Cuentos del antiguo Egipto La princesa griega #3
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La princesa griega #3

—Siguiendo los designios de Amón-Ra, Tot extrajo el ka del cuerpo de Helena; fue el ka quien acompañó a Paris —le repuso Tewosret—. Todas vuestras batallas y la caída de Troya tuvieron como causa a una doble, la mera sombra de un cuerpo. ¡Aquí está la verdadera Helena!

Con estas palabras, Tewosret descorrió las cortinas del santuario y apareció Helena con los brazos abiertos, la hermosa Helena, que no mostraba ni los estragos de años de asedio y viajes ni señales del amor impuesto de Paris.

Como en sueños, Menelao tomó a Helena en sus brazos y la abrazó. Parecía que quisiese asegurarse de que era una mujer y no un fantasma.

—¡Helena mía! —musitó—. ¿Has vivido aquí todos estos años, mientras que Paris se llevaba en rapto un simple fantasma?

¿Acaso hemos guerreado y muerto por un mero eidolon , una encarnación mágica, y no por una mujer real?

De veras que la magia egipcia es aún más asombrosa de lo que habíamos pensado.

¡Y eso que los egipcios tenéis fama de ser el pueblo más sabio del mundo!

—Señor y amor mío —repuso Helena—, aún no estamos a salvo del todo.

Aunque mis años de reposo aquí han sido tranquilos y no he sufrido daño, se cierne sobre mí un nuevo peligro.

El nuevo faraón, Ramsés, hijo de esta dama, mi protectora Tewosret, quiere que me case con él.

Hoy viene al templo a escuchar mi respuesta; ¡pero si no digo que sí, me tomará por la fuerza!

—¿Ve con buenos ojos este enlace la reina Tewosret? —preguntó Menelao.

—En absoluto —respondió Tewosret—. De hecho, haría todo lo que estuviese en mi mano para ayudaros a escapar de Egipto; siempre y cuando me prometáis que mi hijo Ramsés no sufrirá ningún daño.

Entonces, los tres parlamentaron largamente y urdieron un osado plan.

Ese mismo día, cuando el sol estaba en su cenit, llegó el faraón Ramsés al templo de Hator en busca de Helena para hacerla su esposa.

La halló vestida con atuendo de luto y el cabello suelto.

Menelao, que seguía harapiento y despeinado, en su papel de naúfrago, estaba a unos pocos pasos de distancia, muy sereno.

La reina Tewosret parecía que intentaba consolar a Helena.

—¿Qué ha sucedido aquí? —preguntó Ramsés.

—Justo lo que le pedíais a los dioses, hijo mío —le respondió Tewosret—.

Este hombre es un emisario a quien deberíais dar la bienvenida.

Es un marinero que venía de Troya en el barco de Menelao de Esparta, el príncipe extranjero que estaba casado con Helena.

El barco en que viajaban ha naufragado en la isla de Faros, y Menelao ha muerto.

—¿Es eso cierto, extranjero? —preguntó Ramsés.

—¡Oh, faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza! —replicó Menelao, arrodillándose ante él a la manera egipcia—. He visto con mis propios ojos cómo se estrellaba contra las rocas y cómo las olas arrastraban mar adentro su maltrecho cuerpo.

—En ese caso, Helena, ¡nada se interpone entre nosotros! —exclamó Ramsés.

—Solo el recuerdo de aquel que fue mi esposo —replicó Helena.

—Pero después de tantos años, no creo que lo sientas mucho…

—Pero era mi esposo; fue un gran rey para mi pueblo, los griegos; debo guardar luto por él y celebrar en recuerdo suyo los ritos funerarios apropiados, para que su espíritu halle el reposo y acceda al reino de Hades.

Te suplico, pues, que me permitas honrarle como merece un rey, aunque su cuerpo se haya perdido en alta mar.

—Con mucho gusto te lo concedo —dijo Ramsés—. No tienes más que pedir, y todo se llevará a cabo según tus deseos. Desconozco por completo los ritos funerarios de tu pueblo, así que debes enseñármelos.

—Me hace falta un barco —dijo Helena— repleto de víveres y vino para el banquete fúnebre, y un toro grande para hacer un sacrificio al alma de mi marido.

También me hacen falta tesoros, los que Paris robó del palacio de mi esposo, cuando me raptó tantos años atrás.

Este marinero y todos los que naufragaron con él deben venir conmigo, ya que saben lo que hay que hacer y hacen falta muchos para ofrendar el sacrificio.

Yo tengo que ir con ellos para pronunciar las palabras y servirle la última libación al espíritu de mi esposo.

Todo esto hay que hacerlo en el mar, donde reposa su cuerpo, ya que solo entonces será admitida su alma en el reino de Hades; solo entonces podré casarme contigo.

Dispuesto como estaba a hacerse con Helena, el faraón accedió a todo lo que esta le pedía.

Cargaron un barco con todos los tesoros que Seti le había confiscado a Paris; los marineros griegos, con Menelao a la cabeza, metieron en cubierta el enorme toro para el sacrificio.

Helena, ataviada con las ropas fúnebres, se colocó en la proa del barco, y la luz del sol sacaba destellos a la piedra celestial que llevaba al cuello; el barco partió suavemente Nilo abajo, y salió al mar cerca de Canope.

Pero al día siguiente llegó un mensajero, manchado de sal marina y con polvo del viaje. Se arrodilló llorando delante de Ramsés y le dijo:

—¡Oh, faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!

¡El marinero extranjero que vino con la noticia de la muerte de Menelao era en realidad el propio Menelao!

Cuando el barco estaba ya en alta mar, más allá de Canope, los aquaiusha mataron al toro, como habían dicho; pero se lo sacrificaron al dios de los océanos para que les concediese un viaje de vuelta sin incidentes.

A los egipcios que estábamos en el barco nos agarraron y nos tiraron al agua; nos ordenaron que volviésemos a nado a Menfis y que os contásemos, oh, faraón, que se han cumplido los designios de Amón-Ra y de Tot: Helena, por fin a salvo de Paris el troyano y de vos mismo, está de vuelta en Esparta con su legítimo esposo, Menelao.

Tan grandes fueron la ira y la desilusión de Ramsés que pensó incluso en matar a su madre, Tewosret, ya que se dio cuenta de que esta sabía quién era Menelao y que había estado al corriente de todo el plan. Pero esa noche se le apareció Tot, el de la cabeza de ibis, y le dijo lo siguiente:

—Faraón Ramsés, todas las maravillas que han acontecido seguían los designios del dios Amón-Ra, padre de todos los faraones.

Fue voluntad suya que Helena llegase a Egipto; siguiendo sus órdenes yo extraje de su cuerpo el ka y se lo di a Paris para engañarlo; no solo a él, sino a todos los aquaiusha .

También decidió el dios que Helena sería devuelta a su marido y que volvería a su hogar con los tesoros que robó Paris.

Entonces, el faraón Ramsés bajó la cabeza ante la voluntad de Amón-Ra y colmó de honores sin igual a su madre, la reina Tewosret, suma sacerdotisa de Hator.