Los dos hermanos #3
—Primero debéis jurar por todos los dioses lo siguiente: «Prometo solemnemente concederos, oh, princesa de Egipto, cualquier cosa que me pidáis» —dijo la princesa.
El faraón hizo el juramento. La princesa exclamó entonces:
—¡Dadme el hígado del toro sagrado, pues deseo comérmelo! De todos modos, ese toro no tenía utilidad alguna, ¿no es así?
Estas palabras llenaron de pesar al faraón.
Pero el juramento le comprometía y no podía volverse atrás.
Así que al día siguiente decretó un gran festín en el templo de Ptah y mandó que sacrificaran al toro.
Uno de los matarifes reales hizo una ofrenda con sus entrañas.
Pero después de que mataran al toro, mientras lo sacaban del templo e iban a preparar el festín, de pronto se le levantó la cabeza al animal y el cuerpo dio una sacudida: dos gotas de su sangre cayeron a ambos lados de la avenida de pilonos.
A la mañana siguiente habían crecido dos árboles persas en el mismo lugar donde habían caído las gotas. Tanto habían crecido que ya daban sombra a los pilonos de la entrada: eran unos árboles maravillosos y fragantes. De inmediato partieron unos mensajeros a palacio y le comunicaron al faraón:
—Señor, ha acontecido una maravilla sin par. De la noche a la mañana han brotado dos árboles a ambos lados de la avenida del templo, frente a los pilonos.
Grande fue el júbilo del faraón y de sus gentes, que festejaron con esplendor tan asombroso acontecimiento.
Los árboles seguían creciendo magníficamente. Su llegada parecía haber traído a Egipto la buena ventura: pronto se descubrió que la princesa esperaba un hijo. Este niño sería faraón de Egipto, ya que solo el hijo de la primera esposa del faraón podía sucederle en el trono.
Cuando se iba aproximando el alumbramiento, el faraón y la princesa acudieron con todos los honores al templo de Ptah.
Él ceñía la doble corona de Egipto y la princesa llevaba guirnaldas de flores.
Tras la ceremonia apropiada, se quedaron sentados un rato a la sombra de los árboles mágicos, más allá de los pilonos.
El faraón se fue quedando dormido. Entonces el árbol que había tras la princesa comenzó a hablarle:
—Pérfida e insidiosa mujer —le dijo—, soy yo, Bata, el marido a quien dos veces has dado muerte: cuando mi bai moraba en la planta del valle de las acacias y cuando entró en el toro sagrado de Ptah.
La princesa quedó presa del pánico. No hacía más que devanarse los sesos para terminar con Bata de una vez por todas.
No tardó mucho en urdir un plan. Se postró a los pies del faraón, abrazándole por las rodillas, y le dijo:
—¡Oh faraón, señor mío, concededme un capricho! ¡Si no me lo concedéis, creo que moriré y no podré daros el hijo que ansiáis para que os suceda en el trono de Egipto cuando vayáis a morar con Osiris!
Esto despertó de inmediato al faraón, que, muy sobresaltado, exclamó:
—Juro ante todos los dioses que te concederé todo aquello que me pidas! ¡Pero, por favor, levántate y deja de gemir antes de que perjudiques al hijo que llevas dentro!
—¡Pues haz talar de inmediato esos dos árboles persas! —gritó ella—. Ordena que hagan tablas con su madera y empléalas para algo. Y asegúrate de que se quemen en una gran hoguera todas las hojas y raíces.
De nuevo, las palabras de la princesa causaron gran pesar al faraón. Pero sabía que no convenía contrariarla, y tampoco podía faltar a su juramento.
Así pues, hizo llamar a los carpinteros reales, que talaron los árboles persas e hicieron tablas con su madera; las raíces y hojas fueron quemadas hasta que no quedó ni rastro.
La princesa de Egipto supervisó personalmente todo el proceso.
Cuando todo finalizó, profirió una siniestra carcajada: la destrucción de los árboles le complacía de una manera perversa.
Pero mientras reía, una astilla de madera de uno de los árboles le entró en la boca, y sin darse cuenta se la tragó.
Esa noche dio luz a un niño, que andando el tiempo se convirtió en un hombre robusto y apuesto. El faraón estaba como loco con su hijo y le hizo príncipe de Kush, que es el título que se le otorgaba al sucesor del trono de Egipto.
Cuando le llegó la hora al faraón de ir a morar en el Tuat, el príncipe accedió en efecto al trono. De inmediato hizo llamar a todos los notables del reino; a su madre, la princesa, y a Anpu. Entonces les contó la historia completa de las tribulaciones de Bata.
—Yo soy Bata redivivo —concluyó—, hijo del buen faraón que está con Osiris y de esta mujer que fue mi esposa en el valle de las acacias.
Todos se arrodillaron de inmediato ante él y exclamaron:
—¡Oh, faraón, nuestro faraón, a quien tres veces deseamos larga vida y fortaleza!
La pérfida princesa de Egipto fue sometida a un riguroso juicio de acuerdo con las leyes egipcias, y fue condenada a una muerte violenta, tal y como habían predicho las siete Hatores. Bata reinó treinta años como faraón, y su hermano Anpu fue su consejero principal.
Cuando también le llegó a Bata la hora de encaminarse al Tuat, como a todos los dioses terrenales, el propio Anpu supervisó el entierro del cadáver. Lo depositó en una tumba inexpugnable del Valle de los Reyes, al oeste de Tebas.