Capítulo 28
—Gracias, mamá.
La abracé.
—No hay de qué, cariño.
Me dio un beso en la mejilla.
Por más que le insistí en que no hacía falta que me ayudara en la casa de la abuela, su madre, no la convencí.
Aquí estábamos y no solo nosotras porque mi padre estaba en el jardín, por la zona de la barbacoa.
Faltaba Tania, que minutos antes nos acompañaba. Mi amiga había salido para ir a la panadería a comprar pan para todo el fin de semana. La intención era dejar fuera para hoy y el resto congelarlo para el día siguiente.
Podía aguantar sin congelar, pero de esta manera nos asegurábamos de que el pan estuviera como recién comprado.
Entre mis padres, Tania y yo habíamos limpiado sobre limpio la casa y habíamos preparado las camas, con sábanas recién sacadas de los armarios. También los colchones extras. Estos estaban tirados en el suelo, repartidos.
La bebida llevaba en la nevera desde el día anterior, como la comida que necesitaba frío. El resto de las cosas que compramos en el supermercado las repartimos por varios armarios.
—Creo que tenemos de todo —dije, pensativa.
—Si necesitáis o surge algún problema, no te lo pienses y llámanos —me pidió.
—Tranquila —le dijo mi padre.
Entró al salón por la corredera del porche que daba al jardín.
—Aquí habrá tres policías, así que dudo mucho que con ellos vayan a necesitar nuestra ayuda —le sonrió a mi madre.
Les hablé a mis padres del hermano de Clara y de sus amigos y compañeros policías. Ya conocían, aunque a algunos fuera de oída, a las ocho personas que ocuparíamos la casa de mi abuela durante hoy y mañana. Todavía no sabía hasta qué hora.
—Tienes razón —le devolvió la sonrisa mi madre—. Pero nunca sabe.
—Nos vamos ya, cariño —me dijo mi padre—. He dejado la barbacoa preparada. Ya sabes cuál es el siguiente paso.
—Gracias, papá.
Lo abracé.
—No hay de qué, hija. Disfrutad mucho. Queremos verte feliz.
—Lo sé —suspiré—. Estoy bien.
Me agarró de la cara con las manos y me dio un beso en la frente.
—Despídenos de Tania —me pidió mi madre.
—Claro —sonreí.
Nos abrazamos y nos dimos un beso en la mejilla, antes de acompañarlos hasta la puerta.
Una vez me quedé sola, hasta que volviera Tania, para lo que no faltaba mucho, no tuve nada más que hacer que salir al porche por la corredera del salón.
La carne para la barbacoa estaba en bandejas en la nevera. Habíamos preparado dos ensaladas a las que únicamente les faltaba el aliño, y el picoteo que sacaríamos, mientras preparaban la barbacoa, estaba sobre la encimera de la isla de la cocina. Todos los botes y las bolsas junto a los cuencos.
Me senté en el sofá en el que me gustaba sentarme con mi abuela y subí las piernas al asiento.
Hacía un día perfecto, precioso. No había ni una nube en el cielo y la temperatura calurosa invitaba a meterse en la piscina.
Tenía una vista perfecta de esta, del agua en calma que brillaba por los rayos del sol.
Debajo del vestido pichi vaquero corto llevaba puesto el bikini. La parte de arriba se veía, ya que no llevaba camiseta.
¿Para qué? Además, era un bikini y, en cuanto estuvieran todos aquí, nos quedaríamos en trajes de baño. Un baño en la piscina antes de que los chicos se pusieran con la barbacoa y nosotras a preparar todo lo demás, estaría genial para refrescarnos y comenzar el fin de semana.
Oí la cerradura de la puerta principal de la casa de mi abuela y no me molesté en girarme, ya que era Tania, que había vuelto de la panadería.
—Hola —me saludó y sonreí.
—Hola.
Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y me quedé con la cabeza inclinada hacia arriba, mirando el cielo.
—¿Algo interesante por ahí arriba? —me preguntó Tania.
Reí.
—No. Todo como siempre.
—Si es que la espinita de lo de astronauta te acompañará siempre. No puedes evitar querer surcar los cielos.
Reímos.
—Para surcar el cielo montaría en avión.
La miré de reojo.
—Mi sueño era ir al espacio, que es muy diferente.
—Para mí es lo mismo.
Se encogió los hombros y terminamos riéndonos otra vez.
Tania ya se había recuperado del todo del día tan malo que tuvo el miércoles. Me lo había contado, pero no entraré en detalles porque no era momento de ponerse triste.
A pesar de nuestro poder de recuperación, era inevitable que partes de nosotras se fracturaran cada vez que nos pasaba algo malo. No podíamos ser las mismas de antes, pero sí intentábamos con todas nuestras fuerzas que no se notara.
La impotencia de no poder evitar una desgracia pesaba demasiado y el dolor por el sufrimiento era una carga que pasaba mucha factura.
Por suerte, estábamos en nuestra profesión por vocación, por lo que no nos frenaba nada ni nadie.
—Mis padres me han dicho que me despida por ellos —le dije.
Giré la cabeza hacia ella. Tania sonrió y asintió.
—¿Estás nerviosa? —le pregunté.
—Joder, bastante —rio—. Estoy deseando volver a ver a Matías y encima estaremos mucho tiempo aquí —suspiró.
—¿No te da miedo que no te corresponda?
—No. A ver, un poco sí —rectificó por cómo la miré—. A todo el mundo le echa para atrás el miedo y la vergüenza de ser rechazado, pero yo sé lo que quiero y lo que me interesa, y no voy a quedarme con las ganas.
Se encogió de hombros.
—Si cuando me insinúe a Matías, porque lo pienso hacer, él pasa de mí o me dice claramente que no le intereso como mujer, pues lo habré intentado y a la mierda todo lo demás. Sería una gran pena porque es un quesito que quería comerme, pero…
—¿Un quesito?
Solté una carcajada.
—Sí. ¿Qué pasa?
Rio también.
—Ya te vale.
—Qué poco humor, amiga.
—Claro. Será eso —dije con humor.
—¿Y tú?
—Yo, ¿qué?
—¿Piensas lanzarte a Sergio?
—No.
—¿Por qué? Joder, con el partidazo que es. Pero ¿tú lo has visto bien? —me preguntó con sorpresa.
—Te repito, como otras veces, que sí. Tengo dos ojos bien puestos y, por suerte, veo estupendamente por ahora.
—Pues no entiendo a qué vienen tus negativas. Gloria, a Sergio, de una manera u otra, le importas. Solo tienes que averiguar qué manera es. Si lo hubieras visto cuando le dije en el hospital que nos fuéramos, después de recibir tu mensaje en el que me pedías eso porque querías estar sola…
—Se preocupó como cualquier otra persona.
—No te lo crees ni tú. Fui yo la que estuvo a su lado durante el trayecto al mirador, y fue a mí a la que le dijo varias veces que no se iba a ir de la terraza del bar.
Poco le importó que le dijera que ibas a tardar.
Se quedó allí de igual manera porque quería volver a verte y asegurarse de que estabas bien.
No hace falta que él me lo diga, ni nadie. Sé que fue de esa manera.
—Ahora somos las mejores amigas de su hermana, es normal que se preocupe por nosotras. Antes éramos desconocidas, porque lo de la noche movidita de la borrachera no cuenta para conocerse.
—Joder, qué noche. No la vamos a olvidar en la vida.
—Ya te digo yo que no. Y no sabes lo que agradezco que tenga algunas lagunas. A saber, lo que hicimos en ciertos momentos o cómo nos comportamos.
Nos miramos serias, pero enseguida soltamos una carcajada.
—Yo tampoco olvidaré esa noche porque conocí al amor de mi vida. A mi futuro marido y padre de mis hijos.
—Madre mía. ¿Qué te pasa últimamente? Damián también se te metió en la cabeza.
—No puedes compararlo —se quejó, bufando—. Lo de Damián fue una locura transitoria que me dio. Pero con Matías… —suspiró—. Sé que no me equivoco, Gloria. Puedo enamorarme mucho de él.
Por la forma en la que me miró, supe que estaba hablando muy en serio, por lo que no hice ninguna broma.
—Cuando estoy cerca de Matías, noto cosas raras. Siento que es algo importante que quiere despertar, pero que está a la espera. Y este fin de semana será la prueba definitiva. Solo quiero dejarme llevar, pasármelo bien, y si surge algo, pues será bien recibido.
—No quiero que sufras. Y ojo, con esto no estoy diciendo que Matías no se fije en ti o que no se haya fijado ya. Eres una mujer preciosa, simpática y con un carácter alegre increíble.
—Te he entendido, cariño —me dijo con un guiño—. Además, tú nunca me harías daño de ninguna manera.
—Pues claro.
Me encogí de hombros.
—Sufrir es parte de la vida, pero haré todo lo posible porque no duela de ninguna manera.
—Con eso me basta. Ya puedes volverte loca divirtiéndote, que aquí no hay peligro de terminar detenidas.
—¿Cómo que no? Tenemos a los policías en casa.
Reímos.
—Y siendo sincera, me encantaría que Matías me esposara.
Elevó las cejas, mirándome con picardía.
El timbre impidió que le respondiera. Ambas nos levantamos casi de un salto, nos miramos nerviosas, y fuimos corriendo hasta la puerta.
—Ah, eres tú —le dijo Tania a Julio, en cuanto abrió la puerta.
Apreté los labios, para no reírme.
—Joder. Menudo recibimiento —comentó él.
—Perdona —rio Tania—. Entra, que vas a chafarme el recibimiento que tengo pensado hacerle.
—¿A quién? ¿Qué dices? —le preguntó Julio.
—Tranquilo. Vas a saberlo rápido, dale unos minutos a Tania y habrá terminado de explicártelo todo —le dije—. Bienvenido.
Sonriendo, me acerqué a él y nos dimos un abrazo.
—Gracias, preciosa. —Me hizo un guiño.
—Ven —le pidió Tania, agarrándolo de una mano.
Tiró de él, llevándolo al porche.
—Yo creo que nos da tiempo a ponerte al día, antes de que vayan llegando los demás.
Julio me miró divertido y entonces sí que me reí.
Le quité la mochila que llevaba colgada al hombro y le dije que la llevaba a la primera habitación. En ella las dejarían todos, hasta que eligieran dónde iban a descansar. No solo para pasar la noche, porque lo mismo a alguno le apetecía echarse una siesta.