El campesino y el funcionario real
El campesino y el funcionario real
En los días de Amenemhet II, hijo de Sen-Usert, vivió un campesino llamado Sekti en las tierras cercanas al lago Moeris. Tenía esposa e hijos y comerciaba con sus cultivos. Cada poco tiempo cargaba tres asnos con su mercancía e iba a venderla a la ciudad de Heracleópolis.
Un buen día llenó tres alforjas repletas y salió hacia Heracleópolis para venderlas. Los asnos iban cargados de junco, natrón y sal; de madera, vaina y grano. Todo lo había recolectado en los campos donde vivía, y sabía que con ello haría un buen negocio en la ciudad.
Cuando ya iba llegando a Heracleópolis se introdujo en un camino de sirga al lado del río.
Allí se encontró con un hombre llamado Hemti, que era funcionario de Meruitensa, el administrador principal del faraón.
Este Hemti era persona cruel y codiciosa que despreciaba a todos los campesinos, porque estos eran honrados de palabra y trato; siempre intentaba timar a los demás o mentirles: todo con tal de hacerse rico y oprimir a sus inferiores.
En cuanto vio a Sekti, que se aproximaba por el desierto con los tres asnos cargados con el fruto de su esfuerzo, pensó Hemti para sí: «Qué bien. Ahora solo me hace falta que alguna divinidad de los hurtos me inspire el modo de robarle a Sekti toda su mercancía».
La casa de Hemti estaba al lado del río.
El camino de sirga que corría paralelo era más angosto que los ceñidos calzones que llevaban entonces los hombres.
Al lado fluían las aguas del río; en la otra orilla estaban los campos de cereal de Hemti, que crecían abundantes y altos.
En esa época, las espigas empezaban a ponerse doradas, que es cuando hay que recolectarlas.
A Hemti se le ocurrió entonces una idea. Ordenó a un sirviente que fuese corriendo a la casa y que le trajese enseguida una sábana bordada.
El sirviente cumplió rápido con su cometido y en un momento volvió con la sábana. Hemti la extendió sobre el camino, de forma que un extremo casi tocaba el agua y el otro llegaba hasta el borde del campo de trigo.
Sekti se acercaba ya por el camino, que era una vía pública abierta a todo el mundo y por la que era necesario pasar para llegar a Heracleópolis si uno provenía de Moeris.
—¡Oye, oye! —gritó Hemti—. ¡Ten cuidado, que me vas a pisar la sábana!
—Bueno, intentaré pasar sin pisártela —respondió Sekti—. Pero me lo has puesto un poco difícil: ¡no hay mucho espacio, que digamos!
Sekti fue guiando a sus asnos junto al trigo, intentando que no pisaran la sábana del camino. Pero Hemti se puso a berrear:
—¡Que no me pises el trigo! ¿Qué pasa, que no te gusta el camino o qué?
—No lo estoy haciendo adrede —respondió Sekti—. Pero me veo obligado a pasar por tu campo de trigo: con tu sábana ahí extendida casi no queda espacio, y se me hace muy difícil el paso.
Sekti intentaba evitar un desaguisado. Pero uno de los asnos, al rozar el trigo, empezó a dar mordisquitos a unas espigas maduras. Hemti se puso a chillar:
—¡Estás infringiendo la ley! El derecho dice que, si uno de tus asnos se come mi trigo, puedo quedarme con el animal y multarte por los perjuicios causados.
—He puesto el máximo cuidado —respondió Sekti—, pero me lo has puesto muy difícil con tantos obstáculos en el camino.
Me he visto obligado a pasar con los asnos junto al trigo para no pisarte la sábana; tampoco es justo que te los quedes solo porque te hayan mordisqueado un par de espigas.
Si no me equivoco, estamos en tierras de Meruitensa, el ministro de finanzas del faraón, que se ocupa de impartir justicia cuando se cometen abusos.
¿Acaso voy a ser yo víctima de un abuso en sus propias tierras?
—Aquí soy yo el responsable de las finanzas —dijo un exultante y ufano Hemti—. Me creerán a mí antes que a ti, que no eres más que un campesino y un paleto.
Entonces ordenó a sus sirvientes que se apropiasen de los tres asnos y sus cargamentos. No satisfecho con esto, les mandó que echaran a Sekti en el suelo, boca abajo, y le dio unos azotes con varas de tamarisco verde. Sekti lloró y gritó muchísimo porque le hizo mucho daño.
—Cierra el pico, Sekti —le conminó Hemti—, que, si no, te daré tanto que no podrás gritar nunca más.
—Primero me quitas todas mis posesiones; luego me azotas; ¡y encima quieres arrebatarme también la voz! —farfulló Sekti—. Bueno, si me devuelves mis cosas, paro de chillar y no diré nada de la violencia que me has infligido.
Pero Hemti volvió a reírse de él y se negó a devolverle los asnos o los cargamentos.
Así que Sekti acabó por ir andando hasta Heracleópolis para acogerse a la justicia de Meruitensa.
Se cruzó con el ministro cuando este salía de su casa para dirigirse a su embarcación y navegar por el canal hasta el Salón de los Juicios. Sekti se arrodilló ante él y exclamó:
—¡Señor, exijo que se me haga justicia! ¡He sido víctima de un robo por parte de Hemti!
Y de inmediato le refirió todo lo que había sucedido.
—Prepara bien tus argumentos y ven mañana al Salón de los Juicios —dijo Meruitensa después de haber escuchado la historia. Ordenó a sus sirvientes que dieran de comer a Sekti y le proporcionasen cobijo para la noche, y continuó su camino.
Cuando concluyó la vista de los demás casos en el Salón de los Juicios, Meruitensa les contó el caso de Sekti a los demás notables allí reunidos.
—Bueno, no es ningún secreto que Hemti tiene las manos más bien largas —le respondieron—. Pero ¿merece la pena castigarle por quitarle un poco de natrón y una pizquita de sal a un simple campesino? De todos modos, que venga mañana Sekti y nos presente su caso como es debido.
Al día siguiente, como había sido acordado, acudió Sekti al Salón de los Juicios y comenzó a exponer su caso ante Meruitensa.
—¡Oh, noble señor, grande entre los grandes, báculo de los necesitados!
¡Que la buena fortuna nunca se aparte de vuestro lado!
¡Que las calamidades jamás osen cruzarse en vuestro camino!
¡Que la pesca acuda abundante a vuestras redes y que la rolliza ave acuática deleite vuestro paladar!
Sois como un padre para quien no lo tiene; un esposo para la viuda y un hermano para el desolado; un cobijo para el desharrapado.
Permitidme que propague por todo el reino la canción de vuestro esplendor, que dé a conocer con qué abundancia mana la fuente de vuestra virtud: cómo intervenís sin codicia; cómo la mezquindad nunca os nubla el ceño; cómo aborrecéis el engaño y promovéis la justicia; cómo prestáis oídos al más humilde de vuestros inferiores.
Permitidme, pues, que me exprese; otorgadme la luz de vuestra justicia.
¡Acabad con mi opresión y haced que me sean devueltos mis bienes robados!
Sekti continuó así mucho rato, empleando palabras rimbombantes que los escribas iban anotando. Por fin dijo Meruitensa:
—Mañana os seguiré escuchando y consideraré vuestro caso. He dado órdenes de que esta noche se os dé alimento en mi casa.
Entonces, Meruitensa acudió raudo ante el faraón Amenemhet y le dijo:
—¡Oh, faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!
Acabo de conocer a un campesino, que se llama Sekti, que tiene tal don de la elocuencia que es un deleite escuchar sus palabras.
El miserable de Hemti le ha robado y timado, pero no quería pronunciar sentencia hasta contároslo y que vos mismo escuchaseis sus palabras.
Los escribas le leyeron entonces al faraón todo lo que Sekti había dicho. El monarca dio una palmada de júbilo y dijo:
—¡Jamás había oído tales palabras de pleitesía!
Has hecho bien en contármelo, pues me causan un inmenso placer.
Sé que eres un fiel servidor, Meruitensa: te pido que todavía no dictes sentencia.
Prolonga el caso lo más que puedas para que Sekti siga hablando; tráeme cada día la transcripción de todo lo que diga.
Así que todos los días llamaban a Sekti al Salón de los Juicios y este profería su vistoso torrente de palabras, lleno de alabanzas a Meruitensa y al faraón, deseándoles todos los júbilos y alegrías habidos y por haber, así como la mayor de las fortunas en la larga travesía por las tierras de ultratumba.
Por las tardes le leían al faraón lo que Sekti había dicho ese día. Amenemhet estaba cada vez más asombrado de que un campesino pudiera estar dotado de una elocuencia tal. Y le pedía a Meruitensa que prolongase y prolongase el juicio.
—Meruitensa, asegúrate de que a Sekti no le falten todos los días dos hogazas de pan y cuatro jarras de cerveza —le dijo también—.
Pero hazlo a través de otra persona, para que no conozca su procedencia.
Manda a alguien a su hogar para que provea por el bienestar de su mujer e hijos.
No se te olvide escribir todos los días sus palabras y luego me las traes, pues son para mí motivo de gran deleite.
Al tercer día, Meruitensa mandó que azotasen un poquito a Sekti. Así añadió motivos a la ira del campesino y a sus ansias de justicia; los tres días siguientes, el lenguaje de Sekti alcanzó cotas inauditas de vistosidad y sonoridad.
—¡Oh, noble y justo señor! —seguía exclamando un inflamado Sekti al noveno día—.
Vos, que acabáis con el engaño y promovéis la justicia; que indagáis en las raíces del bien y extermináis los insectos del mal, del mismo modo que la abundancia erradica una devastadora hambruna; igual que un ropaje cubre un cuerpo aterido; semejante a un límpido firmamento tras la tormenta, a una cálida brisa tras la lluvia.
Sois como el fuego que ablanda el alimento, como el agua que infunde la vida al perdido en el desierto; tales son vuestra justicia y vuestra magnanimidad.
Juzgadme pues con benevolencia y procuradme el reposo de mis cuitas.
No os pido caridad, compasión o clemencia; nada más pido que se me haga justicia, que se me devuelva aquello que me fue arrebatado injustamente.
Meruitensa acabó al fin por mandar a dos ujieres que hiciesen levantarse a Sekti y que le sacaran del Salón de los Juicios. Sekti creía que iban a castigarle por haberse pasado nueve interminables días importunando al ministro, pero Meruitensa le dijo:
—No temas, Sekti, que no has hecho nada malo. Tus palabras han sido transmitidas al faraón y le han agradado sobremanera. Vamos ahora a verle; en su presencia te serán devueltos tus bienes y se te hará justicia.
Pero ahí no acabó todo. Además de devolverle los tres asnos con sus cargamentos, el faraón también le otorgó todas las propiedades de Hemti, le hizo funcionario real y encargado del paso por el canal en sustitución del primero.
También mandó que trajeran a la mujer y los cinco hijos de Sekti, y se quedaron todos a vivir en Heracleópolis.
Al cruel y fanfarrón de Hemti lo rebajó al rango de campesino y le mandó a trabajar a orillas del lago Moeris.
Sekti se convirtió en el funcionario favorito del faraón. Se instaló en las cercanías del palacio con toda su familia y acabó haciéndose rico y célebre en todo el Reino de Egipto.