Capítulo 22
Gloria
Cada movimiento que hacía lo calculaba antes y medía las consecuencias que podía tener.
Consecuencia como que mi brazo y el de Sergio se rozaran sin querer, o incluso nuestras piernas. Aunque esto último era más difícil.
Me estaba costando tragar cada bocado que le daba a la tostada, pero estaba tan buena que no podía resistirme a la tentación de continuar comiéndomela.
Sergio, Ingrid y Matías también disfrutaban de sus desayunos. Hacía un rato que se los había traído el camarero.
El nudo que se me formaba en la garganta para tragar lo pasaba con un sorbo de agua o de café con leche. Iba por el segundo, ya que, como el camarero tardó tanto en traer los desayunos, me bebí solo el que me sirvió al llegar.
Todavía estaba asimilando la situación inesperada en la que nos encontrábamos. Joder, cada vez que pensaba en lo callada que había estado Clara, con el bombazo que tenía para darnos…
La entendía. Aunque al principio del impacto no comprendí su decisión de callarse, al final había acabado haciéndolo. Comprendía por qué Clara había querido sorprendernos a todos para hacer una presentación especial y en un ambiente tranquilo y relajado, para que saliera todo bien.
Había visto la ilusión en la expresión de ella. De hecho, todavía tenía la misma cara.
Pero a pesar de comprenderla, joder, me hubiese encantado que nos adelantara algo. Por mínimo que fuera, para minimizar el impacto.
A estas alturas ya daba igual. Estaba hecho y ni mucho menos iba a enfadarme con ella por cómo había sucedido este encuentro.
—¿Qué tal, Julio? —le preguntó Ingrid.
—Eso tendría que preguntártelo yo —se refirió a su embarazo—. Créeme, mi vida es muy rutinaria y aburrida la mayor parte del tiempo. Trabajo, piso, descanso, vuelta al trabajo… hasta que quedo con mis amigos, como hoy, y me vengo arriba.
Le hizo un guiño e Ingrid sonrió de medio lado.
—Yo estoy bien —sonrió—. Estoy segura de que no. Si descubro un poco tu vida, no será tan aburrida como dices.
Le devolvió el guiño ella.
—No es por ofender, pero… —carraspeó él—. Siendo tú policía, prefiero que no descubras mucho. Ya si eso te cuento yo lo que quieras saber.
Ingrid soltó una carcajada y Julio la acompañó.
Los demás continuamos muy atentos a ellos, observándolos con mucha curiosidad.
Por un lado, fueron los comentarios de ambos, pero lo que más nos llamó la atención a todos, lo que de verdad destacó en ellos, fue como una especie de energía que desprendían mientras se miraban y hablaban.
Era muy interesante.
—¿Y tu amiguito? ¿Sigue tan simpático y agradable como cuando fue a la comisaría a buscaros? —le preguntó, sin cortarse.
Se refirió a Damián.
Me encantaba Ingrid. Me gustó desde el principio y una vez más me daba motivos para querer levantarme y lanzarme encima de ella, para darle un abrazo.
—Que yo sepa, sigue como lo dejé ayer, al despedirme de él —le contestó Julio, con gracia—. Si quieres, lo llamo y te lo paso, ya que te veo muy preocupada e interesada por Damián. Lo entiendo, ¿eh? Les sucede a muchas mujeres y hombres.
—No tienes ni idea —le dijo ella, con una sonrisa ladeada—.
A mí tu amigo ni me va ni me viene. Me interesa menos que nada.
Si te he preguntado, ha sido por cómo se comportó, ya que me cayó mal en cuanto abrió la boca.
—Elevó las cejas—. Si me preguntas y sientes curiosidad, para mí tú estás muy por encima de tu amiguito.
La mesa se quedó en completo silencio, mientras Ingrid y Julio no apartaban la mirada del otro. La de Julio se volvió más intensa y eso me hizo sonreír.
Miré a Clara, ya que por un momento me pareció notar que al conocer a Julio le gustó mucho. De ahí la broma que le hice diciéndole lo de que él se quedaría calvo. Palabras de Julio.
Pero Clara sonreía de oreja a oreja, mientras agarraba con las dos manos su taza de café con leche. Se notaba el cariño que le tenía a la amiga de su hermano, Ingrid. Con Matías sucedía lo mismo.
Tania estaba sorprendida mirando a Ingrid y a Julio, pero también sentía mucha curiosidad por saber cómo iban a acabar. Y Sergio observaba la escena con un inicio de sonrisa, aunque la disimulaba bastante bien.
Hasta ahí pude ver de él, mirándolo de reojo, ya que no me atreví a girarme. Con eso solo conseguiría que mis nervios se dispararan de nuevo, al quedarnos viéndonos demasiado cerca. Y ahora que había conseguido tranquilizarme un poco…
—Gracias. Está muy bien saberlo —le dijo él.
La sonrisa de Ingrid se hizo más grande, hasta que miró a su plato y continuó comiendo.
Yo dirigí la vista al mío y me quedé observando el último bocado de tostada que me quedaba.
De repente me vino a la cabeza cómo sería tener una conversación con Sergio, lejos de que él fuese policía y de lo que pasó varios viernes atrás.
No habíamos hablado entre nosotros, pero yo tampoco tenía la intención de iniciar nada, ya que…
El sonido de la melodía de mi móvil despejó mi mente.
Cogí el bolso y busqué rápido el teléfono dentro. Cuando lo tuve en la mano, fruncí el ceño y busqué la mirada de Tania.
—¿Qué? —me preguntó ella, extrañada.
—Es del hospital —le contesté.
—¿Te pasa algo? ¿Es preocupante? —preguntó Matías, al ver mi reacción.
—No, tranquilo —le dijo Tania—. Somos enfermeras de UCI. Trabajamos allí —le aclaró, a él y a los que no lo sabían.
—Ah. Joder —rio Matías—. Entonces es trabajo.
Tania no lo sacó de su error y tampoco le sonrió, como hubiera hecho en otra ocasión. Volvió a mirarme y me pidió con un gesto serio que descolgara.
Lo hice sin perder más tiempo.
—Hola —dije al descolgar.
—Gloria…
Al escuchar a Miriam me puse en tensión, al instante.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté.
Sobresalté a todos cuando me levanté con tanto ímpetu de la silla que la arrastré hacia atrás, a bastante distancia. Vi de reojo cómo Sergio la agarraba a tiempo de que cayera al suelo o le diera a alguien.
—¿Miriam? —la llamé.
—Mierda —escuché decir a Tania.
Sabía quién estaba al otro lado de la línea y lo que podía significar. Se puso de pie también, despacio y sin dejar de mirarme.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara, preocupada.
—Lo siento mucho, Gloria.
—¿Qué? —pregunté en un susurro.
Cerré los ojos y los apreté con fuerza.
—¿Qué sientes, Miriam?
—Es Ernesto. Nadie se lo explica. Tú misma has seguido su evolución, cómo iba mejorando cada día que subías a verlo.
—¿Qué le ha pasado?
—Miguel nos ha confirmado que no le queda mucho —me contestó muy emocionada.
Miguel era el médico que llevaba a Ernesto.
—No puede ser… el miércoles… el miércoles me despedí de él riendo, Miriam.
—Lo sé, preciosa. Te llamo porque tenías una relación muy bonita con él y nunca faltabas a tus citas diarias para hacerle compañía.
—No le importa a su familia, a su único hijo —susurré.
—También lo sé —susurró.
—¿Llego a tiempo?
—Si no te entretienes mucho, sí. Pero ten cuidado.
—Gracias por llamarme.
—No podía hacer otra cosa.
Me despedí de ella y colgué la llamada. Me quedé mirando hacia abajo, a la pantalla del móvil.
—Gloria…
Levanté la cabeza y me encontré con mi mejor amiga preocupada. Tania se había puesto delante de mí. De los demás notaba sus miradas y las preguntas no dichas.
Colocó las manos en mis mejillas y me retiró con cariño las lágrimas. Hasta ese momento no me di cuenta de que se me habían escapado de los ojos.
—¿Qué ha sucedido? —me preguntó con suavidad, como si estuviera hablándole a los familiares de sus pacientes neonatos.
—Nadie sabe qué ha pasado, pero… pero no le queda mucho tiempo, Tania.
—Joder. —Agrandó los ojos—. Pensaba que me dirías que había empeorado o yo qué sé, pero no que era tan grave.
Me abrazó con fuerza y yo hice lo mismo, escondiendo la cara en su cuello.
—Te llevo —me dijo.
—No. Quédate aquí con los demás y continuad…
—Si te piensas que quedándome aquí voy a estar tranquila y bien, estás muy equivocada. Como al pensar que voy a dejarte sola. Ni hablar. Vámonos ya, no perdamos más tiempo.
Asentí emocionada y le di un beso en la mejilla.
—Dame la llave —me pidió, con la mano extendida hacia arriba.
Solté un suspiro y la saqué del bolso, pero la llave de mi coche no llegó a las manos de Tania. La de otra persona la cogió al vuelo y me la quitó.
—¿Qué…? —le pregunté a Sergio.
La tenía él y se la guardó en un bolsillo.
—Yo os llevo. Después te la devuelvo —me dijo.
—Pero…
—Hazle caso, Gloria —me pidió Clara—. Mi hermano se sabe todos los atajos para llegar antes a cualquier sitio y él es de los pocos que estamos aquí que puede saltarse las prohibiciones, sin que le pase nada.
—Te aseguro que llegarás mucho antes con Sergio al volante —me dijo Ingrid—. Lamento lo que sea que ha pasado.
—Gracias. —Le sonreí un poco, con tristeza.
—Vamos —nos pidió Sergio.
Comenzó a caminar por la terraza del bar.
Tania y yo nos despedimos apresuradamente de los demás y quedamos en hablar con Clara y Julio más tarde. A Clara le había hablado de Ernesto, por lo que sabía quién era, por lo que, aunque no había dicho el nombre, ella intuía dónde estaba la urgencia.