Cuentos del antiguo Egipto Las aventuras de Sinhué
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Las aventuras de Sinhué

Las aventuras de Sinhué

Después de largos años de guerras civiles, el faraón Amenemhet dedicó incontables esfuerzos para asegurar la unidad y prosperidad de Egipto.

Pero el monarca seguía corriendo incontables peligros, ya que siempre había algún noble u otro que quería asesinarlo mediante oscuras tramas y hacerse con el poder.

Como temía que estas tramas pusieran en peligro su autoridad, y además sabía que, si alguno de los nobles intentaba usurpar el trono, las guerras civiles volverían a asolar Egipto, Amenemhet elevó a su hijo Sen-Usert (a quien los historiadores griegos llaman Sesostris) al rango de virrey y corregente.

Así, cuando el faraón se ausentaba de palacio, su hijo ocupaba inmediatamente el trono.

Desde esta posición, el príncipe podía sofocar cualquier intento de rebelión o protesta.

Los temores de Amenemhet no eran infundados. Esto se demostró diez años más tarde, cuando el faraón fue asesinado en su propio palacio como resultado de una conspiración.

Cuando acaeció la desgracia, Sen-Usert se hallaba en el extranjero, en Libia, a la cabeza de un ejército que iba a atacar Temehu.

El enemigo fue abatido; ya se disponía el príncipe a regresar a Egipto con un importante botín y muchos prisioneros, cuando llegaron de noche unos emisarios, que traían evidentemente graves noticias.

Sen-Usert siempre llevaba consigo un séquito de guardias reales, entre los que se contaba un joven soldado llamado Sinhué.

Este Sinhué no era inocente del todo respecto a la trama que había acabado con el faraón.

Al ver a los emisarios se dio cuenta de que estos le iban a contar al príncipe que el faraón acababa de ser asesinado en Tebas.

Sin que nadie se diera cuenta, fue sigilosamente a la parte trasera de la tienda real y se quedó allí de pie, como si estuviera de guardia.

Practicó con la daga una abertura en la tienda, a la altura de uno de los postes, para oír lo que se decía en su interior.

Sinhué oyó cómo los emisarios informaban a Sen-Usert de la muerte de su padre, y de que ahora el príncipe era faraón.

—Debéis partir hacia Tebas de inmediato —le decían—.

Pero no le digáis a vuestros ejércitos lo que ha sucedido.

Iniciad ahora mismo el viaje, con el séquito real por única compañía.

Hemos enviado otros mensajeros por todo Egipto para que ordenen a los gobernadores fieles que no propaguen la noticia de la muerte del faraón Amenemhet.

No debe saberse hasta que el nuevo faraón Sen-Usert, a quien deseamos larga vida y fortaleza, sea coronado en Tebas.

Estas noticias llenaron de ansia a Sinhué.

Si iba a Tebas con Sen-Usert y el séquito real, podrían descubrir el papel que había desempeñado en la trama para acabar con la vida de Amenemhet; pero si pedía que le permitiesen quedarse en Libia, podría levantar sospechas, y Sen-Usert no tardaría en darse cuenta de que había estado espiando para enterarse del secreto mensaje de los emisarios.

También era posible que no sucediera ninguna de las dos cosas.

Pero el pánico de Sinhué era tal que decidió escabullirse del campamento y esperar hasta ver qué camino tomaba la comitiva.

Entonces se escapó y se fue hacia el sur, siguiendo la margen del desierto, intentando evitar las ciudades e incluso los pueblos.

El riesgo de ser visto se hizo mayor cuando llegó a la zona donde el río Nilo se deshace en mil ramas y comienza el Delta.

Una vez estuvo a punto de cruzarse con un hombre que huyó despavorido al verle, porque pensó que se trataba de un bandido; al anochecer llegó a una región de islas y altos juncos, más o menos en los alrededores de la actual ciudad de El Cairo.

Allí encontró una vieja embarcación sin remos ni timón; como soplaba un viento del oeste, decidió aventurarse en ella y se dejó impulsar por la corriente en dirección a Heliópolis. Se bajó en la orilla oriental del Nilo, más o menos a un kilómetro de dicha ciudad.

Desde allí continuó la marcha y cruzó el istmo de Suez, cerca de los lagos salados, aprovechando la oscuridad de la noche para cruzar la frontera.

Se internó en el desierto del Sinaí, donde a punto estuvo de morir de sed: ya había abandonado toda esperanza y se disponía a dejarse morir, cuando oyó un rebaño a lo lejos.

Sinhué estaba tan débil que solo fue capaz de arrastrarse de pies y manos hasta el origen del ruido: un campamento de nómadas de origen asiático.

El sheik de la tribu vio que era egipcio y, por sus ropajes, se dio cuenta de que era persona de cierta importancia.

Le dispensó un trato exquisito y cuidadoso, hizo que le fueran dando pequeñas cantidades de leche y agua hasta que ya pudo ingerir alimentos sólidos.

Sin más incidentes, Sinhué llegó a la antigua ciudad de Biblos, en Siria, donde los egipcios siempre habían sido bien recibidos desde que se construyera el templo que conmemoraba el lugar donde Isis había hallado el cuerpo de Osiris metido en la columna del palacio del rey Melkarte.

Allí habitó por un tiempo y luego siguió viajando hacia el este, hasta el gran valle al otro lado de la cordillera del Líbano. Este territorio era gobernado por el rey Ammienshi y se llamaba entonces Retenu. Ammienshi le dio la bienvenida y le dijo:

—Quédate a vivir con nosotros en estas tierras. No tengo ningún ayudante egipcio, y aquí por lo menos podemos entender tu lengua. Pareces haber sido un hombre de cierto rango en Egipto: dime, pues, qué te hizo abandonar tu tierra. ¿Qué noticias traes de la corte del faraón?

—El faraón Amenemhet ha emprendido ya el viaje más allá del horizonte —respondió Sinhué—; ha sido reclamado por los dioses.

Yo escapé porque temía una guerra civil en Egipto y represalias contra los que habíamos ocupado posiciones cercanas al faraón.

Mi única culpa es haber sido fiel al faraón y gozar de una intachable reputación, por eso tuve que exiliarme de mi país.

Ha sido la mano de un dios la que me ha guiado y traído hasta aquí, indudablemente.

—Nos han llegado noticias de Egipto que desconoces —dijo Ammienshi—.

Es ahora faraón Sen-Usert, el hijo de Amenemhet; este príncipe le ha sucedido en el trono de los dos reinos, ciñe la doble corona del Alto y Bajo Egipto y ostenta el látigo y el cayado.

Desde su ascensión al trono no ha habido revuelta alguna.

¿Piensas acaso que pudiera desencadenarse una guerra?

Sinhué se dio cuenta de que lo Ammienshi quería saber en realidad era si se hallaban en un momento propicio para rebelarse contra la tutela egipcia y hacer de Retenu un país independiente, al margen del imperio egipcio.

—Si es cierto lo que decís, Sen-Usert es ahora faraón, y no se han desencadenado revueltas —dijo Sinhué—, entonces no hay riesgo alguno de guerra civil o levantamiento: Sen-Usert es un dios redivivo y un general sin par.

Como general de los ejércitos de Libia, en Temehu, consiguió someter a los enemigos y hacerse con la victoria.

Como faraón, se interesará por ampliar las fronteras del imperio egipcio y mandará sus ejércitos a Nubia por el sur y a Asia por el este.

Así que os aconsejo a ti y a tus emisarios que beséis el suelo que pisa y que le deis muestras de lealtad, pues seguro que se comporta espléndidamente con los países que permanezcan fieles.

—¡Cuán grande debe de ser el júbilo en Egipto con un faraón tan poderoso y magnífico! —respondió el rey Ammienshi—. Seguiré tus instrucciones al pie de la letra. Pero no te vayas de mi lado: quédate conmigo y sé general de mis ejércitos; yo te haré grande.

Sinhué se quedó en la tierra de Retenu y ascendió a lo más alto.

Se casó con la hija mayor del rey y se fue a vivir a un palacio con una finca donde crecían cultivos y flores: tenía campos de higueras; viñedos de uvas tan abundantes que antes faltaba el agua que el vino; fértiles campos de cebada y trigo; pastos donde engordaba el ganado.

A Sinhué nunca le faltaban la carne asada, la ternera o el pollo de sus propias tierras; también iba de caza a la ladera del monte Líbano con sus perros, en pos de bestias salvajes.

Pero los méritos de Sinhué bien merecían estas recompensas.

Como comandante de los ejércitos de Ammienshi, guerreó contra las tribus y gentes vecinas que querían invadir Retenu por el este y el oeste.

Todas y cada una de sus batallas se vieron coronadas por el éxito: los enemigos caían abatidos por su brazo poderoso y su certera flecha.

A su vuelta, traía muchos esclavos y enormes rebaños que ofrecía al rey.

El rey Ammienshi acabó por cobrarle un mismo afecto paternal, y decidió hacerle heredero del trono en virtud del matrimonio con su hija, la princesa real. Según parece, o bien el rey de Retenu no tenía hijos, o bien las mujeres tenían preferencia en la línea sucesoria al trono.

No a todos los habitantes de Retenu les agradó la idea de acabar siendo gobernados por un extranjero y se extendió el murmullo de la revuelta.

El cabecilla de este movimiento era cierto fanfarrón, el hombre más corpulento del reino y su soldado más renombrado: nadie le había superado hasta entonces en la batalla.

Cuando las noticias llegaron a oídos del rey Ammienshi, su corazón se llenó de pesar y mandó llamar a Sinhué.

—¿Conoces bien a este hombre? —le preguntó—. ¿O acaso me guardas algún secreto que obra en su poder?

—Mi señor, nunca he visto a ese fanfarrón —respondió Sinhué—.

Jamás he hollado su morada. Me ataca por celos.

Si dais el visto bueno, estoy dispuesto a medirme con él en el campo de batalla.

O puede que no sea más que un bravucón que anda tras mi rango y propiedades, como un toro salvaje que ansía cornear al toro manso para apropiarse de sus vacas.

A lo mejor es como un toro incapaz de soportar rivales más fuertes o valientes que él.