Capítulo 16
Clara y yo levantamos la cabeza hacia Tania, la que miraba sorprendida a Clara.
—Hola, preciosa —la saludó Clara.
Se levantó de la silla y se abrazaron.
—No te asustes. Es más aparatoso de lo que parece —le dijo sonriendo, Clara.
Tania me miró a mí.
—Ya… —carraspeó al final—. ¿Qué te has hecho?
—Un cortecito de nada con un cuchillo de cocina —le contestó poniendo los ojos en blanco—. Me fastidia mucho por el salón. Voy a estar varias semanas sin poder trabajar.
—Si ahora te fastidia, prepárate para dentro de un rato —le dije.
Mauro volvió con el café de Clara.
—Hola, preciosa —saludó a Tania.
Ella le sonrió de oreja a oreja.
—¿Un café con leche?
—Sí.
—¿Algo más?
—Por ahora está bien.
—Esto no puede ser. —Negó con la cabeza—. Debéis alimentaros mejor. Anda que me tenéis contento.
Reímos.
—Tranquilo, que en el siguiente descanso te dejaré sin comida en el expositor —le advirtió Tania, en broma.
—Eso me gustará verlo —rio él—. Enseguida te lo traigo.
Le hizo un guiño y se fue a por el último café con leche.
—¿Quieres el mío? —le preguntó Clara.
—No. Tranquila, tengo tiempo. Además, Pablo se da mucha prisa para atender al personal sanitario. Nunca sabemos si tendremos que irnos corriendo por alguna emergencia —le sonrió Tania.
—Ah, vale. ¿Cómo os está yendo la mañana?
—Normal y calmada —le contesté.
—Yo he estado muy entretenida, pero a partir de que vuelva, todo estará más tranquilo.
—¿Problemas? —le pregunté.
—Unos cuantos, pero ninguno que tengamos que lamentar —suspiró.
—Me alegro.
Nos sonreímos.
Mauro regresó con el café de Tania e impedimos que Clara pagara. Le pedimos a nuestro camarero preferido que huyera e ignorara a nuestra amiga. Él lo hizo encantado, entre risas.
—No sé cómo lo hacéis —dijo Clara.
Tania y yo la miramos.
—¿El qué? —quiso saber Tania.
—Estar tan enteras y controlando los nervios. Yo no podría. Las emociones me superarían cada día. De verdad, os admiro por todo lo que veis a diario y, aun así, seguís luchando.
—La recompensa vale más que el dolor —comenté.
—Lo que no quita que sea muy duro a veces —añadió Tania y asentí.
—Por eso mismo.
—Vamos a dejar el tema de los trabajos porque tú no puedes hacer el tuyo durante un tiempo y el nuestro tiene altibajos, sí, con unos bajos muy duros, pero es nuestra pasión y la tenemos asumida —dije con un guiño.
—Sí. Mejor —rio Clara—. Yo no quiero pensar en el salón.
Colocó en la mesa el codo del brazo que tenía la mano bien y apoyó la cara en la mano.
—Solo de pensar todos los cambios que voy a tener que hacer con las citas… —Bufó—. Luisa, que ha sido con la última que he hablado, me ha dicho que no me preocupara por las horas extras que iban a tener que hacer ella, Tamara y Carmen.
—Van a ayudarte en todo, Clara. Y tú actuarás con ellas en consecuencia —le dije.
—Claro —sonrió—. Pero es que son muchas citas y, por mucho que queramos atenderlas a todas, perderemos a bastantes porque no querrán esperar.
—Eso es problema de ellas —intervino Tania, después de beber un sorbo de su café.
Yo la imité.
—Que anulen una cita no significa que ya no vayan a volver —comenté.
—Me da miedo, por lo nuevo que es el negocio —suspiró.
—Todo irá bien —la animó Tania.
La agarró de la mano sana y se sonrieron.
—Se acabaron las tragedias —dijo Clara—. A ver, contadme cómo os fue el reencuentro con vuestros excompañeros, la cena y la fiesta del viernes por la noche.
Clara no sabía absolutamente nada de lo que nos pasó en la salida maravillosa que hicimos el viernes por la noche. El sábado, Tania y yo nos lo pasamos durmiendo y descansando, después de llegar a nuestros pisos de la comisaría y de desayunar.
Por la noche nos escribimos unos pocos mensajes para asegurarnos de que continuábamos bien, pero no tuvimos fuerzas para hablar más.
El domingo quedamos a las diez y media a desayunar. Se lo dijimos a Clara para estar las tres juntas, pero no pudo ser.
Hubiera sido un buen momento para contarle en lo que se convirtió nuestra aventurilla de la noche del viernes, pero como el sábado no tenía planes para el domingo porque Tania y yo estuvimos desaparecidas, y no quiso molestarnos, el domingo lo pasó con su hermano.
Se fueron a ver una zona muy visitada que se encontraba a unos cien kilómetros y pasaron el día juntos. Era muy bonita. Tania y yo habíamos ido varias veces y merecía la pena.
—Qué buena elección de palabras —dije.
Tania y yo nos miramos y soltamos una carcajada, mientras que Clara nos miraba sin comprender a qué había venido mi comentario.
—¿Qué? —preguntó.
—Has mencionado de una vez, muy junto, la palabra tragedia y nuestra maravillosa salida del viernes —le aclaré.
Por supuesto, continuó sin enterarse.
—Tenemos mucho que contarte y poco tiempo —le dijo Tania.
—Si empezamos ahora no llegaremos ni a la mitad. Te lo aseguro.
Me encogí de hombros.
—Joder, pero… —Pasó la mirada de una a otra—. ¿Fue bien o mal?
—Yo creo que podemos decir que, en la primera parte de la noche, hasta la cena, estuvo muy bien y casi rozamos el ochenta por ciento sobre cien —le contestó Tania.
Reí.
—Y para el resto de la noche, hablando de lo mal que nos fue, yo le pondría un doscientos por ciento sobre cien.
Clara agrandó los ojos y abrió la boca, sorprendida. Tania y yo volvimos a reírnos, con ganas.
—Hubo partes muy memorables, Clara —le dijo Tania—. Fliparás cuando las sepas. —Soltó una risilla.
—Menos mal que no te llamamos. Pensamos en hacerlo —comenté.
Puse los ojos en blanco, antes de coger la taza.
—Madre mía. ¿Tan mal os fue?
—Lo importante es que estamos aquí y bien. Fin —le respondió Tania y ella y yo volvimos a reírnos.
—Vais a dejarme con la intriga mucho tiempo —se quejó y se unió a sus risas.
—¿Te duele? —le pregunté.
Vi en su cara una pequeña mueca de malestar.
—Parece que lo que me han pinchado se está yendo. Está despertándose —susurró, con un suspiro.
—Cuando nos vayamos del bar, acompáñame y te doy una pastilla que te hará efecto muy rápido. Ya verás cómo te dejará descansar durante varias horas —le dije.
—Gracias —me sonrió.
—¿Tienes que pasar por la farmacia? —quiso saber Tania.
—Tengo una a unos metros de donde vivo.
—Ay, es verdad.
—Vamos a terminarnos los cafés para que puedas irte. Ni se te ocurra ir al salón desde aquí. Hoy tienes que descansar. ¿Se te ha quitado el mareo?
—Bastante.
—No sabía que estabas mareada —le dijo Tania.
—No me gusta la sangre —rio Clara, nerviosa.
—Vaya tela. —Agrandó los ojos Tania.
—Quería pasarme por el salón.
—Hazme caso. Hoy es mejor que te quedes en tu piso.
—Joder —suspiró.
—Mi consejo es el mismo, así que…
—Ya, ya… —sonrió.
—Cómete los cruasanes —le dije.
Le di uno para que empezara ya y los otros dos los puse sobre varias servilletas y los envolví.
—Para el camino. —Se los di—. Además, para el medicamento que voy a darte ahora necesitas tener algo en el estómago.
—Vale —susurró.
—¿Al mediodía pedirás la comida a domicilio?
—Es que no sé si iré a mi piso para quedarme o para coger las llaves del de mi hermano. Lo que menos me apetece es llegar y encontrarme con la cocina, el baño y algunas partes más, sobre todo, el suelo, llenos de sangre.
Hizo una mueca de asco.
—Mierda. No había caído en eso —comenté, pensativa—. Olvídate de ir a tu piso para quedarte. Llega, coge la llave de tu hermano y te vas para su piso. Que el taxi te espere en la calle.
—Sí —sonrió Clara.
—¿Mariana sigue teniendo copia de las llaves de tu piso? —le pregunté.
—Claro.
Mariana era su vecina. Se llevaba muy bien con la mujer. Era un encanto.
—Pues avísala de que sobre las cuatro y media iremos Tania y yo, para que nos deje las llaves. Te limpiaremos el piso, te lo dejaremos brillante y sin rastro de nada, y así podrás ir a dormir, o cuando te apetezca.
—No hace falta. Mi hermano…
—Ya está decidido —la interrumpió Tania.
—Muchas gracias, chicas —nos dijo emocionada Clara.
—De gracias nada, queremos un mes completo de uñas gratis —exigí, con diversión.
Soltamos una carcajada.
Nos terminamos los cafés y, cuando salimos del bar, Clara y yo nos despedimos de Tania. Ella se fue hacia su zona de trabajo y yo llevé a Clara a la mía.
Recorrimos la planta inferior.
—¿Aquí trabajas? —me preguntó con curiosidad Clara, intentando ver.
No iba a conseguirlo, la UCI estaba muy protegida. Como debía ser.
—Sí. O más bien, aquí es donde me tienen secuestrada durante muchas horas —comenté con humor, cuando me escuchaba mi compañera María de la recepción y el control de acceso.
Rio, sin alzar mucho el volumen.
—Lo mismo digo —dijo María y le hice un guiño.
—María, ella es Clara. Una buena amiga —las presenté.
—Encantada.
—Igualmente —le correspondió Clara.
—Está recién salida de urgencias y comienza a dolerle. Voy a por una medicación, cuídamela mientras tanto —le pedí a mi compañera.
—Hecho —me dijo con un guiño—. Lamento lo que te ha pasado —se dirigió a Clara.
—Gracias. Ha sido por una tontería en la cocina, por no fijarme bien, y mira cómo ha terminado. —Bufó.
—Suele suceder. Sobre todo, cuando una está más confiada y haciendo las cosas de diario.
Las dejé hablando y me alejé para ir a por la medicación. Tenía claro lo que iba a darle a Clara, por lo que no tardé en regresar junto a ellas.
—Déjame ver qué te ha recetado el médico —le pedí.
Era más rápido que comprobar su historial en el ordenador.
Mi amiga sacó del bolso los papeles que le habían dado y, después de echarles un vistazo rápido, me fui de nuevo a por más medicación.
—¿No tendrás problemas por dármela? —me preguntó preocupada Clara.
Llegué con varias cajas.
—Tranquila. Nunca malgasto, así que…
—No pasará nada —la tranquilizó María—. Gloria no hace esto nunca.
—Voy a darte dos tabletas de cada caja de pastillas —le expliqué.
Las saqué, dejando en total seis tabletas sobre el mostrador del punto de acceso de la UCI.
María me dio un rotulador permanente y escribí detrás de cada tableta, en las partes lisas que se rompían, la rutina de cómo debía tomárselas para que supiera cuáles eran, al no llevarse las cajas.
Lo ponía en el informe que le habían dado en urgencias, pero de todas maneras lo hice. Visualmente, era más rápido de esta manera.
—Ya está —le dije.
Le metí en el bolso las tabletas de pastillas y los papeles de urgencias.
—Tienes para cinco días con lo que te he dado. Así puedes ir sin prisa a la farmacia y cuando te encuentras bien.
—Gracias, Gloria.
Me abrazó y la apreté con fuerza.
—No tienes que dármelas —le susurré al oído.
Le di un beso en la mejilla antes de apartarme. Nos sonreímos.
—Tómate esta pastilla ahora —le dije.
La saqué de una de las tabletas que me quedaba yo. Era para el dolor y la inflamación y se la puse en la mano. María le llenó un vaso de agua de la máquina que teníamos a unos metros de distancia.
Clara se la tomó delante de nosotras y después se despidió.
Quedamos en que hablaría con su vecina para cuando Tania y yo fuéramos a limpiarle el piso y en que la llamaría más tarde, para saber cómo se encontraba.