Capítulo 26
Gloria
—¿Puedo mirar ya? —me preguntó Clara.
—No. Impaciente —le contesté, sonriendo.
Bufó.
—Has tenido suerte. Ya no tienes que preocuparte por la mano, cuando te bañes en la piscina.
—Amo a tu abuela —me dijo.
Solté una carcajada.
—Yo también. Es la mejor.
—¡Ay!
Dejé la mano parada.
—¿Te duele mucho?
—No más de lo normal.
—¿Te he hecho daño?
—No —volvió a negar.
—¿Entonces, por qué te has quejado?
Fruncí ligeramente el ceño.
—Porque me he anticipado, por si acaso llegaba el dolor intenso.
—No me lo puedo creer… —dije sorprendida.
Solté una carcajada.
—¿Qué? Jolín, tengo tolerancia menos cien al dolor. Como mínimo.
Curvó los labios hacia abajo, pero solo la vi de perfil.
Clara tenía el cuerpo ladeado y su brazo lo tenía yo. Le estaba quitando los puntos de la mano. El día por fin había llegado.
Cuando dos días atrás vi cómo tenía la cicatriz, le dije que no retrasara más el venir al hospital para que le quitaran los puntos. En ese momento me pidió, por favor, si podía encargarme yo, ya que cuando le quitaron los primeros no lo pasó nada bien.
No fue porque se lo hicieran mal.
Algunas de las marcas de los puntos las tenía muy enrojecidas, por lo que le dolían. La infección estaba descartada, gracias al antibiótico que se tomó cuando se lo dije. Esas marcas enrojecidas e inflamadas se debían a la manera de cómo le cosieron ciertos puntos.
Era como todo: existían artistas que creaban obras de arte sin esfuerzo, de la manera más natural y perfeccionista, y después estaban los demás que lo intentaban, pero que se quedaban en la media artística.
Por así decirlo. Pues los médicos no eran una excepción y a Clara le tocó uno que no se esmeró mucho a la hora de darle los puntos.
No era una crítica, sino una realidad que estaba en el día a día y en todo en general. Igual que había unas enfermeras más cuidadosas que otras. Así de simple y cierto.
Y aquí estábamos, Clara evitando mirarme y ver lo que le hacía, y yo yendo con mucho cuidado con cada uno de los puntos. Ya solo me quedaban los dos últimos.
—No me había dado cuenta de lo de tu tolerancia al dolor —le dije, con diversión—. No te muevas, que estoy terminando.
—Menos mal —suspiró.
Sonreí mientras me ponía a trabajar en su mano otra vez.
—¿Bien? —le pregunté.
—Sí. Siento alivio.
—Normal. Los puntos te pellizcaban mucho la carne. Ya está.
—¿Ya? —se sorprendió.
—Sí —reí.
—Joder… qué maravilla de manos tienes. No me he enterado.
Hizo un puchero, mientras yo le desinfectaba con cuidado la palma de la mano.
—Ahora que nada está aprisionando aquí. —Acaricié los exteriores de las peores zonas—. En unos días verás como baja la inflamación y cómo cambia de color.
—Gracias, Gloria.
—No digas tonterías.
—Te he quitado tiempo de tu descanso.
—¿Y? No pasa nada. Además, hemos estado aquí poco rato. Voy a desayunar igual —le dije con un guiño
—Madre mía, qué descanso —suspiró, mirándose la mano.
—¿Te quedas a desayunar? —le pregunté, mientras me lavaba las manos.
—Claro —contestó animada.
—¿Sabes quién me ha preguntado aquí por ti, varias veces? —La miré de reojo.
Se quedó pensativo.
—No caigo. Solo os conozco a ti y a Tania. Los demás que alguna vez he visto, no sé ni sus nombres.
—El nombre que voy a decirte sí que lo sabes.
Frunció el ceño.
Abrí la puerta del box para que saliera primero y después lo hice yo. Caminamos por el pasillo y guie a Clara porque la había traído a una zona en la que hasta hoy no había estado.
—¿Lo vas a decir de una vez? —me preguntó nerviosa y reí.
—Mauro.
—¿Mauro?
—El camarero del bar del hospital. Vamos a verlo ahora.
—Ya sé quién es el Mauro de este hospital. ¿En serio? ¿Y qué te ha preguntado exactamente?
—Se ha interesado por cómo estás y en si tenías planeado volver. También ha querido saber cómo llevas la mano.
—Qué raro.
—¿El qué?
La miré de reojo, sonriendo.
—Que siempre que lo he visto en el bar no me ha mirado más de unos segundos. Me ha atendido como a cualquier otra clienta.
—¿Qué querías que te hiciera al atenderte? —le pregunté riendo.
—Joder, ¡yo qué sé! —rio conmigo.
—Es como has dicho, pero porque no te has dado cuenta de nada más —dejé caer—. Está claro que sí te ha mirado más de lo que creías.
Amplié la sonrisa.
—¡Ahora me da vergüenza ir allí! —Exclamó.
Reí.
—Tengo mucha hambre, así que me importa poco Mauro. Tú actúa como siempre y ya está. Eso sí, estate un poquito más atenta porque lo mismo descubres cosas.
Apreté los labios y Clara puso los ojos en blanco.
—Me encanta verte así de animada —me dijo.
Se agarró de mi brazo.
—Gracias.
—Y el fin de semana en la fiesta, en la casa de tu abuela, nos lo vamos a pasar genial. Va a ser un fin de semana increíble.
—Ese es el plan —le confirmé sonriendo.
Mi abuela acababa de irse de viaje y estaría fuera dos semanas. Ese era el tiempo que iba a disfrutar junto a sus dos amigas. Una de ellas era Marga, su mejor amiga y vecina, a la que yo quería muchísimo.
Entre unas cosas y otras llevábamos tiempo sin vernos.
Era Marga la que tenía una casita preciosa y coqueta en un pueblo costero, donde habían ido a desconectar de todo. La casa estaba situada cerca del mar, en una zona muy tranquila.
No se irían solo esta vez. Tenían planeado para más adelante pasar un mes en ese pueblo. Bien que hacían.
Lo de la fiesta en la casa de mi abuela me lo propuso ella misma. Tanto mi madre como yo teníamos las llaves de su casa, por lo que me pidió que organizara algo con mis amigos.
La propiedad de mi abuela tenía piscina, barbacoa y jardín lateral. Lo ideal para pasar buenos momentos con amigos. Al principio no lo tuve muy claro y le dije que me lo pensaría, pero hasta que no consiguió que le dijera que iba a invitar a mis amigos a su casa, no paró.
Era muy insistente, y más cuando quería verme feliz. Faltaban tres días para que hiciera una semana de lo de Ernesto y, aunque era muy poco tiempo, todo se había calmado.
Mi familia sabía lo sucedido, de ahí que mi abuela quisiera que disfrutara y me olvidara de todo lo malo. Yo tenía mis días, o más bien mis momentos.
Para mí no había ningún sitio mejor que la casa de mi abuela, para el plan que al final estaba saliendo bien. Más que nada por la piscina rectangular y preciosa que había en el jardín.
Al final me había propuesto que fuera un fin de semana inolvidable y había invitado a mis amigos, no solo a pasar un día completo de piscina, barbacoa, o la comida que nos apeteciera hasta la cena, sino que también se quedarían a dormir hasta el día siguiente, en el que seguramente alargaríamos el estar juntos hasta después de comer.
Esto último estaba por verse. Al menos desayunar sí que desayunaríamos cuando nos despertáramos. Algo bueno también era que en el interior de la casa había espacio de sobra para poner colchones repartidos por las habitaciones que ya estaban montadas con sus camas y mobiliario.
Nadie se quedaría sin dormir cómodamente.
Yo tenía mi habitación propia, con una cama grande.
Después, sin contar la habitación de mi abuela, que estaría cerrada o, como última opción, en ella dormiría yo con Tania y Clara si querían; aparte había tres habitaciones más.
Nos repartiríamos donde pudiéramos y nos apeteciera. Eso no era un problema.
Los primeros de la lista de invitados eran Tania, Clara y Julio.
Ellos aceptaron al instante de decirles mi idea.
Después, todavía no sabía cómo me había atrevido, pero le pedí a Clara que se lo comentara a su hermano, a Matías y a Ingrid.
Por si les apetecía el plan de pasar un fin de semana diferente.
Para mi sorpresa, Clara me confirmó al día siguiente que los tres habían aceptado. En ese instante me fallaron las piernas porque estaba convencidísima de que Sergio se negaría a venir, poniendo cualquier excusa.
Desde que me despedí de él en el mirador no había vuelto a saber nada de Sergio, ni Clara había mencionado a su hermano. Ella se encargaría de llevarlo a la casa de mi abuela, junto a Matías e Ingrid, ya que Clara había estado más de una vez.
—Tenemos que pensar en todo para el fin de semana —me dijo y sonreí.
—Claro. Tenemos tiempo de sobra. En el bar hablamos de ello. Esta tarde o mañana podemos ir a comprar todo lo que vamos a necesitar y, si nos falta algo, cerca de la casa de mi abuelo hay un supermercado pequeño.
—Guay. Ahora hacemos la lista de las bebidas y de la comida.
—Y de todo lo que nos ocurra —añadí.
—En los gastos vamos a medias, ¿eh?
—Sois mis invitados, de eso nada.
—Mi hermano me lo dejó muy claro.
—¿El qué?
Con solo hablar de él, me dio un vuelco algo dentro de mi cuerpo.
—Me dijo que impidiera como fuera que tú cargaras con todos los gastos. Me dejó muy clarito que todo lo que se comprase lo pagaríamos entre todos.
—Bueno —carraspeé—. Ya veremos.
—Ya lo verás tú —dijo riendo.
—Ríe, ríe, que ahora la que va a reírse soy yo.
Y así fue porque llegamos al bar y al entrar se quedó callada de golpe. Fue mi turno para reírme con ganas, por cómo buscó con la mirada a Mauro, con las mejillas ruborizadas.
Cuando nos sentábamos a una mesa y vi venir a Mauro, con una sonrisa de oreja a oreja mirando hacia nosotras, se me ocurrió una grandísima idea que me guardé para mí.
Fue divertido presenciar el comportamiento de Clara hacia Mauro. No lo trató de manera diferente, pero su vergüenza yo sí que la noté. Después de hablar un rato con él y de que Mauro se alegrara de verle la mano sin puntos, le pedimos dos desayunos.
—¿Tania seguirá sin poder venir? —me preguntó Clara, cuando Mauro se fue.
—Me ha dicho que, si podía, aparecería por aquí. Pero por su voz lo dudo. Desde que ha entrado hoy a trabajar ha tenido una mañana complicada y no creo que pueda. Va a tener un último día de trabajo de la semana intenso.
Para nosotros hoy cerrábamos la semana de trabajo, al ser miércoles. Estábamos en nuestra semana corta.
—Jo, espero que lo que la está reteniendo no sea nada malo.
No le di detalles, tampoco los sabía, pero no me hacía falta para saber que un neonato estaba luchando por su vida, al igual que todo el personal que lo cuidaba. Como Tania.
Clara supo interpretar mi expresión y soltó un suspiro con pesar.