¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 3
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Capítulo 3

—¿Estás cerca? —le pregunté a Tania.

Venía en taxi a recogerme. Sabía que estaba en él porque me escribió un mensaje en cuanto se montó.

—En cinco minutos como mucho estamos ahí —me contestó.

—Vale, pues voy bajando.

—Tranquila, no voy a irme sin ti —rio.

—Ya… no tendré esa suerte —hablé con diversión.

—Pues no, amiga. Esta noche es nuestra.

—Anda, cuelgo ya.

—Sí, mejor, no vaya a ser que te encierres en tu piso.

Volví a escuchar su risa, antes de cortar la llamada.

Ya hacía unos minutos que estaba preparada para irme. Tal y como planeé mientras venía hacia mi piso, desde la casa de mi abuela, al poco de despertarme de la siesta me di una ducha.

Al terminar, fresquita, esperé un rato para comenzar a arreglarme. La ropa que había elegido para esta noche era una falda pantalón mini monísima que tenía un poquito de brillo y un top de tirantes finos, adornados con piedrecitas que se cruzaban a la espalda.

El conjunto quedaba monísimo y se veía elegante. Me sentaba genial.

Lo había acompañado con unas sandalias de tacón y el bolso minúsculo que había elegido para la ocasión. En él me cabía a lo justo el móvil, las llaves y un monedero pequeño en el que solo podía llevar la documentación, la tarjeta del banco y dinero en efectivo bien doblado. No necesitaba más.

El pelo me lo había recogido de un lado con unas horquillas, el resto lo llevaba suelto. En cuanto se hiciera de noche no iba a molestarme, para lo que todavía faltaba una horita, y dentro de los sitios estaba salvada con el aire acondicionado.

Lo último que hice, para estar perfecta para mí, fue maquillarme.

Cuando terminé de hablar con Tania, me guardé el móvil en el bolso y este me lo colgué al hombro para salir del piso.

Bajé en el ascensor hasta la planta principal y justo cuando salí a la calle, un taxi se paró en doble fila. Pude ver dentro a mi amiga y sonreí cuando me saludó con ambas manos.

—Hola —dije al sentarme en el asiento trasero, al lado de Tania.

Tanto ella como el taxista me devolvieron el saludo. Entonces el hombre se puso en marcha hacia la dirección que ya debía saber.

—Estás divina —me dijo con alegría.

—Y tú.

Le hice un guiño.

Ella había elegido un vestido monísimo que la hacía brillar. Y no era una manera de decir que lucía estupenda, que también, pero a lo de brillar me refería a que literalmente brillaba.

La tela del vestido era de lentejuelas. Este tenía el escote de palabra de honor, se ajustaba perfectamente al cuerpo de mi amiga y le llegaba hasta medio muslo. Sentada un poquito más arriba.

Tania también llevaba sandalias de tacón, unos centímetros más altos que los míos, y un bolso del tamaño justo para las pocas cosas que necesitaba.

—¿Estás nerviosa? —me preguntó.

La miré de reojo.

—Ni que fuera de camino a la iglesia para casarme…

Negué con la cabeza.

—Cuando llegue ese día no te preguntaré. Será obvio que estarás nerviosa —rio.

—Tania, vamos a estar un rato con gente, recordando viejos tiempos y diciendo, joder, tú eres tal. Oh, sí, qué bien te ha sentado el tiempo… Ni se te ocurra decirle a nadie que está peor —le advertí.

Mi amiga soltó una carcajada.

—Lo digo en serio —insistí.

—Que sí… Tendré la boquita cerrada y, si se me escapa algo, te doy permiso para que me pises con esas sandalias tan divinas que llevas —habló con diversión.

Puse los ojos en blanco.

—Y después iremos a cenar y a tomar unas copas, como cualquier otra noche de las que salimos —continué.

Me encogí de hombros antes de mirar por la ventanilla.

—Estamos cerca —me informó.

—En el centro.

—Sí —me confirmó.

Yo no me había preocupado de nada sobre esta salida, por lo que no tenía ni idea de dónde estaba la sala de fiestas que habían reservado para antes de la cena.

Así como tampoco sabía a qué restaurante iríamos después. Imaginaba que el local para continuar con la noche estaba por decidir y nos pondríamos de acuerdo durante la cena.

Cuando el taxista paró al borde de la acera de una calle bastante transitada, Tania se me adelantó y pagó con su tarjeta, ignorando mi queja.

—Ahorra energías y no hables —me pidió cuando nos bajamos del vehículo.

—No quieres que las ahorre mucho —reí.

—Joder, no. Tienes razón. Dime lo que quieras y desahógate antes de llegar. Salta, baila, grita, haz lo que te dé la real gana que yo te sigo en todo para que llegues relajadita a la sala de fiestas.

—¿Por qué tienes tantas ganas de ir? —le pregunté con curiosidad—. Estás muy ilusionada desde que hablaste con Marina.

—No sé —contestó, encogiéndose de hombros.

Se agarró a mi brazo y comenzamos a caminar por la acera.

—A mí me extraña que tú no sientas ni un poquito de esa ilusión.

—He vivido muchos años sin ninguna de esas personas y voy a seguir haciéndolo. No me acuerdo de ellas, por lo que no me interesa y ya está. Otra cosa es que no vaya a dejarte sola esta noche. Por eso estoy aquí —suspiré.

—Supongo que mi ilusión es por ver a algunas de las personas con las que me llevaba muy bien —comentó, pensativa.

—Sabes que puede que precisamente estas personas no hayan venido, ¿no?

La miré de reojo.

—Sí.

—Estás pensando en Damián.

Giré la cabeza hacia ella y su cara de inocente, la que ponía cada vez que hacía alguna trastada, me dio la respuesta.

—¡No me digas que esperas que lo que sentías hacia él, la chispa y la atracción, sigan ahí después de tanto tiempo!

Agrandé los ojos.

—¿Todo esto es por Damián? —le pregunté, sin llegar a creérmelo.

—Solo quiero reencontrarme con él —sonrió de manera exagerada—. Desapareció un mes antes de terminar el último curso y no pude declararme.

Hizo una mueca.

—Sabes que iba a hacerlo el último día de clase, en la fiesta que habíamos organizado para después. Su repentina marcha lo estropeó todo y sé que él también me miraba de manera especial. Lo hizo durante todo el último curso.

—Se fue por algo del trabajo del padre y no sabes si Marina o Celia han podido contactar con él. Ni siquiera si se han acordado de él.

—Pues claro que se habrán acordado. —Bufó—. Celia habrá removido cielo y tierra para encontrarlo. Se le caían las bragas cada vez que veía a Damián.

—No me lo puedo creer.

Solté una carcajada.

—¿Qué? —me preguntó e hizo una mueca.

—Todo lo de esta noche es por Damián, el que no sabemos si estará, y encima todavía estás molesta con Celia y sientes celos de ella. Estoy flipando. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que nos separamos del grupo para iniciar el bachillerato? Catorce años, Tania —le dije sorprendida.

—Solo es interés por saber qué fue de Damián. Joder, tampoco es tan raro.

Puso los ojos en blanco.

—Hace muchísimo tiempo que dejé de malgastar mi tiempo pensando en él.

Se encogió de hombros.

—Ya lo veo, ya… —carraspeé.

—¿Vas a ayudarme si lo vemos?

—Me ofendes. —Bufé—. ¿Cuándo no nos hemos ayudado la una a la otra?

Tania soltó un gritito y se paró para abrazarme. Terminé riendo, con ella colgada del cuello.

—Si es una táctica para terminar conmigo haciendo ver a los demás que me quieres, vas por buen camino —le dije en voz baja.

—¿Qué?

Se separó para mirarme la cara.

—Que apretabas muy fuerte y estabas ahogándome un poco —le aclaré entre risas.

Tania soltó un pequeño jadeo y después se puso a reír conmigo.

No tuvimos que caminar mucho. Desde donde nos dejó el taxi hasta la puerta del local de fiestas solo había una calle de distancia.

—¿Preparada? —me preguntó.

Elevé las cejas y, con una risilla, empujó la puerta que nos encontramos abierta, por lo que no tuvimos problema para entrar.

En cuanto la puerta se cerró a nuestras espaldas, observamos el vestíbulo. No había nadie, de manera que caminamos hacia la única puerta que había. Era imposible equivocarse.

—Joder —dije en cuanto pisamos la sala.

—¿Somos las primeras? —preguntó con asombro Tania.

Sacó su móvil para comprobar qué hora era. Pasaban unos minutos de la hora que le dijo Marina que viniéramos.

—Bueno —suspiré—. La sala está iluminada y en aquellas mesas del fondo hay bebida. —Señalé en esa dirección—. Así que dentro de poco veremos a alguien más.

—¿Te imaginas que somos las únicas?

Nos miramos serias, para después soltar una carcajada.

—Pues nada, si resulta que es cierto, tenemos bebidas gratis hasta que nos vayamos a cenar tú y yo solas —le dije.

—Si pasa el tiempo y no viene nadie, podemos llamar a Clara para que se una. Lo mismo se anima.

—Lo dudo. Estará cómoda con el pijama y sin ganas de moverse. Será tarde.

—Bueno, lo intentaremos igualmente y…

Mi amiga se quedó callada de golpe por la interrupción que nos sobresaltó.

—¡Tania! ¡Gloria! Perdón, no quería asustaros —rio.

Reconocí perfectamente a Marina. A ella el paso del tiempo le había seguido tratando como en la época en que la conocimos.

Con las caderas un poco más marcadas, lo que le sentaba de maravilla, y las marcas de expresión normales que no teníamos cuando éramos unas niñas, pero Marina era la viva imagen de la que fue en el pasado.

—Pensábamos que estábamos solas —le dijo Tania, cuando Marina se paró frente a nosotras—. ¡Estás increíble!

Se abrazaron y después fue mi turno de saludarla.

—Vosotras también. Espectaculares, guapísimas y perfectas como años atrás —nos elogió, con una gran sonrisa.

—¿Dónde está todo el mundo? —quiso saber Tania—. O al menos una gran parte de los invitados.

—Se han puesto de acuerdo para retrasarse —contestó sin perder la alegría.

—¿Cuántos seremos? —le pregunté, con interés.

—Os va a costar creéroslo, pero todos. No ha fallado ninguno. Entre Celia y yo hemos conseguido reunir al grupo al completo.

—Vaya. —Silbó Tania.

—Sí —rio Marina.

Me mordí la lengua para no preguntar si Damián también entraba en ese «todos». Habría sido demasiado evidente mi interés por él, aunque no fuera yo la que estaba interesada.

Preferí quedarme callada, a pesar de las ganas que vi en la cara de Tania.