Cuentos del antiguo Egipto La princesa griega #2
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La princesa griega #2

—¡Por Amón-Ra, hacedor de dioses y hombres, juro que residirás con todos los honores en este templo de Hator hasta que Menelao venga a buscarte!

Expulsaré al malvado príncipe de Troya y le despojaré de botín y cautiva: si intenta volver a raptarte hallará la muerte.

Cualquier otro compatriota suyo que venga a Egipto para raptarte correrá también grave peligro de muerte.

Las instrucciones de Seti, el faraón, fueron cumplidas al pie de la letra.

El príncipe de Troya fue presa de una furia incontenible, pero su ira no sirvió de nada.

Le quitaron los tesoros que había robado y los depositaron en el tesoro del faraón en espera de que llegase Menelao a reclamarlos; también le informaron a Paris de que debía irse sin más demora a la mañana siguiente, antes del alba.

—¡Y tanto que me marcho! —chilló cuando el emisario del faraón le comunicó el real edicto—. ¡Pero voy Nilo arriba, a rescatar a mi esposa de los truhanes que me la tienen escondida!

Pero he aquí que a la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, el navío troyano se hallaba navegando río abajo, a toda vela, en dirección a Heliópolis.

Antes del siguiente amanecer ya estaba en aguas del ancho mar Verde, con rumbo norte y dirección a Troya, en los confines remotos del mundo. 3

Ninguno de los aquaiusha acertaba a explicarse cómo era posible que el barco no obedeciese a Paris. Pero los egipcios estaban ya más que acostumbrados a fenómenos semejantes.

La noche anterior de la partida del barco, la hija del faraón Seti, llamada Tewosret, estaba de rodillas orando en el templo de Hator, pues era su suma sacerdotisa.

Mientras rezaba tuvo la impresión de que el templo entero se tambaleaba y que una potente luz se hacía a sus espaldas.

Al darse la vuelta contempló ante ella la figura de Tot en persona, el dios de la sabiduría y mensajero de Amón-Ra.

—No temas —le dijo Tot después de que Tewosret se postrara humildemente ante él—.

Vengo para ejecutar las órdenes de Amón-Ra, padre universal.

Es su deseo que tú, que un día ceñirás la corona de Egipto, conozcas todo lo que va a desarrollarse esta noche para que des fe de ello en el futuro, cuando el rey extranjero y legítimo esposo de Helena venga para llevársela.

Tienes que saber, pues, que Amón-Ra, a quien los extranjeros del mar llaman Zeus, ha decretado que habrá una gran guerra entre esos mismos extranjeros a causa de Helena que durará diez años y solo dará fin cuando la ciudad de Troya se haya visto reducida a ruinas.

Todo esto sucederá por la belleza de Helena; una belleza invisible, ya que Helena estará aquí recluida hasta la llegada de Menelao.

Pero yo, Tot, que los pueblos del mar llaman Hermes, el tres veces poderoso, tengo órdenes de extraer esta misma noche el ka de Helena.

Este espectro idéntico hará creer a Paris y a todos los troyanos que Helena está con ellos.

La guerra de Troya será pues librada por el ka de Helena, y no por la Helena de carne y hueso.

Así lo ha decidido el Hacedor de dioses y hombres y así será.

Tot salió entonces del santuario y fue a la celda donde reposaba Helena.

En el santuario volvió a brillar una luz y Tewosret vio cómo el dios traspasaba la luminosidad, seguido del ka de Helena; era este tan semejante a la auténtica que nadie podía notar la diferencia.

Tot la fue guiando por la puerta cerrada del templo y traspasaron también la noche, hasta que llegaron al barco, en un muelle más allá de Menfis.

Allí Tot adoptó la forma de Hermes para que Paris le reconociese y le entregó el ka de Helena.

Este sintió una gran alegría, levó anclas y puso rumbo al norte, en dirección a Troya.

Pero la verdadera Helena seguía residiendo en el templo de Hator en Menfis. Los años fueron transcurriendo y la mayoría de los egipcios acabó por olvidar su procedencia; muchos la adoraban como una encarnación de Hator y otros se referían a ella como la Hator extranjera.

Con el paso del tiempo, a Seti le llegó la hora.

Su espíritu accedió al Tuat y su cuerpo fue depositado, para su reposo eterno, en una imponente tumba subterránea del Valle de los Reyes, al oeste de Tebas.

A su muerte se sucedieron varios años conflictivos para Egipto, ya que varios de sus hijos se disputaban el trono.

Setnajte acabó por hacerse con la doble corona y por ceñir el látigo y el cayado; su hermanastra Tewosret se convirtió en reina de Egipto.

El reinado de Setnajte fue corto. Cuando Osiris lo llamó también a su lado, su hijo Ramsés III se convirtió en faraón.

Durante todo este período, Helena seguía residiendo en el templo de Hator en Menfis. A pesar de que habían transcurrido casi veinte años desde que Paris la dejara en Egipto, el tiempo no había dejado en ella huella alguna; seguía siendo la mujer más hermosa del mundo.

Hasta entonces, tanto Seti como Setnajte habían respetado escrupulosamente el juramento que le habían hecho a la princesa griega. Pero el joven Ramsés era de otra calaña. En cuanto accedió al trono declaró que iba a casarse con Helena y a hacerla reina.

—Puede que no sea más que una princesa extranjera —declaró el joven—. Puede también que hace mucho estuviese unida a un rey de esas latitudes. Pero sigue siendo la más bella entre las mujeres, ¡y la voy a hacer mía!

La reina Tewosret intentó en vano quitarle de la cabeza una idea tan descabellada. Pero él le respondió chillando:

—¡Me trae al fresco lo que hayan jurado mis antepasados! ¡Yo no he jurado nada! Bueno, sí: ¡he jurado que me voy a casar con Helena!

—Pero ¿y su esposo, el rey Menelao, sigue vivo? —le apremió Tewosret.

Esto inquietó un tanto a Ramsés, que decidió no casarse con Helena hasta que sus hechiceros encontrasen un modo de arreglar el asunto.

Mientras los hechiceros estaban en ello, el río trajo a Menfis un náufrago.

El extranjero se postró ante el santuario de Hator e imploró ayuda.

Tewosret seguía siendo suma sacerdotisa; desde que su hijo accediera al trono, volvía a residir en el templo.

Cuando vio al marinero arrodillado fue a preguntarle su procedencia; le extrañaba que el náufrago hubiese acudido al templo de Hator y no al de Serapis, que es donde se les ofrecía protección a los extranjeros.

—Vengo en pos de un sueño —le respondió el desconocido—. Mientras dormía fui visitado por Hermes, a quien vosotros llamáis Tot. Él me ordenó que fuese en busca de la Hator extranjera en su templo de Menfis y que le contase mi historia sin omitir nada.

—Seguid hablando —le respondió Tewosret— y no temáis. La Hator extranjera está oculta en el santuario y os escucha desde allí.

—Entonces os hago saber —dijo el marinero— que soy Menelao, rey de Esparta.

Hace varios años que cayó Troya; desde entonces nuestros barcos han sido arrastrados aquí y allá por los vientos.

Al fin mi barco llegó a la desembocadura del río egipcio.

Conmigo iba Helena, mi bella esposa raptada por Paris y por cuya causa se libró la guerra.

Mis otros barcos soltaron amarras, en la isla de Faros, pero yo me adentré por el río.

Allí me vi atrapado en medio de una súbita tormenta de viento, y naufragamos en una isla pequeña.

Todos conseguimos llegar a salvo a la orilla —prosiguió el marinero— y buscamos cobijo en unas cuevas cercanas.

Helena y yo estábamos solos en una cueva.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, mi esposa había desaparecido.

Estuvimos todo el día buscándola, pero no había ni rastro de ella.

De la isla no podía haber salido, ya que el río era profundo y peligroso en esos parajes y rodeaba enteramente la isla.

Lo único que se nos ocurrió es que se había acercado demasiado a la orilla y que un cocodrilo se la había llevado.

Me sumí en la desesperación —explicaba el extranjero—.

Me había pasado diez años guerreando en Troya para recuperar a Helena; luego, siete años errando por los mares, intentando llegar a Esparta.

Acabar perdiéndola de este modo me resultaba insoportable.

Estuve a punto de alzar contra mí mismo la vaina de la espada e ir a buscarla en los campos de asfódelos del reino de Hades, a quien vosotros llamáis Osiris.

»Cuando estaba allí tendido lamentándome de mi suerte, se me apareció Hermes.

«No desesperes, Menelao —me dijo—. Todo lo que te ha acontecido es designio de Zeus.

No has perdido a Helena; nunca la recuperaste en realidad.

Por la mañana vendrá un barco egipcio que te llevará a Menfis.

Busca allí a Helena en el templo de la Hator extranjera.

Entra en el templo y cuéntale tu historia a la sacerdotisa del templo.

Entonces hallarás a la verdadera Helena».

Y esto es lo que he hecho. Al día siguiente apareció un barco en la isla y nos trajo hasta Menfis, subiendo el río; y aquí me hallo postrado, como me mandó Hermes.

—Rey de Esparta —dijo solemnemente Tewosret—: se han cumplido los designios de Amón-Ra, a quien vosotros llamáis Zeus.

Hace diecisiete años, cuando era faraón mi padre, el buen dios Seti Merneptah, Paris, el príncipe de Troya, fue arrastrado con su barco por el Nilo.

Tot, el omnisciente, a quien vosotros llamáis Hermes, dispuso que Helena quedaría aquí a salvo y con todos los honores, hasta que vinieseis a buscarla. Y aquí continúa.

—Pero, sacerdotisa —dijo Menelao, que se había quedado sin aliento—, ¡si Helena se fue a Troya con Paris!

Nuestros ejércitos arrasaron Troya y Helena embarcó en mi navío.

No se ha separado de mí hasta hace dos días, cuando desapareció por las buenas en la isla.

¿Cómo es posible que haya estado aquí todo este tiempo, después del rapto?