¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 13
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Capítulo 13

—Gloria… —dijo Damián.

Fui la primera a la que vio.

Elevé las cejas y desvié la vista de él.

—¿Cómo estás? —se interesó.

—Hazme un favor e ignórame —le pedí.

Me paré para esperar a Tania.

Mi amiga era muy capaz de enfrentarse o pasar de él, dependiendo del impulso que le diera, pero, aun así, no quise adelantarme y dejarla sola.

—¿Cómo? —me preguntó Damián, extrañado.

—Damián… —Lo llamó Julio desde mi espalda.

—Eh, tío.

Damián se acercó rápido a su amigo y se abrazaron.

—¿Todo bien? —me preguntó la mujer policía.

—De maravilla —le contesté, sonriendo.

—Vale —me devolvió el gesto—. Si necesitáis ayuda, ya sabes…

Asentí.

—A partir de aquí ya podéis continuar solos.

Señaló la salida de la comisaría que se encontraba a tan solo unos metros de distancia. Habíamos llegado al vestíbulo donde estaba la recepción.

Al otro lado del mostrador de esta, había un hombre de pie del que supe pronto cómo se llamaba.

—Me voy con mi compañero Roberto —me dijo la chica—. Por cierto, mi nombre es Ingrid.

Me ofreció una mano y acepté el gesto, correspondiéndole.

—Mi nombre ya lo saben más personas de las que me gustaría, así que…

Sonrió de medio lado.

—Que tengas un buen día, Gloria.

—Igualmente, Ingrid. Y… enhorabuena por tu embarazo.

—Oh. Muchas gracias.

Su sonrisa se amplió y fue contagiosa.

Ingrid se fue hacia el mostrador de la recepción, donde se reunió con su compañero Roberto.

—A mí ni me hables —dijo Tania.

Me giré hacia mi amiga. Tenía delante de ella a Damián y a su lado a Julio.

—Pero ¿qué os pasa a ti y a Gloria? —nos preguntó.

—Hay que ser muy tonto para hacer esa pregunta —se quejó mi amiga.

—O demasiado listo. ¿Verdad, Damián?

Se giró hacia mí, para mirarme.

—Siento haberos dejado solos anoche —me dijo.

—A mí no tienes que decirme nada, básicamente porque me importa una mierda. Tú, la excusa que vayas a dar y tus pensamientos. Así que ahórrame el numerito y cuéntale lo que quieras a Julio. Él sí que es un buen amigo y te advierto una cosa.

Señalé a Damián, dando un paso hacia él. Me importó otra mierda que fuera de mala educación.

—Cuídalo, porque como me entere de que lo tratas mal, de la forma que sea, te aseguro que me cobraré lo de esta noche y todo lo que hagas de más —le advertí.

Me crucé de brazos, antes de continuar.

—Porque me enteraré… —sonreí—. Julio y yo nos hemos intercambiado los números de teléfono. No vamos a perder el contacto otra vez, porque para mí lo único bueno del reencuentro de anoche es él.

—¿Te cobrarás lo de esta noche? ¿Qué se supone que he hecho yo tan grave? Porque los que habéis pasado la noche en un calabozo sois vosotros.

—Damián… —le llamó la atención Julio—. No lo estropees más.

—¡Pero si no sé qué he hecho! —se quejó el otro.

—Oh, por favor —dijo Tania, con un soplido.

—Oye —llamé la atención de todos—. Me duele muchísimo la cabeza y de lo único que tengo ganas es de perderte de vista, para siempre —le dije a Damián.

Solté un bufido, cansada con todo.

—Quiero salir de este sitio para no volver a pisarlo nunca más, e ir a desayunar porque estoy hambrienta. Después pienso encerrarme en mi piso y olvidarme del mundo entero, acurrucada en mi cama.

Comencé a caminar hacia la salida.

—Estás siendo muy injusta —volvió a hablarme Damián.

Me paré y me giré hacia él.

—¿Me lo has dicho a mí? —Me señalé, sorprendida.

—Sí —me confirmó.

Julio soltó un bufido y se pasó las manos por el pelo, agobiado.

—El injusto eres tú, que dejaste anoche tirado a tu mejor amigo. Ni siquiera le dijiste que desaparecerías y te hubiera bastado con eso para no tenerlo preocupado durante un buen rato.

Elevé las cejas.

—Perdona que me sorprendiera porque, después de escucharte durante toda la cena criticar a la insoportable de Celia y comiéndole la oreja a mi amiga, casi literalmente, una vez que llegamos a la discoteca, te faltó tiempo para desaparecer y para que Celia te calentara.

—¿Qué…? —Damián miró a Julio.

—Tania y yo fuimos a buscarte —le aclaró su amigo Julio—. Nos preocupamos por si te había pasado algo y te encontramos con Celia casi encima. Donde estaba más oscuro. Después de eso no regresaste nunca, así que está claro en lo que te entretuviste.

—Por todo eso, ni se te ocurra volver a decirme que soy injusta, cuando tú te llevas de cabeza el primer puesto. Tuviste parte de la culpa para que comenzáramos a beber una copa detrás de otra y así terminamos, porque nos animamos demasiado.

Hice una respiración profunda y me presioné el puente de la nariz.

—Aunque no hicimos nada grave para acabar aquí, solo nos divertimos sanamente —dije en tono más bajo.

Cuando me alivié un poquito el dolor de cabeza, extendí los brazos hacia los lados, como si quisiera abarcar todo el lugar.

—Lo único que hicimos fue excedernos con el volumen de nuestras voces, risas y la música, por lo bebidos que nos encontrábamos.

Pero a nuestro favor debo decir que no estábamos para mucho más anoche.

Y no me avergüenzo ni me quejo de haber pasado la noche aquí.

Podría haber dormido en mi cama muchísimo más cómoda, por supuesto.

Hice una mueca y cogí una bocanada de aire.

—Pero si lo pienso mucho, pero que mucho, puedo llegar a entender por qué los policías nos trajeron a esta comisaría, donde en todo momento nos trataron muy bien. A pesar de que me encantaría tener algunas palabras con uno de los policías ahora que estoy en plenas facultades.

Julio carraspeó y Tania se movió nerviosa, cambiando el peso del cuerpo de un pie al otro. Cuando supe por qué, agrandé un poco los ojos.

Me di cuenta entonces de que en el mostrador de la recepción ahora había más personas.

Los dos policías que nos trajeron amablemente hasta el calabozo, para pasar una noche a gastos pagados, porque me negaba a decir que nos detuvieron…

pues esos dos, Sergio y Matías, estaban junto a Ingrid y Roberto.

Los cuatro miraban hacia nosotros y Sergio y Matías debían llevar tiempo observando y escuchando, por sus expresiones. Iban vestidos de calle, por lo que entendí que en breve se irían de la comisaría para descansar del turno de noche.

Crucé la mirada con Sergio, mientras él bebía de un vaso desechable.

Me prohibí desviar la mirada hacia su pelo húmedo, así como también me negué a fijarme mucho en lo bien que le quedaba la camiseta de manga corta que se adaptaba a su pecho y a sus brazos, que era una maravilla. Y claro que pasé por alto lo genial que le sentaban los pantalones vaqueros.

Me obligué a no apartar la vista de la suya, hasta que fui yo la que tuvo que retirarla.

Me hubiese encantado hacer lo que había dicho, lo de hablar con él ahora que me encontraba relativamente bien, pero dejé pasar la oportunidad, a pesar de que él me había oído. Me urgía más terminar con lo que estaba pasando, para poder sentarme cuanto antes. Me temblaba todo.

Dirigí de nuevo la atención a Damián, para decirle las últimas palabras que malgastaría en él.

—No pensaste ni en despedirte de nosotras anoche, después de pasar una cena muy divertida y guay, y más sabiendo que a partir del día siguiente no volveríamos a vernos porque en ese momento no tenías ni idea de que Julio y yo sí que querríamos mantener el contacto.

Elevé las cejas.

—Por lo que te pido que no muestres por Tania y por mí interés y preocupación ahora, ni mucho menos te hagas el molesto por lo que te he dicho. Todo es verdad y la verdad jode escucharla. Lo sé —sonreí de medio lado—. Tu actitud me la paso yo por…

—Gloria —me llamó Tania, evitando que terminara.

Mi amiga se puso a mi lado y se agarró a mi brazo. La miré y lo tuve fácil para saber lo que me pedía.

—Sí. Lo mejor es que nos vamos —suspiré—. Ya he tenido bastante y no vale la pena. Me va a estallar la puñetera cabeza.

Julio vino hasta nosotras para despedirse. Nos abrazó y cuando fue mi turno, me susurró al oído.

—Lo has hecho muy bien —me dijo y sonreí.

Mi sonrisa sí que se vio, pero me dio exactamente igual.

—En unos días te llamaré o escribiré. ¿De acuerdo? —me preguntó cuando nos separamos para mirarnos a la cara.

—Vale. Si ves que no te respondo es porque estoy trabajando y no puedo.

—Tranquila. Esperaré —me dijo con un guiño.

—Descansa mucho, Julio.

—Igualmente, preciosa.

Me dio un beso en la mejilla.

—Y tú también —se dirigió a Tania.

—En cuanto llegue a mi piso, bloquearé la cerradura y desconectaré el timbre.

Reímos y los tres hicimos una mueca, por nuestras cabezas.

—No vale todo en esta vida, Julio —le dije.

—¿Qué…?

—Solo recuérdalo.

—Entiendo. —Asintió.

Tania y yo caminamos hacia la salida, pero antes de traspasar la puerta e irnos de la comisaría, nos paramos y miré hacia la zona de la recepción.

En ella continuaban las tres únicas personas de la comisaría con las que había hablado, y también Roberto.

Levanté la mano hacia ellos, sin ganas de acercarme más, y Matías, Ingrid y Roberto me correspondieron, sonrientes, pero Sergio se quedó mirándome fijamente, sin hacer absolutamente nada.

Me encogí de hombros y, después de que Tania también se despidiera de ellos desde la distancia, salimos por fin a la calle.

—Joder. Somos libres —me dijo y sonreí—. ¡Somos libres!

—Mierda. —Bufé—. ¿Por qué tienes que gritar? ¿Y quieres hacer el favor de no decir eso en voz alta? Ni que hubiéramos hecho algo malo.

Puse los ojos en blanco.

—Anda. Vamos a buscar una cafetería o un bar para desayunar, a ver si te cambia el carácter —dijo con una risilla.

Tiró de mí hacia una dirección y no me molesté en preguntarle si sabía a dónde iba. La seguí con las poquísimas ganas que tenía.