¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 24
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Capítulo 24

Cuando comencé a notar mucho calor, saqué el móvil del bolso, para mirar la hora.

Me sorprendió ver que era la una y media, aunque debía haberlo supuesto porque llevaba un buen rato en la terraza del hospital y el sol calentaba mucho.

A mí continuaba dándome la sombra, pero aun así necesitaba entrar al edificio y beber agua.

Estiré las piernas, para moverlas un poco, y me bajé del muro.

El tiempo sola me había venido muy bien. Le había hecho una despedida a Ernesto, lo había llorado más, y al final terminé sonriendo al recordar nuestros momentos compartidos.

A veces era tan injusto todo…

Solté un suspiro de alivio cuando entré en el edificio. Dejé la puerta asegurada, como me la había encontrado, y bajé en el ascensor hasta la planta principal.

Al llegar, me dirigí al bar y en él me acerqué a Mauro.

—Hola —lo saludé.

—Eh, Gloria —dijo, sorprendido—. ¿Qué haces aquí? Nos despedimos el miércoles hasta el lunes.

—No he venido por nada agradable, así que prefiero no hablar de ello —le contesté—. En otro momento.

—Lo siento, no quería…

—No te preocupes. El problema soy yo, no tu interés. El que te agradezco —le sonreí—. Quiero una botella de agua. Necesito beber ya.

—Claro —me devolvió la sonrisa.

Lo seguí hasta la barra y cuando se puso al otro lado de ella, sacó una botella grande para mí.

—Invita la casa —me dijo.

—Entonces dame una pequeña.

Deslicé la botella hacia él, por encima de la barra.

—Claro que sí, tú vas a decidir a lo que se te invita.

Negó con la cabeza, deslizándola de vuelta hacia mí.

—Algún día te meterás en problemas —le hablé muy bajo, inclinada sobre la barra—. Y no quiero eso.

—Para tu información, ese día no va a llegar nunca, así que relájate, coge la botella y ábrela de una vez —me pidió con un guiño.

Dejé de insistir y lo hice, porque no podía esperar más para beber. El agua cayó en mi boca como si fuera la mayor delicia que había probado en mi vida.

—¿Has venido sola?

—No, pero ahora sí que lo estoy. Me voy ya.

—De acuerdo. Si quieres esperar, puedo llevarte en coche donde vives. Tengo el descanso en unos minutos.

—Gracias, Mauro, pero tengo que ir a otro sitio primero. Me moveré en taxi tranquilamente y ya está.

—¿Seguro?

Asentí.

—De acuerdo. Espero que cuando vengas mañana estés un poquito más animada, aunque no haya pasado casi tiempo. No me gusta ver tu mirada tan apagada, preciosa.

—Gracias, guapo.

Después de unos minutos hablando, en los que pedí el taxi, me despedí de Mauro hasta el día siguiente.

Me fui de la cafetería con la botella de agua grande y con el taxi a punto de llegar. Tuve que esperar muy poco para que apareciera.

Me monté y le dije que me llevara al mirador. El trayecto se hizo mucho más largo que cuando Sergio nos trajo a Tania y a mí.

Con mi decisión de quedarme sola, había obligado a mi amiga a irse con Sergio. Pero no dudaba de que Tania había enfrentado la situación estupendamente.

Pensando en que cuando estuviera en el piso llamaría a Julio y después a Clara, el taxista se desvió hacia el camino del mirador.

Clara sería la última porque a la conversación se uniría Tania y con las tres se alargaría mucho más.

También estaba segura de que Tania les había contado, al menos por encima, el motivo que me había hecho irme corriendo del bar. Poco tenía que decirles yo, pero igualmente hablaría con mis amigos.

Cuando el coche paró casi al final del camino, antes de hacer el giro hacia el estacionamiento, que era por donde debían salir los vehículos, le pagué.

—Gracias —le dije, abriendo la puerta trasera.

—A usted. Que tenga buen día —me deseó.

—Igualmente.

Me bajé para dirigirme hacia el bar, para preguntar y pedir la llave de mi coche. Todo el personal que atendía nos conocía muy bien a Clara, a Tania y a mí, de todas las veces que veníamos los fines de semana que podíamos.

Sobre todo, a Tania y a mí, debido a que nosotras hacía años que teníamos la misma costumbre. De manera que la llave de mi coche estaba bien protegida.

Cuál fue mi sorpresa que no tuve que acercarme a nadie, ya que, al mirar hacia las mesas, me encontré con la última persona que esperaba volver a ver.

Me paré de golpe, mirando fijamente a Sergio. No había nadie más. Estaba él solo, tomándose una cerveza.

Extrañada, caminé hacia él.

—Hola.

—Hola —me correspondió.

Estaba serio. En este instante imponía tanto como si llevara el uniforme de policía.

—¿Qué haces todavía aquí? —le pregunté ignorando mis nervios.

La curiosidad era más grande. Por ahora.

—Esperarte.

Su respuesta me sorprendió y agrandé los ojos.

—Le dije a Tania que le dejaras la llave de mi coche a…

—Lo sé —me interrumpió—. Me dijo exactamente eso y me lo repitió, cuando yo le dije que iba a esperarte para dártela en mano —me aclaró.

—Pero… He tardado mucho.

—Es domingo. No tengo ninguna prisa por nada.

—No creo que estar aquí fuera tu mejor opción.

Negué con la cabeza.

—Gloria…

Apoyó los brazos en la mesa y juntó las manos, para entrelazar los dedos.

—He querido quedarme y ya está. No hay más. Si hubieras tardado mucho más, quién sabe, lo mismo habría terminado haciendo lo que le pediste a Tania. Pero no ha sido el caso y ahora estás aquí, delante de mí. Puedes sentarte.

—Yo… Te agradezco todo lo que has hecho y la invitación. No es por rechazar el sentarme contigo, es que necesito llegar a mi piso y…

—Lo primero que necesitas hacer a esta hora es comer. Pasan de las dos y yo tampoco he comido. Quédate conmigo.

—No tengo hambre.

—Necesitas coger fuerzas y comer no te llevará mucho tiempo —insistió.

—Estoy desconcertada con esto —le dije, señalándonos.

—Esto significa firmar la paz por mi parte. Necesito llevarme lo mejor posible con una de las mejores amigas de mi hermana. Para mí Clara lo es todo.

—Todo está bien, Sergio.

Solté un suspiro, sentándome frente a él.

—No tienes que firmar ni arreglar nada. En serio —le aseguré—. La verdad es que es extraño cómo nos conocimos, lo que pasó y dónde hemos terminado, con una persona importante en común, pero las cosas pasan sin más y ya está.

—¿No estás enfadada porque os hice pasar la noche en el calabozo?

—En ese momento te hubiera dado una buena patada en los huevos, pero una vez en frío… ¡Qué pereza!

Moví las manos en el aire. Él sonrió de medio lado.

—Hola, Gloria —me saludó una camarera y le correspondí—. ¿Quieres tomar algo?

Miré a Sergio, pensando bien en lo que hacer. Al final me decanté por aceptar su invitación a quedarme a comer con él. No quería hacerle un feo y se había portado muy bien conmigo, por lo que no le di más vueltas.

—Un refresco de limón.

—Perfecto.

—¿Nos traes la carta? —le pedí—. Vamos a comer.

—Claro. Enseguida —me dijo con un guiño.

Cuando busqué de nuevo la mirada de Sergio, me hizo contener la respiración durante unos breves segundos. Me observaba tan fijamente, dejando ver lo intenso que era a veces que…

Agradecí que la camarera regresara para dejar dos cartas en la mesa y mi lata de bebida con un vaso.

—Es la primera vez que como aquí —le dije—. Siempre venimos por las mañanas, para desayunar.

—Así compartimos una primera vez —comentó.

Me obligué a coger una carta y a abrirla. Comencé a mirar las opciones que había.

—Creo que hemos tenido varias primeras veces —carraspeé—.

Fuiste el primero en detenerme y serás el último —reí, mirándolo por encima de la carta—.

También fuiste el primero en encerrarme y al que quise dejar calvo.

Esto último puede ser porque Julio estuvo hablándome de eso gran parte de la noche —sonreí.

—Vaya… Está bien saberlo. Me emocionan todas nuestras primeras veces.

Nos miramos y reímos. Hacerlo con él me sentó más bien de lo que esperaba. Me gustó muchísimo el cambio que habíamos dado, aunque era mínimo por ahora.

Tuve claro rápido lo que quería comer. Cuando Sergio hizo su elección, llamó a la camarera y le pedimos la comida.

Abrí la lata de refresco y me eché en el vaso. Me sentó de maravilla el primer sorbo, al estar fresco.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

Dejé el vaso en la mesa, despacio.

—Bien.

—¿Cómo estás? —insistió, repitiéndose.

Fruncí el ceño.

—Acabo de decirte que…

—Ya… que estás bien. Pero ¿sabes qué pasa?

Que eso no hay quien se lo crea. Tienes los párpados hinchados de llorar, todavía no se te ha quitado la rojez de los ojos, y tienes cara de tristeza.

Por no decir que he visto lo que ha pasado…

Puedo seguir con algunas más, si quieres e insistes en que estás bien.

Bajé la mirada a mi vaso.

—No lo estoy, pero es normal —susurré—. Es duro, a pesar de que conocía a Ernesto desde hacía unas semanas. Cuando terminó en la UCI por una operación.

Lo miré a los ojos y noté como se me nublaban por las lágrimas.

—Así que no. Lo de que estoy bien es una mierda y una gran mentira, pero piadosa y sin maldad. Estaré bien.

Me encogí de hombros.