¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 15
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Capítulo 15

—Buenos días —saludé a uno de mis pacientes.

Entré en el box animada, como siempre me mostraba ante ellos.

—Buenos días —susurró el hombre.

—Quiero que cambies esa cara, Ernesto —le pedí—. Estás aquí de paso y quiero quedarme con el recuerdo de tu sonrisa.

Poco a poco apareció en sus labios.

—Así me gusta —le dije con un guiño.

Me paré al lado de la cama.

—Con lo atractivo que eres y…

—Tú eres única animando. A mi edad vas a decirme eso…

—Qué edad ni qué edad.

Puse los ojos en blanco.

—Y muy simpática. La más simpática de aquí —continuó.

Le acomodé la cabeza en la almohada, mientras esta la colocaba mejor.

—No has estado con muchas más enfermeras —le dije con diversión.

Lo agarré de la muñeca para controlar sus pulsaciones, mientras lo entretenía.

—Claro que sí, la enfermera de la noche. No se lo digas, pero si aprendiera a sonreír de vez en cuando, lo mismo se le quitaba la cara de amargada con la que se pasea por aquí.

Apreté los labios, para no reír.

—¿Te cuento un secreto? —le pregunté, inclinándome hacia él—. Yo pienso igual —le dije después de que asintiera a mi pregunta.

Su sonrisa se hizo más grande y yo le hice un guiño.

—Ahora vuelvo.

Salí del box, pero no fui muy lejos. Había dejado el carrito con todo lo que necesitaba para atender a Ernesto a un lado de la entrada del box.

Siempre que podía hacerlo, tanto por tiempo como por no haber ninguna urgencia, la primera vez del día que veía a los pacientes, me gustaba entrar con las manos vacías para ser más cercana con ellos.

Buscaba que se relajaran y se abrieran a mí, porque entrar con un carro lleno de medicación, jeringas y más cosas, no era muy agradable de ver recién despertado.

Después de comprobar que tenía todo lo necesario en el carro, tiré de él para entrar en el box.

Yo era enfermera de la unidad de cuidados intensivos y Ernesto era uno de los pacientes que mejor se encontraba. Como había comentado, solo estaba de paso y pronto lo subirían a una habitación.

Cogí la jeringa con la medicación y la pinché en la vía, para introducirle el medicamento extra despacio. Cuando terminé, le repuse las bolsas que colgaban del portasueros y continué haciéndole las curas, mientras revisaba que todo estuviera bien.

—Dentro de poco estarás corriendo, Ernesto.

—Ay, hija, si tuviera veinte años menos…

Sonreí.

—Pues lo dejamos en caminar, en los paseos que estoy segura de que te gusta dar.

Recogí lo último que había utilizado y lo coloqué en el carro.

—Eso sí —sonrió—. Pero lo veo tan lejano —susurró.

—No creas que tanto porque vas a portarte muy bien y la recuperación te irá genial.

—Sí.

Recuperó la sonrisa y le hice un guiño.

—Ahora voy a tomarme un café. Tengo un descanso. Cuando regrese paso a verte de nuevo.

—Gracias, Gloria.

—No me las des.

Le agarré la mano en la que no tenía la vía y le di un ligero apretón.

Salí del box con un nudo en la garganta, dejando a Ernesto solo. Me dolía pensar en eso porque, desde que ingresó en el hospital grave y entró en urgencias, nadie sabía nada de su familia.

Sabía que varias compañeras habían intentado ponerse en contacto con su hijo, el único que tenía, pero ningún intento sirvió para que tuvieran respuesta. Lo que se resumía en que Ernesto llevaba solo aquí desde que llegó mal. Sin visitas y con el miedo y la tristeza que debía haber pasado…

Me tragué el nudo de emociones, mientras desechaba lo que no valía del carro y dejaba repuesto lo que faltaba, para tenerlo preparado para cuando volviera de mi descanso. Cada enfermera de la UCI tenía su carro de trabajo.

—¿Ya te vas? —me preguntó María.

Era mi compañera y trabajaba en la pequeña recepción y control de acceso a la UCI.

—Sí —le confirmé.

—¿Estás bien?

—Claro —le sonreí.

Me dio mi caja, dentro de la que tenía un monedero pequeño y el móvil. Cogí ambas cosas y le devolví la caja. Aunque muchas veces no pagaba a diario en el bar del hospital, algunas semanas acumulaba todo lo que gastaba para pagarlo al final de la semana. Según me diera y me apeteciera.

—Hasta ahora —me despedí de María.

—Hasta ahora, preciosa.

Me alejé de mi zona de trabajo enviándole un mensaje a Tania. Mi amiga también trabajaba de enfermera de UCI, pero especializada en la neonatal. Estábamos en zonas diferentes del hospital.

Gloria: Acabo de salir. Te espero en el bar.

Todas las mañanas que podíamos cuadrábamos las pausas, para coincidir. Al igual que hacíamos con nuestros turnos y descansos.

Me guardé el móvil, sin esperar respuesta por el momento. Seguro que Tania se retrasaría unos minutos más en salir, por lo que sería el tiempo que tardaría en ver mi mensaje.

Me dirigí hacia el bar, hacia el que tuve que atravesar toda la planta baja del hospital y, cuando llegué, fui hacia la zona en la que siempre nos sentábamos, para ocupar una mesa.

—Hola, preciosa.

Levanté la mirada sonriéndole a Mauro, uno de los camareros.

—Hola, guapo.

—¿Qué va a querer tomar mi chica preferida? ¿Lo de siempre?

—Hoy un café con leche.

—¿Solo vas a desayunar eso?

—Por ahora sí. No tengo hambre.

—De acuerdo.

Negó con la cabeza.

—Enseguida te lo traigo.

—Gracias.

—¿Tania viene de camino?

—Todavía no lo sé, pero no te preocupes. Que pida cuando llegue, no vaya a ser que hoy se retrase más.

—Vale. Ahora vuelvo.

—¡Gloria!

Me sorprendí al escuchar a Clara y, cuando la busqué con la mirada y la encontré, más me sorprendí al verle una mano.

—Joder… Iba a preguntarte qué haces aquí —dije sorprendida—. ¿Qué te ha pasado?

Terminó de acercarse a mi mesa y nos dimos un abrazo, con un beso en la mejilla.

—Soy una torpe. —Bufó—. Eso es lo que me ha pasado. Odio la puñetera cocina, te lo juro.

—Me quedó claro cuando quisiste hacer la cena una noche en la que te quedaste en mi piso —le dije con diversión—. ¿Es preocupante?

Con un gesto de la cabeza le señalé la mano que llevaba vendada, mientras se sentaba frente a mí.

—Me he hecho un buen corte —me dijo con una mueca—. Me han dado puntos y me han dicho que debo estar así hasta que vuelva para la revisión.

Levantó la mano vendada.

—¿En una semana?

—Sí. —Bufó—. Con el trabajo que tenemos en el salón de uñas…

Hizo un puchero y sonreí.

—Pues lo siento mucho, pero en este caso tu prioridad eres tú. Tienes a Carmen, a Luisa y a Tamara.

—Si entre las cuatro no damos abasto…

—Es lo que hay, Clara. Tú no querías cortarte. ¿Cómo estás?

—Todavía un poco mareada —rio—. Es que no llevo muy bien ver sangre y hacerme algo, mucho menos.

—Ya… ¿Cuándo ha sido?

—Esta mañana a primera hora, mientras me preparaba la comida para llevármela al salón.

Se encogió de hombros.

—¿Y has venido sola?

—Sí, no quería molestar a mi vecina. Me hubiera acompañado encantada, pero no he querido.

—Joder, Clara…

Negué con la cabeza.

—No pasa nada. Me he cubierto bien la mano, con varias toallas, y he venido en taxi. No he tenido que esperar mucho en urgencias.

Asentí.

—Iba a escribirte un mensaje cuando estuviera sentada a una mesa. Acabo de entrar en el bar y no sabía a qué hora haces los descansos, ni los de Tania tampoco.

—Pues has tenido suerte —sonreí—. Estoy recién llegada y Tania aparecerá en cualquier momento.

—Sí. Guay —imitó mi sonrisa—. Es que, como estoy mareada, he preferido tomármelo con calma y venir aquí. Necesito tomarme algo porque creo que me ha bajado la tensión con todo lo que he visto —suspiró.

Precisamente en ese momento Mauro, el camarero, volvió con mi café con leche y lo miré divertido, porque había añadido tres cruasanes pequeños. Dos con chocolate y otro normal.

Mi amiga le pidió otro café con leche.

—No tengo ninguna prisa por ir al trabajo —continuó Clara—. Total, en el salón poco más puedo hacer que compañía a las chicas. Ya les he dicho que he salido de urgencias y que todo está bien, dentro de lo normal que me he hecho.

—¿Dónde ha sido el corte?

—Empieza en el lateral externo de la mano y entra hacia la palma.

—Joder —dije con una mueca.

—Mi hermano va a matarme —rio—. Me tiene prohibidos ciertos cuchillos.

Bufó.

—Yo te prohibiría cualquier cosa afilada —sonreí.

—Oye, que en el salón trabajo con algunas y las domino a la perfección.

—No puedes compararlo. No es lo mismo —reí—. Y digamos que para ti las únicas excepciones que hay son las relacionadas con tu trabajo. En todo lo demás hay que temerte.

—Serás…

Soltamos una carcajada.

—¡Clara! ¿Qué te ha pasado? —preguntó preocupada Tania.