Capítulo 11
Gloria
—Quiero hablar con alguien más —pedí, sin dirigirme a nadie en particular.
Los dos policías acababan de meternos a Julio, a Tania y a mí en el calabozo. Aún no entendía cómo habíamos acabado de esta manera, y eso que la mente ya comenzaba a aclarárseme.
—Vendrán, pero todavía no —me contestó el policía «simpático», Sergio—. Toma.
Cogí las mantas que me dio. Era una para cada uno y busqué su mirada.
—Aquí abajo hace fresco —me aclaró.
—Pues sácanos —dije bufando.
—¿Lo pedirías, por favor?
Su pregunta me sorprendió, la que hizo apoyando el brazo en el marco de hierro de la puerta que en breve cerraría, dejándonos encerrados dentro.
—¿Por qué tendría que hacerlo? —le devolví la pregunta, con el ceño fruncido.
—Por eso mismo vais a pasar la noche tranquilamente aquí. Que descanséis.
—Pero…
Cerró la puerta con llave, sin apartar la mirada de la mía, y cuando me dio la espalda y comenzó a alejarse, bufé.
—Imbécil —dije cabreada.
El policía se paró de golpe y me miró por encima de su hombro.
—¿Me has dicho algo? —me preguntó.
Mi silencio fue su respuesta, con la que se encogió de hombros y volvió a caminar hacia la escalera.
Me quedé de pie frente a la puerta de reja, hasta que desapareció y nos quedamos completamente solos.
—Al menos ha tenido el detalle de traernos mantas.
La voz de Julio me hizo girarme hacia él, haciendo una mueca.
Fui hacia el banco en el que estaba sentado, el mismo en el que Tania se había tumbado. Al poco de entrar, no había podido aguantar más y ya se había dormido, sin importarle dónde nos encontrábamos.
Le di una manta a Julio. La mía la dejé a su lado y con la otra tapé a Tania, para que no pasara frío. Una vez que le cubrí el cuerpo, me senté entre la cabeza de mi amiga y el cuerpo de Julio.
Yo también me tapé con la manta, lo mejor que pude, y le moví la cabeza a Tania, para colocársela sobre mi pierna. Mi amiga no tardó en abrazarse a mí y sonreí.
Apoyé la espalda y la cabeza en la pared y cerré los ojos.
—¿Estás bien? —me preguntó Julio.
—Sí —contesté, con un suspiro—. Lo siento —me disculpé, girando la cabeza hacia él—. Si no fuera por mí, no estaríamos aquí.
—No digas tonterías. Ahora estamos más espabilados, pero, aunque podamos controlarnos, todavía no estamos bien por haber bebido tanto. Los tres estábamos igual.
—Ya… pero soy yo la que ha cabreado al policía más borde.
Bufé.
—Podríamos haber sido Tania o yo y tú nos hubieras seguido, ¿no?
—Claro.
—Pues ya está.
Cerró el tema y nos sonreímos.
—Me alegro de haberme reencontrado contigo, aunque estemos metidos en este lío —le dije con sinceridad—. Eres lo único bueno de esta noche. No sé por qué perdimos el contacto.
—Gracias, preciosa. Yo siento lo mismo. —Me hizo un guiño—.
No sé, éramos jóvenes todavía y no teníamos ni idea de cómo nos iría ni lo que nos depararía la vida —comentó pensativo—.
Supongo que creímos que nos veríamos por la calle cualquier día, después de tantos años viéndonos diariamente en las clases.
—Sí —sonreí—. Madre mía, de cómo hemos empezado la noche a cómo la hemos terminado.
Soltamos una carcajada.
Bajé la mirada a Tania, para comprobar lo que ya sabía: continuaba dormida.
—¿Crees que se le pasará rápido lo de Damián? —me preguntó, observándola.
—Espero que sí, porque es una tontería que le ha entrado.
Le retiré un mechón de la cara a Tania.
—Te prometo que hasta que no supo lo de esta noche no se acordaba de él.
Me encogí de hombros y seguí hablando.
—Yo creo que tuvo añoranza de cuando estaba enamorada de él en su juventud. De todas maneras, da lo mismo, porque Damián se ha encargado de cargarse lo poquito que había despertado en ella. Con todos mis respetos, por ti, no por él, hubiera preferido que ni siquiera nos mirara a la cara.
—Es un buen tío, aunque te cueste creerlo.
—Un buen tío que deja colgado a su mejor amigo.
Negué con la cabeza.
—Seguro que mañana me da una buena razón.
—Claro… si quieres te la digo yo ya.
Lo miré de reojo.
—No hace falta. Gracias —dijo con diversión—. Sería bueno que intentáramos dormir un poco. Con lo cansados que estamos y el bajón del alcohol, tendríamos que aprovechar para descansar. Mañana debemos salir rápido de aquí, en cuanto nos den permiso.
Bufé.
—Joder, es que cuando pienso dónde estamos…
—Olvídate de eso. Piensa que podemos dormir tranquilos y tapados. No será cómodo, pero con más ganas cogeremos mañana nuestras camas.
—Como alguna vez se enteren mis padres o mi abuela de esto…
Reí, nerviosa.
—Pues será mejor que no salga de aquí.
—Sí —sonreí.
Ambos nos quedamos callados y yo apoyé la cabeza en su hombro, con los ojos cerrados.
—¿Por qué no te tumbas también?
—No quiero moverme más. Así estoy bien —susurré.
—De acuerdo.
—¿Tú estás cómodo conmigo apoyada en tu hombro?
—Estoy perfectamente —me confirmó en un murmullo.
Sonreí sin abrir los ojos. Fue el último recuerdo que tuve, hasta que una sensación diferente, cuando me estiré y pude hacerlo, me hizo entreabrir los ojos.
En ese instante me di cuenta de varias cosas. La principal fue el dolor fuerte que me pinchó en la cabeza. Después llegó el verme tumbada en un banco del calabozo. Porque sí, eso no lo había soñado y estaba en uno. Por primera vez en mi vida y esperaba que por última.
No solo estaba tumbada en un banco, sino también tapada con la manta.
Sin hacer ruido y sin moverme, miré hacia el lado opuesto al que estaba yo, donde había otro banco. En él se encontraba tumbada Tania, tal y como me acordaba de haberla dejado tapada. Y Julio estaba más arriba de la cabeza de mi amiga, también tumbado y tapado.
El sonido de una cerradura me hizo mirar hacia la puerta de reja y entonces me sorprendí al ver al policía «simpático», Sergio. Cerró y se fue, sin darse cuenta de que yo lo observaba desde la poca claridad que había aquí dentro.
Abrí la boca, para decirle algo, pero la cerré porque me arrepentí. ¿Qué iba a preguntarle? ¿Si había sido él el que nos había colocado como estábamos?
Solos no nos habíamos puesto, y menos yo, porque tendría que haber caminado hasta el banco del otro lado, tumbarme y taparme.
Me pregunté por qué lo había hecho. Por qué le importábamos, cuando nos había encerrado él en este sitio.
Me subí la manta al cuello y solté un suspiro, al notar el calor. Agradecía que Sergio también hubiera tenido el detalle de dejarnos mantas, antes de desaparecer. Bien sabía él que aquí abajo hacía fresco y que de madrugada la sensación empeoraba.
Quería saber qué hora era, pero para eso debía moverme para abrir el bolso que todavía llevaba cruzado al pecho y sacar el móvil. Todo eso suponía demasiado esfuerzo y ni me planteé hacerlo.
Entendí que debía ser de madrugada y que todavía teníamos unas horas para descansar más.
Los ojos se me cerraron de nuevo, lentamente, hasta que volví a dormirme. Esta vez profundamente y con una sonrisa que no supe a qué vino.
La situación no era para estar contenta, pero aquí estaba yo, tumbada en un banco de un calabozo y tapada con una manta, gracias al policía culpable de estar metida aquí.
Era contradictorio, pero, a pesar de todo, la sonrisa no se me borró mientras pensaba en que el policía me había cogido en brazos para ponerme más cómoda.
Sí, a Julio lo había ayudado de la misma manera, pero era yo la que había estado en sus brazos.
Cosa que a Julio no le importaría ni quizás le diera importancia cuando yo se lo contara a él y a Tania por la mañana.
Y no le daría importancia porque la primera en no dársela sería yo, de cara hacia ellos.
Solté un suspiro, porque era una pena que no recordara cómo había pasado de estar en el otro banco sentada a este tumbada. Y también lamenté no haberme despertado hasta que él se iba, pero, por otro lado, había sido lo mejor porque no habría sabido qué decirle.
Mucho más cómoda que antes y apretando la manta a mi cuerpo, soñé con una comisaría y con un policía que venía a visitar el calabozo, donde yo lo esperaba más que encantada, aunque no lo reconociera.
No iba a reconocer en voz alta que Sergio era un hombre que cortaba la respiración y que te hacía seguirlo con la mirada. Tal vez me había afectado más de la cuenta su uniforme.
Claro, debía ser eso. No podía haberme afectado tanto como para no querer subirme encima de él para dejarlo calvo, por lo que nos había hecho. Por culpa de Sergio estábamos pasando la noche en el calabozo. En un puñetero calabozo.
Me cubrí la cara con la manta, al notar frío. Justo en ese instante me pareció escuchar un ruido, pero no fui capaz de abrir los ojos más. Estaba agotada y mi cuerpo se negó a reaccionar de ninguna manera.
También me pareció notar más peso sobre el cuerpo y eso me hizo soltar un largo suspiro porque noté más calorcito. Me abracé a él y me acurruqué todo lo que pude en la manta, sobre el banco.