Capítulo 21
Sergio
—Tu hermana y sus amigas saben elegir muy bien —comentó Ingrid, mientras observaba el paisaje por la ventanilla.
—Con lo cerca que lo tenemos y nos olvidamos de venir aquí —dijo Matías, desde los asientos traseros.
Íbamos en mi coche, conmigo conduciendo hacia el mirador donde había un bar.
En él estaría mi hermana. Me lo había contado unas horas antes, al escribirme varios mensajes al poco de despertarse. En ellos me había resumido lo bien que lo había pasado.
Ya lo daba por hecho porque siempre era igual. Hablaba de maravilla de todo lo que me contaba de pasada de sus nuevas amigas.
Y también me contó que iba a ir a desayunar al bar del mirador y, para mi sorpresa, porque hasta ese momento no me había dicho que le gustaría que conociera a sus amigas, me pidió en uno de los mensajes que me encontrara con ellos allí.
Ellos, porque habían quedado con un amigo de sus dos amigas para que mi hermana y él se conocieran, y para desayunar juntos.
Yo, como cada domingo, había quedado con Ingrid y Matías para desayunar. Era nuestra rutina los fines de semana, como también ir al mismo bar. Hoy habíamos variado nuestra rutina porque yo no había querido negarme a conocer a los amigos de mi hermana.
A ella le hacía mucha ilusión y yo por mi hermana hacía lo que fuera por verla feliz.
No sabía ni los nombres de sus amigos. Sinceramente, había tenido suficiente con escucharla hablar de sus dos amigas, de lo bien que la trataban y cuidaban, y de lo que se divertía con ellas.
Y cuando se accidentó la mano y me contó que iban a limpiarle el piso, porque mi hermana no podía ver más sangre… ahí terminaron de ganarme, sin conocerlas.
Me desvié hacia el camino del mirador y dirigí el coche hacia el estacionamiento. No me extrañó ver muchos vehículos a esta hora de la mañana, ya que esta zona era una buenísima elección.
Tanto por el sitio donde estaba como por todo lo que lo rodeaba, y el bar, que era un punto perfecto para perderse en las vistas y la calma que ofrecía el lugar.
Cuando nos bajamos del coche, antes de ir a encontrar a mi hermana, me dirigí con mis amigos hacia una de las barandas de madera que delimitaban el final del mirador.
—Se me había olvidado lo mucho que echo de menos ir de acampada —me dijo Matías, con la vista perdida hacia delante.
Sonreí de medio lado.
—Podríamos planteárnoslo, ¿no? Hace muchísimo que no vamos.
—Por mí, vale, si queréis ir pronto —contestó Ingrid—. Mientras pueda moverme bien con la barriga, contad conmigo. Eso sí, no puede cuadrarme con las visitas al ginecólogo.
—¿Tú qué dices? —me preguntó Matías—. Es el momento perfecto porque después, cuando nazca el bebé, sí que no podremos en una buena temporada.
—No sé… —Los miré de reojo—. No me gusta irme a la naturaleza estando Ingrid como está, la verdad. Se encuentra bien y el embarazo le va genial, pero en su estado puede necesitar ayuda de algún tipo, en cualquier momento.
—Sí. —Negó con la cabeza Matías—. No ha sido una idea brillante —suspiró.
—Oye, ¡que por mí no os quedéis aquí! —nos dijo ella—. Pediros unos días libres e id vosotros, hacedme ese favor.
—Ya veremos, preciosa. Si llevo mucho tiempo sin ir, no me va de un poco más.
Le rodeó los hombros y continuó hablando.
—Es que nos estoy viendo allí, con el pequeño o la pequeña gateando por la hierba, cerca de nosotros, mientras que los tres estamos sentados cómodos en sillas o sentados en la misma hierba, con una cervecita en la mano, charlando, riendo, quedándonos embobados con el bebé y disfrutando de la tranquilidad y la paz que ofrece la naturaleza.
—Cállate —le pidió Ingrid, riendo—. Joder, que me han entrado muchas ganas de ir. —Bufó.
Matías soltó una carcajada y yo sonreí.
—Iremos cuando sea el momento —comenté.
—Sí —suspiró Ingrid.
Se apartó de la baranda de madera, cuando su móvil comenzó a sonar.
—Te dejamos para que hables tranquila —le comenté—. Vamos a la terraza.
—Vale. Ahora voy —nos dijo sonriente, antes de descolgar.
Matías y yo nos alejamos de ella, mientras que Ingrid iba hacia mi coche, para apoyarse en él.
Aparecimos rápido en la terraza del bar y, después de devolverle el saludo a un camarero, nos paramos a unos metros de distancia de la mesa en la que estaba mi hermana.
—Joder —dijo Matías, con sorpresa—. ¿Esos son…?
—Los de la borrachera y la noche en el calabozo, sí —le confirmé serio.
Con el ceño fruncido, observé cómo interactuaban entre todos.
—¿Ellas son las amigas de tu hermana? —preguntó mi amigo y después silbó.
También rio, sin salir del asombro.
—Qué fuerte, tío. ¿Vas a decir algo o se te ha olvidado cómo se habla? —me preguntó, con diversión.
—No me calientes —le pedí y volvió a reír.
Me agarró de un hombro y me dio un apretón.
—A ver cómo salimos de esta, porque en cuanto nos vean… —carraspeó.
Comencé a caminar hacia la mesa, bastante descolocado con la situación que se había presentado de repente. No esperé más para acercarme a la mesa.
Ninguno de los cuatro nos prestó atención a Matías y a mí, cuando nos paramos a la espalda de Gloria. Nos quedamos a unos pasos de distancia.
—Clara —llamé a mi hermana.
Y al hacerlo, provoqué que Gloria, al escuchar mi voz, se atragantara con el sorbo de café que había bebido. Terminó escupiéndolo en el suelo.
Por suerte le dio tiempo a no mojar a nadie de la mesa. Ni ella ni Julio ni Tania tuvieron problema en reconocer mi voz, con una simple palabra.
Era lo que tenía pro
No volví a hablar, mientras me acercaba despacio.
—Joder, ¡qué efecto ha tenido decir el nombre de tu hermana! —me dijo Matías, a mi lado—. Menuda entrada —sonó divertido.
—¿Tu hermana? —preguntó con voz aguda Tania, con un chillido.
—Oh, joder —habló Julio.
Miró sorprendido a Clara.
—Sí —confirmó ella—. Sergio es mi hermano —respondió ella con naturalidad—. ¿Qué pasa? ¿Os conocéis?
Observó con curiosidad a todos los que la acompañaban en la mesa y después a mí. Elevé una ceja, por la sonrisa que mostró. La misma que yo conocía muy bien.
—Le he pedido que viniera porque me hacía ilusión que lo conocierais y presentároslo —dijo Clara—. Pero parece que habéis visto a un fantasma.
Matías soltó una carcajada, antes de rodear la mesa para ir hacia mi hermana. Ella se levantó de la silla y se abrazaron.
—Él es Matías, el mejor amigo de mi hermano y también compañero de trabajo —lo presentó Clara.
—Clara… —Carraspeó Gloria.
—¿Sí? —le preguntó inocentemente ella.
Me crucé de brazos, pensando en qué momento mi hermana se dio cuenta de que sus amigos y yo nos habíamos conocido de una manera nada convencional.
Llegué rápido a la respuesta: en el momento en el que Gloria y Tania le contaron la experiencia que vivieron aquel viernes por la noche.
Si ellas le dieron detalles de nosotros y le dijeron nuestros nombres, se lo pusieron muy fácil a Clara para saber quiénes eran los dos policías que las detuvieron.
A Julio también, aunque Clara lo había conocido hoy.
Y si a esa información le añadía la de la comisaría donde estuvieron…
Como ya esperaba, mi hermana me miró con picardía. Yo sacudí la cabeza, haciéndola apretar los labios.
—No hace falta que le digas a mi hermana lo que está pasando —le hablé a Gloria.
Se giró hacia mí en la silla.
—Lo sabe muy bien —le aclaré.
—¿Cómo?
Frunció el ceño.
—Oh, joder. ¡Pues claro! —exclamó Tania—. Con todo lo que le contamos de lo que nos pasó y con lo que ella sabía, pues estaba cantado que lo enlazara todo.
Tania terminó de hablar dándole un manotazo a Gloria. Se le fue un poco de las manos y rio nerviosa, por la mirada que le echó Gloria.
—¿Por qué no nos dijiste que uno era tu hermano y el otro un buen amigo? —le preguntó Gloria a Clara.
—Quería daros una sorpresa. A todos —sonrió.
Esa sonrisa hacia Gloria fue de cariño.
—Pues sí que nos has sorprendido —comentó Julio, negando con la cabeza.
—Lo siento —rio Clara—. Jo, es que me parecía bonito aguantar hasta el momento en que os pudiera presentar.
—Qué flipe —rio Tania—. Mira, aquí hay sitio —le dio a Matías.
Movió su silla hacia Gloria, dejándole a Matías un espacio entre ella y mi hermana.
—Hostia —dijo Ingrid.
Se mostró igual de sorprendida que habíamos estado los demás hasta hacía unos segundos.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—¡Ingrid! Oh, déjame ver esa barriguita —le pidió mi hermana.
Se acercó a ella. Después de que se dieran un abrazo, Clara le puso la mano en la barriga a Ingrid.
—No se nota casi —le dijo mi amiga, divertida.
—Qué ganas tengo de que salga.
—¿La barriga para fuera o el bebé?
—Las dos cosas —le contestó mi hermana, riendo—. Chicos, aunque ya lo sabéis, ella es Ingrid, una buenísima amiga y también policía.
—Ya, ya… —susurró Gloria.
Al final se levantaron todos para completar la presentación oficial, por así decirlo.
Julio nos dio la mano a Matías y a mí, y un beso en la mejilla a Ingrid. Tania y Gloria repartieron besos a mis amigos y a mí.
Cuando fue mi turno con Gloria y se quedó delante de mí, nos quedamos mirándonos fijamente durante demasiado rato. Hasta que ella desvió la vista y se puso de puntillas para darme un beso en la mejilla.
Lo hizo tan rápido que dudé si sus labios me habían tocado la piel.
Cuando terminamos, nos sentamos todos alrededor de la mesa. No supe cómo narices terminé sentado al lado de Gloria, pero así fue. Notaba la tensión de ella.
—Perdonad el retraso —dijo el camarero que llegó cargado con comida—. Hemos tenido un problemilla en la cocina, pero ya está solucionado.
Dejó sobre la mesa los platos con los desayunos de mi hermana y sus amigos. Eran diferentes y todos tenían muy buena pinta.
Una vez le dijeron al camarero que no se preocupara, Ingrid no perdió el tiempo para pedirle al chico la tostada que se le antojó, de las que vio. Matías y yo pedimos también nuestros desayunos.