El ladrón de tesoros
El ladrón de tesoros
Ramsés III, el mismo faraón que había querido casarse con Helena de Troya al poco de acceder al trono, reinó largamente.
Su reinado hizo de Egipto un próspero país.
A comienzos de su reinado, consiguió frenar invasiones que venían de Palestina y Libia.
Con posterioridad impuso la paz con las tierras vecinas y promovió el comercio, con tal ahínco que acabó acumulando más riquezas que ningún otro faraón.
Los tesoros de Ramsés consistían en oro, plata y piedras preciosas; cuanto más acumulaba, más grande era su ansia, pues temía que alguien le robase todos sus bienes.
Así que mandó llamar a su arquitecto principal, Horemheb, y le dijo:
—Levántame una imponente cámara del tesoro con piedra de Syene; haz el suelo de roca sólida y unas paredes tan gruesas que nadie pueda traspasarlas; levanta sobre el techo una pirámide de piedra que resulte también inexpugnable.
Horemheb, el arquitecto principal, besó entonces el suelo y dijo entre lágrimas de emoción:
—¡Oh, mi faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza! Os construiré una cámara del tesoro como el mundo jamás ha visto; será imposible que nadie la profane.
Horemheb puso a todos los picapedreros de Egipto a trabajar día y noche, a excavar y tallar la sólida roca de Syene, la ciudad junto al desierto donde el Nilo se precipita en la catarata más septentrional, cerca de la isla de Elefantina.
Una vez que el sillar estuvo listo, mandó que lo arrastraran con cuerdas Nilo abajo y que lo cargasen en barcos.
Así que lo transportaron al oeste de Tebas, donde estaban ya erigiendo el templo de Ramsés.
Dicho templo aún permanece en pie y recibe el nombre de Medinat Habu.
Bajo la supervisión del docto arquitecto, se levantaron los muros del nuevo templo y sobre el conjunto se erigió una pirámide, de forma que en el interior quedase una magnífica cámara del tesoro.
En la entrada de la cámara colocó unas puertas corredizas de piedra, unas de hierro y otras de bronce.
Una vez que las riquezas sin par del faraón fueron depositadas en la cámara, las puertas se cerraron y fueron selladas con la insignia del faraón, que a nadie le estaba permitido copiar so pena de muerte ni aquí ni en el reino de Osiris.
A pesar de las apariencias, Horemheb había engañado al faraón.
En el grueso muro de la cámara del tesoro había practicado un angosto corredor, que tenía una losa en ambos extremos.
Dicha losa descansaba sobre un eje giratorio; normalmente parecía una plancha como las demás y no sobresalía; pero al tantear se descubría un resorte oculto que permitía abrirla.
Gracias a esta entrada secreta, Horemheb fue aumentando por su cuenta la recompensa que le había dado el faraón por la construcción de la cámara del tesoro. Pero no pudo llevarse mucho, ya que de pronto quedó postrado por una terrible enfermedad y murió al poco tiempo.
Antes de expirar, en su lecho de muerte, les reveló a sus dos hijos el secreto de la entrada a la cámara del tesoro.
El arquitecto murió y lo enterraron con todos los honores en una cámara excavada en la roca, junto a las tumbas de los notables al oeste de Tebas; sus dos jóvenes hijos pusieron tanto afán en utilizar el secreto de su padre que al poco tiempo el faraón se dio cuenta de que sus tesoros, misteriosamente, menguaban.
Ramsés no acertaba a comprender cómo conseguían los ladrones introducirse en la cámara, ya que los sellos seguían intactos, aunque era evidente que de algún modo sí entraban.
El faraón se estaba volviendo cada vez más avaro: se pasaba mucho rato en su cámara del tesoro contando todos y cada uno de los objetos.
Pero los bienes continuaban desvaneciéndose.
El faraón acabó por tomar medidas: ordenó que colocasen trampas y redes cerca de las arcas y vasijas que contenían los tesoros.
Las trampas fueron colocadas con el mayor de los secretos.
Al día siguiente, los dos hermanos volvieron a introducirse en la cámara por la entrada secreta para llevarse más oro y joyas.
Pero el primero que pisó el suelo cuando iba a las arcas quedó atrapado en una de las trampas; se dio cuenta enseguida de que no podría liberarse. Así que avisó a su hermano:
—¡Hermano! He caído en un cepo, y todo tu ingenio será inútil para sacarme de él.
Con toda probabilidad, cuando lleguen los guardias del faraón para atrapar al ladrón ya estaré muerto; si no, el monarca hará que me torturen cruelmente hasta que lo confiese todo, y luego me mandará ejecutar.
Además, vivo o muerto, los guardias reales me reconocerán y entonces te prenderán también a ti, y tendrás asimismo una muerte deshonrosa; quizás corra nuestra madre la misma suerte.
Así que te imploro, en nombre de Osiris a cuyo encuentro me voy a encaminar, que desenvaines la espada, me cortes la cabeza y te la lleves de aquí.
Así mi muerte será rápida e indolora; mi cuerpo, además, no será reconocido, y al menos tú estarás a salvo de la venganza del faraón.
El segundo hermano intentó deshacer la trampa.
Pero acabó por darse cuenta de que sus intentos eran vanos; y dándole la razón a su hermano, porque era preferible que solo muriese uno a que pereciesen los dos, y porque si reconocían a su hermano toda la familia sufriría las consecuencias, sacó la espada e hizo lo que su hermano le pedía.
Entonces volvió por donde había venido, cerró con cuidado las puertas del pasadizo, y enterró la cabeza de su hermano en la arena, con toda reverencia.
Al alba, el faraón acudió a la cámara del tesoro.
Cuál no sería su sorpresa al encontrarse con el cuerpo decapitado y desnudo de un hombre, atrapado en uno de los cepos.
Pero seguía sin la menor pista de dónde estaba la entrada secreta, ya que el desconocido que le sustraía los tesoros era cuidadoso y había borrado todas las huellas.
Por otro lado, era evidente que los sellos de las puertas no habían sido rotos.
Pero el faraón estaba determinado a atrapar al ladrón.
Así que dio órdenes de que colgasen el cadáver de un muro exterior del palacio.
Dispuso una partida de soldados para que vigilasen el cuerpo y arrestasen a cualquiera que intentase llevárselo para darle entierro, o que se acercase llorando y lamentándose.
Cuando la madre del muerto se enteró de que el cadáver de su hijo estaba colgado de un muro de palacio y que no se le podían hacer los ritos sagrados de enterramiento, recriminó entre sollozos a su otro hijo:
—Si no enterramos el cuerpo de tu hermano, su espíritu no hallará reposo en el Tuat ni accederá al juicio de Osiris, sino que se quedará por siempre jamás vagando como un fantasma, errante por la tierra.
Es necesario que me traigas el cuerpo, o si no me veré forzada a acudir al faraón y pedírselo a él, en virtud del profundo aprecio que sentía por tu padre Horemheb, el arquitecto real.
Si esto supone que se entere de que tú eres el ladrón de sus tesoros, tanto peor: pero así al menos podré enterrarte junto a tu padre y hermano en la imponente tumba de Horemheb.
Su hijo, al principio, intentó convencerla de que bastaba con enterrar la cabeza, que él ya se había ocupado de colocar en secreto en la tumba de Horemheb.
Después intentó hacerle ver que era mejor tener un hijo sin enterrar que dos hijos muertos.
Pero la madre estaba empeñada y le hizo prometer a su hijo que haría todo lo posible por recuperar el cuerpo de su hermano.
El joven se disfrazó de viejo mercader, cargó dos asnos con odres de vino y emprendió rumbo a palacio.
Llegó al camino junto al muro. Cuando pasaba por el lugar donde hacían guardia los soldados, hizo que los asnos arremetieran el uno contra el otro.
Con anterioridad había practicado unos agujeros en los odres, para que pareciese que, al pelearse los asnos, los orificios habían sido abiertos por alguna pieza de metal de los arneses.
Un excelente vino tinto comenzó a derramarse por el suelo. El falso mercader se puso a chillar y gimotear muy alto, fingiendo una congoja tal que no sabía cuál de los dos odres tapar primero.
En cuanto los soldados vieron lo que pasaba fueron corriendo a ayudar al mercader, y de paso a disfrutar del vino. Tanto bebieron que dejaron los dos odres vacíos y el vino se les subió enseguida a la cabeza.
El mercader, a estas alturas, ya se había hecho amigo de sus generosos ayudantes, y para demostrarles cuán agradecido se sentía por el altruismo de los soldados, que se habían bebido todo el vino para que no se echase a perder en el suelo, les regaló a ambos otro odre más y se sentó a beberlo con ellos.
Los soldados no pusieron ningún reparo a la apertura de otro odre.
Antes de que se lo terminaran, ya no podían decir quiénes eran ni qué hacían allí.
Se quedaron dormidos en el suelo, con las bocas abiertas y lanzando profundos ronquidos.
El día se iba ya apagando; al falso mercader no le fue difícil bajar el cuerpo de su hermano del muro.
Lo envolvió en los odres vacíos y se lo llevó a lomos de los asnos.
Después le cortó a cada soldado un mechón de cabello de la sien, y regresó muy ufano junto a su madre; el funeral fue celebrado antes de que se volviera a hacer de día.
Con el amanecer, el faraón se dio cuenta de que se habían llevado el cuerpo. Grande fue su ira; mandó que azotasen en los pies a los soldados como castigo por ser tan borrachines.
—¡Cueste lo que cueste, tengo que atrapar al ladrón de tesoros! —exclamó el faraón.
Enseguida se le ocurrió otro plan para atraparlo.
Disfrazó a una de las princesas reales, sus hijas, de importante dama extranjera, y le mandó que acampara junto a las puertas de la ciudad; que hiciese saber que prometía casarse con el hombre que le contase el hecho más ingenioso e insólito que había llevado a cabo en su vida.
El ladrón de tesoros enseguida adivinó de quién se trataba esta doncella extranjera y a qué obedecían sus preguntas.
Pero estaba empeñado en demostrar que su ingenio era superior al del faraón.
Así que, cuando el sol ya se escondía, fue a visitar a la princesa.
Con él llevaba, escondidos bajo el manto, la mano y el brazo de un hombre que el faraón acababa de ejecutar por traición.
—Bella princesa, aquí está vuestro futuro esposo —le dijo.
—Entonces, contadme la hazaña más ingeniosa e inaudita que hayáis realizado en toda vuestra vida —le repuso ella—; entonces accederé a las nupcias, si es verdad que vuestro relato supera en ingenio y extrañeza todo lo que llevo oído.
El sol se sumía ya entre las colinas que resguardan el Valle de los Reyes. El ladrón de tesoros comenzó a contarle su historia a la princesa.
—Y como os iba diciendo —concluyó—, lo más inaudito que jamás he hecho fue cortarle la cabeza a mi hermano cuando se quedó atrapado en el cepo del faraón, allá en la cámara secreta del tesoro; lo más ingenioso fue llevarme su cadáver ante las propias narices de los guardias que habían sido dispuestos para custodiarlo.
Entonces, la princesa lanzó un grito a los reales sirvientes que había escondidos allí cerca y agarró al ladrón:
—¡Deprisa, deprisa, que tengo aquí al hombre que el faraón anda buscando! ¡Deprisa, que le tengo cogido solo del brazo!
Los sirvientes del faraón irrumpieron entonces en la tienda con sus antorchas y lámparas… Pero el ladrón ya se había escabullido en las tinieblas: el brazo que agarraba la princesa era el del muerto. La muchacha tuvo que reconocer que la habían engañado con enorme inteligencia.
Cuando al faraón Ramsés le contaron esta nueva muestra de osadía e ingenio, exclamó:
—Este hombre es demasiado inteligente para merecer un castigo.
En estas tierras negras nos enorgullecemos de nuestra sabiduría sin par, ¡y este hombre posee más inteligencia que ningún otro egipcio!
Id y anunciad por las calles de Tebas que le perdono todo lo que ha hecho y le otorgo una espléndida recompensa si promete servirme con sinceridad y fidelidad de ahora en adelante.
El ladrón de tesoros acabó casándose con la princesa y se convirtió en un fiel servidor de Ramsés III. Por otro lado, hay que decir que nunca más estuvo tentado de acceder a la cámara del tesoro por la entrada secreta que había ideado Horemheb, el arquitecto.