¡Cuidado con el «simpático» del poli!
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Capítulo 1
Gloria
—¿Qué te parecen estas? —me preguntó Clara, enseñándome una imagen de unas pintadas.
Clara era la dueña del salón de uñas y también trabajaba en el negocio. Desde que vine la primera vez y tuve la suerte de que me atendiera, siempre pedía por ella.
El negocio era bastante nuevo. Abrió sus puertas a los clientes cuatro meses atrás y, desde que se puso en marcha, rara vez se quedaba vacío, únicamente con el personal que trabajaba.
Clara había tenido mucha suerte, por la buenísima acogida que le dieron. Sin embargo, su gran éxito llegó después, con el buen trabajo que hacían. Venir a su salón era hablar de calidad y encima a buen precio. No era nada exagerado y valía muchísimo la pena, por los resultados.
De manera que, gracias a eso, se había ganado la permanencia de las clientas y que hiciéramos cola para tener nuestra cita. Las fijas y las nuevas, porque su negocio iba en aumento.
Mi mejor amiga Tania y yo le habíamos comentado a Clara, en varias ocasiones y en broma, que, al paso que iba, pronto tendría que cambiar de local y pensar en más grande. A pesar de que en el que nos encontrábamos no era pequeño. En absoluto.
Era cuestión de tiempo que Clara se lo planteara de verdad, ya que por el momento no entraba en sus planes. Algo lógico y entendible, porque primero quería adaptarse, crecer y afianzarse.
A pesar de lo que costaba conseguir cita, tenía la suerte de que cada vez que llamaba para coger hora, Clara me encontraba rápido un hueco para atenderme. Lo mismo sucedía con mi mejor amiga Tania.
Dejando a un lado el tema del negocio, Tania y yo estábamos encantadas con nuestra reciente amistad con Clara. Nos iba genial y día a día avanzábamos a muy buen ritmo.
Lo que iniciamos en el salón, entre risas y conversaciones cómplices, ya lo habíamos trasladado a quedar para desayunar algunos fines de semana, a tomar un café en algún momento del día que Clara podía escaparse y nosotras estábamos libres, o a salidas para cenar y tomar unas copas.
Clara no solo era nueva en su negocio, sino también en la ciudad. Hacía siete meses que se trasladó y, hasta que no comenzó con su negocio, no se acercó a nadie con la intención de entablar una relación. Fuera del tipo que fuera. Eligió esta ciudad porque su hermano vivía aquí.
Tania también se encontraba en el salón. Estaba atendiéndola Luisa, una de las chicas contratadas por Clara.
Sus otras dos compañeras se llamaban Carmen y Tamara. Formaban un equipo de cuatro y había muy buen ambiente entre ellas. Lo transmitían a todo el que entraba en el salón.
—Me gustan —le contesté a Clara, sobre la imagen que me enseñaba de las uñas.
—¿Entonces hacemos estas?
—Sí.
—Van a quedar preciosas —me dijo con un guiño.
Coloqué las manos hacia ella, apoyando las muñecas en el reposabrazos, y comenzó a trabajar para crear una nueva obra de arte.
—Así que esta noche vais a poneros divinas para la fiesta —comentó.
Al hablar sonrió, pero sin mirarme. No apartó la vista de su trabajo.
—Esa es nuestra intención —le dije.
—¿Intención? —preguntó Tania, alzando la voz—. Escuchadme bien, queridas —se dirigió a todas—, va a ser una realidad. Esta noche Gloria y yo vamos a brillar y a pasear nuestros cuerpazos para dar envidia —rio.
Clara me miró unos segundos, sonriendo, y devolvió su atención a mis uñas.
—Vete haciendo a la idea de que no vas a tenerme de un lado para el otro hasta que sea la hora de la cena —le advertí a Tania.
—¿A qué hora comienza lo de la sala de fiestas? —quiso saber Clara.
—Sobre las ocho y media debemos estar allí y una hora después nos iremos al restaurante que se encuentra en la misma calle, a unos metros de distancia —le contesté—. Yo iría directamente al restaurante. Total, después de la cena nos tomaremos unas copas para alargar la noche.
Me encogí de hombros.
—Marina nos pidió por favor que fuéramos a la sala de fiestas —me recordó Tania, con voz cantarina.
Puse los ojos en blanco y Clara soltó una risilla.
De verdad que no entendía cómo podía hacerle tanta ilusión a Tania el reencuentro con los que en el pasado fueron nuestros compañeros de estudios.
Eran personas que no habíamos vuelto a ver desde que nuestros caminos se separaron. Y de eso hacía muchos años. Tampoco habíamos mantenido contacto con nadie. Todo ello equivalía a que a mí me daba exactamente igual lo del reencuentro que habían organizado.
Para ser sincera, si hubiera tenido la opción de echarme para atrás a tiempo, lo habría hecho. Sin dudar. El problema fue que Tania le dijo demasiado rápido a Marina que asistiríamos, que contara con nosotras.
No me consultó, aunque el verdadero problema era que, como he comentado, mi amiga le estaba poniendo mucha ilusión al reencuentro.
Fue Marina la que localizó a Tania por una red social. De no haber sido así, no hubiera dado con ninguna de las dos.
—Te pidió a ti que fuéramos a la sala de fiestas —le recordé a Tania—. Yo no he hablado todavía con Marina. A saber, si tanta insistencia fue porque dudaba de que los demás asistieran.
—Da igual. Lo importante es que nos lo pasaremos genial —dijo animada.
Solté un pequeño bufido y Clara tuvo que contenerse para no reír.
—Entonces no sabéis si irán todos con los que estudiasteis —entró en la conversación Luisa, la chica que estaba haciéndole las uñas a Tania.
—Ni idea —le confirmé—. Se han encargado de todo Marina y Celia, dos antiguas compañeras. Ellas son las organizadoras.
—Lo sabremos cuando estemos en la sala de fiestas —comentó Tania—. Aunque seguramente no nos conozcamos ni la mitad —dijo con diversión.
—Se cambia mucho con el paso de los años —intervino Clara—. Os encontraréis con algunos a los que el tiempo les ha sentado de maravilla y con otros a los que no reconoceréis.
Se encogió de hombros.
—¿No te crea curiosidad verlos? —me preguntó Carmen.
Carmen y Tamara estaban libres, por el momento, ya que faltaban unos minutos para que sus clientas llegaran.
—No —contesté rápido y con sinceridad.
—A mí me pasaría como a Tania —comentó Tamara—. Estaría deseando que llegara esta noche para encontrarme con todos —rio.
Tania, Luisa y Carmen se unieron a sus risas.
—Gloria no entiende el concepto —soltó Tania.
—¿Qué mierda de concepto debo entender? —le pregunté—. No me interesa nada la vida de los demás. No he cruzado ni un hola con nadie de los que veré esta noche, en muchísimos años. Y sinceramente, pasaría una noche de lujo con mis amigas, cenando, tomando unas copas y echándome unas risas.
Arqueé una ceja.
—Tú y yo vamos a hacer exactamente eso esta noche, solo que con más personas alrededor. Clara no estará, pero… ¡Oye! ¿Por qué no te unes a nosotras después de la cena? Te decimos dónde estaremos y…
—No —se negó Clara, riendo.
Ni siquiera mi cara de pena, pidiéndole auxilio, la hizo retroceder para aceptar venir esta noche.
—Lo siento —dijo entre risas—. Os lo agradezco, pero prefiero quedarme en mi piso descansando y así coger fuerzas para mañana. Si es que os quedan ganas para salir.
—Oh, sí, amiga —la señaló Tania, con la mano que tenía libre—. Mañana nos lo pasaremos genial las tres juntas.
—Sí —le confirmó Tania, sonriendo.
—Y tanto que saldremos, porque esta noche no voy a meterme en la cama muy tarde —dejé claro.
—Ves cambiando esa carita que no quiero tener que estar metiéndote comida en la boca durante toda la noche, para que no vayas creándonos enemigos al hablar —me dijo riendo Tania.
—Tiene razón —añadió Luisa—. Ahora mismo asustas un poco.
Después de un breve tiempo en el que nos mantuvimos en silencio y mirándonos las unas a las otras, al final terminamos soltando una carcajada las seis.
Una vez que nos recompusimos, dejamos apartado el tema de la salida de esta noche, ya que llegaron las clientas de Tamara y Carmen.
Después de media hora, me miré las uñas.
—Te han quedado perfectas, Clara —le dije, sin dejar de sonreír—. Me encantan.
—Gracias. Me alegro.
Me hizo un guiño.
—Si a lo largo del día tienes algún hueco libre, llámame y bajo para tomarnos un café —le comenté.
—Hoy dudo que pueda, a no ser que me anulen alguna cita.
—Pues entonces lo mismo aparezco por aquí para traeros cafés.
Nos sonreímos mientras nos levantábamos de las sillas para ir hacia la caja.
Algo que no había comentado y que nos venía de maravilla era que el local que Clara tenía alquilado para el salón de uñas se encontraba en la planta baja del edificio vecino al mío.
Estábamos muy cerca. No tenía casi que moverme para llegar hasta aquí, lo que a Clara y a mí nos facilitaba mucho poder vernos cuando nos apetecía, o cuando ella podía tomarse un descanso.
Luisa también terminó de hacerle las uñas a Tania, con un resultado precioso.