Capítulo 20
—En media hora hay que salir —grité, avisando a mis amigas.
Salí al balcón de mi piso, con mi taza. No me quedaba mucho café, pero hasta la última gota era buena para lo poco que había dormido.
Y no había sido porque estuviéramos hasta las tantas de cachondeo. Nos fuimos a dormir pasada la medianoche, cuando terminó la película que pusimos después de cenar.
Pedimos comida mexicana y disfrutamos mucho comiéndola, sentadas sobre cojines en el suelo y frente a la mesa baja de la zona del sofá.
Como siempre que estábamos juntas, sin importar dónde, nos lo pasamos muy bien.
Clara y Tania estaban terminando de arreglarse. Íbamos a ir en mi coche al mirador, para encontrarnos con Julio en el bar de allí.
Cuando les conté a las chicas que desayunaríamos con Julio, les hizo mucha ilusión.
Yo hacía unos minutos que estaba preparada para irme. En cuanto me desperté, me duché y me vestí, para tomarme el primer café del día tranquila. Ya iba por el segundo.
Era domingo y todo estaba bien.
—Yo ya estoy.
Me giré hacia Clara y sonreí.
Salió al balcón y se puso a mi lado. Apoyó los brazos en el pasamanos y miró hacia abajo, a la calle.
Mi vista se fue hacia su mano. Cuando salió de la ducha, le curé la herida y le revisé los puntos. Por el momento parecían estar cicatrizando bien, aunque demasiado lento.
Llevaba puesto un apósito que le hice comprar el día anterior. Era mucho más cómodo y práctico que llevar la venda, aunque el vendaje no fuera tan aparatoso como al principio.
—¿Bien? —le pregunté.
—Sí —me confirmó, sonriendo.
—Me alegro. ¿Llevas mejor no trabajar con las uñas?
El médico se lo había prohibido, hasta que no le quitara todos los puntos. Pero igualmente, Clara abría y cerraba el salón de uñas cada día, porque, aunque no podía utilizar mucho la mano, sí que podía hacer otras cosas, como compañía a sus chicas.
—Le estoy cogiendo el gustillo, no te creas —me contestó.
Soltamos una carcajada.
—A ver si al final, cuando puedas, no vas a querer trabajar —le dije en broma.
—No —rio.
—Estarías en todo tu derecho y si no lo haces es porque no quieres —le dije de verdad, seria—. Solo necesitarías contratar a otra persona para que cubriera tu puesto y tú llevar el salón de otra manera diferente. ¿No te lo has planteado? Podrías permitírtelo sobradamente.
—¿El qué? —preguntó Tania.
Se unió a nosotras en el balcón, también preparada para irse.
—Le estaba comentando si no le gustaría trabajar en el salón atendiendo a las clientas, a las llamadas y todo el papeleo.
En definitiva, hacer de jefa y tomárselo todo con más calma.
Eso no quitaría que cuando le apeteciera hiciera algunas uñas a las clientas.
Porque a mí me las haces tú o no voy a tu salón —dije con diversión.
Reímos.
Era broma. Claro que me encantaba que Clara me hiciera las uñas, pero no iba a hacerles el feo a Tamara, a Carmen o a Luisa. A la que me atendiera de las tres en cada ocasión que fuera, si Clara se dedicaba a otras cosas.
—Podrías ir alternándolo —le comentó Tania—. Yo lo veo muy bien.
—Si hiciera uñas de vez en cuando, podría compaginarlo —dijo pensativa Clara.
Tania y yo nos miramos sonriendo.
—Vamos al mirador, que al final Julio pensará que lo hemos dejado olvidado —habló con humor Tania.
Entramos al salón. Cerré la corredera del balcón, llevé mi taza vacía a la cocina y cogí el bolso de la mesa alta del salón.
Salimos de mi piso y bajamos al aparcamiento del edificio, para ir hasta mi plaza donde nos esperaba mi coche.
Montadas en él, salimos a la calle y nos alejamos por la carretera.
No habíamos hecho planes para cuando nos fuéramos del mirador, pero seguramente, siendo domingo y después de estar muchas horas seguidas juntas, decidiríamos irnos a nuestras viviendas a descansar.
La semana de trabajo volvería a ser muy larga para Tania y para mí, pero al menos, por el momento, mis turnos serían los normales. No tenía previsto doblarlos, a no ser que sucediera algo grave.
A las chicas no les hacía falta regresar a mi piso, ya que llevaban con ellas las mochilas con las que vinieron la tarde anterior. No llevaban mucho dentro de ellas, ya que siempre se dejaban cosas en mi piso. Hacíamos lo mismo en los pisos de cada una, para tener ropa de repuesto.
De manera que si Clara y Tania querían que las llevara a sus direcciones cuando termináramos en el bar del mirador, las dejaría de camino a la mía.
Quince minutos después estábamos en una de las zonas más altas de la ciudad, donde se encontraba el mirador.
Me desvié de la carretera principal, para acceder al camino asfaltado, y lo recorrí despacio, viendo el paisaje tranquilo y relajante que nos rodeaba.
Clara se había acostumbrado a venir a este sitio todos los fines de semana que podíamos. La entendía, era una maravilla. Conoció el lugar cuando Tania y yo la trajimos y desde entonces era uno de sus preferidos.
Estacioné en la zona reservada para los vehículos y cuando salimos del coche nos dirigimos hacia el bar.
—¿Te ha escrito Julio? —me preguntó Tania.
—Eso estaba mirando. No tengo nada de él —le contesté, antes de bloquear la pantalla del móvil—. Hemos llegado unos minutos antes.
—Joder. Eso es rarísimo en nosotras —comentó Clara.
Soltamos una carcajada.
La terraza del bar estaba ubicada en una parte que era un lujo. Estaba dirigida hacia unas vistas preciosas, mientras respirabas el aire de la montaña y tenías hacia los lados arboledas.
El bar se complementaba perfectamente con la naturaleza, sin dañarla y utilizando sus recursos de manera natural.
En cuanto llegamos e hice una pasada rápida visual por las mesas, sonreí al encontrar a Julio un poco apartado, observando las vistas de pie.
—Está allí —les dije a las chicas, señalando en su dirección.
Caminamos entre las mesas, yendo directas hacia él.
—Julio —lo llamé.
Se giró rápido, sonriendo.
—Hola —nos saludó a las tres.
Tania y yo lo abrazamos. Nos dimos un beso en la mejilla y después se lo presenté a Clara.
—Él es Julio. Mi amigo perdido durante años —le dije.
—Perdido, no. Más bien, olvidado. Es muy distinto —comentó con humor.
Nos miramos con ganas de reír.
—Hola, Clara —se dirigió a ella—. Gloria me ha hablado un poco de ti. Poco, porque no le ha dado tiempo a más.
—Hola, Julio. Encantada. A mí también me ha hablado de ti.
—Igualmente. Es un placer —le correspondió él.
Asintió, sin perder la sonrisa.
Se acercaron para darse dos besos en las mejillas.
—Hechas las presentaciones, vamos a ocupar una mesa —comentó animada Tania—. ¿Cómo vas, Julito?
Se agarró del brazo de él y lo llevó hacia una de las mesas.
—Con vosotras genial —le contestó entre risas.
—Eres bueno, ¿eh? Siempre sabes qué decir —rio Tania también.
Ocupamos una buena mesa, por la posición que tenía hacia las vistas, y cuando el camarero vino a atendernos, le pedimos nuestros desayunos.
Yo elegí una tostada con tomate en rodajas, aguacate y huevo frito. Me gustaba ir variando cada vez que venía.
El chico se fue con todo anotado y cuando nos quedamos solos, nos entretuvimos observando las vistas y el paisaje, en silencio.
El camarero no tardó mucho en regresar, con los botellines de agua y los cafés con leche.
—¿En qué trabajas? —le preguntó Clara a Julio, para romper un poco el hielo.
—Buena pregunta. Yo no he caído en hacérsela —comenté.
—No me lo puedo creer… —dijo sorprendida Clara—. Si es la…
—La típica pregunta que se hace al principio de todo, cuando no sabes qué más decir —terminó Julio por Clara, con una sonrisa de medio lado.
Ella se ruborizó un poco.
—Sí —rio Clara.
La sonrisa de Julio se hizo más grande.
—Algo que Julio siempre resalta… —dije, con un carraspeo.
Tuve la atención de los tres y me dirigí a Clara.
—Por si te gusta, te hace tilín, o sientes algo especial cuando lo miras, como Julio dirá en cualquier momento, para que no te pille de sorpresa, él será un calvo muy atractivo. Lo último es cosa mía porque ya lo es y punto.
A Tania le faltó muy poco para escupir el sorbo de café que tenía en la boca. Al final consiguió tragarlo con esfuerzo.
—Joder, ¡esa ha sido muy buena! —dijo entre risas, una vez se recompuso.
A Clara el rubor de la cara se le intensificó, mientras sonreía con vergüenza.
—Si te lo hubiera dicho Julio, habrías terminado peor —le dije a Clara, entre risas.
—Tienes razón —rio conmigo.
—Pues ya está —habló Julio, mirando a los ojos a Clara—. Acaba de revelarte mi mayor secreto. —Le hizo un guiño.
El rubor de Clara subió más y la observé con diversión, bebiendo de mi café con leche.
Estaba a punto de tragar uno de los sorbos, después de dejar la taza en la mesa, cuando me pasó como a Tania. La gran diferencia entre nosotras fue que yo no pude contener el líquido en mi boca y este salió despedido hacia delante.
Por suerte, conseguí apartarme lo suficiente de la mesa para que cayera al suelo. Tania también se separó, para no mancharse.
El motivo impactante para mí fue escuchar una voz a mi espalda. Una voz que reconocí sin problema, a pesar de que la mayor parte del tiempo que la oí estuve muy borracha.
Levanté la mirada despacio y me encontré con la cara sorprendida de Tania. Julio debía estar igual. No me hizo falta volverme hacia él para saberlo.
Giré la cabeza despacio hacia Clara, para encontrarla sonriéndole a quien estaba detrás de mí.