¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 14
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Capítulo 14

Me llené la boca de agua, para enjuagármela. Lo hice varias veces, hasta que sentí algo de alivio.

Me hubiese encantado tener pasta de dientes a mano, como cuando Matías, uno de los policías, nos dijo amablemente si necesitábamos ir al lavabo antes de entrar en el calabozo.

Por supuesto, en ese momento mis amigos y yo le dijimos que sí. Ahí fue la primera vez desde que vomité que pude lavarme la boca con agua, enjuagándomela bien durante un buen rato.

Necesitaba más, pero hasta que no llegara a mi piso era lo que había.

Cuando acabé con la boca, me mojé la cara y, al terminar, me la sequé con papel. Lo tiré a la papelera y me miré en el espejo.

Tenía cara de cansada. Se me notaban las ojeras, pero no era exagerado, y tenía el pelo bastante alborotado, lo que intenté arreglar con las manos.

A pesar de esas cosas, para haber pasado una noche de borrachera en un calabozo y después de haber dormido en un banco de madera, estaba bastante mejor de lo que esperaba.

Una vez que me quité con los dedos varios enredos, me hice una trenza para que el pelo suelto no me molestara. Por suerte, siempre llevaba una gomilla en el bolso. Daba igual cuál utilizara, tenía de repuesto en todos.

Salí del baño del bar en el que nos habíamos parado Tania y yo para desayunar, y recorrí el interior yendo hacia la terraza. En ella se encontraba mi amiga, sentada a una mesa en la que daba un poco de sombra.

—¿Mejor? —me preguntó cuando me senté frente a ella.

—Todo lo mejor que puedo estar con lo poco que he hecho y con todo lo que ha pasado —contesté.

Me encogí de hombros.

—Eso es mejor que nada —me dijo con un guiño y una risilla—. Los desayunos ya no tardarán —comentó.

—Sí —sonreí.

Al llegar, en cuanto entramos en la terraza y ocupamos una mesa, antes de ir yo al baño, un camarero apareció para atendernos. Después de que el hombre nos informara de lo que podíamos pedir para desayunar, con todas las opciones, Tania y yo le pedimos lo que queríamos.

—¿Cómo te encuentras? —le pregunté.

—De aquella manera.

—Al menos no has necesitado vaciar el estómago —sonreí.

—Porque tuve una buena borrachera —dijo hablando más bajo—. Toma —me pidió, buscando en su bolso—. Yo me he tomado una mientras estabas en el baño.

Me dio una pastilla para el malestar, pero, sobre todo, para el dolor de cabeza, y me la tomé rápido con un poco de agua de una botella de agua pequeña que había pedido.

—A ver si hace efecto —suspiré.

—Ya verás que sí. Así cuando lleguemos a nuestros pisos estaremos mejor y nos dormiremos pronto.

—Tania, para lo que menos necesito que se quite todo es para dormir. Te lo aseguro. Esté como esté, en cuanto me tumbe en mi cama me dormiré en pocos segundos. Ni me enteraré.

Me encogí de hombros.

—Pero si te duchas te espabilarás…

—Ni el agua puede obrar ese milagro —le aseguré.

Puse los ojos en blanco.

—¿Por qué te crees que voy a comer tanto?

—le pregunté—. Porque el desayuno también me servirá de comida.

En cuanto me meta en la cama no pienso levantarme hasta que me despierte.

Si es al día siguiente, pues mejor. Necesito descansar y recuperar fuerzas para la semanita completa de trabajo que me espera. Y tú lo mismo.

Para desayunar me había pedido un bocadillo grande de tortilla de patata y un café con leche. Mi estómago necesitaba alimento, estaba hambrienta, y mi cuerpo energía. Por suerte, entre lo que iba a comer y lo que descansaría una vez estuviera en mi piso, me recuperaría bien.

Estaba deseando llegar.

El camarero que nos atendía se acercó con una bandeja y nos dejó los desayunos en la mesa. Se lo agradecimos antes de que se fuera.

—Puedo pedir el taxi ya —me dijo Tania.

—Ahora come tranquila. No hay prisa, vienen rápido.

—Sí. —Asintió.

El bocadillo de mi amiga era de lomo con queso y del mismo tamaño que el mío. Ambas terminaríamos bien servidas de comida, para unas buenas horas.

Cuando dimos el primer mordisco, hicimos varios soniditos de placer.

—Joder. No sé si está tan bueno como me parece o es que con el hambre y la nochecita pasada me sabe delicioso —habló con la boca llena y reí.

—Yo creo que se mezclan las dos opciones —le dije, antes de dar otro mordisco al mío—. ¿Quieres probarlo? —le ofrecí.

—Vale.

Nos intercambiamos los bocadillos y ambas probamos el de la otra. El de Tania también estaba buenísimo. Nos dimos la razón y seguimos comiendo.

—Gloria…

—¿Qué?

Busqué su mirada.

—Siento haberme comportado como una niña pequeña con lo de Damián.

Hizo una mueca con los labios.

—Cariño, no pasa nada. Sí, te dio bastante fuerte.

Y sí, te hubiera hecho varias cosillas para que entraras en razón, pero ya está.

No se te ocurra sentirte culpable por lo que bebimos anoche.

Eso fue decisión de los tres y lo de Damián solo nos impulsó un poco.

Sabíamos muy bien lo que hacíamos y quisimos continuar.

—Hasta el alcohol dirigió todas nuestras decisiones.

Apretó los labios.

—Efectivamente.

Reímos, sin alzar mucho el tono.

—A Damián le has echado en cara que él fue el motivo por el que bebimos tanto.

—Y le hubiera echado muchísimas cosas más, solo para fastidiarlo.

Le hice un guiño.

—Julio es increíble —dijo.

Sonreí, asintiendo.

—Lo es. He dicho en serio que no perderemos el contacto a partir de ahora.

—Sí. Menuda nochecita —dijo con una risilla—. Ni en nuestra juventud nos vimos así.

—Lo que ha pasado no podemos decírselo a nadie más que a Clara —comenté.

—¿En serio piensas que tu abuela no lo averiguará? —me preguntó riendo—. Sabrá que le ocultas algo en cuanto te pregunte cómo fue el reencuentro con los excompañeros y qué tal nos lo pasamos durante la noche.

—Mi abuela no me preocupa —suspiré—. Con ella hablaré, pero ¿con mi madre? Oh, Dios, no. Estaría haciéndome preguntas, asustada por lo de la policía durante yo qué sé cuánto tiempo. Me niego.

—Yo no voy a contar nada. A todos los que me pregunten les diré que todo fue bien y que disfrutamos de la noche. De lo que sí hablaré será de cada uno de los excompañeros, sobre todo de Celia. A esa la bajo de su pedestal como que me llamo Tania.

Bufó.

—No pasa nada por hablar de eso. Ya verás cuando se lo contemos todo a Clara.

Reímos.

—Va a flipar —dijo.

—Normal. Yo todavía flipo.

Volvimos a reír.

—¿Qué tal el dolor de cabeza? —me preguntó.

—Igual. Todavía no me ha hecho efecto la pastilla.

—¿Y qué me dices de los policías?

—¿Cuál de todos? —me hice la despistada—. En la comisaría hemos visto a varios. Por cierto, Ingrid me ha caído genial. He visto sus ganas de poner en su sitio a Damián si lo necesitábamos y se lo pedía —sonreí.

—Tú has hablado más con ella, pero a mí también me ha parecido maja —me dio la razón—. No te hagas la tonta.

Me señaló con la mitad de su bocadillo.

—Sabes muy bien a qué policías me he referido.

—¿Qué pasa con Matías y Sergio? —le pregunté tapándome la boca con la mano, mientras masticaba.

—¿Qué pasa? Joder —suspiró—. Puede que anoche no los vieras bien, por la que tenías encima, pero esta mañana, hace poquito, los hemos vuelto a ver. Madre mía, y vestidos de calle. No sé cómo están mejor, si con el uniforme o con ropa normal —suspiró de nuevo, más profundamente.

—De ambas formas —le confirmé y reímos—. Los vi perfectamente, Tania. Anoche, no durante todo el tiempo, pero sí recuerdo unos momentos en los que me quedé embobada mirando a los policías. Hasta que se me pasaba, claro.

Le di un sorbo al café con leche.

—Hubiera sido la noche perfecta si Matías me hubiese quitado las penas por Damián —dijo con una risilla.

—Claro que sí… Anda que…

Puse los ojos en blanco.

—No te quejes, que podría haber dicho Sergio. —Me miró con picardía—. Los dos están tremendos, pero debo reconocer que Sergio destaca un poco más.

—A ti el que te llamó la atención desde el principio fue Matías —dije despreocupadamente.

—Sí. Es que tiene algo que… No lo sé, pero me pone mucho.

Rio y sonreí.

—Anda, vamos a terminar de desayunar porque noto que me va a dar un bajón en cualquier momento —le pedí.

—Voy a pedir el taxi ya.

Asentí y, mientras nos acabábamos los bocadillos con los cafés con leche, Tania pidió por la aplicación del móvil un taxi a la dirección en la que estábamos.

Este llegó unos minutos después de que le pagáramos al camarero.

Durante todo el trayecto en el taxi hice un gran esfuerzo para no cerrar los ojos, porque si lo hacía, no conseguiría abrirlos por un buen tiempo. Entre mi amigo y yo nos mantuvimos despiertas.

Los peores minutos fueron cuando Tania se bajó antes. Me despedí de ella y quedamos en escribirnos un mensaje por la tarde. De esa manera comprobábamos si la otra tenía el móvil operativo o todavía estaba descansando.

En cuanto el taxi paró frente a mi edificio, le pagué y me bajé lo más rápido que pude. No fue mucho.

Me entraron ganas de llorar en el momento que comencé a subir a mi planta en el ascensor. Estaba muy agotada y con muchas ganas de olvidarme de todo lo que había sucedido. De todo menos de Julio.

Antes de cerrar la puerta de mi piso ya estaba quitándome las sandalias de tacón. Solté un gran suspiro al caminar descalza y de esa manera fui directamente al pasillo.

Lo recorrí hasta mi habitación, donde dejé caer al suelo las sandalias. Me quité la ropa, dejándola de cualquier manera en un sillón que tenía cerca de la ventana, y después de entrar un momento al baño y de bajar la persiana para que la luz no me despertara, fui directamente a la cama.

Hasta reboté al lanzarme.

Me olvidé de la ducha. Mi cuerpo no estaba para nada más, ya que me notaba en las últimas. La ducha me sentaría bien cuando me despertara y me vendría genial para espabilarme.