¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 2
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Capítulo 2

—Si el que acaba de abrir la puerta viene a robar, ¡necesito unos minutos! Soy una mujer mayor y me cuesta moverme —dijo mi abuela, alzando la voz.

Solté una carcajada mientras cerraba la puerta de su casa.

Mi abuela salió al pasillo sonriendo y vino hacia mí.

Se llamaba Coral y no era tan mayor como ella siempre exageraba, cada vez que salía ese tema de conversación. Tuvo a mi madre bastante joven, al poco de casarse, por lo que yo podía decir que tenía una abuela con mucha marcha todavía. Aparte de su espíritu joven y libre.

A mi abuelo lo veía de vez en cuando, ya que estaban divorciados y se trasladó a dos pueblos de distancia. Mi abuela no se lo pensó cuando descubrió que él tenía otro interés amoroso.

Con toda la clase que tenía y con la sabiduría de quien siempre buscaba la paz y el bienestar para sí misma, le hizo las maletas a mi abuelo y cuando él regresó del trabajo, un día cualquiera, con buenas palabras y sin alterarse, le dijo que no iba a estar aguantando a una persona que no la tenía como prioridad.

No hubo peleas, ni gritos, ni lloros, ni ruegos… Mi abuelo se despidió de mi abuela con un abrazo que ella aceptó y le devolvió, mientras él le daba las gracias y le pedía perdón por haberla fallado. Después se fue con sus pertenencias, como el que sale a dar un paseo.

De ese momento al presente habían pasado ya siete años y debo decir que, a pesar de los motivos de la separación, me sentía muy orgullosa de ellos. Eran un gran ejemplo de humanidad, respeto y amor, por los años vividos, por la familia y por el cariño que se tendrían siempre.

Mi abuela rechazó desde el inicio el rencor y la rabia. Los sustituyó por algo mucho más importante, su bienestar.

Se llevaban de maravilla, podían verse, conversar y, cómo no, estar en las reuniones familiares importantes.

No solían coincidir mucho, pero cuando lo hacían, el buen rollo y la tranquilidad reinaban para todos. Lo que era de agradecer porque, independientemente de lo que hiciera mi abuelo, los queríamos muchísimo a ambos.

—Hola, cariño —me saludó, antes de abrazarme.

—Hola, abuela.

Le di un beso en la mejilla, correspondiéndole al abrazo.

—Te he pillado en mal momento —comenté.

—Para ti siempre tengo tiempo.

Nos sonreímos mientras íbamos al sofá.

—Vas a salir —le dije.

No fue una pregunta porque tenía muy claro que era así. Se había maquillado, ya que a coqueta no la ganaba nadie. Solo le faltaba vestirse.

—Sí, he quedado con Marga —contestó alegre.

Marga era su mejor amiga y vecina. Se conocían de muchos años y tenían la suerte de estar muy cerca la una de la otra. La amiga de mi abuela también vivía sola y siempre que podían ambas, o les apetecía, compartían tiempo en la calle o en sus casas.

Las sesiones de cocina eran muy normales entre ellas, en un piso o en otro. Yo de vez en cuando me unía a ellas.

—Vamos a dar una vuelta y a comer a algún restaurante. No hemos hablado de cuál —continuó contándome.

—Me parece genial.

Asentí.

—Me extraña que no estés con Tania. No estará escondida para aparecer de golpe y darme un susto, ¿no? De ella me espero cualquier cosa.

Solté una carcajada.

—Puedes estar tranquila. He venido sola.

—Hoy tenéis fiesta las dos.

Se refería a que era viernes y, como era habitual en nuestros trabajos, esta semana nos había tocado que fuera corta: de lunes a miércoles.

Tania y yo trabajábamos como enfermeras en el mismo hospital y siempre hacíamos coincidir nuestros festivos y descansos.

Nuestra rutina de trabajo era de lunes a domingo, una semana completa en los turnos que tuviéramos, y a la siguiente semana, únicamente trabajábamos de lunes a miércoles, para poder descansar de jueves a domingo. Y después, vuelta a empezar.

Unos años atrás esos no eran nuestros horarios habituales. Nos los modificaron cuando el hospital cambió de director. Alberto, que así se llamaba el director, desde su llegada no había dejado de variar los turnos y las formas de organizarnos.

Él quería encontrar una rutina en la que a todos nos cundiera lo máximo posible, pero al mismo tiempo, que el equipo sanitario se viera recompensado.

Por el momento, desde que teníamos los nuevos horarios, todos los que trabajábamos en el hospital estábamos contentos. Alberto se había ganado nuestra confianza y respeto, ya que siempre se preocupaba mucho por su personal.

—No estamos siempre pegadas —le dije con diversión.

Mi abuela elevó las cejas y volví a reírme.

—Me he despedido de Tania antes de entrar en tu casa. Me ha dicho que te dé un achuchón bien fuerte y un besazo.

—¿Por qué no me los ha dado ella? —preguntó negando y sonriendo.

—Llegaba tarde. Había quedado con su madre para hacer unos recados.

—Ah. Vale.

—Pero nos ha dado tiempo a tomarnos un café y a ir al salón de Clara. Mira.

Le acerqué las manos y me las agarró, para observar de cerca lo bien que me había dejado las uñas.

—Qué monería.

—¿A que sí? Me encantan. Clara se supera cada día más —sonreí—. Tania y yo venimos de allí. No me apetecía encerrarme en el piso y me he animado a venir a verte.

—¿Por qué no te vienes con Marga y conmigo?

—Otro día iré encantada.

Le di un beso en la mejilla antes de levantarme del sofá.

—He venido dispuesta a estar un ratito contigo y a no tardar para irme al piso. Quiero descansar haciendo lo mínimo.

Mi abuela se incorporó también.

—De acuerdo, cariño. No te insisto. ¿Tienes algún plan para el resto del viernes?

—Para mi pesar, por la noche.

Bufé.

—¿Y ese entusiasmo? —me preguntó con diversión, haciéndome reír.

—Hoy es la noche de la que te hablé hace unas semanas. Ya ha llegado y tengo que reencontrarme con los excompañeros de estudios.

—Es verdad. No me acordaba. ¿Y tus ánimos?

—Los he perdido por alguna parte. Si los encuentras, guárdamelos.

Reímos.

—Seguro que te animarás una vez que te arregles y salgas del piso.

—Me encanta lo optimista que eres siempre —le dije, con un suspiro.

Nos abrazamos y nos dimos varios besos.

—Saluda a Marga de mi parte y dile que a lo próximo que hagáis me apunto, siempre y cuando pueda con el trabajo.

—Vale, cariño. Ya sabes que nosotras estaremos encantadas.

Fuimos hacia la puerta de la casa.

—¿Qué tienes pensado hacerte de comer? ¿Quieres llevarte el guiso que preparé ayer? Me sobró y me quedó delicioso.

—Me lo pones muy difícil para que te diga que no —reí—. Pero para otro día. No te entretengo más, que harás esperar a Marga.

—¿Estás segura? Puedes preparártelo tú.

—Tengo la comida del mediodía cubierta. No te preocupes.

—Vale, entonces.

—Pasároslo genial y disfrutad.

—Y tú también, cariño. Haz el esfuerzo esta noche.

—Si lo hago es por Tania, porque lo que es por mí…

Negué con la cabeza.

Nos dimos un último abrazo como despedida y me fui de la casa de mi abuela.

Decidí volver a mi piso dando un paseo. Al menos hasta que me cansara, porque había bastante distancia entre donde me encontraba y donde yo vivía.

Mi amiga Tania me había llevado en coche a la casa de mi abuela, por lo que, en cuanto me cansara de caminar, más que nada por el calor que hacía, entonces cogería el autobús que me dejaría justo enfrente de mi dirección.

Fui sin prisa. Hice una parada para entrar en una cafetería y me pedí un café con leche con hielo. Bebiendo de él, refrescándome un poco, avancé bastante, mientras pensaba en el día que tenía por delante.

En cuanto llegara al piso, me quitaría la ropa de calle para ponerme cómoda. Entre unas cosas y otras, la hora de la comida estaría cerca, por lo que llamaría a mi restaurante favorito y en media hora el timbre de mi piso sonaría, con la comida preparada y deliciosa.

Después de comer tocaba la siesta, algo en lo que por un instante pensé en si hacer o no. Esta noche me interesaba cansarme antes, que me entrara tanto sueño que fuera una gran excusa para despedirme de todos.

Al final llegué rápido a una conclusión, ya que sabía que me dormiría en cuanto me pusiera cómoda en el sofá. Después de comer me entraría sueño.

Durante los días de trabajo no tenía esa rutina, pero los que descansaba y podía permitírmelo, para mí la siesta era inamovible.

Al despertarme, tocaría darme una ducha y prepararme. No había pensado en qué iba a ponerme para salir por la noche, y continuaría siendo así hasta que abriera el armario para coger algo de ropa. Con las pocas ganas que tenía…

Cuando me terminé el café frío, después de tirar el vaso de plástico a una papelera, me dirigí hacia la parada de autobús que veía a lo lejos. El tiempo de caminar había terminado.