¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 12
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Capítulo 12

—Joder. Me duele todo.

Entreabrí los ojos al oír a Tania.

Lo primero que vi fue el techo. En algún momento de la noche me había puesto bocarriba.

Me costó un rato darme cuenta de dónde estaba y lo que era la superficie dura que soportaba mi peso. Porque mi cama blanda no era.

Solté un suspiro cansado.

No sabía cómo continuaba sobre el banco porque este no era muy ancho y con lo que yo me movía dormida… Era un gran mérito no haber terminado en el suelo.

—A mí también —dijo Julio, con la voz ronca.

—¿Os apetece un buen desayuno? —le pregunté—. Os invito.

Tania rio, pero no tardó en insultar a todo lo que bebió la noche anterior.

Me incorporé despacio del banco, haciendo una mueca. Si me dolía todo el cuerpo de mi experiencia nocturna, solo faltaba sumarle lo «maravillosamente cómoda» que había descansado.

—Mierda, me duele todo el puñetero cuerpo —me quejé.

Me eché hacia delante para apoyar los brazos en las piernas y la cara en las manos.

—A eso se lo conoce como a una resaca de campeonato, de las que hacen historia —dijo Julio.

—Me cago en la puñetera historia. —Bufó Tania y sonreí.

—Menos mal que me espabilé lo suficiente como para recordar qué haces aquí. Si no, me habría dado algo al vernos encerrados tras esos barrotes —comenté.

Levanté la mirada despacio, para observar a través de los barrotes lo solos que estábamos.

—La liamos un poquito —carraspeó Julio.

—Ya te digo. ¿Y lo bien que lo pasamos? —nos preguntó Tania.

Los tres sonreímos.

—¿Os va a reventar la cabeza?

Ambos asintieron, antes de que cerrara los ojos para buscar un poco de alivio. No lo encontré, pero me hubiese quedado dormida si no hubiera sido por la voz de una mujer.

—Buenos días —nos saludó.

Mis amigos y yo nos pusimos de pie de golpe. Fue un error, pero conseguimos, pero nos mantuvimos estables a pesar del malestar.

—Buenos días —le correspondimos nosotros.

Era otra agente de policía. Rubia, pelo largo recogido en una coleta alta y con un cuerpo perfecto con curvas.

—¿Te envía tu compañero Sergio para terminar de rematarnos? —me dio por preguntarle.

—Tú debes de ser Gloria —me dijo.

Elevé las cejas.

—Vaya, no voy a largarme de aquí sin que todos me conozcan.

—Ya ves… Al menos yo no.

Sonrió de medio lado.

—Espero que hayáis tenido buena noche.

Pasó la mirada por cada uno de nosotros.

—Os aconsejo que cambiéis los bancos por sofás, aunque sean los más baratos del mercado —le dije.

—Eso sería increíble —habló Tania, con una risilla y apretándose la cabeza de un lado—. ¿Te imaginas? —Se dirigió a mí.

—Pues no, y no me quedaré para comprobar si me hacen caso. —Negué con la cabeza.

—Un calabozo no se caracteriza por su comodidad —dijo la policía—. Tenéis suerte porque en los otros espacios no hay ni bancos.

Julio, Tania y yo, ahora que había más luz, nos fijamos bien y observamos lo que teníamos alrededor.

—Joder. El policía de ayer nos metió en una suite —habló sorprendida Tania.

—Aquí abajo, sí —nos confirmó la chica.

El sonido de unas llaves nos hizo mirarla de nuevo.

Abrió la puerta y entró con calma y seguridad.

—Sergio me ha dicho que no mordéis —nos dijo.

—Mira qué gracioso tu compañero. —Bufé—. Si yo fuera él, no lo tendría tan claro.

La policía sonrió de medio lado.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no ha venido él a sacarnos? Claro, tienes remordimientos de habernos metido aquí —comenté.

Me crucé de brazos.

—Sergio no es un hombre que retroceda en sus decisiones ni mucho menos que se lamente de ellas. No sucede en su trabajo ni tampoco en su vida lejos del uniforme. Cuando toma una decisión es porque la tiene muy clara y va hasta el final con ella.

Fruncí el ceño.

—Y tú lo conoces muy bien, ¿no?

Mis amigos me miraron sorprendidos. Bufé para disimular.

—¿Qué? —continué escondiendo la verdad—. Le tengo mucha rabia a ese policía.

—Olvídalo ya, cariño —me dijo Tania—. Ya se ha acabado. Estamos a punto de salir de aquí y de olvidarnos de esta experiencia.

Me agarró de un brazo y le sonreí, mientras asentía.

—Olvidarnos, lo dudo —comentó Julio, con diversión—. Eso sí, cuando hablemos de esto será para echarnos unas risas.

Nos hizo un guiño.

—¿Necesitáis ir al baño? —nos preguntó la chica.

—¿Hay una cafetería por aquí cerca? —le devolví la pregunta.

—Sí, a unos metros de aquí. Y varios bares.

—Pues no, gracias. Yo no necesito ir al baño. Lo que quiero es salir de aquí cuanto antes —le dejé claro.

—Yo también puedo aguantar —comentó Tania.

Miramos a Julio y él asintió, de acuerdo con nosotras.

—Vale. Os han venido a buscar.

Tania soltó un jadeo y yo agrandé los ojos.

—¿Cómo? ¿Quién nos ha venido a buscar? —le pregunté de manera precipitada—. Dios mío, como sean mis padres o mi abuela… Oh, joder, como se os haya ocurrido llamar a…

—No son ellos —me sacó del error.

—¿Por qué no estás sorprendido? —le preguntó Tania a Julio.

Busqué la mirada de mi amigo reencontrado después de mucho tiempo y fruncí ligeramente el ceño. Anticipé su disculpa antes de que hablara.

—No me lo puedo creer —reí sin ganas.

—¿Qué? —quiso saber Tania.

—Que te responda él —le contesté, con un bufido.

Me alejé de ellos mientras mi cabreo aumentaba de nivel. Volví al banco en el que había dormido y cogí la manta.

Cuando escuché el grito de Tania, la mirada se fue hacia una esquina y entrecerré los ojos.

—Mira qué puñetera gracia —siseé, al ver una cámara de vigilancia apuntando hacia el interior del calabozo.

Algo se me resbaló de las manos y entonces me di cuenta de que no lo soñé, que la sensación que tuve cuando noté más calorcito en el cuerpo y se me quitó el frío fue porque tenía encima dos mantas, no una.

La de abajo se me resbaló y tuve que agacharme para cogerla. Volví a mirar a la cámara de vigilancia. No quería ablandarme, pero había sido todo un detalle que el policía de anoche se preocupara tanto.

No, no iba a ablandarme. Más que nada porque quería mantener la rabia para decirle varias cosas a Damián. Pensar en él me hizo bufar y estirar una de las mantas con rabia.

La tensé de golpe y le di varios tirones, mientras la doblaba. Cuando terminé, hice lo mismo con la segunda, mientras escuchaba cómo Julio se justificaba por lo que había hecho.

Yo no lo culpaba a él, aunque en este momento no lo entendí. ¿A qué venía que llamara corriendo a su amiguito, cuando este había pasado de él, olvidándolo completamente durante la noche?

Sacudí la cabeza, dejé las mantas una encima de la otra bien dobladas y me senté en el banco.

—Lo siento, Tania. Si queréis, salgo yo primero y me llevo a Damián. No es que lo necesitemos para salir de aquí, como si hubiera tenido que pagar una fianza —le dijo Julio.

—No me jodas —se quejó mi amiga.

—He sido el primero en despertarme y cuando he mirado mi móvil tenía muchas llamadas y mensajes de Damián. Estaba preocupado.

—A buena hora —dije riendo.

—Entiendo vuestro enfado. —Julio habló mirándome a mí—. Yo también estoy enfadado, pero vosotras, aunque os enfadéis, no os dais la espalda la una a la otra.

Solté un suspiro, levantándome despacio.

—Me ha pedido perdón por desaparecer y yo le he dicho dónde estaba. Se ha preocupado, aunque le he remarcado que todo estaba bien. Por eso ha venido y está aquí.

—A lo mejor ha venido de la mano con su querida Celia —dijo con retintín Tania.

—Ha venido solo —le confirmó Julio.

—¿Algún problema serio con el hombre que está arriba? —le preguntó la policía a Tania, cruzándose de brazos—. Porque puedo hacer que pruebe cómo se está en este calabozo.

Lo que dijo nos sorprendió a los tres y Tania enseguida rio.

—No hará falta —se apresuró a decir Julio.

La policía le hizo un repaso rápido visual. La verdad era que imponía. Definitivamente, debía ser todo por el uniforme.

No intimidó a Julio, por lo que cuando ella dejó la mirada fija en la de él, se observaron durante unos largos segundos. Se retaron, hasta que pasé entre ellos.

—Vámonos ya de aquí. —Me paré—. Porque podemos irnos, ¿no? ¿Has venido para eso o debemos hablar con alguien antes? —me dirigí a la policía.

—Podéis iros. Sergio y Matías lo dejaron todo preparado anoche para que tuvierais una salida rápida —me confirmó ella.

—Estupendo —susurré—. Seguro que ellos están durmiendo plácidamente en sus camas.

Respiré profundo, antes de volver a caminar.

Me dirigí rápido hacia la escalera, ya que no veía el momento de salir de este sitio. Comenzaba a asfixiarme, a sentirme muy agobiada, a pesar de que nos habían tratado bien.

Esa era la realidad y no podía decir lo contrario. Otra cosa diferente era lo que podía llegar a decir para fastidiar a ciertas personas. A una de ellas no volvería a verla más. Por suerte. A la otra, estaba a punto de tenerla frente a mí.

Subí decidida las escaleras, escuchando a los demás moverse detrás de mí. La mujer policía se puso a mi lado y la miré de reojo. Ella no apartó la vista de delante y entonces me di cuenta, al verla de lado, de la curva de su barriga que empujaba su camisa del uniforme.

Estaba embarazada, pero no le hice ninguna pregunta ni comentario.