¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 27
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Capítulo 27

—¿Todo bien? —le pregunté a mi abuela.

La había llamado por teléfono.

—Estupendamente, cariño —me contestó—. Aquí se está genial y el olor a mar lo envuelve todo.

—Jo. Qué bien. No me digas más que me presento ahí —reí.

—A ver si es verdad. Verás… En la casa se está de maravilla, es muy fresca. Y ahora vamos a ir al paseo a comer en uno de los restaurantes que dan al mar. Nos sentaremos en la terraza, sin pasar calor, y disfrutaremos de nuestra primera mariscada.

—¡Para! ¡No tienes corazón! —exclamé.

Soltamos una carcajada.

—Me encantaría que vinieras unos días. A Marga le haría muchísima ilusión y a Mabel también.

—Lo sé, abuela. Pero esta vez ya no me da tiempo. El único fin de semana libre que tengo es este. La semana que viene sabes que la trabajo entera, y después ya vuelves.

—Entonces, ¿cuándo esté aquí más tiempo? ¿Para la próxima vez? Díselo a las chicas y a Julio también. Venid todos, hay sitio de sobra.

—Yo creo que les encantará la idea —sonreí—. Para el mes que estéis allí lo organizamos, ¿vale?

—¡Genial, cariño! Me has puesto muy contenta.

—Pues más te voy a poner porque ya está todo en marcha para ocupar tu casa este fin de semana —reí.

—Oh, cómo me alegro.

—Todos a los que he invitado me han confirmado que vendrán. Seremos ocho en total. Esta tarde o mañana iré con Clara a comprar al supermercado. Estoy esperando que me diga cuándo le viene mejor.

—¿Y Tania?

—Hoy no sé si podrá o tendrá ganas —contesté pensativa.

—¿Qué pasa?

—No te preocupes, algo del trabajo.

—Ay… —suspiró.

—Todo irá bien, como siempre. Te dejo, abuela. Te he llamado nada más llegar al piso y quiero quitarme la ropa, darme una ducha para no comer muy tarde.

—Vale, cariño. ¿Qué vas a comer?

—Una ensalada de patatas. La dejé anoche preparada, así que tiene que estar buenísima.

—Pues sí. No te retrases más, haz tus cosas. Te quiero.

—Yo también te quiero. Disfrutad mucho y dales recuerdos a Marga y a Mabel.

—De tu parte, cariño.

Colgamos la llamada, revisé que Tania no me había contestado al mensaje que le envié al terminar mi turno, y como todavía no tenía respuesta de ella, dejé el teléfono en la cama y fui al baño.

Me quité la ropa dentro, la metí en el cesto para lavarla, y me metí en la bañera para darme una ducha rápida. Me lavé el pelo, pero no me retrasé.

Cuando salí, con el cuerpo seco y sin el exceso de agua en el pelo, me lo dejé suelto para que se secara al aire y me refrescara mientras tanto.

En la habitación fui hasta la cómoda, de donde cogí una braga y una camiseta muy ancha con el cuello muy abierto. Al ponérmela, me caía por un hombro.

Me coloqué ambas cosas y, con el móvil en una mano, salí de la habitación para ir a la cocina.

Dejé el teléfono sobre la encimera y fui a la nevera.

En el mensaje que le envié a Tania le pregunté cómo estaba y cómo lo llevaba. No esperé que me respondiera para irme del hospital e hice bien porque aún no había podido responderme.

La semana corta de trabajo por fin había terminado, de manera que comencé a pensar en la lista que habíamos hecho Clara y yo, y en cómo me gustaría que fuera el fin de semana.

Todavía no me creía que fuera a pasar un fin de semana con Sergio. Me parecía una locura total. No estaríamos solos, lógicamente, pero para mí con tenerlo cerca y en la casa de mi abuela, ya era lo suficientemente importante.

Eso me tenía alterada y, conforme se acercaba el día, era mucho peor.

Estaba apartándome ensalada en un plato cuando sonó el timbre.

Me limpié las manos con el trapo de cocina y lo lancé en la encimera, antes de salir de la cocina para ir a la puerta.

Antes de abrir, miré por la mirilla, ya que la camiseta me tapaba lo justo del trasero.

—Tania… —susurré.

Giré la llave en la cerradura y abrí de un tirón.

—Cariño —le sonreí de esa manera.

Mi amiga no dijo nada. Lo único que hizo fue acercarse a mí para abrazarme.

La apreté con fuerza y me moví para cerrar la puerta.

—¿Tan mal ha ido? —le pregunté susurrando.

Asintió en mi hombro y solté un suspiro.

Le acaricié la espalda con una mano, mientras que el otro brazo lo mantuve rodeándola.

No supe cuánto tiempo estuvimos abrazadas en mi salón, bastante, pero cuando nos separamos Tania estaba mejor.

—Hola —me dijo y le sonreí.

—Hola. ¿Has olido la comida? Tú sabes mucho —le dije en broma.

—No huele a comida.

Elevó las cejas.

—Porque vamos a comer ensalada de patata y la hice anoche. Ya verás qué buena está, porque te quedas a comer, ¿no?

—Sí. No venía para eso porque ya es tarde y si te habías hecho la comida… pero como ensalada tienes de sobra.

—Y, aunque fuera otra cosa, la haría para ti. Anda que…

Me dirigí a la cocina y mi amiga me siguió en silencio, después de dejar el bolso colgado de una silla del salón.

—¿Has salido ahora? —le pregunté.

Me lavé las manos y continué con lo que había dejado a medias. Tania también se lavó las manos y sacó un plato más.

Cuando terminé de llenar el que saqué para mí, cogí el que me dio para hacer lo mismo. Mientras tanto, Tania puso la mesa en el salón y llevó todo lo que íbamos a necesitar.

Estuvimos pronto sentadas a la mesa, con los platos llenos delante.

—Tiene muy buena pinta —dijo.

—Gracias.

Ambas nos llenamos la boca a la vez y a mí me sentó de lujo lo fresquita que estaba la ensalada. Aparte de que, como ya sabía, tenía un sabor buenísimo al haber estado reposando tantas horas.

—No venía con hambre, pero me acaba de entrar —dijo con diversión Tania.

La miré sonriendo, tranquila porque su recuperación de ánimos iba subiendo a un ritmo muy rápido.

Evité tocar el tema del trabajo, para que no retrocediera. Ella sería la que eligiera el momento para hablar del tema, cuando quisiera y se sintiera capaz de ello.

—Clara ya no tiene puntos en la mano —le conté.

—Ay, es verdad. Era hoy.

—Sí —sonreí—. Ha ido muy bien y después hemos desayunado en el bar. ¿Sabes que a Mauro le gusta Clara?

—¿Qué me dices?

—Lo que oyes —le confirmé riendo—. ¿Y a que no sabes qué es lo mejor?

—¿El qué?

—Que cuando se ha ido Clara he vuelto al bar y he invitado a Mauro al fin de semana en la casa de mi abuela.

Tania agrandó los ojos y se tapó la boca.

—Qué fuerte.

Reímos.

—Me cae genial Mauro —dijo sonriendo.

—Y a mí. —Asentí.

—¿Qué te ha dicho?

—Después de contarle el plan tranquilo que tenemos pensado, ha aceptado encantado.

—Madre mía. Ya verás Clara —dijo entre risas.

Sonreí feliz de verla así.

—A ver cómo sale el plan. —Le hice un guiño.

—Lo único que tengo claro es que yo saltaré sobre Matías en cualquier momento. En cuanto pueda —me contó con picardía—. Lo tengo todo pensado.

—Joder. El fin de semana puede dar muchísimo de sí, porque como a Ingrid y a Julio les dé por acercarse…

—¿Te imaginas? Todos desaparecidos por los rincones de la casa de tu abuela. Lo que puede salir de ahí. ¡Y no te olvides de ti y de Sergio! —exclamó cantarina—. Que a mí no me engañas con tu pasotismo hacia él.

—Yo no tengo pasotismo hacia él. —Arqueé una ceja.

—Clarooo… Te conoceré yo.

—Estoy esperando a que Clara me diga si vamos a comprar al supermercado esta tarde o mañana —le dije, cambiando la dirección de la conversación—. Mientras desayunábamos en el bar del hospital hemos hecho una lista. Cuando terminemos te la enseño.

—Contad conmigo.

—Perfecto.

—Vamos a tener un buen fin de semana.

—Claro que sí, cariño —le sonreí.

Asintió.

Continuamos comiendo y hablando de cómo esperábamos que fuera el fin de semana.

También le conté que había hablado con mi abuela nada más llegar al piso y que me había pedido que, la próxima vez que estuvieran de vacaciones en la casa del pueblo costero de Marga, fuera con mis amigos a pasar unos días.

—Yo me apunto encantada —me confirmó.

—Contaba con ello —le dije con un guiño y me sonrió—. Nos iremos una de las semanas cortas que trabajamos, así salimos el miércoles después de comer y volvemos el domingo a primera hora de la tarde. El trayecto se hace perfectamente en dos horas.

—Guay. A ver si Clara y Julio pueden cogerse el jueves y el viernes de fiesta.

—A ver. Espero que sí, porque valdrá la pena. Clara al menos solo tendría que dejar el salón de uñas en manos de sus chicas.

—La arrastraremos con nosotras por las malas, como se le ocurra decir que no.

Reímos.

—Y Julio seguro que se apunta —comentó—. Escríbele ahora.

—¿Ya?

—¿Para qué esperar? Venga —me animó—. A Clara se lo preguntaremos cuando vayamos al supermercado.

Negué con la cabeza mientras me levantaba de la silla. Tania hizo lo mismo y recogimos la mesa entre las dos.

Cuando terminamos y lo dejamos todo lavado, nos fuimos al sofá y sentadas cómodas en él, le escribí un mensaje a Julio, con Tania casi encima de mí leyendo lo que yo ponía.