Capítulo 29
—Me gusta mucho la casa de tu abuela —me dijo Julio.
—Gracias. Si ella estuviera aquí, te la habrías ganado para siempre.
Reímos.
—Me acordaré y cuando la conozca se lo diré. —Me hizo un guiño.
Sonreí de oreja a oreja.
Mauro y Tania aparecieron en el porche riendo y con botellines de cervezas para todos.
Por el momento, Julio y Mauro eran los únicos que habían llegado. Clara venía en el coche de su hermano, con Ingrid y Matías.
—¿Le escribo en el grupo? —me preguntó Tania, impaciente.
Se sentó a mi lado.
—Como quieras —le contesté.
Me llevé el botellín a los labios y le di el primer sorbo. Era la segunda cerveza y con el estómago casi vacío. Bebía despacio para no arruinar el fin de semana antes de tiempo.
Para que la cerveza no me sentara mal, había ido varias veces a la nevera a comer lo primero que cogí. No había preparado picoteo para nosotros cuatro porque los chicos me habían dicho que no hacía falta, que podían esperar a los demás.
Yo no. Por eso comía de vez en cuando. No quería abrirles la puerta a los policías cantando y bailando, o gritando muerta de la risa. Todo podía ser.
Tania también había comido algo. Por ahora ambas nos manteníamos bien y estábamos tomándonos con calma la bebida.
Era la una de la tarde. Los que faltaban debían estar a punto de llegar.
—Si queréis, puedo ir encendiendo la barbacoa para que el carbón esté listo para dentro de un rato —comentó Mauro.
—No sé —dije pensativa—. Había pensado en darnos un baño cuando estuviéramos todos y después, mientras vosotros preparáis la barbacoa, nosotras preparar el picoteo. Pero van a llegar casi para comer.
—Tú mandas, preciosa —me dijo Mauro, con un guiño—. Y no te preocupes por la hora. No creo que a ninguno nos importe. Hoy es para disfrutar sin estar pendiente de nada. Si tenemos hambre, comemos. Si nos entra sueño, la hierba está fresquita donde da la sombra, pues nos tumbamos. Así irá la cosa.
—Suena bien —sonreí—. Yo también puedo ponerme con la barbacoa. Mi padre me enseñó hace años.
—Yo no he tocado una en mi vida, a mí me va más lo que sale de ella —habló Julio.
Soltamos una carcajada.
—Lo tengo todo controlado, o lo tendré —dijo Mauro.
Estaba deseando que llegaran ya porque estaba nerviosa por ver el momento en el que Clara viera a Mauro y entendiera lo que significaba que estuviera en la casa de mi abuela.
En cierta manera, sentía que le estaba devolviendo lo que nos hizo a Tania, a Julio y a mí con lo de su hermano y Matías. Cuando se guardó para ella quiénes eran, una vez que descubrió la identidad de los policías que Tania y yo le detallamos a la perfección.
Pero no era esa mi intención. No quería devolverle nada, pero sí ayudarla con un pequeño empujón con Mauro.
No tenía ni idea de cómo saldría este encuentro, pero ¿qué era lo peor que podía suceder entre ellos?
Que se hicieran amigos y se lo pasaran genial, porque Mauro era un tío estupendo y, si Clara no quería nada con él, Mauro se lo pondría muy fácil.
El botellín casi se me resbaló de la mano cuando el timbre sonó. Tania y yo nos levantamos de un salto, provocando que Julio y Mauro rieran.
Esos dos se habían caído genial, pero era lo normal por el carácter de ambos. Tania los había puesto al corriente de sus planes y de cómo quería que terminara el fin de semana para todos.
Yo me limité a escucharla y a observar a Julio cuando mi amigo buscaba mi mirada, entre divertido y muy entretenido.
—Bueno, ¿alguna de las dos va a abrir la puerta o voy yo? —nos preguntó Mauro, riendo.
Tania y yo nos habíamos levantado muy rápido, pero no nos movimos más.
—Joder. Estoy nerviosa —dijo mi amiga, riendo.
—Ve tú —le pedí a Mauro—. Clara va a flipar.
—Es capaz de pensar que se ha equivocado de casa —comentó Julio, con diversión.
—Hostia, esa sería buena —rio Tania—. ¿Os imagináis que se lleva a los demás? Ah, no, eso sí que no. No puedo quedarme sin Matías. Ve a abrir —le pidió también a Mauro.
—Por favor y gracias —dijo él.
Pasó por nuestro lado riendo y Julio fue detrás de él. Tania y yo los seguimos de cerca porque queríamos ver la primera reacción de Clara cuando Mauro le abriera la puerta de la casa de mi abuela.
Sucedió como imaginé. Clara estaba la primera, por lo que solo la vimos a ella cuando Mauro abrió. Pero ella ni nos vio, ya que, al encontrarse con Mauro, agrandó los ojos al máximo y se quedó sin respiración por la impresión.
—¿Qué…?
—Hola, preciosa —la saludó Mauro—. Bienvenida.
—¿Mauro? —preguntó Clara, sin creerse lo que estaba viendo.
—¿Quién es Mauro? —preguntó Sergio.
Se puso al lado de su hermana, observando a Mauro. Este último se lo estaba pasando en grande con la situación y las reacciones.
—Esa no es la pregunta correcta —dijo Matías—. El tema es, ¿por qué Mauro está mirando a tu hermana como si quisiera comérsela? —le preguntó a Sergio, con diversión para picarlo.
—¿Eres tonto? —se dirigió a él Sergio.
—No ofendas a mi inteligencia, hombre —se quejó Matías.
Soltó una carcajada y Sergio negó con la cabeza.
—Matías es un amigo y está invitado a este fin de semana —dije, captando la atención de todos—. Os va a caer genial. Es una persona increíble.
—Gracias, preciosa.
—Eso es para que continúes invitándome en el bar del hospital. —Le hice un guiño.
Mauro soltó una carcajada.
—Aclaradas todas las dudas… —habló Julio—. Disculpadme, pero en la calle hace mucho calor a estas horas y aquí hay una señorita que necesita más que nadie resguardarse y tomar algo fresco.
Mientras hablaba se dirigió a la puerta y, esquivando a Clara, que todavía no se había recompuesto de la sorpresa, le ofreció una mano a Ingrid y esta se la agarró encantada y con una sonrisa de medio lado.
Entraron en la casa los primeros y después lo hicieron todos los demás. Clara, empujada por Matías, mientras este reía. Fue el encargado de cerrar la puerta.
Sergio observó a su hermana y a Mauro con una ceja arqueada, pasando la mirada de uno a otro.
—Me presento —dijo Mauro, dando un paso al frente.
Se ganó la atención de todos.
—Mi nombre es Mauro. Trabajo en el bar del hospital, por eso conozco y me considero amigo, aunque sea un poco, de Gloria y Tania. Soy camarero allí y en ese lugar también conocí a Clara. Desde que sufrió el accidente en la mano ha ido más a menudo al hospital.
Fui directo y claro, de frente, con lo que se ganó al instante la aceptación de todos.
—Sergio —se presentó, ofreciéndole una mano.
Sonreí porque la seriedad de Sergio había desaparecido. Me pilló por sorpresa la paz que sentí al saber que no estaba molesto.
Era evidente cómo se miraban Clara y Mauro, y eso que acababan de verse. Pero eso no fue lo que preocupó a Sergio. Lo que sí lo hizo fue no conocer al hombre por el que su hermana se había quedado paralizada, lo que para Sergio debía significar mucho.
Nadie mejor que él para conocer a fondo a Clara, por lo que Sergio había captado lo que había.
A Clara lo que le pasaba era que, desde que le dije que Mauro estaba interesado en ella, no podía evitar ponerse nerviosa cuando él estaba cerca o cuando nos escuchaba a Tania y a mí hablar de él. Lo que últimamente habíamos hecho a propósito, para ponerla a prueba.
No había superado ninguna de las pruebas, por lo que sabíamos que el interés de Mauro por Clara también era compartido por Clara hacia él.
Después de la presentación de Sergio llegaron las de Matías e Ingrid. Por último, saludamos los demás a los recién llegados.
—Hola, Gloria —me dijo cuando fue mi turno.
—Hola, Sergio —le correspondí—. Me alegro de que os hayáis animado a venir el fin de semana.
—Imagino que cuando se lo dijiste a mi hermana no esperabas que aceptáramos la invitación. Al menos yo.
—Sinceramente, no. Me sorprendisteis, sobre todo tú.
—Me alegro —sonrió de medio lado.
Me puse de puntillas para darle un beso en la mejilla, como había hecho con los demás. Necesitaba que fuera rápido para alejarme cuanto antes de él, ya que olía de maravilla y estaba demasiado guapo.
Pero con este hombre nada me salía como esperaba. Antes de que acercara los labios a su mejilla, él me rodeó la cintura con un brazo y unió sus labios a mi cara, pegando mucho mi cuerpo al suyo.
Contuve la respiración, al mismo tiempo que me estremecía y me encogía un poco, por las sensaciones que me recorrieron.
Alargó el contacto, manteniéndome cerca, hasta que se apartó despacio y nuestros ojos se encontraron, mientras se ponía recto delante de mí.
Me entraron ganas de rodearme la cintura con los brazos cruzados en la barriga, cuando dejé de sentir su brazo a mi alrededor.
Agradecí que Julio y Mauro le hablaran de la barbacoa, ya que estaban comentando con Matías, yo qué sé, de ella. Mauro y Julio se llevaron a Sergio y a Matías hacia el porche, para enseñarles el jardín y la barbacoa.
Dentro de la casa nos quedamos las chicas. Y yo terminé ruborizándome, cuando me di cuenta de que las tres me observaban con una media sonrisa.
¿Tanto se me había notado? Por lo visto, sí, aunque esperaba que el único que no se hubiera dado cuenta fuera Sergio. Por mi salud mental durante el fin de semana.