¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 23
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Capítulo 23

Con lo mal que me encontraba y lo nerviosa que estaba por la noticia que me había dado Miriam, no pensé que me pondría peor al compartir espacio en el coche de Sergio.

Iba sentada a su lado, en el asiento del copiloto, mientras que Tania entró directamente en los asientos traseros, antes de pedirme que me pusiera delante.

No estaba para discutir con ella y tampoco quería, por lo que obedecí sin rechistar.

Bajé la mirada al móvil. Era buena señal que mi compañera no me hubiera llamado más, lo que quería decir que no había novedades.

—¿Cómo estás?

La pregunta de Sergio me sorprendió y giré la cabeza hacia él.

—No muy bien y dentro de poco estaré peor —le contesté con sinceridad.

Asintió serio y se mantuvo en silencio durante unos minutos.

—Estamos llegando —nos dijo.

—Ingrid tenía razón. Hemos llegado muy rápido —comentó Tania.

Sergio sonrió de medio lado antes de reducir la velocidad y estacionar en un espacio que tuvo la suerte de encontrar. Debía acabar de irse alguien, porque era bastante difícil aparcar donde él dejó el coche.

Nos bajamos y fuimos rápido hacia la entrada principal del hospital. Al ir acompañado por Tania y por mí, a Sergio nadie le dijo nada cuando se adentró en el hospital detrás de nosotras.

Subimos hasta la primera planta, que era donde le dieron una habitación a Ernesto, y en cuanto las puertas del ascensor se abrieron, me lancé hacia la recepción.

—Gloria… —me dijo Miriam.

Se levantó de detrás del mostrador.

—¿Alguna novedad? —le pregunté.

—Todo sigue igual. Miguel está con él y yo volveré enseguida.

Asentí.

—Hola, guapa —la saludó Tania y se sonrieron.

—Hola. Lamento veros hoy para esto.

—Nosotras también.

—Él es Sergio. Viene con nosotras.

Se lo presenté a Miriam, mientras varias enfermeras más lo observaban con curiosidad.

—Encantada, Sergio. Me llamo Miriam.

—Gracias. Igualmente, Miriam.

Sin decir nada, los dejé en la recepción y me dirigí hacia la puerta de la habitación de Ernesto.

Entré silenciosa y tragué saliva al verlo con los ojos cerrados. En mi profesión había visto muchísimas cosas, buenas, maravillosas, increíbles, malas, malísimas y pésimas, por lo que estaba preparada para afrontar cualquier situación, aunque más tarde me rompiera por la pena.

Pero esto era muy diferente a que se me fuera un paciente. No me unía nada a Ernesto, solo la conexión que habíamos ido reforzando con el paso de los días.

Como bien había dicho Miriam, desde que lo subieron a planta y dejé de atenderlo, comencé a verlo cada día. Me daba muchísima tristeza que no recibiera ninguna visita. Se me partía el corazón al saber que tenía un hijo y que a este no le importaba lo que le sucediera a su padre.

No quise dejarlo solo, por lo que, cuando terminaba mis turnos de trabajo, subía a la habitación de Ernesto y me quedaba bastante rato con él. Hablando y haciéndole compañía, despierto o dormido.

Y ahora todo estaba a punto de terminar, de finalizar de una manera que no entendía. Me retiré las lágrimas de la cara porque para mí Ernesto se había convertido en alguien importante.

—Miguel… —Llamé al médico.

—Gloria.

Todos los que trabajábamos en el hospital nos conocíamos, en mayor o menor medida.

En este caso, Miguel y yo podíamos decir que nos conocíamos bastante bien. No en profundidad, pero sí lo suficiente para darnos el abrazo que nos dimos cuando me acerqué a él.

Miguel y yo comenzamos a tener trato cercano en una cena de Navidad a la que asistimos hacía ya cuatro años. Desde entonces, desde que coincidimos en la misma mesa y nos lo pasamos genial, dándonos cuenta de que nuestros caracteres encajaban de maravilla, nos convertimos en amigos.

—Lo siento —me dijo, con la barbilla apoyada en mi cabeza.

Asentí y tragué con dificultad.

—¿Qué le ha pasado? El miércoles estuvimos riéndonos y me fui dejándolo contento y tranquilo.

—Esta mañana le colapsó un órgano de los principales y después fueron en cadena varios más vitales.

—Joder —susurré.

Me separé de él, para mirarlo a la cara.

—Lo hemos intentado todo, pero su cuerpo no responde. Es como si se hubiera rendido.

Negó con la cabeza.

Intenté contener las lágrimas, pero no pude. Se me desbordaron de los ojos y, cuando me giré, vi a Ernesto muy borroso tumbado en la cama.

Me froté los ojos y me acerqué a él, por un lateral.

—Te dejo sola con él. Cualquier cosa…

—Sí. Gracias.

Miguel se fue y Miriam no entró, para respetar mi tiempo con Ernesto y nuestra privacidad.

La que sí entró en la habitación fue Tania. Mi amiga se quedó con la espalda apoyada en la pared, cerca de la puerta por si debía gritar por ayuda, y no muy alejada de la cama, por si yo la necesitaba.

Sergio se puso a su lado. Ambos observándonos desde la pared.

—¿Por qué te has rendido? —le pregunté a Ernesto—. No es justo, ¿sabes? Nada justo.

Le retiré el pelo de la frente y recordé la primera vez que hablé con él.

—Se te ha olvidado que teníamos planes. Hablamos de que, cuando salieras de aquí, para lo que te esforzarías, te llevaría a mi piso para enseñártelo y tú me invitarías a tu casa. Y cuando tuvieras fuerzas, te presentaría a mis padres y a mi abuela. ¿Por qué te has rendido? —repetí.

Le agarré ambas manos y se las junté con las mías, teniendo cuidado con la vía. Sabía que no se enteraba, pero aun así no quise pensar en que podía hacerle algún daño.

—Voy a echarte mucho de menos.

Tuve que parar porque llorando no pude continuar.

Durante unos minutos en la habitación, lo único que se escuchó fue el sonido de las máquinas que tenía conectadas a él.

—Espero que tu hijo viva atormentado el resto de su vida, por lo que te ha hecho —susurré—.

Me va a ser muy difícil cumplir la promesa que te hice, la de que, si lo veo alguna vez, me contendré.

Pero ahora te hago otra. Me esforzaré en conseguirlo para que te vayas tranquilo.

¿Vale? Aunque ya sabes que cuando me pongo nerviosa o me duele algo…

Respiré profundo, porque me faltó el aire.

Tania se puso a mi lado. Después de darme un pañuelo para que me limpiara la cara y los mocos, me abrazó por la cintura y apoyó la cabeza en mi brazo.

—Tuvo la suerte de conocerte, Gloria —me susurró mi amiga—. Eso es lo más bonito que pudo pasarle.

—Un fallo multiorgánico —le dije.

—Joder.

Cerré los ojos y me dejé mimar por Tania.

No le solté en ningún momento las manos a Ernesto y, para mi sorpresa, una de las veces que abrí los ojos me encontré con los de Ernesto también abiertos.

—Ernesto…

—Oh, Dios… —Jadeó de la impresión Tania—. Voy a avisar.

Intentó hablar, pero le dije que no se esforzara.

—Sí. Debo hacerlo.

Tragué saliva y asentí.

Noté una presencia nueva a mi espalda. Sergio me puso las manos en los hombros, dándome el apoyo que necesitaba. Solo me dio su presencia, lo que necesitaba. Se mantuvo callado.

Se lo agradecí porque, en realidad, no nos conocíamos, pero aquí estaba él. No solo nos había traído al hospital, después de casi no darme elección, sino que me reconfortaba de la única manera que podía.

—Me voy, Gloria.

Asentí, sin poder parar de llorar.

Miguel entró rápido, con Miriam casi corriendo detrás de él. Tania fue la última.

Mi amiga, al ver que Sergio estaba conmigo, prefirió quedarse de nuevo en la pared, apartada para no sobrecargar la zona de la cama.

—No sabes cómo me alegro de poder despedirme de ti. Me has dado tanto en poco tiempo… Yo…

—Tú te lo merecías, todo —lo interrumpí, cuando no pudo continuar.

Me incliné sobre él y le di un beso en la frente.

—Estoy muy cansado —me dijo casi sin voz.

—Duerme feliz —susurré—. No dejaré de velar tu sueño, nunca.

Ernesto se fue con una pequeña sonrisa en los labios y yo me prometí que lo haría, que velaría por siempre su descanso.

Miguel y Miriam se dijeron algo, pero hablaron muy bajo para no molestar.

La habitación volvió a quedarse en silencio cuando mis compañeros del hospital se fueron, dejándonos solos. Tania y Sergio también salieron de la habitación. Todos me dieron mi último tiempo con Ernesto, aunque él ya no estuviera conmigo.

Al cabo de unos segundos salí dejando parte de mi corazón en la habitación. No esperé a nadie, me dirigí hacia el ascensor del personal y cuando entré, pulsé el botón de la última planta.

Solo había un sitio en el hospital en el que encontraba un poco de paz. No era mucho, porque la mayoría de las veces que iba era porque no estaba bien, como en este momento.

El sitio era la terraza del hospital, a la que poquísimas personas subían.

Mientras subía, le envié un mensaje a Tania.

Gloria: Necesito un rato a solas. No sé cuánto. Sé que por eso no me has parado cuando he salido de la habitación. Vete con Sergio, Tania. Que le deje la llave de mi coche a algún camarero del bar. Iré hasta allí en taxi. Te quiero. No te preocupes por mí, sabes cómo va esto.

Tania vio el mensaje al momento, pero no esperé respuesta de ella. Mi amiga sabía muy bien lo que necesitaba en este momento, ya que no estaba para nada.

Salí del ascensor en la última planta y fui hasta la puerta de la terraza. Había varias, pero yo siempre utilizaba la misma.

En la planta en la que estaba no había habitaciones ni pacientes. Tampoco maquinaria para hacer pruebas. La zona estaba vacía de todo, por eso me gustaba venir aquí cuando lo necesitaba.

No tenía ganas de estar con nadie.

Desbloqueé la puerta sin problema y la dejé lo suficientemente encajada para que no se abriera.

Caminé por la terraza, buscando las sombras, y al llegar donde siempre me ponía, protegida también del sol, me senté en un muro de poca altura y crucé las piernas, para mirar desde las alturas.