poyete de uno de los laterales de la piscina y me sorprendió que, por una vez, fuera tan directa. Continuó observándome sin cortarse.