Capítulo 25
Sergio
—Claro que estarás bien. Ese no es el punto —le dije.
—Es que… No lo entiendo —susurró.
—Has dicho que estuvo en la UCI, por lo que entiendo que estaba bastante mal.
—Lo estuvo. —Negó con la cabeza y soltó un suspiro—.
Ernesto llegó a urgencias grave, pero la operación que le realizaron salió estupendamente y él la aceptó genial —recordé, pensativa—.
Algunos médicos, dependiendo de lo delicadas que sean las intervenciones, nos mandan a los pacientes para que estén controlados todo el tiempo.
—Entiendo.
—Ernesto solo estaba de pasada, en unos días lo subieron a planta.
Estaba recuperándose bien y… el miércoles, cuando fui a verlo al terminar mi turno de trabajo, estuvimos riéndonos.
Me habló animado y con fuerza. No… Por eso no entiendo qué mierda ha sucedido para que su cuerpo se haya rendido y haya colapsado.
Agarró con fuerza su vaso de refresco, con las dos manos.
—Tú eres la que entiendes de eso. No puedo darte una respuesta, por mucho que me gustaría para aliviar tu malestar. Y a lo mejor si la tuviera, no te gustaría oírla.
—¿Qué quieres decir?
Frunció el ceño.
—Quiero decir que esas cosas deben ocurrir más veces de las que os gustaría a todas las personas que trabajáis salvando vidas. Me refiero a que, los cuerpos son un misterio y, por eso, tal vez no debes buscar una explicación a lo que ha pasado.
Hice una pausa en la que ambos bebimos. Gloria de su refresco, yo de mi cerveza.
—¿No crees que, si las pruebas estaban bien, si todo estaba bien, no puedes saber qué falló?
Apretó los labios y asintió, antes de desviar la mirada.
La camarera llegó en ese momento a nuestra mesa, cargada con la comida que le habíamos pedido. Se lo agradecimos cuando nos dejó los platos delante y, antes de que se fuera, le pedí una botella grande de agua.
Me terminé la cerveza que me quedaba en el botellín y lo dejé vacío a un lado. Desapareció rápido. Se lo llevó la camarera cuando nos trajo la botella de agua.
—Gloria —la llamé cuando volvimos a quedarnos solos, para que me mirara—.
Tienes que dar gracias por haber podido despedirte de él.
Habéis escuchado vuestras voces por última vez y se ha esforzado mucho para decirte lo importante que eras para él, aunque no pudiera hablar mucho.
Eso es un gran regalo, te lo aseguro. Ha sido como si Ernesto estuviera esperando para verte antes de irse.
Se retiró las lágrimas de la cara y me pidió un momento, para ir al baño.
Cogí mi móvil y llamé a mi hermana, para dejarla tranquila.
—Sergio… —dijo al descolgar rápido.
—Ya ha llegado al bar del mirador. Hace un rato. Me ha encontrado esperándola en la terraza y la he convencido para comer aquí, por la hora que es. No te preocupes. Dentro de lo malo, Gloria está bien.
—Gracias.
—No tienes que dármelas. Ahora está en el baño.
Miré hacia la entrada del bar.
Cuando llegué con Tania del hospital, sin Gloria, como ya esperaba, nos encontramos con los demás aquí. No se fueron, y no fue porque los dejé sin transporte al llevarme mi coche y la llave del de Gloria. Bien podían haber pedido cualquier otro transporte.
La preocupación los hizo quedarse para esperar a que volviéramos. Al final se fueron, Tania incluida, pero cuando ella les dijo que Gloria podía pasarse horas en el hospital porque necesitaba estar sola.
Fue una manera delicada de pedirles a Clara y a Julio que le dieran espacio y de que no la llamaran. Ambos lo comprendieron.
Como ya había comentado, yo ignoré todo lo que me dijo Tania y me quedé aquí solo. Pero eso fue una vez que regresé, porque llevé a mis amigos a sus casas. Julio se encargó de llevarse a mi hermana y a Tania, ya que ellos tres iban a estar un rato más juntos, por una zona más céntrica.
Yo llevaba sentado a esta mesa, en la terraza del bar del mirador, desde que volví solo un tiempo atrás.
—Le costará superarlo más que otras veces, pero lo hará —me dijo Clara, al teléfono.
—Por supuesto —hablé con seguridad—. Imagino que debe estar acostumbrada a cualquier cosa trabajando en la UCI de un hospital.
—Ni te lo imaginas. —Hizo una mueca—. Aunque tampoco es que me cuenten muchas cosas de sus trabajos. Me pasa igual con Tania. Ella trabaja en otra UCI, la destinada a los neonatos.
Cogió una bocanada de aire.
—Desde que las conozco, solo he vivido junto a ellas varias ocasiones en las que las he visto mal.
Las que ellas me han dejado ver. Por eso sé lo que les duele, sufren y les cuesta superar las peores cosas de su profesión.
Hoy, por lo de Ernesto, Gloria debe estar muy mal.
Aunque tú no lo sepas ver porque no va a mostrarlo hasta que no esté sola o con Tania y conmigo.
—Estaré pendiente.
—Gracias —susurró—. Las admiro muchísimo porque, a pesar de todo, cada nuevo día llegan al trabajo con una sonrisa para sus pacientes. Por muy mal que estén. Los de Tania no se enteran, al ser neonatos, pero debe transmitirles mucho con su energía positiva.
—Te dejo. Ya viene.
—Vale. Hablamos más tarde.
—Claro. Hasta luego. Te quiero.
—Hasta luego. Te quiero —me devolvió.
Colgué la llamada y dejé el teléfono en la mesa.
—Perdón —se disculpó al sentarse de nuevo frente a mí.
—No tienes que disculparte.
Me sonrió.
—Tiene muy buena pinta —dijo, mirando toda la comida.
—Sí —estuve de acuerdo—. Vamos a comenzar.
Eso hicimos y durante bastante rato los dos nos ignoramos, en el buen sentido, porque pusimos toda nuestra atención en comer hasta dejar los platos vacíos.
Todo lo que pedimos estuvo muy rico. Gloria se empeñó en que probara lo que ella se había pedido y me dejó en mi plato pequeñas porciones de todo lo que comió. Yo hice lo mismo, para que probara mi comida, ya que para ambos era la primera vez en este bar.
Nos salió de manera natural actuar de esa forma, como si fuera algo cotidiano entre nosotros. Fue curioso y desconcertante al mismo tiempo, pero no dijimos nada al respecto.
Con todas las veces que pasaba por aquí, porque era una zona por la que me gustaba correr siempre que podía permitirme el lujo de no tener prisa, pues en ninguna de esas veces me dio por pararme en este bar más de los minutos necesarios para pedir un café para llevar y que me lo sirvieran.
Me gustó la experiencia, o tal vez me gustó estar con Gloria y lo de la experiencia era un extra por estar compartiéndola con ella.
Estuve muy pendiente de sus gestos y reacciones, pero, como me adelantó mi hermana, Gloria no mostró más cómo se sentía.
Sí, tenía la mirada triste y a ratos ausente.
Y su sonrisa no era todo lo grande que sabía que podía ser.
Ocultó bastante bien sus emociones, desde el momento en que volvió del baño y no hablamos más de lo que había sucedido.
—¿Siempre quisiste ser enfermera? —le pregunté, para alargar un poco más el momento.
Me sentía muy a gusto, pero sabía que la despedida llegaría pronto. Gloria necesitaba descansar y estar sola para recomponerse lo máximo posible y así comenzar mañana con las máximas energías la semana de trabajo.
No quería que se esforzara por mi culpa. Ya me había dado más de lo que se imaginaba.
—No —contestó y sonrió—. Estuve muchos años queriendo ser algo imposible.
—¿El qué?
—Te vas a reír.
—Te prometo que intentaré que no.
—Sí, te vas a reír.
Y para mi sorpresa, rio ella.
—Quería ser astronauta —me confesó, encogiéndose de hombros.
—Ya veo lo imposible que era —carraspeé.
—Y si encima le sumas que tengo vértigo a un palmo del suelo…
Reímos y negué con la cabeza.
—Más complicado aún. Sí —dije.
—Pero yo soñaba con ser astronauta y me daba igual todo lo demás —sonrió—. Soñaba con ver de cerca algún día el espacio y descubrir cosas maravillosas. Sentirme importante.
Hizo una pausa para beber un sorbo de agua.
—Mis padres nunca me quitaron las ilusiones, sabían que se me irían poco a poco conforme creciera.
Mi abuela siempre me ha animado a perseguir mis sueños.
Recuerdo que, durante años, cada día de Reyes en su casa me esperaba un regalo de lo que más me gustaba.
Un año fue el casco de astronauta, otro, el traje, y así podía seguir.
—¿Y cuándo cambiaste de opinión? —me interesé.
—Sinceramente, no te sabría decir —dijo pensativa—.
No me daba cuenta de que cada vez que veía una herida o raspadura, me llamaba mucho la atención.
Una vez Tania se cayó de la bici y se hizo un corte un poco profundo en la pierna y lo primero que se me ocurrió fue coger una aguja de coser de mi abuela, para curarla.
Rio y sonreí.
—Por suerte, mi abuela me vio a tiempo. —Negó con la cabeza—.
Si no, Tania tendría una buena cicatriz por mi culpa, no por la caída de la bici.
Mis ganas de aprender y experimentar fueron creciendo conmigo y, cuando tuve que elegir, sabía muy bien a qué me quería dedicar.
La especialización en la UCI vino un poco más tarde.
—Gracias por contarme una parte importante de ti.
—No ha sido nada —me sonrió—. Sergio…
—Es hora de irnos —me adelanté y asintió.
Le pedí la cuenta a la camarera y cuando se acercó a nuestra mesa con ella, le pagué. Ignoré las quejas de Gloria.
—No tenías por qué —me dijo.
—Lo sé.
—Gracias —dijo y asentí.
Nos fuimos de la terraza del bar y nos dirigimos hacia el estacionamiento.
—Toma. Vuelve a ser tuya —le dije, con la llave de su coche en alto.
—Muchas gracias, hombre.
Sonreí de medio lado.
—Tania y mi hermana han cogido sus mochilas antes de irse con Julio —le comenté.
—Vale —suspiró.
Nos paramos al lado de su coche, junto a la puerta del conductor.
—Cuídate, Gloria.
—Igualmente, Sergio.
No le di tiempo a ponerse nerviosa. Me incliné hacia ella, le di un beso rápido en la mejilla que me hizo cosquillear los labios, y me aparté para caminar hacia mi coche.
Noté su mirada a mi espalda, durante un rato, mientras que el hormigueo en los labios no desaparecía. Me los humedecí y fue peor.