Cuentos del antiguo Egipto La historia del marinero que naufragó
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La historia del marinero que naufragó

La historia del marinero que naufragó

La corte real, estuviera en Tebas o en Menfis, estaba siempre en esta época infestada de capitanes de navíos y jefes de expedición. Todos iban allí para narrar sus aventuras; todos anhelaban que el faraón, tras escuchar sus logros pasados, les encomendase alguna misión oficial por tierras lejanas.

Un día el gran visir se encontró con uno de estos aventureros en el patio del palacio de Tebas. El desconocido le dijo:

—Señor, prestadme oídos un instante, os lo ruego.

Traigo ricos presentes para el faraón; también tengo obsequios para importantes consejeros como vos mismo.

Si me escucháis, os referiré aventuras tales como jamás se han oído.

El propio faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza, os recompensará por llevarme ante su presencia: quedará maravillado de mis aventuras y hazañas sin igual.

Pues sabed que yo he viajado hasta una isla mágica, en los mares lejanos del sur, más allá incluso de Nubia, más allá incluso de Etiopía.

Os ruego que le anunciéis mi presencia para que pueda narrarle mi historia.

Como el gran visir estaba acostumbrado a que le hicieran esta petición muchas veces al día, miró con algo de desconfianza al aventurero y le dijo:

—No estoy muy seguro de que lo que decís no sea pura superchería.

¿Cómo sé que no sois más que un charlatán?

Por aquí vienen muchos que se piensan que contándole al faraón una historia estrafalaria les van a encargar una expedición.

Pero en cuanto abren la boca, se descubre su engaño.

Si vuestra historia no es más que vana invención, estad seguro de que no dudaré en echaros del palacio.

Empero, si lo que contáis está revestido de interés, os presentaré al faraón.

Hablad y asumid pues las consecuencias, o si no callad y dejemos las cosas como están.

—Mi historia es tan extraordinaria —respondió el aventurero— que no temo en absoluto despertar vuestra ira.

Al contrario: una vez que os la haya contado, me rogaréis que acuda ante el faraón para referírsela; sí, el buen faraón Amenemhet en persona, que domina el mundo, querrá escucharla de mis labios. Oídme, pues:

»Iba yo de camino a las minas del faraón. Mi navío llevaba una tripulación de ciento cincuenta marineros curtidos en viajes sinnúmero y de corazón impasible que no conocían el temor. Pasamos muchas jornadas remando; fuimos avanzando por el mar Rojo hasta que salimos al océano que hay al otro lado.

»Tanto el capitán como el timonel juraron que dominaban los signos del tiempo y que el viento no soplaría con fuerza, sino que nos impulsaría suavemente.

Pero he aquí que se abatió sobre nosotros una súbita tempestad y nos arrastró a la costa.

Cuando estábamos ya cerca, las olas, que alcanzaban hasta ocho codos de altura, embistieron contra el barco y lo estrellaron contra las rocas.

Yo me agarré a una tabla y me tiré al agua justo en el momento en que el barco se iba a pique.

En un abrir y cerrar de ojos, la embarcación quedó completamente destrozada y toda la tripulación muerta.

»En esto llegó una enorme ola que nos elevó a la tabla y a mí por encima de las afiladas rocas y me depositó en tierra firme, sobre la arena. Desde allí conseguí llegar arrastrándome al cobijo de unos árboles; así me alejaba de la tiranía del cruel océano.

»Al romper el alba se disipó la tormenta y me bañó un cálido sol.

Me incorporé para ver dónde me hallaba, mientras daba gracias a los dioses por haberme salvado de la muerte, que se había llevado a todos los demás.

Estaba en una isla desierta, sin ningún otro ser humano que me hiciese compañía.

Pero era una isla inaudita y extraordinaria.

Me envolvía una vegetación de anchas hojas, que formaban un techo que me resguardaba del abrasador sol de mediodía.

Entonces tuve hambre y me puse a buscar alimento; al alcance de mi mano encontré todo lo que pude desear: higos y uvas, cereal de toda clase, bayas, especias, diversos tipos de melones, aves y peces a mi entera disposición.

»Primeramente sacié mi apetito con la fruta que tenía a mi alcance. Al tercer día cavé un hoyo y en él preparé una hoguera; primero hice en ella una ofrenda a los dioses y después asé para mí carne y pescado.

»Después de una copiosa comida me quedé sentado plácidamente.

Pero de pronto oí un estrépito terrible, como un trueno.

Me apreté contra el suelo presa de un gran pánico, ya que pensaba que había llegado un maremoto que iba a tragarse la isla: los árboles temblaban como si cielos y tierra estuvieran a punto de estallar.

»Pero no sentí que llegase ninguna ola, así que poco a poco fui levantando la cabeza y miré a mi alrededor.

Jamás olvidaré la visión horrible que entonces contemplé.

Había una serpiente de más de treinta codos de largo y unas barbas de más de dos codos que avanzaba hacia mí.

Tenía el cuerpo cubierto de escamas de oro; las escamas de los ojos adquirían de pronto una tonalidad de azul puro, como el lapislázuli.

»La serpiente se replegó entera delante de mí. Yo aún seguía con la cara aplastada contra la arena. El reptil me acercó una erguida cabeza y dijo:

»—Dime, hombrecillo, ¿qué es lo que te trae por aquí, a mi isla? Si no me lo dices de inmediato, sabrás lo que es consumirse en el fuego hasta que no quede ni un ápice de tu ínfima persona. Habla presto; estoy impaciente por que me des noticias de cosas nuevas e insólitas.

»Entonces, la serpiente me tomó en sus enormes fauces y me llevó a su cueva. Allí me depositó en el suelo sin hacerme daño alguno. Como lo oís; aunque me había llevado entre los dientes, no me había mordido ni hecho un rasguño. Entonces volvió a decir:

»—Dime, hombrecillo, ¿qué es lo que te trae por aquí, a mi isla? ¿Cómo has podido llegar hasta aquí tras esa terrible tempestad que sacudió cielos y tierra?

»Entonces fui capaz de articular palabra. Me arrodillé ante la serpiente y toqué el suelo con la frente, como si me hallase en presencia del mismísimo faraón.

»—Me hice a la mar por orden de Amenemhet, faraón de Egipto, en un imponente navío de ciento cincuenta codos de eslora, para cargar con los tesoros de las minas del sur.

Pero una terrible tempestad se abatió sobre nosotros, estrelló el barco contra las rocas y ahogó a toda la tripulación, menos a mí.

Conseguí asirme a una tabla y una gran ola me elevó sobre las rocas, depositándome luego en esta isla, donde llevo ya tres días.

A vuestra merced me hallo, un pobre náufrago maltratado por las olas.

»Entonces me dijo la serpiente:

»—Pero no temas, hombrecillo, ni pongas esa cara tan compungida.

Si has sobrevivido a todos tus compañeros y has llegado hasta aquí, es porque algún dios lo ha querido y te ha salvado.

Seguro que ha sido el mismo Amón-Ra quien te ha mandado aquí, a esta isla de la abundancia y fuente de maravillas.

Ahora te diré lo que el futuro depara para ti: permanecerás en esta isla hasta que se haya cumplido el cuarto mes de tu llegada.

Entonces llegará un navío, un barco egipcio, que te llevará sano y salvo al hogar; cuando te llegue la hora de expirar, lo harás en tu propia casa y serás felizmente depositado en la tumba que has construido.

Ahora te voy a contar lo que acontece en esta isla —continuó—, pues sé que es un gran placer escuchar una bella fábula cuando se acaba de vencer un miedo.

Así tendrás cosas asombrosas que relatar cuando vuelvas a tu país y te inclines ante el faraón, tu amo y señor.

Has de saber que vivo aquí con mis hermanas e hijos por toda compañía; en total somos setenta y cinco serpientes, contando hijos y familiares.

En todo este tiempo, solo en una ocasión ha llegado a nuestras costas un extraño de otras tierras: fue una hermosa muchacha que apareció de la nada y que fue abatida por un fuego divino que la dejó reducida a cenizas.

En lo que a ti respecta, no parece que te vaya a caer encima rayo alguno, porque esas cosas no suelen sucederle a alguien que ha sobrevivido a tantos peligros como tú.

Me ha sido revelado que, si tienes paciencia hasta tu rescate, volverás a la hora debida y podrás estrechar en tus brazos de nuevo a tu esposa e hijos.

»Entonces me arrodillé ante la serpiente, como muestra de agradecimiento por sus amables palabras de consuelo, y le dije:

»—Todo lo que os he contado es cierto. Si lo que me habéis revelado sucede de ese modo, iré a ver al faraón y le contaré de vuestra existencia, y os describiré con el esplendor que merecéis.

Regresaré a esta isla a traeros ofrendas de perfumes y aceites sagrados; también os traeré el mismísimo incienso que se quema en los templos de los dioses.

Además le contaré al faraón las maravillas de esta isla; os sacrificaré unos asnos y el faraón de Egipto os enviará un barco lleno de riquezas egipcias como regalos para vuestra majestad.

»Pero el rey de las serpientes se rio de mis palabras y me dijo:

»—No me hacen falta vuestros perfumes, ya que en esta isla hay más variedades que en toda la tierra de Punt.

Pero sí que escasea el aceite sagrado del que habéis hablado; empero, nunca podrá llegar hasta aquí, ya que una vez que os vayáis, la isla se desvanecerá y no volveréis a verla.

Pero no me cabe duda de que, en algún tiempo futuro, los dioses volverán a traer hasta nuestras costas algún otro aventurero.

»Así que pasé esos meses felizmente en la isla.

El tiempo transcurrió demasiado rápido. Cuando acabó el plazo anunciado, vi que un mar sin olas me traía un barco; trepé a un alto árbol para ver a la tripulación.

Vi que eran egipcios y fui corriendo a la cueva del rey de las serpientes para decírselo. Pero él ya lo sabía todo:

»—¡Hasta la vista, valiente aventurero! —me dijo—. Que vuelvas sano y salvo a tu hogar y que te protejan los dioses.

»Entonces me incliné ante él y le di las gracias.

El rey de las serpientes me obsequió con valiosos perfumes de aromáticas maderas y casia, de kohl, ciprés e incienso; me dio marfil y otros valiosos tesoros.

Una vez hube colocado todo esto en el barco levamos anclas; la isla pareció dejarse ir a la deriva y se desintegró en la distancia.

Entonces cayó súbitamente la noche; cuando se hizo la luz de luna, la isla había desaparecido por completo, y solo se veían olas.

»Pusimos rumbo al norte; al cabo de dos meses llegamos a Egipto.

He venido sin más dilación desde la costa, a través del desierto, hasta Tebas.

En virtud de mi esfuerzo, os ruego que me conduzcáis ante el faraón, pues ansío referirle todas mis aventuras y depositar a sus pies los obsequios del rey de las serpientes.

También quiero pedirle humildemente que me haga comandante de uno de sus barcos reales.

Así podré hacerme otra vez a la mar y surcar las aguas del océano de Punt.

El aventurero acabó su relato. El gran visir rio con ganas y exclamó:

—¡No sé si lo que me habéis contado es cierto o no, pero seguro que vuestra narración deleitará sobremanera al faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!

Venid, pues, conmigo; tened por seguro que os aguarda una rica recompensa por narrar esta historia, y otra para mí por llevaros ante el faraón.

El aventurero le contó personalmente la historia al faraón Amenemhet, el buen dios. Tan grande fue el deleite del faraón por la historia del náufrago que mandó a su escriba principal, Ameni-amen-a, que la dejara por escrito en un rollo de papiro: de este modo ha llegado hasta nuestros días.