¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 8
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Capítulo 8

Sergio

Momentos antes…

Pulsé el botón de la máquina de café y esperé a que esta me lo preparara.

Hacía un café malísimo, tanto que, hasta que acostumbré al estómago, cada vez que me bebía uno acababa encerrado en el baño.

Por aquel entonces mis compañeros se reían de mí, del novato, como hicieron con ellos en su momento. Pero me gané el respeto de todos rápido, cuando vieron mi insistencia y ganas de vencer a la puñetera máquina de café.

Esta formaba parte de la comisaría y de todos nosotros.

Las guardias no eran lo mismo sin pararte frente a la máquina, meter una moneda, pulsar el botón de uno de los dos únicos cafés que hacía: café solo o con leche.

Y esperar escuchando el sonido que hacía al comenzar a trabajar para preparar la elección que fuera.

Y ya, cuando cogías el vaso y le dabas el primer sorbo… No había nada comparable a todo lo que hacía sentir. Nos pasaba a todos, incluso al jefe, aunque al cabo de un rato tuviéramos que salir a la calle para ir a la cafetería que estaba cerca de la comisaría.

Ese era el momento de disfrutar de otra manera, con un buen café. Siempre y cuando fuera durante las horas del día, porque en las guardias nocturnas había que conformarse con nuestra querida máquina.

A no ser que alguno de los compañeros de la guardia, incluido yo, decidiéramos ir a por cafés para todos al bar que se encontraba en la calle de atrás de la comisaría.

Estaba abierto las veinticuatro horas, ya que cerca de la zona en la que nos encontrábamos había bastantes empresas que no cerraban, haciendo turnos rotativos. El bar daba servicio a todo aquel que disfrutara de sus descansos nocturnos.

De manera que era normal que en la comisaría termináramos yendo al bar durante las últimas horas de las guardias, que eran las más pesadas de soportar.

—¿Nos vamos? —me preguntó Matías.

Él era mi mejor amigo y mi compañero.

—Déjame tomármelo sin prisas —le comenté, cogiendo el vaso de café de la máquina.

—Podrías haber esperado a que nos alejáramos de aquí. Seguro que encontramos más de un sitio abierto a estas horas.

—Me apetece ahora el café, no dentro de un rato.

—Mira que llamar a eso café… —rio, negando con la cabeza—. Eres muy especialito.

—Lo que tú digas.

Pasé por su lado, esquivándolo, para ir hacia mi mesa de trabajo. Éramos muy pocos trabajando en la comisaría y Matías y yo nos iríamos en breve para patrullar las calles de la ciudad.

Al menos esta noche se nos haría más amena, al estar fuera y distraídos.

Me bebí el café mientras me guardaba el móvil en un bolsillo y cogía las llaves del coche. Al terminar, lancé el vaso a la papelera de mi mesa y me dirigí hacia la puerta, despidiéndome de los dos únicos compañeros que se encontraban en la misma zona.

Había otro en la recepción y alguno más repartido por la comisaría.

Matías ya me esperaba en la puerta, por lo que cuando me puse a su lado, nos dirigimos hacia el estacionamiento trasero.

Fuimos hacia nuestro vehículo, en el que mi amigo ocupó el asiento del copiloto y yo el del conductor. En cuanto arranqué, bajó la ventanilla para disfrutar de la buena temperatura que hacía. Yo hice lo mismo.

—Así da gusto, tío —me dijo.

Asentí, estando de acuerdo con él.

Me puse en marcha. Salí del aparcamiento y me incorporé a la carretera, para recorrer la mayor cantidad de ellas y así abarcar las máximas zonas posibles.

No teníamos ninguna prisa y sí muchas horas por delante, por lo que circulé a un ritmo lento y relajado.

—¿Qué tal está Ingrid? No me has dicho cómo os fue ayer y hoy no la he visto.

Giró la cabeza hacia mí.

—Muy bien. La prueba que le hizo el médico salió genial y, después de explorarla y de responder las preguntas que le hizo ella, el médico le dijo que continuara como hasta ahora. Tiene que volver dentro de un mes.

—Estupendo —sonrió.

Ingrid era una amiga mía desde hacía muchísimos años. Nos conocimos en la academia de policía y desde entonces la acogí como si fuera mi hermana. Nos llevábamos cuatro años de diferencia. Ella era la más pequeña.

Estaba embarazada y todo el interés hacia ella durante unos meses, y a lo largo de otros más, sería su embarazo.

Ayer la acompañé a la revisión de cada mes. Estaba de cuatro meses y todo marchaba muy bien, a pesar de los disgustos que se llevó al poco de enterarse de su estado.

Disgustos provocados por el impresentable del padre del futuro bebé, al que yo consideraría sobrino o sobrina. Lo sentía como tal. Todavía no se había dejado ver, así que nos tenía sin saber si sería niña o niño.

El sexo no nos importaba porque iba a ser igual de querido, pero sí que nos hacía ilusión saber cómo mencionar al bebé e incluso por su nombre, porque Ingrid tenía varios ya esperando el momento.

Ese tío, el padre biológico con el que Ingrid estuvo casi tres años, al cabo de varios días de saber la noticia le dijo a ella que no podía con la presión y que no se veía capacitado para seguir adelante.

Pero, en cambio, la animó a ella a continuar si era lo que quería, antes de hacer sus maletas y salir para siempre de la vida de mi amiga.

Eso sí, el muy desgraciado, antes de desaparecer, le dejó claro que no lo buscara nunca porque no quería saber nada más de ella y tampoco hacerse cargo de la vida que estaba creciendo.

Todo el peso recayó en Ingrid, pero después de calmarla de esa situación, tanto ella como yo supimos que saldríamos adelante. No iba a dejarla sola y ella lo sabía.

A Ingrid no le costó mucho tiempo agradecer que ese impresentable saliera de sus vidas. Cada vez que algo la llevaba a recordarlo, prometía que si se lo cruzaba por la calle, le daría un merecido escarmiento. Siempre y cuando no llevara puesto el uniforme de policía.

—A ver si la próxima vez se deja ver y podemos saber por fin si será ella o él —dije sonriendo.

—Yo creo que mantendrá el misterio hasta el último momento —rio.

—Dando ánimos y motivando, eres el peor.

Negué con la cabeza, consiguiendo que riera más fuerte.

Después de unos minutos en silencio, la radio que nos comunicaba directamente con la comisaría y que se escuchaba en todos los vehículos, se activó con la voz de nuestro compañero Roberto. Se dirigió a Matías y a mí.

—¿Qué sucede? —le pregunté.

—Sois los que estáis más cerca de la zona. Varios vecinos de la dirección que os daré ahora han llamado quejándose de que hay mucho alboroto en la calle. Por lo visto hay un grupito que está cantando, gritando y no sé qué más —nos contó Roberto.

—De acuerdo. ¿A dónde tenemos que ir? —le preguntó Matías.

Roberto nos dio la dirección y varié la dirección para dirigirme hacia allí.

—Ya vamos en camino —le informó mi amigo y Roberto nos deseó suerte por ser el comienzo de la noche.

Llegamos en menos de diez minutos a la altura de la calle en la que estaba el problema. Tuve la suerte de encontrar un sitio para dejar el coche y así despreocuparme de él, hasta que solucionáramos lo que estaba pasando.

Estacioné mientras mi amigo y yo observábamos desde la distancia a las tres personas que estaban divirtiéndose mucho y sin control. Sus gritos, aunque por cómo iban para ellos debía ser como hablar normal, sus risas y la música las escuchábamos perfectamente dentro del coche y con todo cerrado.

No tuvimos problemas para dar con lo que sucedía. Estaba a la vista, en la acera y cerca de un banco, donde un hombre y dos mujeres bailaban y saltaban.

—Menuda fiesta tienen montada —comentó Matías, con diversión.

—La misma a la que vamos a poner fin.

—Joder, tío, cómo me fastidia ser el aguafiestas en momentos como este —dijo riendo.

—Va con el uniforme, amigo.

—Ya… pero se ve que no es gente problemática. Solo se les ha ido un poco de las manos el beber y, aun así, lo único que buscan es divertirse sin dañar nada.

—Intenta explicarle eso mismo a los vecinos que no pueden dormir y que mañana sábado deben madrugar por diferentes motivos.

Sonreí de medio lado al ver la mueca que hizo, mientras me bajaba del coche. Matías se reunió conmigo en la acera y comenzamos a caminar hacia el grupo pequeño que estaba alborotando la noche para los vecinos más cercanos a ellos.

Conforme nos acercábamos, me fijé en las tres botellas de alcohol que había sobre el asiento del banco y pensé que iban bien servidos para seguir durante el resto de la noche.

Dejé a un lado la gracia que me hizo la situación, porque tuve que controlar algunas sonrisas al verlos y al escucharlos. Cambié a modo profesional, olvidándome de todo lo demás, como que podíamos ser Matías y yo los que estuviéramos al otro lado.

Por lo visto, mi noche no había comenzado muy bien y no parecía que fuera a cambiar. Elegimos el peor momento para acercarnos a los tres, justo en el que, gracias a mis reflejos, conseguí saltar hacia atrás para alejarme de la chica que se giró de repente hacia nosotros.

No nos vio porque estaba muy entretenida en doblarse hacia delante para vaciar todo el alcohol que tenía en el estómago.

—Joder, tío. Te ha ido por los pelos —me susurró Matías, divertido.

Lo miré de una manera que lo hizo apartar la vista rápido, para dejar de mirarme a mí.

—Espero que estéis dispuestos a limpiar todo este desperfecto —dije lo suficientemente alto para que me escucharan.

Lo hicieron, por supuesto. Hablé con fuerza, profundidad y autoridad. Hasta la chica que estaba vomitando dio un pequeño salto en la postura que estaba.

El hombre y la otra mujer, a la que le quedaba muy poco para seguir los pasos de su amiga, nos miraban a Matías y a mí con los ojos abiertos al máximo.

Mi amigo pasó por al lado de ella, rodeándola para ir al banco. En él estaba el móvil del que sonaba la música, la que paró. La calle se quedó en completo silencio.

La chica que casi me había vomitado en los pies se incorporó despacio, gracias a la ayuda de su amigo. La sostuvo lo mejor que pudo, porque él también iba afectado por la bebida, aunque no tanto desde que nos había visto.

Solía suceder. Con nuestra imagen, hasta habíamos cortado de golpe alguna borrachera que otra.

La chica más afectada no se dio cuenta de nuestra presencia. Miró a su amigo y le sonrió, como agradecimiento por ayudarla. Él le devolvió el gesto sonriente.

—¿Cómo estás? —se preocupó él.

Matías y yo nos volvimos completamente invisibles por unos minutos. Nos mantuvimos callados, lo que no duraría mucho.

—Me encuentro fatal —le contestó ella, haciendo una mueca graciosa.

—¿Ya habéis terminado el numerito y de liarla?

Ella agrandó los ojos al oírme de nuevo, pero no apartó la mirada sorprendida de su amigo.

—¿No estamos solos? —le preguntó a él, alargando las palabras que quiso que parecieran un susurro.

No lo consiguió.

—Eso quería decirte cuando te he llamado —carraspeó él—. Ya no estamos solos, no, y la compañía no ha llegado para unirse a nuestra fiesta.

—¿No? —Se sorprendió ella, sin entenderlo—. ¿Por qué? Si nos lo estamos pasando muy bien. No me digas que es Damián porque, como sea él y haya venido para…

Ni puñetera idea de quién era Damián. No había nadie más cerca, éramos los únicos en toda la calle a estas horas de la noche.

—Compruébalo tú misma —le pidió su amigo, con otro carraspeo.

Ella frunció el ceño y se agarró con más fuerza a él. No se dio cuenta.

—Necesito enjuagarme la boca —le dijo la chica, haciendo un puchero.

—Lo imagino —le sonrió con cariño él y se inclinó.

Lo siguiente que le dijo no pudimos oírlo, ya que le habló a ella al oído.

—¿Por qué? —insistió ella, cuando él se separó.

El chico movió la cabeza hacia Matías y hacia mí, señalándonos, justo cuando su otra amiga se recompuso de la impresión lo suficiente como para tirar del brazo de la única que todavía no se había enterado de que tenían un problema.

Podía ser leve o complicarlo todo, según actuaran a partir de ahora.

La chica soltó un suspiro y se giró hacia su amiga, para saber qué quería. Fue en ese instante, en el que giró la cabeza, cuando descubrió quiénes eran sus nuevos acompañantes.

Se quedó con la boca abierta, con los ojos abiertos al máximo al mirarnos a Matías y a mí. O más bien a nuestros uniformes de policías.

Su amigo tuvo que rodearle la cintura para que mantuviera el equilibrio porque se tambaleó delante de mí.