Cuentos del antiguo Egipto Las aventuras de Sinhué #2
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Las aventuras de Sinhué #2

El duelo fue concertado en pocos días. Se acordó que se celebraría frente a una muchedumbre de habitantes de Retenu, con la presencia del rey en persona.

Sinhué pasó toda la noche practicando con las armas, probando el arco y afilando el venablo. Nada más despuntar el alba acudió al lugar acordado para el enfrentamiento y la gente le aplaudió con gritos de «¿Acaso no es Sinhué el guerrero más fornido?».

Pero cuando apareció el bravucón, rodeado de sus seguidores, se hizo el silencio, porque su apariencia era verdaderamente imponente.

El bravucón abrió el combate; empezó a disparar flechas a Sinhué y a arrojarle el venablo. Pero Sinhué tenía el paso ágil y el ojo penetrante: consiguió esquivar todo lo que el otro le lanzaba o rechazarlo con el escudo.

Su adversario decidió entonces embestir contra él blandiendo una imponente hacha sobre la cabeza.

Sinhué se dispuso a recibirlo y disparó una flecha, que el bravucón desvió con el escudo.

Sinhué le arrojó entonces el venablo con tanta destreza que el fanfarrón no tuvo tiempo de rechazarlo y le dio en el cuello; tropezó y cayó de bruces en el suelo.

Sinhué entonces le quitó el hacha, la empuñó con determinación y le segó al bravucón la cabeza de una tajada.

Las gentes de Retenu le vitorearon unánimemente. El rey lo estrechó en sus brazos y lo abrazó con fuerza mientras se le saltaban las lágrimas.

—¡He aquí al único hombre digno de compartir el poder conmigo! —le dijo.

Entonces, Sinhué se convirtió en la persona más importante de Retenu después de Ammienshi, y gobernaron juntos muchos años. A la muerte del rey le sucedió en el trono.

Pero a medida que se iba haciendo viejo, a Sinhué le iba invadiendo la nostalgia por su país natal. Sentía un gran deseo de ver Egipto una vez más antes de morir y de ser enterrado para su reposo eterno en una tumba de Tebas excavada en la roca.

El faraón Sen-Usert sabía que el nuevo rey de Retenu era el mismo Sinhué de su séquito real en los días de Amenemhet; le había enviado diversas misivas en calidad de monarca dominante, a las que Sinhué había respondido en calidad de leal súbdito.

Sinhué le envió otra misiva para rogarle que le concediese el perdón por haber abandonado sus obligaciones regias en tiempos de incertidumbre, tras la muerte de Amenemhet. También le preguntaba si le sería permitido volver a Egipto para pasar allí sus días postreros.

Sen-Usert no tardó en responder y le invitó a vivir en el palacio real, en calidad de gran señor y fiel consejero.

Su misiva concluía del siguiente modo: «Volved a Egipto para contemplar de nuevo la tierra que os vio nacer y el palacio donde me servisteis con tanta entrega antes del último viaje de mi padre, el buen dios Amenemhet.

Os acercáis a la ancianidad y ya no os domina ese apetito de aventura propio de un joven.

Regocijaos, porque el día de vuestro entierro está cercano: no permitáis que tal día os llegue en lejanas tierras asiáticas.

Vivid conmigo en Egipto; cuando os llegue la hora seréis depositado para vuestro eterno reposo en una tumba al oeste de Tebas, en un sarcófago de oro refulgente con vuestro rostro esculpido en lapislázuli.

Un carruaje tirado por bueyes os llevará hasta vuestra tumba con plañideras al frente y bailarinas en la retaguardia, que os acompañarán hasta la puerta de vuestro sepulcro.

Esta eterna morada se hallará junto a las tumbas reales donde reposan príncipes, princesas y visires; los muros estarán decorados con la sabiduría de ultratumba, de modo que vuestro bai no tenga problemas en su viaje al Tuat; se depositarán en vuestra cámara ricos tesoros y suntuosas ofrendas para solaz de vuestro ka , hasta que regrese Osiris.

Venid sin más dilación, ya que el tiempo aprieta y cualquier afección puede aquejaros súbitamente.

No deseamos veros enterrado en un hoyo envuelto en pieles de cordero, como un vulgar asiático: no sería lo correcto en un noble egipcio.

Venid presto; ¡vuestras andanzas deben tocar ya a su fin! ».

Grande fue el júbilo de Sinhué cuando leyó esta misiva. Enseguida dispuso la cesión a su hijo mayor del poder de Retenu y todas sus posesiones. Puso rumbo a Egipto acompañado de un pequeño séquito de fieles seguidores.

Cuando llegó a la frontera egipcia fue recibido por un embajador del faraón que le dio la bienvenida muy calurosamente y dispensó grandes elogios a los nobles de Retenu que habían acompañado a Sinhué.

Un barco le aguardaba en el Nilo. Sinhué embarcó y lo llevaron río arriba, con toda ceremonia y comodidad, hasta el palacio del faraón.

Cuando lo condujeron ante el monarca se postró en el suelo y allí se quedó inmóvil como un muerto.

—¡Incorporadlo; hablad, amigo mío! —dijo suavemente el faraón Sen-Usert—.

Sinhué, ya estáis en vuestro hogar; ha dado fin vuestro errar por tierras extrañas.

Habéis vuelto en lo venerable de la ancianidad y así podréis ser depositado en una magnífica tumba de Tebas cuando os llegue la hora, y no envuelto de cualquier manera en pieles, como hacen los bárbaros asiáticos.

Tan grande es mi gozo que te llamaré por tu nombre: ¡bienvenido seas, Sinhué!

Sinhué se incorporó y con ojos turbados le dijo al faraón que se sentaba ante él:

—Aquí me tenéis a vuestra disposición; desde este instante mi vida os pertenece por completo y estoy a vuestra merced.

El faraón descendió del trono y tomó a Sinhué de la mano. Le condujo ante la reina y le dijo jocosamente:

—¡Mira, ha llegado Sinhué, que viene vestido como un bárbaro asiático del desierto!

Todos los hijos e hijas del faraón entraron entonces para saludar a Sinhué. El faraón dictó entonces el siguiente decreto:

—Desde este mismo momento, nombro a Sinhué miembro del selecto séquito real y señor de mi corte.

Le otorgo tierras y riquezas acordes con alguien de su rango; las mismas que abandonó en su remota huida de Egipto, a las que añado otras muchas para darle la bienvenida y mostrarle nuestra alegría por tenerle de nuevo entre nosotros.

Sinhué pasó entonces a ocupar una importante posición en Egipto.

Se convirtió en amigo íntimo del mismo faraón del que había desertado en un irreflexivo momento de pánico.

Dedicó exquisito cuidado a la construcción y decoración de su tumba, y pidió que representaran en ella toda la historia de sus aventuras.

También hicieron una copia en papiro de ellas; esta copia fue depositada en los archivos.

Cuando murió fue enterrado con todos los honores.

Su tumba nunca ha sido hallada. Pero el relato de sus aventuras ha llegado hasta nosotros, porque se convirtió en una narración muy popular en el Antiguo Egipto y fue escrita en numerosos papiros; aún continuaba leyéndose cientos de años después de la muerte de Sinhué.