La toma de Joppe
La toma de Joppe
Corrían los días del reinado de Tutmosis III, el faraón que sucedió a la legendaria reina Hatshepsut en el trono de Egipto.
La ciudad de Joppe, en Palestina, se había rebelado contra la autoridad del faraón, y allí se envió una expedición para recuperar y castigar a la rebelde ciudad.
Al frente de la expedición iba el famoso general Djehuty, amigo personal del monarca y miembro de su séquito privado.
Como era el emisario real, llevaba consigo el gran cetro real, una maza de oro que tenía el sobrenombre de «la belleza de la fuerza».
Djehuty instaló el campamento a las afueras de Joppe, a un kilómetro de distancia de la ciudad, que estaba amurallada y muy fortificada.
No tardó mucho en darse cuenta de que conquistar la ciudad por la fuerza sería prácticamente imposible; reducirla mediante un asedio, por otro lado, podría suponer meses o incluso años.
El general veía con claridad que el único modo de hacerse con la ciudad era mediante el ingenio. Enseguida había urdido un plan. Mandó un heraldo con un mensaje para el gobernador de Joppe, en el que le pedía que saliese a su encuentro en un punto intermedio de la ciudad y el campamento.
El gobernador no puso trabas a este encuentro.
Djehuty mandó que montasen durante la noche una magnífica tienda de seda en la planicie arenosa que se extendía entre el campamento y la puerta principal de Joppe.
A su alrededor no había ni árboles ni arbustos; tampoco había espacio en la tienda donde pudiesen esconderse soldados que levantasen sospechas.
Sin embargo, Djehuty lo tenía todo preparado para su ofensiva: su arma se hallaba oculta en doscientas cestas, que estaban cerradas en la parte de atrás de la tienda.
Llegó el gobernador de Joppe y Djehuty le dio la bienvenida bajo el dosel de entrada a la tienda. Le enseñó el interior, para demostrarle que sus soldados no estaban ahí escondidos.
El gobernador dejó entonces que sus guardias se alejasen un poco y Djehuty mandó también a sus sirvientes un poco más lejos, para poder hablar sin ser oídos. Los dos dignatarios se sentaron bajo el dosel y discutieron la situación mientras bebían vino.
Parlamentaron largo rato; ninguno de los dos estaba dispuesto a aceptar las soluciones que le ofrecía el otro. Mientras hablaban, el gobernador no dejaba de apurar su copa de fuerte vino sureño; Djehuty no le quitaba ojo a la copa y se aseguraba de que siempre estuviese llena.
Cuando se dio cuenta de que al gobernador comenzaban a nublársele los sentidos, Djehuty miró a su alrededor con suspicacia para asegurarse de que nadie le oía y le dijo:
—Amigo mío, me da la impresión de que no me queda más remedio que asediaros durante dos años para hacerme con la ciudad.
Pero si tardo tanto, la ira del faraón será enorme y me arrebatará mis riquezas y mi rango, ya que el coste de mantener tanto tiempo un ejército tan grande es enorme.
Y a Tutmosis no le gusta gastarse el dinero; es más bien roñoso.
Si vuelvo ahora y le digo que Joppe está demasiado bien preparada para un asalto, y que para vencerla hace falta sitiarla dos años, su ira será más grande aún, y es posible que ordene mi muerte.
Djehuty hizo una pausa. El gobernador comenzaba a mostrarse interesado y le preguntó con ojos brillantes:
—¿Y qué es lo que sugerís?
—El faraón es un amo muy difícil de complacer —dijo Djehuty—, pero estoy seguro de que a vuestro lado todo sería más fácil y placentero… Me propongo traicionar la causa del faraón y unirme a vuestra rebelión contra su autoridad.
—¡Por Yahvé, mi dios, que nos libraremos del faraón, formaremos un nuevo reino y serás mi consejero!
—exclamó el gobernador. Entonces hizo una pausa dubitativa y añadió—: Pero ¿cómo tengo la seguridad de que no intentas engañarme?
Si abro las puertas a tu ejército en son de paz, ¿no intentaréis atacarnos una vez que estéis dentro?
—Ya he pensado en eso —respondió Djehuty—.
Somos un pueblo pragmático: sabemos que los juramentos pueden quebrantarse, así que no te voy a jurar nada.
Sabemos también que la lealtad y el honor no son sino pura palabrería, así que no invocaré tales principios.
Pero os voy a dar una garantía más fiable que todo lo anterior.
—¿Te ofreces a ti mismo como garantía? —le interrumpió el gobernador, entusiasmado—. Porque, si te entregas a nosotros, entonces te creeré, ya que la vida de una persona es lo único de verdadero valor.
—Me entregaría con gusto aquí y ahora —respondió Djehuty—, pero no serviría de nada, pues el ejército del faraón podría abandonarme aquí a mi suerte, elegir un nuevo general y atacar Joppe. No, mi método es más seguro. Después de emplearlo, no tendré reparos en entregarme. Venid y os lo enseñaré.
Condujo al gobernador al interior de la tienda y le señaló las cestas que había alineadas al fondo.
—Ahí tenéis —le dijo— el arma más poderosa de este mundo: ¡oro!
En estas cestas selladas está todo el oro necesario para pagar a los ejércitos durante seis meses, que es el tiempo que el iluso faraón pensaba que duraría la expedición.
En ellas también hay grandes tesoros para otros fines, como sobornar a príncipes que se pasen a nuestro lado o recompensar a gobernadores afines.
He venido de Egipto con más de doscientas cestas iguales y aún me quedan todas estas. ¡Mirad!
Con estas palabras, Djehuty rompió el sello de una de las cestas, abrió la tapa y le enseñó al gobernador que, en efecto, estaban repletas de oro y tesoros.
—Para que no dudéis de mis buenas intenciones, voy a mandar que envíen todas estas cestas selladas a Joppe.
Allí os pertenecerán por entero. Esta, que ya he abierto, me la quedo yo para mi propio bolsillo: espero que no os moleste.
Así mi ejército se quedará sin dinero; sin dinero no podrá funcionar, rebelarse o elegir a otro general.
Quien posee el dinero, ostenta también el poder militar.
Voy a llamar a cuatrocientos de mis hombres, hombres todos de confianza.
Acudirán sin armas, cosa que podréis comprobar, para transportar las cestas al interior de Joppe.
Mientras, mandad vuestro carro a la ciudad para que anuncie la llegada de mis hombres y les abran las puertas enseguida; vos quedaos a mi lado, hasta que nos aseguremos de que todo el oro ha llegado a su destino.
Entonces me dirigiré a mis ejércitos y les diré lo que ha ocurrido.
Mis guarniciones os servirán fielmente, ya que a partir de ese momento su salario dependerá de vos.
Al gobernador todo esto le pareció muy claro y no sospechó nada.
Los asiáticos estaban acostumbrados a que un ejército y su general cambiasen de bando, en especial si eran generosamente remunerados por hacerlo.
No podía sospechar que Djehuty le estaba tendiendo una trampa.
Por tanto, dio su visto bueno al plan y le dio las siguientes órdenes a su auriga:
—Adelanta a los porteadores y ve deprisa a Joppe. Manda que les abran las puertas y haz que entren las cestas; anúncialo al grito de «¡Alegraos! ¡Yahvé ha puesto a Djehuty y los suyos a nuestra merced! ¡Aquí comienzan a llegar sus tributos!».
Djehuty reunió a cuatrocientos de sus hombres; los hizo despojarse de sus armas y coger las cestas. Pasaron largos palos por las asas y, de dos en dos, las fueron cogiendo.
Partieron hacia Joppe atravesando el desnudo desierto. De pronto, el gobernador dijo a Djehuty:
—Amigo mío, me dicen que trajisteis con vos el cetro del faraón, el que se conoce como «la belleza de la fuerza».
Dicen también que tiene propiedades mágicas, y que en él reside el poder del faraón.
Quiero que me toquéis en la frente con el cetro y que me lo pongáis en las manos; que luego os inclinéis ante mí como vuestro nuevo señor.
—Con mucho gusto —respondió Djehuty, a quien los ojos comenzaban a brillarle—. Seguidme hasta la tienda donde se custodia el valioso cetro.
Fueron hasta la tienda y Djehuty sacó la maza de oro de su escondrijo y se la enseñó al gobernador: este se vio embargado por un asombro y admiración tales que cayó de rodillas al suelo.
—¡Tocadme en la frente con él—gimió—, y que se me transmita el poder que contiene!
—¡Hasta aquí hemos llegado, gobernador de Joppe, enemigo del faraón Tutmosis, a quien deseo larga vida y fortaleza! —exclamó Djehuty—. ¡Así es como Amón-Ra castiga al traidor que desafía al faraón!
Y mientras decía estas palabras le asestó al gobernador un mazazo en la cabeza con «la belleza de la fuerza» que le partió el cráneo de un solo golpe.
Luego salió a la entrada de la tienda y allí, a la sombra del dosel, comenzó tranquilamente a colocarse la armadura mientras veía a los porteadores acercarse a Joppe y entrar en la ciudad.
Según lo previsto, el auriga había adelantado a los porteadores y les había dicho a los centinelas de la ciudad:
—¡No temáis, que hemos vencido a Djehuty, el egipcio! Su ejército nos rinde obediencia y nos envía un tributo, que comienza a llegar en estas doscientas cestas: ¡es el oro y demás tesoros con que el faraón iba a remunerar a sus tropas!
Los doscientos soldados desarmados entraron en Joppe y colocaron las cestas en la avenida de entrada. En un abrir y cerrar de ojos rompieron los sellos y abrieron las tapas; de cada cesta salió un soldado armado. En el interior de las cestas también había armas para los doscientos porteadores.
Así cogieron desprevenidos a los habitantes de Joppe; los seiscientos soldados egipcios se hicieron fácilmente con la puerta de acceso a la ciudad hasta que llegó Djehuty con todo su ejército y entraron en la fortificación.
Joppe fue tomada en un solo día. Djehuty le mandó una misiva al faraón, que decía lo siguiente: «Alegraos, pues Amón-Ra, vuestro padre celestial, os ha sido favorable y os ha hecho someter al gobernador de Joppe; la ciudad está a vuestra merced.
Mandad inmediatamente una partida para que se ocupe del botín y lleve a los esclavos y esclavas que hemos capturado a servir en el templo de Amón-Ra.
¡Mandad asimismo una delegación, para que se haga cargo del poder en Joppe y la haga vuestra por siempre jamás! ».
Tras la toma de Joppe, Djehuty continuó la expedición y consiguió someter también todos los territorios circundantes.
Entonces volvió ante el faraón, que le colmó de riquezas y honores, y le dio una fina copa dorada, que aún se conserva, con la siguiente inscripción: «Para Djehuty, emisario del faraón en los confines del mundo, amado consejero, general de guarniciones, regente de mis dominios septentrionales; representante único del faraón en tierras extrañas e islas de los océanos; Djehuty, que colma mis arcas de lapislázuli, plata y oro; general de mis ejércitos; Djehuty, a quien yo, faraón del Alto y Bajo Egipto, Tutmosis Menjeperra, rindo homenaje y hago mi consejero privado, ¡oh, Djehuty! ».