Capítulo 4
—Claro. Ya hablaremos —le dije a Miriam, sonriendo.
Se fue hacia uno de los grupitos que se habían formado.
Todos los que habían llegado hasta ahora se movían de un lado al otro, para no dejarse a nadie sin entablar conversación.
Tania estaba por algún lado de la sala. Hacía un rato que dejé de seguirla con la mirada.
Todavía quedaban por llegar, pero la mayoría estaban ya en la sala de fiestas.
Cuando Tania y yo llegamos, mientras estábamos con Marina, apareció Celia con su forma altiva de mirar y sonreír. No me hizo falta más que la primera impresión para saber que no había cambiado en nada.
Me tocó mucho las narices, pero me contuve haciendo un gran esfuerzo. Después del saludo de Celia y de hablar unos minutos con ella y con Marina, comenzaron a aparecer los invitados.
Llegaron unos detrás de otros, como si los hubieran soltado a todos de golpe en la puerta de la sala de fiestas.
Me llevé mi copa a los labios, observando con disimulo la sala. Había empezado fuerte la noche, Tania nos preparó un gin-tonic para cada una.
La verdad era que, contra todo pronóstico de lo que pensaba, el reencuentro con todos había sido muy bueno y animado. El ambiente era genial y se escuchaban risas por toda la sala.
Sí, los cambios eran muy evidentes en cada uno de nosotros. Incluso para Tania y para mí. El paso del tiempo no perdonaba, para bien o para mal.
Debo decir que, menos a uno, al resto los conocí sin problema. Por el momento, incluso había recordado todos los nombres.
El único que tuvo que decirme quién era fue Carlos, ya que parecía otra persona. Hasta tenía otro color de pelo.
Pero debía admitir que el resumen era muy bueno y satisfactorio.
—Solo quedan tres por llegar.
Tania me asustó al llegar por mi espalda y al hablarme en tono bajo. Capté la atención de todos al soltar un grito, pero Tania lo arregló enseguida, al reírse. Los demás sonrieron y siguieron a lo suyo.
—Joder. —Bufé—. Ya te vale.
—Lo siento —dijo entre risas, sin sentirlo ni un poco.
Puse los ojos en blanco.
—¿Te lo ha dicho Marina? —le pregunté.
—Sí, y también que Celia cada vez estaba más nerviosa. ¿Qué crees que significa eso?
—No tengo ni idea de por qué Marina puede haber dicho eso. Relájate y recuerda que, si aparece o no, da igual porque vamos a pasárnoslo genial de todas maneras.
—Vale —suspiró—. ¿Ya te has animado?
—Bastante —le confirmé—. Esto no está tan mal como pensaba.
Le hice un guiño y rio.
—Ya lo sabía.
Se agarró de mi brazo.
—Claro, porque eres adivina.
La miré de reojo.
—Solo queda media hora para irnos al restaurante.
—¿Preparas otro gin-tonic y nos lo bebemos a medias? —le propuse para que dejara de darle vueltas a lo mismo.
—Vale.
La seguí hacia la mesa en la que estaban las bebidas, las copas, los vasos y un congelador pequeño en el que había hielo.
Tania se entretuvo preparando nuestra bebida, mientras yo volvía a mirar todo el salón.
Me crucé con la mirada de Celia. Estaba demasiado cerca de nosotras y, como siempre me sucedía con esa mujer, no me gustó ni pelo la forma en la que nos miraba y me sonrió.
Para nuestra mala suerte vino hacia nosotras.
—¿Puedes prepararme otro a mí, amor? —le preguntó Celia a Tania.
Mi amiga giró la cabeza hacia ella e imaginé que le sonrió. Por la sonrisa falsa que mostró en los labios Celia.
—Claro —le dijo Tania, cogiendo su copa.
Dejó la nuestra frente a mí y se puso a trabajar con la de Celia.
—¿Y qué tal os va la vida? —nos preguntó, pero mirándome a mí—. Hemos podido hablar muy poco.
—Genial. Estamos felices y no podemos quejarnos —le contesté—. ¿Y a ti?
—Qué misteriosa —dijo con una sonrisa de medio lado—. Pensaba que, después de lo bien que ha sonado lo que has dicho, ibas a contarme en qué trabajáis ambas y alguna cosilla más personal.
—No he venido aquí a dar a conocer mi vida a nadie. Esta noche es para recordar viejos tiempos, reír y pasarlo bien.
Hablé muy calmada, pero mi mirada fija y precisamente el tono que utilicé le dejaron claro a Celia que no iba a conseguir lo que buscaba. Al menos de mí, porque por lo que respetaba a Tania…
Mi amiga notó al instante mi incomodidad e intervino en la conversación para apartarme un poco de ella.
—Nosotras continuamos estudiando juntas, en el bachillerato y después en la universidad —le dijo Tania, dándole su copa de gin-tonic .
—Vaya… —Celia nos miró a ambas—. Así que continuáis estando tan unidas como siempre.
—Así es. Nunca dejamos de estarlo —le aclaré.
—Unas uñas monísimas, por cierto —cambió de tema.
—¿Y tú? ¿Seguiste estudiando? —le preguntó Tania, ya que mi pregunta de cómo le iba la vida, Celia la había ignorado.
—Por supuesto —le contestó queriendo mostrar superioridad.
La miré por encima del borde de la copa, antes de beber un sorbo de la bebida.
—Llevo años en la empresa de mi padre y cuando él se jubile será mía.
—Pues tómatelo con calma porque todavía te quedan años —le dije.
—No te creas que tantos —sonrió.
—Lo de la empresa de tu padre suena estupendamente —le habló Tania.
—Claro. Por eso estudié una carrera, para no ser una simple y mediocre trabajadora, y llegar a ser la dueña algún día.
Volví a morderme la lengua para no soltar una barbaridad, por lo que acababa de escuchar.
Me compadecí de los trabajadores que tuviera a su cargo llegado ese instante. O quién sabía, lo mismo a la hora de la verdad su padre le daba un golpe de realidad.
Porque, sinceramente, si Celia no había cambiado en su actitud y su forma de ser, no veía creíble que lo hubiera hecho en algún momento respecto a sus estudios. Su padre debía haberse dado cuenta.
Durante todos los años que fuimos compañeras de estudios, Celia destacó por llevar fatal todos los cursos. Si pasó de ellos, únicamente fue por todos los exámenes en los que copió.
Un pequeño alboroto que se formó en la sala colaboró conmigo, para distraerme y continuar en silencio.
Las tres miramos hacia donde los demás excompañeros habían hecho un corro. Debido a ello, no vimos nada más que espaldas y cabezas.
Celia soltó un gritito y se alejó de nosotras caminando rápido. Con la altura de sus tacones era una gran hazaña que se mantuviera estable y sin lesionarse.
Tania y yo nos miramos, al mismo tiempo que le pasaba nuestra copa.
—Deben de ser los últimos que faltaban por llegar —comenté.
Ella asintió y bebió varios sorbos seguidos de gin-tonic .
Dirigimos las miradas hacia el grupo de personas y decidimos acercarnos despacio. No nos dimos ninguna prisa, mientras nos pasábamos la copa para ir bebiendo.
—En esta te has pasado —le dije hablando bajo, refiriéndome a la bebida.
Estaba muy fuerte de alcohol.
—No dirías lo mismo si probaras la de Celia —me habló en el mismo tono, con diversión—. Su copa te tumbaría en unos minutos.
Nos miramos y reímos.
—¿Te has propuesto dejarla fuera de juego por si aparece Damián? —le pregunté divertida.
—Ha venido ella a mí. Ha sido idea suya que le preparara una copa, cuando tenía sus dos manos vacías para preparársela ella.
Se encogió de hombros.
—Así que yo la hago como me da la gana. Si le gusta, bien, y si no, también.
—Así me gusta —la apoyé—. Me encanta cómo piensas.
Reímos.
—Como siga bebiendo, dentro de un rato está borracha —me susurró.
—Podemos dejarla durmiendo aquí, hasta que se le pase —comenté.
—Es un plan maravilloso —me dijo con un guiño—. Total, no echará de menos mezclarse con simples y mediocres trabajadores —comentó en tono de burla, al repetir las palabras de Celia.
Nos paramos a unos pasos del grupo que rodeaba a los recién llegados. Estaba claro que era así porque comenzaron a hacer las preguntas típicas.
Tania me miró con los ojos muy abiertos por la sorpresa cuando escuchó decir a una chica el nombre de Damián.
—Has tenido suerte —le sonreí.
—Oh, joder. Necesito saber si queda algo del chico que fue —susurró.
No tardamos en descubrirlo porque el círculo de personas se fue deshaciendo despacio, hasta que las personas que estaban en el centro fueron visibles.
Había dos hombres y una mujer.
—Chicas —nos llamó Marina—. Ya están aquí Julio, Sofía y Damián. ¿Os acordáis? Ellas son…
—Gloria y Tania —nos presentó Tania, interrumpiendo a Marina.
Así que el tal Damián nos acompañaría esta noche…
Mi amiga no podía estar más emocionada. Yo lo sabía. Lo percibía, a pesar de que fingía estupendamente.
A Tania se le habían acelerado las pulsaciones al ver a Damián porque sí, el chico que fue se había convertido en un hombre digno de ver. Era atractivo y muy guapo.
—Joder. ¡Gloria!
Al escuchar a Julio, sonreí dando un paso hacia delante.
Él rio y vino hacia mí. Nos dimos un abrazo porque en el pasado estuvimos muy cerca el uno del otro. Siempre nos llevamos muy bien.