Los dos hermanos #2
El monarca mandó llamar a todos los escribas y hechiceros de Menfis; uno a uno fueron examinando el mechón y finalmente dijo el hechicero principal del reino:
—¡Oh, mi faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!
Este asombroso mechón procede de los cabellos de una hija de Harmajis, dios del sol naciente, que ha sido agraciada con los dones de todos los dioses.
El mechón ha hecho un largo viaje desde lejanas tierras para honraros y traeros buena suerte.
Por tanto, os aconsejamos que enviéis mensajeros en busca de esta mujer y que la traigáis a la corte para hacerla vuestra esposa.
—Vuestras nuevas me embargan de satisfacción y anhelo —dijo el faraón—. He aquí mi decreto: ordeno que salgan de inmediato mensajeros por todos los confines de mi reino y que busquen a esta hija de Harmajis, destinada por los dioses a ser mi esposa.
Los mensajeros emprendieron el viaje sin dilación.
Cada uno llevaba consigo un pequeño grupo de soldados para defenderse; llegaron a los extremos más remotos del país en busca de la princesa de los fragantes cabellos.
Un grupo acabó por llegar al valle de las acacias, y estuvo a punto de llevarse a la mujer de Bata para desposarla con el faraón; pero Bata desenvainó la espada y, preso de la furia, les dio muerte a todos en un instante.
Sin embargo, y pese a las profundas heridas, uno de ellos sobrevivió y consiguió llegar arrastrándose a la corte y contárselo todo al faraón.
Este dispuso de inmediato mandar un ejército contra Bata, pero les ordenó que primero intentaran vencerlo mediante el ingenio y que esperasen junto al río.
Así lo hicieron, y quedaron escondidos en las barcas mientras una mujer se acercaba al valle para hablar con la mujer de Bata.
Esta espía le contó a la esposa de Bata que el poder y la gloria serían suyos si se casaba con el faraón; también le obsequió con ricas joyas y afeites de parte del monarca.
La mujer de Bata no dudó en escaparse en secreto.
Embarcó en la barca real que aguardaba en el Nilo y decidió casarse con el faraón.
Cuando llegó a Menfis, el faraón la juzgó aún más hermosa de lo que pensaba y decidió otorgarle el rango de princesa de Egipto, categoría que solo podía obtener su primera esposa. Pero antes quiso aclarar algo:
—Mis emisarios me han informado de que ya tenéis esposo, que vive en el valle de las acacias. Contadme quién es y qué hace.
—Lo único que necesitáis saber es que tiene un punto flaco que nadie más tiene —le dijo ella—. Mandad de inmediato a alguien al valle de las acacias para que corte la acacia que hay junto a la torre; que la destruyan rama por rama.
El faraón dio la orden. Sus sirvientes emprendieron el rumbo hacia el sur por el Nilo, hasta que llegaron a la entrada del valle de las acacias.
Entraron al valle y cortaron la planta que había junto a la torre y la quemaron hasta que no quedó ni rastro.
Cuando cortaron la flor donde moraba el bai de Bata, este también cayó abatido y murió en ese mismo y aciago instante.
Justo en ese momento, su hermano Anpu estaba entrando en su casa. Después de lavarse las manos, se dispuso a beber una jarra de cerveza. Cuando su sirviente se la entregó, la cerveza se tornó turbia y comenzó a burbujear como un mar tempestuoso. Anpu exclamó entonces:
—¡Algo malo le ha sucedido a mi hermano Bata! Debo ir sin más tardanza al valle de las acacias y ver qué le ha pasado.
Así que se calzó las sandalias, tomó las armas y el báculo y partió de inmediato.
Por fin llegó al valle de las acacias, entró en la torre y se encontró a Bata muerto en el suelo. Entonces lloró apesadumbrado. Pero enseguida reaccionó y puso manos a la obra: salió al valle a buscar el bai de su hermano. Tres años anduvo buscando sin resultado alguno. Cansado, acabó por decir:
—¡Mañana me vuelvo a Egipto!
Llegó el amanecer. Anpu decidió dedicarle un último día a la búsqueda del alma de su hermano.
Toda la jornada estuvo buscando en vano; cuando el sol comenzó a ocultarse, regresó a la torre.
Pero había otra acacia que, entretanto, había crecido en el lugar de la anterior.
Cuando Anpu pasó bajo sus ramas, cayó una semilla a sus pies.
La tomó y la puso en una copa de agua fresca.
Después tomó asiento, como era su costumbre.
Resulta que en esa semilla estaba el bai de Bata.
La semilla absorbió toda el agua y el cuerpo de Bata empezó a estremecerse.
De pronto se incorporó el decrépito cadáver a la luz de la luna y extendió una mano arrugada.
Anpu le tendió la copa; el cadáver se la llevó a los labios y la apuró hasta la última gota.
Así volvió a introducirse en su cuerpo el alma de Bata; de pronto dejó de ser un cadáver pestilente y estaba otra vez vivito y coleando.
Bata se levantó y los dos hermanos se fundieron en un abrazo; tanta era su alegría por estar otra vez juntos que la noche se les pasó en un santiamén.
Pero llegó la primera luz del alba; Harmajis, el dios de la mañana, ya se disponía a salir con el carro de Ra por el firmamento del desierto oriental. Bata le dijo entonces a Anpu:
—Los dioses han decretado nuestra separación.
No me han permitido estar mucho tiempo en un cuerpo humano; mi espíritu debe entrar en un toro sagrado de Ptah, señor de Menfis.
Cuando salga el sol dejaré de ser Bata y me transformaré en un toro sagrado, con marcas que señalan mi carácter divino: ni un solo pelo negro excepto en la frente, cuello y espalda, donde tendré las manchas mágicas.
Entonces te montas sobre mis espaldas y te llevaré a la corte del faraón, donde te será otorgada una recompensa de plata y oro por aparecer con un toro tan asombroso.
Este toro atraerá a curiosos de todas partes del reino, pues tendrá todos los signos de que un dios habita en su interior.
Anpu abrazó a su hermano por última vez y Bata salió a la oscuridad. Cuando se hizo la luz y el sol inundaba el mundo con su claridad, apareció delante de la torre un magnífico toro blanco con unos cuernos enormes y poderosos.
Anpu lo montó y emprendieron la marcha por la orilla del río durante muchos días, hasta que al fin llegaron a Menfis.
Grande fue el júbilo del faraón al ver un toro tan magnífico. Otorgó una rica recompensa a Anpu y le dijo:
—¡De veras que este es un acontecimiento inaudito!
Todo Egipto conoció un júbilo sin igual por la llegada del gran toro de Ptah y le construyeron un fastuoso establo con muchos sirvientes, cerca del palacio real.
Anpu, cargado de riquezas, volvió a su hogar y vivió allí con todos los honores. Poco después se celebraba la festividad de Ptah; llevaron el gran toro al templo y lo hicieron colocarse en un lugar especial. Entonces se le aproximó la princesa de Egipto para hacerle su ofrenda y le dijo el toro:
—¡Aunque creías que estaba muerto, no has conseguido acabar conmigo y aquí estoy!
—Pero ¿quién eres? —dijo ella, atónita.
—Soy Bata, tu esposo —le respondió el toro—, cuya muerte provocaste al mandar al faraón que arrancase y quemase la planta donde moraba mi alma. Pero mi hermano Anpu halló mi bai encerrado en una semilla y de ahí pasó a este toro: soy yo, Bata, el toro sagrado de Ptah.
La princesa huyó aterrada del templo; su corazón ya tramaba un perverso plan para acabar con Bata, el toro sagrado. Pero buscaba un método más eficaz que el anterior, cuando Bata era hombre.
Finalmente acabó por llamar al faraón a sus aposentos. Este llegó apenas despuntaba el alba, y ella se ocupó de procurarle placeres y gozos todo el día para apaciguarlo. Por la noche celebraron un gran festín; tal era la alegría del faraón que acabó exclamando:
—¡Princesa mía, merecéis todo aquello que pidáis! ¡Os daría hasta la mitad de mi reino! ¡Pedidme lo que sea, que os será concedido!