¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 9
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Capítulo 9

Gloria

Agradecí que Julio me agarrara de la cintura porque noté que las piernas no me sostendrían por mucho más tiempo. Las sentía como si las tuviera de gelatina.

Entre el alcohol y los nervios… No podía apartar la mirada de los dos hombres que tenía delante, vestidos con uniformes de policía.

El más serio se cruzó de brazos. Era el que estaba justo enfrente de mí y parecía que quería hacerme desaparecer de su vista. Bajé la mirada lentamente, para no marearme más, y efectivamente, ante mis ojos aparecieron el par de botas que pensé que había imaginado.

¿Por eso estaba tan enfadado? ¿Por qué había faltado poco para mancharle sus relucientes botas? Parecían nuevas, no como las de su amiguito. Este, su compañero, se encontraba justo a su lado.

También estaba serio, pero su seriedad se notaba diferente. Como más cercana y amigable. ¿Eso era una locura?

Cuando levanté la mirada, me encontré otra vez con la del policía arisco.

—¿Qué sucede, señor agente? —le pregunté.

Intenté parecer simpática y hablar lo más normal posible.

—Nena, ¡qué es un policía! —exclamó Tania.

La miré como si le hubieran salido varias cabezas.

—No sé cómo no me he dado cuenta. Fíjate tú —le dije, exagerando mi reacción.

Me salió de manera natural. No tuve que esforzarme porque, por muy vacío que tuviera ahora el estómago, continuaba con los mismos síntomas y sensaciones por el alcohol.

—¿Y qué haces hablándole con tanta chulería? Ay, madre… ¡No son Celia ni Damián! —Gimió Tania.

Julio, a mi otro lado, soltó una carcajada. Me pareció muy gracioso y me puse a reír con él. Tania no pudo contenerse y también se unió.

Los tres nos doblamos un poco, agarrados, mientras que los agentes no variaron su expresión. Aunque el compañero del «simpático» miró hacia otro lado, varias veces.

—¿Por qué se contiene para no reír, si tiene tantas ganas? —les pregunté a mis amigos, mirando a ese hombre con mucha curiosidad.

Tanto Tania como Julio y los policías supieron a quién me refería. El policía en cuestión apretó los labios y miró a su compañero, para no caer en la tentación.

—¡Ya está bien! —habló de nuevo el «simpático».

—Uy —dije, con los ojos abiertos al máximo—. Ya te entiendo. Miré al otro.

Negué con la cabeza, con pesar hacia el que no había hablado todavía.

—Te compadezco. —Me llevé una mano al pecho—.

Debe ser horrible tener que trabajar con un compañero así, tan insoportable y que se impone siempre por encima de ti.

—Señalé al «simpático»—. ¿Te hace sentir cohibido?

¿No te deja expresar cómo eres? ¿Te tiene amenazado de alguna manera?

Puedes hablar en confianza con nosotros. ¿Necesitas que te ayudemos?

A Tania le pareció divertidísimo todo lo que dije. Julio no rio, lo que no entendí porque yo tenía muchas ganas de hacerlo.

—Gloria… —me susurró Julio.

—Así que Gloria… —habló el agente «simpático».

Di un pequeño respingo al escucharlo de nuevo y busqué su mirada.

Tenía la mandíbula apretada, muy marcada. Parecía mucho más enfadado que al principio. Tampoco lo comprendí porque no había dicho ninguna mentira sobre él.

—Sí —le confirmé, levantando la barbilla.

Todos los movimientos eran los que creía hacer, porque en mi estado dudaba que me salieran tan bien como estando lúcida.

—¿Tú cómo te llamas?

—Vale.

La interrupción de Julio me sorprendió. Sobre todo, porque me apartó y se puso delante de mí, frente al policía.

—Disculpen a mi amiga —les pidió por mí.

Hice un puchero porque me entraron ganas de llorar. Julio era tan mono y buena persona. Adorable. No como su supuesto mejor amigo Damián, que de mejor amigo no tenía nada.

Pensar en ese y en cómo había pasado de Julio y lo que le había hecho a Tania me hizo bufar con fuerza.

Me sorprendí cuando todos me miraron al mismo tiempo y me dio la sensación de que no fue el mejor momento para bufar. Julio volvió a salvarme y a la situación, también.

—¿Qué quieren, agentes? ¿En qué podemos ayudarles? —les preguntó muy sereno Julio.

No lo estaba, pero lo aparentó bien.

Me agarré a su camiseta por su espalda. Era eso o dejarme caer en el banco, pero si no daba un paso atrás, me sentaría directamente en el suelo. Había una pequeña distancia y no me veía capaz de eliminarla sola.

Tania no se soltó de mi brazo en ningún momento, pero con su atención en los agentes. Bueno, la realidad era que sí, miraba a ambos agentes, pero más de la cuenta al calladito, al que yo había intentado defender de las garras de su compañero el «simpático».

—Habéis molestado a los vecinos de esta zona —habló por primera vez al que Tania le ponía ojitos.

Él, por supuesto, se dio cuenta y dejó salir una sonrisa de medio lado.

—Hemos recibido varios avisos alertándonos de música alta, gritos y fiesta en la calle —continuó explicándonos.

—Oh, Dios mío. —Jadeó Tania.

Se llevó una mano al pecho, asustada.

—¿Hemos sido nosotros? —Frunció el ceño, pensativa, pero acabó agrandando los ojos—. Han venido a por nosotras —me dijo, tirando con fuerza de mi brazo.

—Joder. ¡Es mío, no tuyo! —me quejé, mientras me la quitaba de encima para que no me hiciera daño.

—Tranquilizaos —nos pidió Julio.

—Hacen bien de estar nerviosas —habló el «simpático».

Entrecerré los ojos, observándolo fijamente. Ante mi reacción, él elevó las cejas.

—¿Algo más que decir? —me preguntó directamente—. Porque con todo lo que has dicho hasta ahora…

Solté una carcajada, desconcertándolo.

—Dios… ¡No le preguntes! —le pidió Tania al policía, exclamando.

Julio apretó los labios, mirándome por encima de su hombro. No salí de mi escondite, pero ni falta que hizo para hacerme notar.

Lo del escondite lo pensarían los demás. Yo solo continuaba a la espalda de mi amigo para no caerme y para tenerlo a él de punto de apoyo. Aunque a veces Julio se fuera para los lados, también.

¡Qué mal disimulábamos, joder!

—No tienes ni idea de lo que puedo llegar a decirte —le hablé al agente y sonreí de medio lado—. Ni te lo imaginas.

La sonrisa apareció en mis labios muy lentamente, como si estuviera planeando alguna travesura.

—Oh, joder. ¡Tú no contestes! —me pidió a mí Tania.

Julio rio, sin poderse contener más.

—Si no tuvieras ese uniforme… —Continué, sin apartar la mirada del agente.

El otro había dejado de existir para mí hacía rato. Al menos por el momento.

—Parece que la mente se te está despejando —me habló él.

No dije nada al respecto porque no era verdad, aunque sí que podía ver con más claridad ciertas cosas. Todavía no del todo ni todo el tiempo. A veces se me iba, pero sentía que estaba en el buen camino.

A pesar de ello, no me encontraría nada bien hasta el día siguiente. En cierta manera, porque pasaría un día horrible, por otros motivos derivados de beber tanto.

Nos habíamos pasado y las consecuencias estaban claras.

—¿Gloria? —me llamó Tania.

—¿Qué?

—Cállate, por lo que más quieras —me pidió susurrando.

Sopló hacia arriba y, con el aire, se le movió un mechón que le tapaba una parte de la cara. No lo hizo lo suficientemente fuerte para apartárselo y ella no lo hizo con las manos, porque no me soltó del brazo.

—¿Quieres relajarte? —le pedí yo—. ¡Todo está bien!

Bufé.

—Bien dice —lloriqueó—. Yo solo veo a dos borrones con uniformes de policías y, por más que parpadeo, no desaparecen.

—Joder… —dijo Julio.

Él y yo reímos con ganas, sin poder contenernos. Tania comenzó con una risa nerviosa, pero al final consiguió llegar al banco, donde se sentó riendo.

—¿Cómo lo has hecho? —le pregunté sorprendida.

—Eh… ¿El qué? —Me miró sorprendida.

Había cogido de nuevo su botella. ¿O era la mía o la de Julio? Bah, qué más daba. El caso era que tenía una botella en una mano y la dejó a medio camino de llevársela a la boca para hablarme.

—Llegar hasta el banco y sentarte —le contesté.

—Ah…

Me miró a mí, después al suelo, de nuevo a mí, otra vez al suelo y terminó observando el banco.

—Ni puñetera idea —me aclaró, encogiéndose de hombros.

Reímos.

Dio un buen sorbo, puso cara de asco, como si comenzara a beber esta noche, y cerró los ojos, con una pequeña sonrisa.

No me lo pensé cuando me solté de la camiseta de Julio y me giré despacio, para lanzarme hacia el banco. Por suerte, mi amiga no me falló.

Tania me esperaba con un brazo abierto, porque con el otro protegió su botella, y sorprendentemente conseguí sentarme de lado en el banco.

No quedé en la mejor postura, pero me dio igual y la risa, como a Tania.

—Necesito la mía para quitarme el sabor de la boca —suspiré.

Cogí una de las dos botellas que quedaban.

—¿Cuánto hacía que no vomitabas por una borrachera? —me preguntó con una risilla.

—No me acuerdo.

Puse los ojos en blanco.

—¿Cuándo terminamos la carrera? —le pregunté.

Oírnos hablar debía ser divertido. Entretenido seguro, ya que no vocalizábamos bien y saltábamos de un tema a otro, desvariando.

—Joder, ¡es verdad! —Recordó.

Reímos.

—Dios, ahí la cogimos bien grande también —dije.

Volvimos a reír.

—Gloria…

—¿Qué?

Cerré los ojos.

—He hecho el tonto con Damián, ¿verdad? Estará riéndose de mí.

Abrí despacio los ojos y evité encontrarme con otros que tenía la sensación de que no se apartaban de nosotras.

Con la cabeza apoyada en el banco, la giré hacia mi amiga.

—Damián ha sido un imbécil rematado esta noche, por decirlo suavemente.

—Sí. Viniendo de ti eso es muy suave e incluso bueno —rio.

Sonreí.

—Que le den y deja de pensar ya en ese tío. ¿Qué te ha dado con él? Hasta hace poco ni te acordabas de su existencia.

—Ya… Comencé a obsesionarme con verlo cuando Marina me llamó para organizar lo de esta noche.

Bufó.

—¿Nos deshacemos de los polis? —le pregunté.

Tania agrandó los ojos, pero la sorpresa se le pasó enseguida y comenzó a asentir. Estuvo muy de acuerdo conmigo.

Me llevé la botella a la boca, con la necesidad de…

—¡Oye! —me quejé, cuando alguien me la quitó de la mano—. ¿Qué mierda te crees que haces?

—Gloria… —Carraspeó Julio.

—Y una mierda, Julio. Esa botella me la has regalado tú, por lo que es mía. No estoy haciendo nada malo.

Me incliné hacia delante para recuperar mi botella, pero el policía «simpático», que era el que me había quitado la posibilidad de enjuagarme la boca, me lo impidió.

No lo había escuchado acercarse. Tampoco lo había visto moverse. Todos los sentidos me fallaban, pero lo más bochornoso fue cómo me retuvo para evitar que la botella fuera mía de nuevo.

Yo continuaba sentada en el banco, mientras que él estaba parado de pie junto a mis piernas y con una mano apoyada en mi frente, bloqueándome todo el largo de su brazo.

Tania, después de soltar un jadeo al ver a un policía agarrarme de la cabeza y retenerme casi de los pelos, por cómo me movía yo, pasó a reírse a carcajadas a mi lado.

Hasta que a ella también le quitaron de golpe la diversión. El otro policía, el que le gustaba, le quitó su botella antes de que volviera a beber.