¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 7
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Capítulo 7

—Vamos a alejarnos un poco más —nos pidió Julio—. Y entonces buscamos un sitio en el que podamos sentarnos.

—Hecho. —Asentí.

Agarrados los tres y bebiendo de vez en cuando, llegamos a una zona muy alejada de la discoteca en la que ya había casas y edificios.

—Aquí estaremos tranquilos —habló Julio.

—¡Oye! —le gritó Tania.

—¿Qué? —Él también alzó la voz.

—Qué pregunta —rio Tania—. Has cerrado los ojos para dormirte mientras andabas.

—Joder, es que no sé si aguantaré mucho más si no paramos ya —dijo riendo él.

—Aquí mismo —comenté.

Había un par de bancos. No era un parque y, aunque estábamos rodeados de varias casas unifamiliares y edificios, nos pareció un sitio ideal para descansar y continuar bebiendo en la mejor de las compañías.

—Me ha gustado reencontrarme con algunos excompañeros —dije.

Me dejé caer en el asiento del banco y me quejé del golpe. Tania y Julio no hicieron caso a mi advertencia y terminaron igual que yo. Los tres nos frotamos los traseros, mientras nos reíamos con ganas.

—A otros, si no los hubiera visto, habría sido mucho mejor —continué, con un suspiro.

—Espero que yo entre en el grupo de los buenos —comentó Julio.

—Si no fuera así, Gloria te habría alejado de nosotras hace tiempo —dijo entre risas Tania.

—Efectivamente.

Les hice un guiño y bebí otro trago que me supo igual de malo que los anteriores. Pero para dentro que fue, a pesar de mis muecas.

—Por nuestros sueños —gritó Tania, levantando mi botella.

—Por esos mismos sueños que se cumplirán algún día —grité también, alzando de nuevo mi botella.

—Os sigo, amigas —habló Julio.

Bebimos y reímos, sin importarnos nada.

—Lo que se está perdiendo Clara —comentó Tania, con los ojos cerrados.

—¿Quién es Clara? —se interesó Julio.

—Una amiga nuestra —contesté, sonriendo—. Se lo estaría pasando genial con nosotros, con otra botella para ella. Te habría salido más caro —le dije riendo a Julio.

—Ya ves tú el problema… —Sonrió con picardía.

—Si hubiéramos sabido cómo iba a ir la noche… —suspiró Tania—. Por lo único que no me arrepiento de haber aceptado venir es por ti. —Señaló a Julio—. Y por Marina, Miriam y Norma. Han sido las más simpáticas. Con el resto, ni fu ni fa.

Se encogió de hombros.

—Con Sergio, Andrés, Mario y algunos más también hemos pasado un buen rato en el restaurante —comenté.

—Sí, sí… —estuvo de acuerdo Tania—. La verdad es que han sido más cosas buenas que malas.

—No le deis más vueltas al tema de Damián —nos pidió Julio.

—Es que me da mucha rabia. —Bufó Tania—. Joder, si el mismo me ha hecho un comentario durante la cena, de lo pesada e insistente que estaba Celia con las miraditas.

—Él se ha perdido a una grandísima mujer —le dije.

Le pasé el brazo por los hombros y la acerqué a mí. Ella apoyó la cabeza en mí.

—Y se ha conformado con una… bueno, paso, que él se dé cuenta por sí mismo. Ya es mayorcito.

Entrecerré los ojos. Los párpados cada vez me pesaban más porque mi cuerpo estaba dejándose vencer por los efectos de tanto alcohol.

—Vamos a poner un poco de música —comentó Julio.

—¿Aquí? —pregunté.

—¿Por qué no?

Miré hacia los lados de la calle solitaria.

Los únicos que estábamos en ella éramos nosotros tres.

Dirigí la vista hacia las entradas y las ventanas de las viviendas y me autoconvencí de que todos los que vivían en esta zona llevaban durmiendo el tiempo suficiente para no enterarse de lo que sucedía en la calle.

—Me parece una brillante idea —reí, aplaudiendo.

Tania me imitó en todo, mientras Julio sacaba su móvil y buscaba música animado.

Después de estar los tres de acuerdo con la elección, Julio dejó el teléfono en el asiento del banco y nos levantamos para bailar. No solo bailamos, también reímos. Mucho. Y, por supuesto, no podía faltar cantar las canciones que conocíamos.

—¿Creéis que Damián se ha tirado a Celia en los baños de la discoteca? —preguntó de sopetón Tania.

A Julio y a mí se nos fue el sorbo que bebíamos por mal sitio y acabamos tosiendo, para después reír sin poder parar.

—Oh… ¿Pensáis que no se han movido de donde los hemos visto y lo han hecho ahí?

Agrandó los ojos al máximo.

—¡Deja de pensar en él! —le pedí, poniendo los ojos en blanco—. ¿No has dicho que le den? Pues que sea verdad. Olvídate de ese de una vez por todas. No sé qué te ha entrado de repente con Damián, cuando hace unas semanas no sabíamos nada de este reencuentro y tú ni te acordabas de que existía.

—Es que no hay derecho. ¡Es tan guapo!

Hizo un puchero y Julio la agarró para consolarla con un abrazo. Mi amiga lloró con ganas y de verdad, en los brazos de nuestro reencontrado amigo de la infancia. Debo decir que la culpa de todo la tuvo lo bebida que iba.

—Guapo, pero con muy mal criterio de elección. Así que… —dije.

—Esta noche debo daros la razón en todo —habló Julio, con ganas de reírse—. Vamos a bailar y a pasarlo bien, sin pensar en nadie que no esté con nosotros.

—Me parece perfecto.

Levanté los brazos y me puse a bailar moviendo las caderas. Julio comenzó a silbar, animándome, y a mí me entró la risa floja, mientras exageraba aún más mis movimientos.

A Tania se le fue la pena. Le iba y le venía, hasta que se le quedara fija y al día siguiente se cagara en Damián y en todo, con una resaca monumental.

Terminamos haciendo el corro de la patata. Fuimos haciendo círculos agarrados de las manos y dando pequeños saltitos, mareándonos más de lo que ya lo estábamos.

La calle continuó desierta, haciéndonos sentir que éramos los dueños de ella. No pasó ni un vehículo al que pudiéramos gritarle las buenas noches. Tampoco se asomaron a las ventanas ni salieron a los balcones los vecinos de alrededor. Les hubiéramos pedido encantados que se unieran a nosotros.

Nuestras paradas para coger aire eran obligatorias, así como las que hacíamos para beber de nuestras botellas. Estas cada vez pesaban menos, ya que, a pesar de que nuestro estado empeoraba, no aflojábamos el ritmo bebiendo.

Todo me daba vueltas, pero no podía parar de reír y de soltar grititos cada vez que me tropezaba o me chocaba con Tania o con Julio. Los pies se me enredaban solos.

Comencé a moverme con más energía. Sobre todo, la cabeza, llevándola de un lado al otro sin parar de bailar. Me di cuenta demasiado tarde de que había llegado a mi límite, del gran error que cometí porque los últimos movimientos bruscos que hice me revolvieron el estómago y…

Me giré todo lo rápido que pude, lo que empeoró mi situación. Me tambaleé sin poder agarrarme a algo estable y terminé doblada hacia delante en una postura rara, para vomitar.

También fui consciente tarde, todo lo consciente que el alcohol me permitía, de que ante mis ojos aparecieron un par de botas que dieron un salto de repente, alejándose de mí.

Si no hubiera estado queriéndome morir, por lo mal que me encontraba, me habría reído por la imagen. Pensé que todo estaba en mi cabeza, otro gran error que estaba a punto de descubrir para enfrentarme a él. Aunque con las pocas fuerzas que tenía…

Sentí como mis amigos se ponían a mis lados. Me agarraron como pudieron, ya que estaban igual que yo. Tania tuvo que hacer varios intentos para encontrar mi brazo y agarrarme con la mano, porque veía mi brazo en todas partes menos pegado a mi cuerpo.

Eso provocó que comenzara a reír, hasta que consiguió sujetarme mientras mi angustia no frenaba.

—Gloria… —susurró Julio.

—No puedo, no puedo… —dije hablando entrecortadamente, casi sin respiración.

Me agarré con fuerza de mis amigos, con los ojos cerrados.

—¡Voy a morirme! —me quejé, creyendo que era muy cierto—. Dios… ¡Mi familia y mis amigos! —Lloriqueé.

La arcada fuerte que me vino impidió que pudiera continuar hablando.

—Joderrr… Nenaaa…

Creí escuchar a Tania, pero hasta que no vacié el estómago no pude prestar atención a nada más.

—Espero que estéis dispuestos a limpiar todo este desperfecto.

La voz que habló, fuerte, profunda y autoritaria, me hizo dar un respingo e incorporarme todo lo rápido que pude, gracias a Julio.

Mi amigo me sostuvo. Parecía más recompuesto en este instante. Lo miré con curiosidad, como si lo estuviera viendo por primera vez después de todo el tiempo que habíamos estado sin vernos.

Julio giró la cabeza hacia mí y me sonrió.

—¿Cómo estás?

—Me encuentro fatal —le contesté haciendo una mueca.

—¿Ya habéis terminado el numerito y de liarla?

La misma voz de antes me hizo agrandar los ojos, sin apartar la mirada de mi amigo.

—¿No estamos solos? —le pregunté a Julio, alargando las palabras y susurrando.

—Eso quería decirte cuando te he llamado —carraspeó—. Ya no estamos solos, no, y la compañía no ha llegado para unirse a nuestra fiesta.

—¿No? —le pregunté sorprendida.

No retuve lo que había escuchado con anterioridad, por lo que no fui capaz de entender el motivo de la preocupación que veía en la cara de Julio.

—¿Por qué? —volví a preguntarle—. Nos lo estamos pasando muy bien. No me digas que es Damián porque, como sea él y haya venido para…

—Compruébalo tú misma —me pidió Julio, con un nuevo carraspeo.

Fruncí el ceño.

—Necesito enjuagarme la boca —le dije, haciendo un puchero.

—Lo imagino —me sonrió con cariño y se inclinó hacia mí—. Pero no tenemos agua y no es muy recomendable que te dé la botella de alcohol ahora mismo, para que lo hagas —me susurró al oído.

—¿Por qué? —insistí.

Julio movió la cabeza hacia un lado, señalando en una dirección, y Tania me tiró del brazo, llamando mi atención.

Solté un suspiro, agotada, antes de girarme para preguntarle a mi amiga qué quería. Pero en el camino me encontré con una imagen que me dejó con la boca abierta.

Delante de nosotros tres había dos agentes de policía, parados mientras nos observaban fijamente. Uno de ellos parecía enfadado; el otro, si mi percepción no me fallaba mucho, daba la sensación de que intentaba disimular una sonrisa.

A saber, porque me daba vueltas todo.