Capítulo 5
—Cuéntame lo bien que te trata la vida —me pidió Julio.
—Has llegado un poco justo de hora para que me dé tiempo a tanto —le dijo con un guiño.
Reímos.
—Eso suena de maravilla y tenemos mucha noche por delante. Pero bueno, solo tengo que verte. Estás espectacular, mientras que yo estoy quedándome calvo.
Lo dijo a modo de broma, pero era una realidad.
—Un calvo muy guapo e interesante —le dije.
—No me digas eso, que me lo creo rápido.
Volvimos a reírnos.
—Hay hombres a los que les sienta genial no tener pelo en la cabeza y tú vas a ser uno de ellos, Julio.
Le hablé convencida porque había mucha verdad en mis palabras.
—Ya veremos… —carraspeó—. Tendremos que quedar cuando no me quede ni un pelo de tonto.
Soltamos una carcajada.
—Me encantaría poder vernos de vez en cuando. Se me había olvidado lo a gusto que me siento contigo.
—Sin pelo, pero con carisma. No lo tendré todo, pero sí lo más importante.
—¡Para ya! —le pedí riendo—. Joder, que no dejo de imaginarte calvo.
Bufé.
—Lo tienes fácil —me dijo con un guiño.
Pues sí, porque tenía el pelo rapado, muy cortito.
—Hola.
Tania llegó sonriente a nuestro lado.
—Hola, preciosa. Por segunda vez —le sonrió Julio—. Si buscas al adonis del amigo con el que he llegado, deben haberlo retenido en alguna parte de esta sala.
A Tania le subieron los colores de golpe, mientras miraba a Julio con sorpresa.
—Oh. No, no… Yo…
—Tranquila. Siento decirte que es lo normal cuando Damián aparece.
—No tienes que sentirlo —le pidió Tania, con un bufido.
Yo evité mirarla en este momento, para no ponerla más nerviosa.
—Lo que tenemos las dos es curiosidad e interés por hablar un poco con él. Con los demás ya lo hemos hecho —me dirigí a Julio.
Quise salvar la situación para mi amiga, pero Julio lo pilló todo demasiado rápido. A pesar de ello, disimuló y lo dejó pasar. Se lo agradecí con la mirada.
—Es un tío de éxito —nos contó—. Hace cuatro años que montó su propia empresa y tuvo una gran acogida, por lo que triunfó. Y sigue acumulando logros.
—Me alegro —comenté.
—¿Y tú, Julio? —le preguntó Tania.
—Estoy muy contento. Trabajo en una empresa importante y tengo un puesto de responsabilidad.
—Vamos, que eres un partidazo —le dije y reímos.
—El día que quedemos te hablo de mi vida con calma —se dirigió a mí—. Aquí no me apetece sacar ciertos temas, por si hay oídos por todas partes. No me gusta hablar de mi vida privada.
—Tranquilo. Lo entiendo y haces muy bien.
—¡Oye! ¿Habéis hablado de quedar? Yo quiero estar, ¿eh?
—Cómo no, la pequeña y revoltosa Tania al lado de Gloria.
—Joder, ¡hacía muchísimo que no escuchaba eso!
Reímos.
—Pues cuenta para atrás —le pidió él, con diversión—. Y, por supuesto, que puedes venir cuando quedemos. No hacía falta ni que sacaras el tema.
Le hizo un guiño a Tania y ella le sonrió de oreja a oreja.
—Hemos comentado para vernos cuando se quede calvo, pero creo que sería mejor comenzar un poco antes —le conté a Tania, conteniendo la risa.
Ella agrandó los ojos y no pude aguantarme más. Tuve que reírme.
—Está todo controlado, preciosa —la tranquilizó Julio—. Sois las únicas con las que voy a sacar este tema, de todos los que están en esta sala. Bueno, Damián no cuenta.
—Hola.
Ese fue Damián, quien apareció por la espalda de mi amiga. Yo tampoco lo vi venir.
Tania se apartó para ponerse a mi lado, sin dejar de sonreírle al recién llegado.
—Nos vamos ya para el restaurante —nos informó.
—Estupendo. —Asentí.
—¿Has podido liberarte? —le preguntó su amigo Julio.
La amistad entre ellos era tan larga, fuerte y duradera como la que teníamos Tania y yo. Al menos era lo que aparentaban porque seguían juntos, a pesar del tiempo, y parecían muy unidos, como en el pasado.
—Por los pelos —le contestó Damián, con una media sonrisa—. ¿Qué tal, chicas?
—Aquí, a verlas venir —contesté.
Julio rio y Damián amplió su sonrisa.
Tania había perdido la capacidad para hablar y de moverse, solo sonreía, por lo que le di un poco de tiempo para que se recompusiera.
—¿Qué tal tú?
—Igual que vosotras. Os confieso que nos lo pensamos bastante para aceptar —bajó el tono de voz.
—¿En serio? —le preguntó Tania, reaccionando. Los tres la miramos—. Y yo pensando que la única arisca era Gloria…
Rio.
—¿Acabas de decir que somos ariscos? —le preguntó Damián.
—Eh, no. Bueno, sí —rio nerviosa.
—Pues tendré que convencerte de lo contrario —le dijo con un guiño, Damián.
Sonreí contra el borde de la copa, antes de darle un sorbo al gin-tonic .
—Te advierto que no soy fácil.
—Me encantan los retos —le insistió Damián.
—Y a mí me gustas tú. ¿No lo notas?
Soltó una carcajada, entre nerviosa e ilusionada por tener toda la atención de Damián.
—¿Yo? ¡Qué va! —sonrió con picardía él
—Lo estáis haciendo muy interesante, pero creo que deberías salir ya —comentó Julio.
—Sí —estuve de acuerdo.
Miré hacia la puerta de salida, donde Marina y Celia hablaban con dos chicas, Ágata y Elena.
Celia no estaba muy atenta a la conversación que estaban teniendo, ya que se le iba la vista hacia donde estábamos nosotros.
Debía estar alterada, por no decir rabiosa, porque Damián se encontraba con nosotras, unas «simples y mediocres trabajadoras». Bajo su criterio, por supuesto, aunque ni Tania ni yo le habíamos dicho de qué trabajábamos ni los estudios superiores que cursamos.
Julio me ofreció su brazo y me agarré a él sin dudar, sonriéndole.
De esa manera caminamos hacia la salida, ya que nuestro grupo éramos los únicos que quedábamos en la sala.
—El restaurante es el que está saliendo hacia la derecha, a unos metros, en la acera contraria —nos informó Marina, simpática como siempre.
—Tranquila, que no nos perdemos —le habló con gracia Julio.
La dejamos riendo al salir de la sala, con Ágata y Elena sonriendo, mientras que Celia no dejó de mirar a nuestras espaldas. Ahí se encontraban Damián y Tania, caminando detrás de Julio y de mí.
—Sofía ya se ha ido hacia el restaurante —le comenté a Julio.
—Si lo dices porque nos has visto llegar a la vez, es porque nos hemos encontrado en la puerta. Damián y yo hacía que no la veíamos el mismo tiempo que a los demás.
—Ah. Pues sí que me ha dado la sensación de que veníais juntos.
Salimos a la calle y agradecí el cambio de temperatura.
—Es normal —me sonrió.
Miré por encima del hombro y yo también sonreí, al ver que Tania y Damián nos seguían. Hablaban entre ellos y parecían muy cómodos el uno con el otro.
De las demás chicas que dejamos en la sala de fiestas no había ni rastro por la calle. Debían estar todavía allí, tal vez para devolver la llave al dueño o recogiendo la mesa de las bebidas.
Qué sabía yo y tampoco me importaba mucho porque cuanto más lejos estuviera Celia de Tania y Damián, mejor para ellos. Sabía que, en cuanto pudiera, intentaría acapararlo solo para ella.
No tardamos en llegar al restaurante en el que, en cuanto entramos, localizamos nuestra mesa hacia un lateral del salón. No había pérdida porque teníamos la zona para nosotros solos y, entre todos los que había sentados a la mesa, tenían montado un buen jaleo entre conversaciones y las risas.
Pudimos sentarnos todos seguidos y, una vez nos acomodamos, Ricardo, que estaba enfrente de Julio, se encargó de llenar nuestras copas de vino.
Las cuatro chicas que faltaban llegaron al cabo de unos minutos. Con la mesa al completo, los camareros se acercaron para tomarnos nota. Tania y yo miramos la carta rápido, para saber qué pedir cuando el camarero nos preguntara.
A un lado de mi amiga se había sentado Damián y al otro mío, Julio, por lo que a Tania y a mí nos habían dejado en el centro, entre ellos.
Nuestra posición no fue del agrado de Celia, la que ya no se cortaba para mirar hacia nosotros. La misma vergüenza que sentía ella la sentí yo, porque no me echaba para atrás a la hora de encontrarme con sus miradas.
El desafío estaba servido durante toda la cena y hasta que terminara la noche y dejara de ver a esa mujer, porque cada vez se ganaba más que saltara con algún comentario que no le haría ninguna gracia.
En el fondo lo estaba deseando, para ponerla en su sitio, no en el pedestal tan alto en el que ella misma se había colocado.
—No te cortes para hablar con Damián —le susurré al oído a Tania.
—Joder, sí. Es que, aunque no la vea, notaré su mirada en mí todo el tiempo.
Bufó.
—¿Y qué? Damián está a tu lado y te habla y hablará a ti. Aprovéchalo. No seas tonta y ni mucho menos te dejes intimidar por la que no le ha quedado más remedio que sentarse en la punta de la mesa.
—Esa es otra. —Apretó los labios, conteniéndose para no reír—. Me han entrado unas ganas de soltar una carcajada cuando he visto la cara que se le ha quedado…
—Mala suerte para ella —dije con diversión.