Capítulo 19
—Estoy yendo a la casa de mis padres. Hoy toca comida familiar —le dije a Julio.
Era la una del sábado e iba conduciendo. Faltaban pocas calles para llegar a la casa de mis padres y me había parecido un momento perfecto para llamar a Julio y poder hablar tranquilamente con él. Por fin.
Mi recién reencontrado amigo descolgó al segundo tono, feliz porque lo llamara.
—Eso está genial —comentó.
Me lo imaginé sonriendo.
—Sí. El jueves y el viernes no tuve ganas de nada, aunque anoche salí un poco con Tania y Clara.
—Eso también te viene bien y es necesario para que te dé el aire.
—Me sentó genial y dormí mucho mejor. Esta noche las veré otra vez. Vienen a cenar y a dormir a mi casa. ¿Qué te parece si quedamos para desayunar los cuatro el domingo? Así Clara y tú os conocéis.
—Me apunto —me confirmó y sonreí.
—Estupendo.
Llegué a la casa de mis padres y, como no había sitio para estacionar cerca, decidí meter el coche en el garaje de mis padres.
Me paré a pocos metros de distancia de la puerta.
—¿Tienes algún lugar al que te guste ir? —le pregunté.
—Ninguno en especial. Os lo dejo a vuestra elección, que sois mayoría.
Reímos.
—A nosotras nos gusta ir los fines de semana al bar del mirador. Se está genial y es como un cambio de aires. Parece que estamos en otra parte.
—Solo he estado una vez y hace muchísimo tiempo.
—¿En serio? —me sorprendí—. Pues mañana va a cambiar eso —sonreí—. Te van a encantar los desayunos que hacen. Bueno, si vas a cualquier otra hora del día, para comer o cenar, la gente también habla muy bien de la comida que preparan. Yo solo he estado por las mañanas.
—Iremos juntos a comer o a cenar. ¿Qué te parece?
—Me encanta la idea y, si pagas tú, me flipará.
Soltamos una carcajada.
—Es broma —le dije entre risas.
—Ya veremos —carraspeó él.
—Ni se te ocurra. He dicho que es broma. ¡A ver si no voy a poder hacértelas!
—¿Has llegado a la casa de tus padres? —me preguntó para desviar la conversación.
—Serás…
Reímos otra vez.
—Sí. Un momento.
Me bajé del coche y abrí la puerta del garaje, con la llave que siempre llevaba con las mías. Al igual que la de la casa de mis padres, la de la puerta principal.
Cuando tuve el acceso libre, volví al coche.
—Ya estoy —le hablé, al mismo tiempo que aceleraba.
Entré en el garaje y esperé a despedirme de Julio, para parar el motor.
—Pues nos vemos mañana a las diez en el bar del mirador —le dije animada—. Tendremos unas vistas relajantes y muy bonitas.
—Suena genial. A las diez estaré allí.
—Guay. —Hice una pequeña pausa—. Oye, Julio…
—¿Sí?
—¿Con Damián todo bien? Como no hemos podido tener una conversación tranquila…
—Todo como siempre, Gloria. No tienes que preocuparte.
—¿Qué significa, todo como siempre?
—Que mi relación con Damián no ha cambiado.
Anda, deja de pensar —rio—. Ya te contaré con calma.
Hablé con él, o más bien le eché una buena bronca por cómo se comportó la noche de la cena y a la mañana siguiente, en la comisaría.
Terminó dándome la razón y disculpándose, pero como le dije, no es conmigo con quien debe disculparse.
—Pues claro que sí. Al menos por la parte que te toca. —Bufé—. Y a mí no hace falta que se me acerque. No lo necesito en mi vida.
—Colabora un poquito, ¿no?
—Ya veremos —le contesté riendo—. Si lo hago, será por ti. Después será Damián quien tenga que ganarse que lo vea de otra manera.
—No esperaba menos de ti —dijo con diversión.
—Me alegro mucho de que vosotros estéis bien.
—Gracias, preciosa.
—Te dejo, ¿vale? Ya he metido el coche en el garaje.
—Claro. Disfruta con la familia.
—Gracias, guapo. Nos vemos mañana en el mirador.
—Allí estaré. Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Corté la llamada y entonces apagué el motor.
Me bajé del coche, fui a cerrar la puerta del garaje y, una vez la dejé asegurada, me dirigí hacia la puerta pequeña lateral que daba acceso a la vivienda.
En cuanto entré, antes de cerrar la puerta, me encontré de frente con mi abuela.
—No me pierdo, ¿eh? —le dije con diversión.
—Nunca se sabe, que la juventud cada vez estáis peor.
Reímos, mientras nos abrazábamos. Antes de separarnos, nos dimos un beso en la mejilla y, sin soltarnos del todo, recorrimos el interior de la casa.
—¿Cómo estás, cariño?
—Bien —le contesté con un guiño.
—¿Los días de trabajo bien?
—Estupendamente.
Le di un beso en la mejilla.
—Ya he descansado, abuela. Y hasta el lunes lo haré más. No te preocupes.
—Vale —me sonrío.
Mi abuela me llevó por el pasillo y comprendí que mis padres estaban en el porche trasero.
—Tienes que contarme cómo fue el reencuentro con tus excompañeros.
—Cuando te cuente lo que pasó ese viernes por la noche, dónde terminamos, con quién, y cómo salimos a la mañana siguiente del sábado, vas a alucinar —le susurré al oído.
—¿No dormiste en tu piso? —me preguntó sorprendida, hablando muy bajo.
—No. Hasta que llegué un poco antes de media mañana y ya no me desperté casi hasta el domingo.
Reí, al ver su cara de asombro.
—Pero, ¿qué hicisteis?
—Cuando estemos solas te lo cuento —le contesté con un guiño.
Mi abuela negó con la cabeza, pero sonriendo.
—Hija —me dijo mi madre, cuando llegamos a la parte de atrás de la casa.
Se levantó de la silla y me recibió con un fuerte abrazo y varios besos que me hicieron reír.
—Hola, papá —lo saludé después que a mi madre.
Cerré los ojos abrazándolo, mientras la protección de sus brazos y su pecho me acunaban.
—Tenía ganas de verte —me dijo, antes de darme un beso en la cabeza.
Nos sonreímos cuando nos separamos.
—Aquí tienes.
Me giré hacia mi abuela y reí con ganas, mientras ella me ofrecía un botellín de cerveza.
—Es mejor que empieces rápido, así cuando te vayas han desaparecido todos los efectos —me dijo con picardía.
Cogí el botellín, aunque no me apetecía mucho en ese momento.
—Voy a poner un picoteo, así nos sentará mejor —comentó mi madre.
—Te ayudo. —Me hizo un guiño mi padre.
Le puso las manos en los hombros a mi madre y la empujó ligeramente, para que entrara en la casa.
Mi abuela y yo ocupamos dos sillas junto a la gran mesa ovalada del porche. Ella se sentó en la misma que había estado hasta que fue a buscarme.
Me encantaba el porche de mis padres. Era amplio y en una buena parte de él daba la sombra todo el día. Delante del porche estaba un jardín mediano, con dos árboles hacia los laterales que protegían del sol.
La hierba estaba muy verde, a pesar del calor que hacía. Y las flores que mi madre tenía en los maceteros que rodeaban el jardín destacaban por la variedad de sus colores.
Era un pequeño espacio de paz y tranquilidad.
Algunos veranos montaban una piscina que era perfecta para refrescarse, pero este año no se habían animado a sacarla.
—Cuéntame más de esa noche —me pidió mi abuela, hablando casi en susurros.
Le hice un buen resumen, aprovechando que mis padres tardarían un poco en regresar.
Cuando mi madre decía de poner picoteo o de preparar la merienda, aparecía con media despensa. Por ese motivo mi padre se había ido con ella, para controlarla, aunque también para dejarme mi espacio con la abuela.
Sabía lo que nos gustaba a ambas estos momentos.
—No me lo puedo creer —dijo mi abuela, muy sorprendida, cuando terminé de contarle todo.
—Ya ves —reí—. Tienes una nieta a la que detuvieron. Pero de buen rollo, ¿eh? —solté una risilla—. Y que pasó la noche en un calabozo. ¿Qué te parece?
—Pues sí que me has dejado alucinada.
Reímos.
—Nos pasó un poco de todo, pero siempre estuvimos bien. El único peligro que me amenazó durante toda la noche fueron los tacones de las sandalias.
Volvimos a reír.
—¿Seguro que en la comisaría fue bien? —me preguntó susurrando.
—Sí —le sonreí.
Miré hacia la hierba, para dejar la vista perdida en ella.
—A pesar de cómo suena y de lo que me pareció en algunos momentos, porque bebida lo veía de manera diferente, a pesar de todo nos trataron correctamente y el pequeño escarmiento nos vino muy bien.
No es que me hiciera cambiar de opinión, cuando pude tenerla, pero entendí el comportamiento de los policías.
—Si tú hubieras estado en el lugar de ellos, encontrándote con alguien con tu carácter, y encima con la lengua suelta por el alcohol, los habrías mantenido detenidos mínimo varios días —dijo con seguridad.
Soltamos una carcajada.
—Es posible —confirmé.
Sonriendo, me llevé el botellín de cerveza a los labios.
—Después de todo me llevé una buena amistad, a Julio.
—Me acuerdo de él.
—¿De verdad? —me sorprendió.
—Claro. Erais amigos. No tanto como Tania y tú, porque llegar a vuestro nivel es complicado, pero recuerdo que me mencionabas mucho a Julio e incluso alguna tarde estuvisteis en mi casa merendando.
—Sí —sonreí, al retroceder en el tiempo—. No vamos a perder el contacto más —dije convencida.
—Me alegro, cariño. Y más si encajasteis de nuevo tan bien.
—Volvimos a conectar perfectamente. Estoy muy contenta.
Mañana iré con las chicas a desayunar al bar del mirador y he quedado con Julio allí.
Tengo ganas de que Clara y él se conozcan y de que comencemos a quedar en grupo.
Me encantaría, cuando los horarios del trabajo nos lo permitan a Tania y a mí.
—Ya verás como sí. Lo importante es querer, el resto llega solo —me dijo con un guiño.
Me acerqué a ella para darle un beso en la mejilla y justo en ese momento aparecieron mis padres.
Cargaban con una bandeja cada uno.