Capítulo 6
—¿Qué os parece si compramos unas botellas y nos vamos a continuar la fiesta por nuestra cuenta? —nos gritó Julio.
La música del local estaba muy alta y, a pesar de sus gritos, no escuchamos todo lo que dijo.
Hacía un buen rato que nos habíamos ido del restaurante para seguir disfrutando de la noche.
La cena había ido genial, exceptuando algunos instantes tensos protagonizados por Celia. Nada que tuviera importancia porque no se la dimos a ella.
—¿Cómo? —le pregunté a Julio, riendo.
No me acordaba de en qué momento dejé de contar las consumiciones que llevaba bebidas, pero debían ser bastantes. No era la única. Mi amiga Tania y Julio me seguían el ritmo. Estaban igual que yo: muy bebidos.
Todo comenzó a descontrolarse cuando Damián se fue nada más llegar a la discoteca. Nos dejó a los tres y lo que en un principio pensamos que sería rápido, que no tardaría en regresar, se convirtió en un retraso de media hora.
Como no apareció, Julio y Tania fueron a buscarlo. Más que nada por si le había sucedido algo. Y claro que lo encontraron, pero cuál fue la sorpresa que se llevaron que lo vieron con Celia. Y no de cualquier manera que pudieran pasar desapercibidos.
Por lo visto, se habían apartado hacia una zona donde no había mucha iluminación. Damián tenía la espalda apoyada en la pared y Celia estaba frente a él, muy pegada al cuerpo de Damián.
Según la opinión de Julio, solo hablaban mientras Damián pasaba por alto la cercanía de Celia, para no incomodarla si la apartaba. En cambio, la versión de Tania fue que cuando los vieron, a ambos les faltaba muy poco para que sus lenguas se enredaran.
Yo no sabía qué pensar porque la verdad era que me quedé desconcertada al saberlo. No me encajaba el comportamiento de Damián, ya que en el restaurante había estado muy pendiente de Tania.
En todas las conversaciones que habíamos mantenido él y yo, lo había percibido como un tío centrado y que sabía lo que quería. Por todo ello no entendí el cambio tan brusco que dio.
El resultado de lo que se encontraron y vieron fue que, desde que volvieron, Tania comenzó a pedirnos consumiciones a Julio y a mí cada vez que las terminábamos. Y todavía continuaba de la misma manera. Habíamos cogido una buena los tres.
—Me cago en el puñetero Damián —dijo Tania, indignada.
Levantó su copa.
—Estoy totalmente de acuerdo —la apoyé arrastrando las palabras.
Tania y yo reímos cuando Julio chocó su copa con la nuestra, brindando en contra de su amigo.
—¿Qué? —nos dijo—. Ahora mismo voy con vosotras. Se lo ha ganado.
Con esas palabras y con un encogimiento de hombros, se ganó un abrazo de las dos.
—Soy el tío, futuro calvo, más afortunado de la puñetera discoteca —gritó.
Pero su voz se perdió entre el volumen altísimo de la música mezclado con las voces que intentaban hacerse oír.
Tania y yo soltamos una carcajada y Julio se unió rápido a nosotras. Así llevábamos un buen rato.
Ya no era consciente de cuánto tiempo hacía que Damián se fue, tiempo que coincidía desde que llegamos a la discoteca. Debía haber pasado mucho, segurísimo, pero ya no nos preocupaba a ninguno de los tres.
Que hiciera lo que le saliera de las narices, aunque seguramente estaba haciéndolo concentrado en otra parte de su cuerpo.
La impresión que me había dado desde que nos reencontramos, para mí había caído en picado. Por nosotras no, porque ya ves tú lo que me importaba a mí ese hombre, después de unas horas con él. Tania lo superaría, por el mismo motivo.
Pero ¿quién deja a su mejor amigo abandonado y olvidado durante tanto tiempo? Fue llegar a la discoteca y alejarse de Julio.
—No me habéis dicho qué os parece que continuemos la fiesta fuera de aquí —nos recordó Julio.
—¿Nos has propuesto hacer botellón en la calle o me lo he imaginado? —le pregunté a gritos y entre risas.
—Eso he dicho, sí —rio también él.
—Joder. ¿Cuántos años han pasado desde la última vez? —preguntó emocionada Tania—. Va, no puedes decir que no.
Me hizo un puchero y yo me reí con más ganas.
—Hazlo por mí —insistió—. Estoy triste, pero lo que es peor, muy cabreada.
Que alargara las palabras al decirlas y que nos costara entenderla a ella, le quitó fuerza a su cabreo. Lo que no quitaba que fuera muy real, pero le saldría todo al día siguiente.
—¿Y qué bebida compramos? —pregunté, aceptando el plan.
Tania soltó un grito y se colgó de mi cuello. Yo perdí la estabilidad y nos fuimos hacia la barra, con la que choqué con la espalda. No dejamos de reírnos en ningún momento.
—Yo me encargo de eso —nos dijo Julio, con un guiño.
Se puso a nuestro lado y llamó la atención del camarero. No escuchamos lo que le dijo, ya que el chico se inclinó hacia Julio para que le hablara cerca de la oreja.
Cuando se incorporó al otro lado de la barra, nos miró a nosotras y después a Julio, para al final asentir y pedirnos con un gesto de la cabeza que fuéramos con él.
Lo seguimos por fuera de la barra y cuando llegamos al final, esperamos a que nos diera no dos, sino tres botellas de alcohol. Julio pagó y después nos dirigimos hacia la salida, como si hubiéramos hecho una travesura.
No intentamos buscar a nadie para despedirnos. De todas maneras, desde que llegamos a la discoteca nos dispersamos y no habíamos vuelto a ver a nadie. Ni siquiera a Damián, que llegó con nosotros.
Al salir a la calle, el culpable de que me fallara la estabilidad fue el tacón de una sandalia. Sin duda.
—Cuidado —me pidió Julio, riendo.
Por suerte, a él le quedaban más reflejos que a Tania y a mí.
—El escalón y mi sandalia me tienen manía —le dije, haciéndolo reír con más fuerza.
—Luego hablo con ellos y los pongo rectos —me dijo.
—¡Eres el mejor!
Me colgué de su cuello y nos tambaleamos.
—Y tanto que eres el mejor. —Bufó Tania—. Tu amigo deja mucho que desear. ¿No tenéis ganas de entrar, buscarlo y darle de hostias para que espabile?
Nos miró.
—No —le contesté cantarina—. Porque eso significaría que me importa y para mí no existe desde hace rato.
—Con lo bien que iba la noche. —Lloriqueó Tania.
—Lo siento mucho, chicas.
Julio se dirigió a las dos, pero solo miró a Tania porque sabía que era ella la única afectada.
—No os puedo decir mucho, solo que no sé lo que le ha pasado esta noche.
Le pedí que abriera las botellas y le quité la primera de la que pude beber. Julio hizo lo mismo con la segunda y se la ofreció a Tania. Él se quedó la última.
—Vamos a buscar un sitio en el que podamos sentarnos —nos pidió y comenzó a caminar por la acera.
Nosotras nos pusimos a sus lados
—Yo tampoco sé lo que le ha pasado —comentó con ironía Tania.
—Ya… —hablé—. Pero sí que es verdad que ha sido muy raro.
Me quedé pensativa, o más bien ida, porque con lo bebida que estaba no me encontraba para pensar en nada.
—Su ausencia me ha sorprendido hasta mí —dijo Julio, alargando las palabras.
Los tres nos reímos, porque sí, porque no podíamos hacer otra cosa al no tener control de absolutamente nada.
Tania y yo no teníamos ninguna duda de que Julio había sido sincero toda la noche. Y con tanto alcohol encima, aún más.
—Que le den. ¡A la mierda! —se quejó Tania, antes de beber un trago de su botella.
Yo hice lo mismo, bebiendo con ganas, y ambas reaccionamos poniendo caras de asco, con la lengua fuera, cuando conseguimos tragar. Julio se dobló de la risa al vernos.
—Dios… ¿Qué mierda has comprado? —le pregunté—. Si quieres envenenarnos, puedes ser más sutil, hombre.
Bufé.
No había prestado atención a las botellas que había comprado Julio, aunque sinceramente nuestra reacción habría sido la misma con cualquier otra bebida, sin importar el contenido de las botellas.
Beber a palo seco no era lo nuestro. Para cambiar eso volví a dar otro trago, para que se me pasara la sensación. En un principio la empeoré, pero al cabo de unos largos segundos me sentó bien.
—No está tan mal —dije, haciendo espacios de silencio y alargándolos.
—Pues claro que no —rio Julio.
—Oye… —Llamó nuestra atención Tania y la miramos.
Me agarré del brazo de Julio para tener más estabilidad, pero entre la poca que tenía él y la mía…
—He estado muy pocas veces por esta zona —comentó, mirando hacia los dos lados de la calle—. No sé si hay un parque cerca.
—Eso sería lo ideal y solitario, para sentarnos en un banco y estar tranquilos —comenté.
—Pues como no cojamos un taxi, lo tenemos complicado —habló Julio.
—Si me monto en un coche ahora me quedo dormida —dijo Tania, riendo—. Así que, si sucede, llevadme a mi piso —suspiró.
—¿Y si nos quedamos por aquí? —propuse.