Cuentos del antiguo Egipto La princesa griega
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La princesa griega

La princesa griega

Reinaba en Egipto Seti II, nieto de Ramsés II, el Magnífico. Un día, una tormenta trajo a las costas egipcias un enorme navío, que fue a parar al brazo canópico u occidental del río Nilo.

No lejos de donde atracó el barco se alzaba el templo de Serapis, el dios de la cabeza de carnero que velaba por los extranjeros.

Quien se acogiese a la protección de su templo estaba a salvo de sus enemigos; si un esclavo se arrodillaba ante la estatua del dios y juraba servirle, quedaba libre de su amo inmediatamente.

Enseguida le llegaron a Tonis, guardián de ese brazo del río, las noticias de la aparición del barco; también le dijeron que pertenecía a un príncipe de los pueblos del mar, a quienes los egipcios llamaban los aquaiusha.

En realidad se trataba de la civilización egea, que procedía de Grecia, de las islas del mar Egeo y de Jonia: es la civilización que hoy llamamos micénica.

La noticia le había llegado a Tonis a través de un grupo de marineros del barco; estos marineros se habían enterado de la protección de Serapis y se habían acogido a ella: habían desertado todos a una y pedían ser aceptados al servicio del dios.

Tonis les preguntó por qué deseaban abandonar a su amo, ya que le parecía extraño que unos aquaiusha quisiesen servir a un dios egipcio, en lugar de regresar a sus hogares.

Estos le respondieron que si se quedaban en el barco tenían miedo de que la venganza de sus dioses cayera sobre ellos.

Según le contaron los marineros, el príncipe al que servían acababa de raptar a la esposa de uno de los reyes griegos, aparte de robarle gran parte de sus riquezas. Todo esto después de que dicho rey le hubiese agasajado en su palacio como huésped de honor y le hubiese dispensado un cordial trato.

El asombro de Tonis ante este comportamiento fue parejo al de los marineros.

Tanto en Egipto como en Grecia, comportarse así con un anfitrión suponía atraerse una segura venganza de los dioses.

Tonis se hizo cargo del barco con todo el cargamento y lo mantuvo bajo custodia hasta que el faraón le dijese qué hacer con él.

A la princesa griega mandó que la llevaran con todos los honores al templo de Hator, diosa del amor y de la belleza.

Cuando Seti se enteró del asunto, ordenó a Tonis que le mandara el barco con todo su contenido.

Las instrucciones del faraón fueron seguidas al pie de la letra.

Cuando llegó el barco a su destino, acomodaron a la princesa en el templo de Hator en Menfis, donde estaba segura.

Al príncipe, en cambio, lo llevaron de inmediato ante Seti, que estaba en su trono en el gran salón de las audiencias.

—¡Oh, faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!

—exclamó Tonis mientras besaba el suelo ante los pies del faraón, según la costumbre—.

Traigo ante vuestra presencia a este extranjero, príncipe de los aquaiusha, para que os refiera en sus propias palabras quién es y por qué ha arribado a vuestras costas.

Seti dirigió entonces al extranjero unas amables palabras:

—Bienvenido seáis a las tierras egipcias si venís en son de paz y sois siervo humilde de los dioses.

Mi real centinela del Nilo, Tonis, me dice que en vuestro país ostentáis el rango de príncipe.

Contadme lo que acontece en el reino de vuestro padre, pues me agrada sobremanera escuchar relatos e historias de tierras lejanas.

El apuesto y joven príncipe, que llevaba una armadura de bronce que refulgía como el oro, se inclinó ante el faraón y le dijo:

—Mi señor, vengo en son de paz. He llegado hasta aquí, en contra de mi voluntad, empujado por el dios del mar a quien llamamos Poseidón. Soy hijo de Príamo, el gran rey de Troya, y vuelvo de una visita a Grecia, donde escogí como esposa a Helena, princesa de Esparta e hija de su rey, Tíndaro.

El faraón Seti contempló pausadamente al petulante y joven príncipe y le dijo:

—Decidme, príncipe troyano, ¿cómo os fue concedida la mano de esta princesa espartana?

¿Es acaso costumbre entre los aquaiusha enviar a sus hijas allende los mares para que desposen a príncipes de otras tierras?

Mi docto escriba Ani, aquí presente, me ha informado de que la ciudad de Troya se halla separada de vuestra tierra e islas por extensos mares, y que ambos países se hallan enfrentados por guerras y rivalidades.

—Pues vuestro escriba Ani se equivoca —le replicó el príncipe con arrogancia—.

Hubo algunas batallas en tiempos de mis abuelos, pero desde entonces la armonía ha reinado entre nosotros.

Yo fui a Esparta, como otros tantos príncipes, a pedir la mano de la hermosa Helena, y el rey Tíndaro me la adjudicó a mí.

Cuando los marineros refugiados en el templo de Serapis oyeron esto comenzaron a cuchichear entre ellos. El faraón Seti les dijo:

—Tonis me ha dicho que ahora sois sirvientes de Serapis y que vuestra versión de los acontecimientos es muy distinta. Hablad sin miedo, pues ahora sois súbditos míos y yo os protejo.

—Rey de Egipto —dijo el que los representaba—: nosotros, los marineros, venimos de las islas griegas; somos, como decís los egipcios, aquaiusha, no troyanos, a quienes consideramos unos bárbaros.

Honramos a los dioses griegos y también los tememos, pues sabemos que castigan las malas acciones.

Este joven, príncipe Paris de Troya y antiguo amo nuestro, llegó a Esparta en son de paz, tal y como él mismo dice.

Pero no cuenta la verdad de lo que pasó.

En nuestra tierra todos habíamos oído hablar de la hermosa Helena, la mujer más bella del mundo, hija del rey Tíndaro de Esparta y de su esposa, la reina Leda; aunque se rumoreaba que su verdadero padre era el señor de los dioses, Zeus, a quien vosotros llamáis Amón-Ra.

Seti asintió al oír esto y murmuró:

—Sí, es lo mismo que sucedía con la legendaria reina Hatshepsut, que era hija de Amón-Ra. Es verdad, no es raro que el espíritu de un dios habite en el cuerpo de reyes y reinas.

—Príncipes de toda Grecia y sus islas acudían a pedir la mano de Helena —continuó el marinero—, y no solo por su belleza, sino también porque quien se casara con ella sería rey de Esparta.

Pero Paris de Troya no estaba entre los candidatos.

El rey Tíndaro concedió la mano de su hija a Menelao, hijo menor del rey de Micenas, y exigió al resto de los pretendientes que jurasen respetar su decisión y que ayudasen a Menelao si alguien intentaba raptar a su esposa.

Esto sucedió hace varios años. Con el paso del tiempo, Tíndaro coronó a Menelao rey de Esparta, y Helena se convirtió en reina.

Entonces llegó el príncipe de Troya en calidad de embajador y huésped, y como tal fue recibido.

Pasó muchos días en Esparta; Menelao acabó por tener que ausentarse de la ciudad porque lo reclamaban los asuntos de estado.

Entonces, Paris se llevó a Helena por la fuerza y robó incontables riquezas; se hizo a la mar, donde se vio envuelto en una tempestad que le enviaron los iracundos dioses, y así ha llegado hasta aquí.

—¡Eso no es cierto! —gritó con rabia el príncipe Paris—. Helena se vino conmigo por su propia voluntad. Es más, ¡me rogó que la aceptara, porque no podía soportar a Menelao, su esposo! Y todos los tesoros que nos llevamos le pertenecen a ella.

—Príncipe de Troya —le dijo el faraón Seti—, me habéis dado ya dos versiones dispares de la misma historia.

Primero me decís que fue el padre de la princesa quien os concedió su mano cuando todos los príncipes de Aquaiusha la pretendían; después admitís que se la raptasteis a su marido, que su padre había elegido para ser rey de Esparta y esposo de Helena…

Visir, llevad al príncipe de Troya, con todos los honores, a la cámara de huéspedes, y vigiladlos a él y a los suyos hasta que vuelva a llamarlos.

—¡Ha hablado el faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza! —exclamó el visir Paremheb mientras se postraba ante su señor. Les hizo una señal a los guardias, que rodearon al príncipe de Troya y a su séquito y se los llevaron.

—Ahora —dijo el faraón Seti— vayamos a ver a la princesa extranjera en su morada del templo de Hator.

Seti y sus acompañantes (el escriba Ani 2 y Roy, el sumo sacerdote) fueron al templo de Hator, donde se había acomodado a la hermosa Helena de Troya, que estaba al cuidado de las sacerdotisas de la diosa.

Al verla, Seti sintió en efecto que se hallaba ante la mujer más hermosa del mundo, como si una diosa hubiese descendido a la tierra.

El relato de la princesa fue harto diferente de la historia del príncipe.

Según su versión, su vida junto a su esposo Menelao y los dos hijos de ambos había sido de lo más feliz, y nunca había sentido amor alguno por el troyano Paris.

Además, Seti se dio cuenta por sus palabras de que Paris se la había llevado con artes de brujería, adoptando la apariencia de Menelao para convencerla de que saliera de palacio; de ahí se la había llevado hasta la costa atravesando un largo valle y la había embarcado en el navío que la tormenta había arrastrado hasta Egipto.

La capacidad de cambiar de aspecto era cosa conocida entre los hechiceros de Egipto. Sin embargo, según se desprendía de las palabras de Helena, en Grecia tal maravilla solo era practicada por los dioses, y en su país no estaban muy familiarizados con el fenómeno.

—En virtud de todo lo que os he contado —imploró entonces Helena—, proteged mi dignidad, oh, benévolo faraón, hasta que mi esposo y amado Menelao venga en mi busca y me reclame. No dejéis que este pérfido príncipe me lleve a Troya como indigna prisionera.

Helena prorrumpió en llanto. La hermosa joya roja que llevaba al cuello, la piedra celestial que la diosa del amor le había otorgado, parecía llorar también lágrimas de sangre, con un temblor triste que vibraba a la luz tornadiza que caía entre las columnas.

Esta historia conmovió sobremanera a Seti, que le juró a Helena lo siguiente: