¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 10
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Capítulo 10

Sergio

—Dámela —me pidió la botella la chica, con un resoplido.

—No vais a beber más en una vía pública —le dije con autoridad, sin soltarla—. Y hablad más bajo —les exigí, mosqueado—. Hemos venido aquí para evitar que hicierais más ruido, no a sumar más.

—Pues dejadnos tranquilos y nos calmaremos. Sois vosotros los que nos estáis haciendo hablar —se quejó.

Parecía no tener fin, por muy bebida que estuviera.

—O me sueltas o me pongo a gritar —me amenazó.

—Insultos, negación de seguir las normas, amenazas y chulería hacia unos agentes de policía… No creo que esta sea tu mejor noche.

Frunció el ceño por lo que le dije.

—Gloria, yo creo que…

Su amigo intentó hablarle, pero ella comenzó a mover la cabeza de lado a lado, negando. Que lo hiciera le valió para que se mareara, por lo que cerró los ojos con fuerza.

Retiré la mano de su frente, despacio, y di un paso hacia atrás con las botellas. Cogí también la otra solitaria en el banco, cuando vi la intención que tenía de agarrarla.

Soltó un bufido, por no salirse con la suya.

—Tenéis dos opciones y espero que seáis listos —les habló Matías.

Cuando los tres lo miraron, mi amigo continuó.

—Aceptar iros a vuestras casas sin hacer ruido y sin quejaros, o…

—¿Por qué tengo que irme a mi casa cuando no he hecho nada? —le preguntó la que acababa de soltar yo, interrumpiéndolo.

—Tú lo has querido y has decidido la suerte de tus amigos también —le dije.

—¿Cómo? ¿Qué he…? —soltó un gritito cuando la levanté del banco—. ¿Qué haces? ¡Suéltame!

—Te aconsejaría que dejaras de darle golpes —le dijo Matías—. Mi compañero ahora mismo no está de muy buen humor y, si lo pones peor, no será bueno para vosotros.

Terminó de hablar dejando ver la diversión que le provocaba la situación. Lo miré de reojo y puse los ojos en blanco.

—¿A dónde la llevas? —me preguntó con un gritito y preocupada su amiga.

Matías la ayudó a ponerse de pie y después ella se acercó a su amiga y a mí, cuando comencé a caminar por la acera, para llevarla al coche.

—¿No podemos hablar tranquilamente? —probó suerte el amigo de ambas.

—Demasiado tarde —le contesté, sin pararme—. Todos al coche. Ya.

Fue una orden muy directa que a ellas las hizo soltar un grito y a él un bufido, después de murmurar algo.

—No puedes estar hablando en serio —me dijo la que llevaba conmigo—. ¿Verdad, Julio? No puede hacer esto.

—Gloria… son policías. Pueden hacerlo y lo están haciendo —le contestó con un suspiro.

—Oh, Dios mío.

—¿Tu nombre? —le preguntó Matías a la otra chica, cuando ella se tambaleó y él la agarró para que no se cayera.

—Tania. ¿Y el tuyo?

Mi amigo se contuvo para no reír.

—Bueno, yo creo que ahora que sabemos sus nombres es justo que sepan los nuestros, ¿no? —me preguntó Matías.

—No sé para qué me preguntas —le dije, negando con la cabeza—. Si no es ahora harás lo que quieras en cualquier otro momento.

Mi amigo rio y Tania soltó un suspiro, mirándolo.

Abrí el coche con el mando, a unos pasos de él, y cuando me paré frente a la puerta trasera, la abrí.

—Mi compañero se llama Sergio y yo Matías —nos presentó mi amigo.

—Matías —repitió Tania.

—Entra —le pedí a Gloria.

Ya era hora de que me refiriera a ella por su nombre, aunque por el momento fuera en mi cabeza.

—O lo haces tú o lo hago yo, y créeme, no te gustará cómo te meta dentro —continué hablando.

Intenté no reírme cuando quiso fulminarme con la mirada, con los ojos casi cerrados porque le costaba mantenerlos abiertos.

—¿A dónde vamos? —quiso saber.

—Vosotros a pasar la noche en un sitio muy cómodo donde estaréis protegidos y no provocaréis más problemas, hasta que se os pase la borrachera. Mi compañero y yo, una vez os dejemos, a continuar trabajando.

—¿Cómo sabes dónde vivo? —me preguntó con el ceño fruncido.

Estuve a punto de soltar una carcajada, pero me contuve a tiempo. No la saqué de su error y la empujé suavemente hacia abajo, invitándole a la fuerza a entrar en el coche.

La ayudé a hacerlo porque estaba muy inestable, lo mismo que hice con los demás.

Tania y Julio entraron sin decir nada. Cuando los tuvimos a los tres sentados en la parte trasera del coche, Matías llevó las botellas a un contenedor que había a unos metros de distancia y, después de deshacerse de ellas, regresó para sentarse directamente en el asiento del copiloto.

Yo, mientras tanto, observé hacia la zona donde habíamos estado. Me aseguré de que en el banco y en el suelo de alrededor no se quedara nada y rodeé el coche, para ir al asiento del conductor.

Las chicas llevaban los bolsos colgados y cruzados al pecho, por lo que no se dejaban nada atrás.

Una vez estuve frente al volante, arranqué mientras miraba hacia atrás por el espejo retrovisor.

Los tres se veían muy cansados en este momento, lo que nos favorecía a Matías y a mí.

Hicimos el camino en silencio y el problema vino cuando llegamos a la comisaría. Ninguno se durmió y entonces fueron conscientes de dónde los habíamos llevado, a pesar del estado que mantenían. Pusieron caras asustadas.

—Creo… creo que os habéis equivocado.

Gloria fue la primera en reaccionar al hablar, cómo no.

—En absoluto. Os vendrá bien un rato en el calabozo.

Tania soltó un jadeo fuerte, mientras que Gloria agrandó los ojos al máximo y Julio se tapaba la cara con las manos y se la frotaba.

—No os preocupéis —les dijo Matías, cuando yo me bajaba del coche—. No podéis dormir en un lugar más seguro que al que os llevamos.

—¿Tú estás de acuerdo? —le preguntó Tania a Matías.

Abrí la puerta trasera y me encontré con la mirada de Gloria, cuando levantó la mirada hacia mí. Todavía sorprendida. Por primera vez la había dejado sin palabras.

—Mi compañero es el que manda y ha tomado ya la decisión, así que… —le contestó Matías, girado hacia ella.

Después se bajó del coche y abrió la otra puerta trasera, como yo. Ayudó a Julio a salir y después a Tania, y los mantuvo apoyados en el lateral del vehículo.

—Esto es abuso de poder —me dijo Gloria, susurrando.

Me incliné para agacharme, hasta que mi cara quedó a la altura de Gloria, pero sin acercarme demasiado. Mantuve una mano en la puerta y la otra en el techo del coche.

—Aunque no te lo creas, has tenido mucha suerte de que mi compañero y yo estuviéramos cerca para atender el aviso sobre vosotros.

Le hablé muy calmado, pero sin perder la seriedad que le había mostrado desde el principio.

—Si otros compañeros os hubieran recogido, y les hubieras hablado como me has hablado a mí, te aseguro que ya haría rato que estaríais detenidos por esta noche. Sí, sería provisional, pero os sentiríais bastante peor que al traeros nosotros al calabozo, de buenas.

—Yo no he aceptado nada —dijo con los ojos entrecerrados.

—Es que no tienes opción a aceptarlo. Es lo que es y punto. Sal.

Me incorporé y me aparté, dando un paso atrás. Gloria se cruzó de brazos y no se movió, por lo que, negando con la cabeza, no me quedó más remedio que agarrarla de un brazo y tirar de ella de nuevo.

No le sirvió de nada resistirse. Cerré la puerta de golpe y, cuando los demás llegaron a nuestro lado, me dirigí hacia la comisaría, llevándola conmigo.

—Hola, chicos —nos saludó Roberto desde la recepción, mirando con curiosidad a los tres que nos acompañaban—. Ya veo que habéis dado con el motivo del alboroto.

—Esto es una injusticia —soltó Gloria.

—No hay derecho —la apoyó su amiga Tania—. ¿Cómo vamos a pasar la noche en un calabozo? —preguntó con un jadeo—. Dios mío, vamos a quedar marcados de por vida —lloriqueó.

Si no fuera porque Matías la sujetaba con fuerza, no se mantendría en pie. No sabía cómo podía hablar todavía, cuando apenas tenía los ojos abiertos. Estaba a punto de dormirse, a pesar de la situación.

—Tranquilas, que saldremos mañana temprano y no quedaremos marcados para siempre, porque esto es solo como un escarmiento. ¿No? —preguntó Julio, mirándome.

—Enhorabuena, eres el único que lo ha entendido —le dije con un asentimiento.

Las chicas soltaron un suspiro.

—¿Al calabozo? —preguntó con curiosidad Roberto.

—Efectivamente. Dame las llaves para no ir a buscarlas —le pedí.

Las sacó de un cajón y me las dio mirándome con diversión. Le hice un guiño y me dirigí con Gloria hacia el pasillo, con los demás siguiéndonos de cerca. Julio no necesitaba ayuda para seguirnos el ritmo, aunque a veces pareciera que lo perdía.

Al final del pasillo estaban las escaleras que bajaban hasta los pocos calabozos que había en la comisaría. Hacía bastante que no los utilizábamos y menos solo para unas horas, porque al día siguiente los tres podrían irse como si no hubiera pasado nada.

El informe que haría sería solo explicando el motivo por el que tomé mi decisión, pero no iba a detallar mucho lo sucedido para evitarles problemas. Yo también había estado al otro lado, como ellos, y sabía lo que era que una noche te descontrolaras bebiendo.

Y tanto Matías como yo tuvimos claro, en cuanto vimos a los tres desde el coche, que no eran personas conflictivas, así como tampoco buscaban problemas. Ni mucho menos. Aunque a Gloria se le soltara la lengua con varias copas de más, lo que también era entendible.

La música alta, sus gritos y sus risas, fueron el resultado de estar pasándoselo genial y en buena compañía. No fueron conscientes de nada más.

Por eso mismo me lo estaba tomando bastante bien, aunque en algunos instantes lo que había dicho Gloria de mí me había tocado las narices.

Le eché mucha paciencia debido a cómo estaba, aunque no voy a negar que la idea de lo del calabozo era como una especie de escarmiento que me estaba sentando estupendamente.

Sin rencor.

Cuando llegamos abajo, al final de las escaleras, las chicas soltaron un gritito.

—No os dejéis intimidar ni impresionar —les pidió Matías, hablando calmado para transmitirles tranquilidad.