¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 18
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Capítulo 18

Cogí la copa y me la acerqué a los labios, para beber un sorbo de vino.

Estaba sola en la terraza. Tania había entrado al restaurante para ir al baño y a Clara le faltaba muy poco para llegar, según el mensaje que había escrito en el grupo.

En el momento en el que lo envió, el taxi pasaba por delante del edificio en el que yo vivía, por lo que la dejaría a una calle de la plaza, ya que esta se encontraba en una zona peatonal.

La noche estaba tranquila. La terraza del restaurante estaba al completo, por lo a gusto que se estaba al aire libre. En la plaza, delante de mí, había varios grupos de amigos que hablaban y reían entre ellos.

Bebí otro sorbo de vino. Estaba muy rico y entraba solo.

—Gloria. —Sonreí al escuchar a Clara y giré la cabeza hacia ella.

—Hola —la saludé.

Dejé la copa en la mesa y me levanté, para darnos un abrazo y un beso en la mejilla.

—¿Y Tania? —me preguntó mientras nos sentábamos.

—En el baño.

—Siento el retraso —suspiró.

—Deja de disculparte —le pedí, divertida—. ¿Cómo tienes la mano?

—Hoy me ha dolido un poco.

—¿Ha sido una molestia después de utilizar la mano o has sentido dolor sin hacer nada?

Cogí de la cubitera la botella de vino y le eché en su copa.

—¡Hola! —saludó animada Tania.

Clara se levantó para abrazarla y darle un beso en la mejilla, como hice yo segundos antes.

Cuando estuvimos las tres sentadas y con las copas en las manos, Clara me contestó.

—Me ha dolido de buenas a primeras, sin hacer nada. Pero debo decir que una hora antes, o así, he utilizado un poco la mano. Joder, es que es la derecha y no se me dan nada bien ciertas cosas con la izquierda.

Bufó.

—Entonces no es para preocuparse, pero sí tendría que revisarte los puntos y la herida. ¿Te estás tomando el antibiótico?

—Claro. Cada toma, sin faltar.

—Vale. —Asentí.

—Tengo ganas de que se acabe todo —suspiró.

—Cuanto mejor te portes, más pronto pasará —le recordó Tania.

—Me porto bien, pero es inevitable que mueva un poco la mano —dijo Clara, haciendo una mueca.

—¡Oh, joder! —exclamó Tania.

—¿Qué? —le preguntamos Clara y yo, al unísono.

—¿Cómo que qué? ¡No puedes beber alcohol con la medicación!

—Madre mía, qué susto me has dado —dijo riendo Clara, con la mano buena en el pecho—. Ya sé que no puedo beberlo y Gloria también, por eso solo me ha puesto un dedo de vino para que me moje los labios. La cantidad no da para mucho.

—Buenas noches —nos saludó la camarera y nos quedamos calladas

Se llamaba Katia.

—¿Ya sabéis lo que vais a pedir? —nos preguntó, sonriente.

Nos gustaba mucho este restaurante japonés. Veníamos bastante a menudo, siempre que podíamos, de ahí que conociéramos a casi todo el personal que trabajaba aquí. Los únicos que se libraban eran los que trabajaban en la cocina.

—Sí —le confirmó Tania.

Abrió la carta y fue señalándole todo lo que siempre pedíamos. Le dijo lo que era fijo.

—¿Os apetece algo más, diferente? —quiso saber Tania.

—Por el momento para mí está genial así —comenté.

—Estoy de acuerdo. Si nos quedamos con hambre, ya pediremos más —habló Clara.

—Vaya… ¿Cómo estás? —le preguntó Katia.

—Casi recuperada. Lo mío es ir a los sitios a comer y que me lo pongan todo por delante. Lo de meterme en la cocina no va conmigo —le dijo Clara, levantando su mano vendada.

Ya no llevaba un vendaje aparatoso, como los primeros días.

Reímos.

—Me alegro de que quede poco para que estés bien. —Le hizo un guiño—. Hasta ahora.

Katia nos dejó solas y, como nos quedamos en silencio, hablé yo para que no se me olvidara lo que tenía en mente.

—¿Qué os parece si mañana cenamos tranquilas en mi piso y os quedáis a dormir? —les propuse.

—Me parece una idea genial —comentó Tania.

—Sí. Me gusta. —Asintió Clara—. Y estaremos tranquilas. ¿Cómo llevas el cansancio? —se dirigió a mí.

—No he notado mucho lo que llevo descansado desde ayer, pero bueno, aunque me queda el sábado y el domingo. Aunque mañana iré a comer a la casa de mis padres.

—Se te acumula la faena. Tu abuela lleva días queriendo hablar contigo —me dijo Tania.

—Ya, pero sabe cómo voy.

Me encogí de hombros.

—Mañana la veré, mi madre le dirá lo de la comida y estaremos todos juntos.

Estaba convencida de ello.

—En casa de tus padres no podrás contarle bien lo que os pasó la noche de la cena con los excompañeros del colegio —habló Clara.

—Qué va. Si mi madre se entera, le da algo. Y eso que han pasado dos semanas.

Reímos.

A Clara hacía días que la pusimos al corriente de lo que nos pasó y de cómo nos fue aquella noche. Alucinó bastante cuando oyó lo que le dijimos y nos reímos mucho en la parte de pasar la noche en el calabozo.

Tania y yo habíamos pasado la fase mala, la de la vergüenza. Ya lo veíamos de otra forma, una mucho más divertida e increíble, porque todavía nos costaba creernos que pasáramos la noche en una comisaría, detrás de unas rejas.

—Oye, ¿Julio te ha vuelto a escribir? —me preguntó Tania.

Mi recién encontrado amigo me había escrito varias veces, desde que nos despedimos antes de salir de la comisaría.

Con el fin de semana que tuve de desconexión y después, con los días intensos de trabajo, no había podido estar por él como se merecía.

El último mensaje que le envié fue para decirle que estaba doblando turnos y que lo tenía complicado para mi vida fuera del trabajo.

—No, porque le dije que le escribiría yo o le llamaría cuando estuviera libre, para no marearlo —contesté—. Mañana hablaré con él. Es que no he pensado en nada desde que me fui del hospital el miércoles, aparte de en mí y mi descanso.

Me encogí de hombros.

—Y has hecho muy bien —me sonrió Clara.

—No lo sé, pero era lo que más necesitaba.

—Tus amigos y tu familia no van a irse ni a alejarse. Ni mucho menos se molestarán por tus ausencias —me dijo Tania.

—Tienes razón y eso también va para ti —le recordó Clara—. No tenéis trabajos fáciles y adaptables.

Nos hizo un guiño y le sonreímos.

Katia regresó con la primera tanda de platos de comida y, en cuanto nos los puso en la mesa, se nos abrió el apetito.

Todo tenía una pinta estupenda, como siempre.

—Gracias, guapa —le dijo Tania, antes de que se fuera.

Dejamos apartada la conversación para comer.

Los únicos comentarios que fuimos haciendo fueron cuando probábamos bocados diferentes.

Durante un buen rato estuvimos centradas en la cena y, cuando terminamos, después de los postres y muy saciadas, Katia nos trajo una botella de licor y tres vasos de chupito para tomarlo.

Clara no pudo beber. Tania y yo nos bebimos uno, para no hacerle el feo a Katia.

—Chicas —las llamé—. Lo siento, pero no me apetece ir a ningún lado ahora. Necesito llegar a mi piso y tumbarme en la cama. Seguro que mañana estaré mucho mejor.

—No tienes que disculparte —me dijo Clara—. A mí también me vendrá bien estirarme para descansar la mano.

—Pues no se hable más. Por esta noche ya está. La de mañana la pasaremos en tu piso —dijo Tania y asentí.

—Vamos a pagar y nos vamos —comentó Clara, levantándose de la silla—. Te cuesta mantener los ojos abiertos —me sonrió.

—Sí —reí sin fuerzas.

Clara no tuvo que ir a buscar a Katia. La camarera se acercó rápido al verla de pie. Le pagamos a medias, como muchas veces hacíamos. De vez en cuando una invitaba a las demás.

Cuando Katia nos trajo la vuelta del dinero que sobró, nos despedimos de ella hasta la próxima vez.

Mis amigas pidieron un taxi en mi dirección, de manera que me acompañaron hasta donde vivía, dando un paseo tranquilo.

—¿Mañana a qué hora? —me preguntó Clara.

—¿A partir de las siete? —les propuse.

—Genial —me contestó ella.

—A esa hora vendremos —me dijo Tania.

Me abrazó con fuerza, mientras me decía que entrara ya al edificio. No quise dejarlas solas en la calle y ellas tampoco quisieron entrar para ver llegar al taxi desde la entrada.

De manera que nos quedamos las tres en la calle a esperar el taxi. Entonces sí, cuando llegó y mientras ellas se montaban, yo me dirigí hacia el portal. Me despedí por última vez esa noche diciéndoles adiós con la mano y entré en el edificio.

Subí sin fuerzas en el ascensor, con los ojos cerrados, y en cuanto cerré con llave la puerta de mi piso, me dirigí a mi habitación sin pararme a mirar hacia ningún lado.

Ni siquiera fui a la cocina, con la sed que tenía.

En la mesita de noche de mi habitación tenía una botella pequeña de agua y, aunque faltaba más de la mitad, con lo que había me valía.

Fue lo primero que hice al rodear la cama, beber. Después me desnudé, me puse el pijama, fui al baño, y me metí en la cama. Por fin.

Los ojos se me cerraron al instante, no me dio tiempo a nada.