Cuentos del antiguo Egipto Los dos hermanos
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Los dos hermanos

Los dos hermanos

Érase una vez unos hermanos llamados Anpu y Bata, que vivían a orillas del Nilo.

Anpu era el mayor y estaba casado con una hermosa mujer; tenía una casa con jardín y fértiles tierras junto al río.

Bata, el menor, vivía con ellos, casi más en calidad de hijo que de hermano.

Trabajaba feliz y con ahínco para su hermano Anpu: le confeccionaba la vestimenta y se ocupaba de sacar las vacas a pastar; cuando llegaba la inundación y las tierras se cubrían de fértil limo, Bata araba la tierra y echaba las semillas.

Cuando los días primaverales comenzaban a hacerse calurosos presagiando el verano, Bata recolectaba el grano dorado.

Poco a poco, acabó convirtiéndose en un excelente granjero, sin par en todo el reino.

Harmajis, dios del sol naciente, sentía una especial predilección por el muchacho.

Día tras día, Bata salía con las vacas y no volvía hasta la tarde, cargado con hierbas de los campos, leche, lana y demás productos de la granja.

Siempre colocaba todo lo que traía a los pies de su hermano, que estaba sentado con su mujer.

Entonces, Bata cenaba y después se iba a dormir junto a las vacas, para protegerlas en caso de peligro.

A la mañana siguiente sacaba el pan del horno y se lo llevaba a su hermano; Bata cogía un pedazo para comérselo durante el día mientras pastoreaba el rebaño.

Un día iba andando con las vacas y estas se pusieron a hablarle.

—¡Mira, la hierba que hay ahí es la más tierna! —le dijeron.

Desde entonces, Harmajis le concedió el don de entender la lengua de las vacas. Así podía llevarlas a pastar a donde ellas preferían: los rebaños crecían muy robustos y hermosos. Ese año nacieron muchos ternerillos, todos ellos extraordinarios.

La convivencia entre Bata y Anpu transcurrió felizmente un tiempo. La protección que Harmajis dispensaba a Bata hacía que todo cuanto acometía el muchacho fuese tocado por el signo de la prosperidad: la destreza de Bata era inaudita.

Pero la perfidia acabó por hacer de las suyas.

La mujer de Anpu empezó a sentir celos de Bata.

Le daba muchísima envidia que su buena fortuna dependiese del mozo, así que empezó a sembrar cizaña entre los hermanos y a contar mentiras con palabras malévolas e insinuantes.

Una tarde de primavera todo llegó a la inevitable conclusión.

Bata volvía a casa con el rebaño y el acostumbrado haz de hierba sobre la cabeza.

De pronto, la vaca que iba delante se dio la vuelta y le dijo, antes de entrar en el establo:

—Ten cuidado, que tu hermano está tras la puerta agazapado con un puñal desenfundado y quiere matarte. ¡Rápido, escapa!

Al principio, Bata no se lo creía. Pero la vaca que iba detrás de la primera se puso a decirle lo mismo.

Entonces miró al suelo y vio que los pies de su hermano sobresalían bajo la puerta del establo.

Tiró apresuradamente el haz al suelo y salió corriendo, pero Anpu se puso a perseguirle blandiendo el puñal.

Bata imploró la protección de Harmajis, dios del sol naciente:

—¡Dios benevolente que protegéis a los justos de los malvados, ayudadme, os lo ruego! —gritó.

Harmajis atendió su súplica e hizo que se abriese de repente una corriente de agua entre los dos hermanos. La corriente no se podía cruzar, pues estaba infestada de cocodrilos. Así que tuvieron que quedarse esperando, cada uno a una orilla, hasta que se levantó el sol.

Llegó el amanecer y Harmajis inundó el mundo con la luz rojiza de la mañana. Bata le gritó entonces a su hermano:

—Pero ¿por qué te has puesto a perseguirme para matarme, sin haber oído siquiera lo que tenía que decirte? ¿Acaso no soy tu propio hermano? ¿Acaso no me habéis tratado tú y tu esposa como a un hijo?

Entonces le contó a Anpu lo que su pérfida mujer había tramado contra él y juró ante Harmajis que no estaba inventando nada: incluso se cortó en un dedo para que el juramento tuviera más validez.

Embargó a Anpu un profundo pesar; enseguida quiso correr junto a su hermano para consolarlo y pedirle perdón. Pero no podía, ya que la corriente de agua infestada de cocodrilos, que Harmajis había abierto, se interponía entre ellos.

Pronunció entonces Bata las siguientes palabras:

—Dado que has preferido dar crédito a la maledicencia sin consultarme, y que has intentado acabar con mi vida sin dejarme hablar siquiera, voy a abandonar tus rebaños y me voy a marchar de aquí.

Me voy al secreto valle de las acacias; allí invocaré a mi bai , mi espíritu secreto, y lo mandaré posarse sobre las flores.

Si alguien corta la planta donde crecen estas flores, mi bai caerá a la tierra: entonces debes acudir, buscarlo y depositarlo en una copa de agua pura y fresca, para que así pueda regresar a mi cuerpo y recobre yo la vida.

Un signo te anunciará que han cortado la acacia y debes venir a ayudarme: te servirán una jarra de cerveza que comenzará a burbujear extrañamente.

Cuando veas esto, sal inmediatamente en mi busca.

Bata recorrió todo el desierto y llegó al valle de las acacias. Entretanto, Anpu volvió a su hogar y dio muerte a su insidiosa esposa; luego le echó su cuerpo a los perros. Tras esto se sentó y lloró amargamente la pérdida de su hermano menor.

Transcurrió mucho tiempo y Bata seguía viviendo en el valle de las acacias.

Allí estaba completamente solo y se dedicaba a cazar las bestias salvajes del desierto.

Todas las tardes regresaba y se tendía a dormir junto a la acacia, cuya rama superior contenía su bai .

Andando el tiempo construyó una alta torre y la dispuso con todo lo necesario para vivir en ella.

Resulta que los mismísimos dioses iban a pasear de vez en cuando por el valle de las acacias; con tal suerte que, un día, los nueve dioses más importantes, los que eran adorados en Menfis, llegaron junto a la torre donde vivía Bata.

En cuanto los vio, Bata se puso de rodillas para mostrarles su adoración. Los dioses parlamentaron entre ellos y discutieron la situación del joven. Por fin dijo Harmajis:

—¡Te saludamos, Bata! ¿Vives aquí tú solo?

—Como el joven le dijo que sí con la cabeza, Harmajis continuó—: Sabemos que te fuiste de tu hogar a causa de la insidiosa esposa de tu hermano Anpu; la mujer no vive ya.

Sabemos también que tu comportamiento ha sido ejemplar, y que has demostrado con creces tu inocencia.

Harmajis se volvió entonces hacia Jnum, el alfarero de los dioses, y dijo:

—¿No crees que Bata, el justo, no debería vivir solo?

¡Hazle una mujer para que sea su esposa!

—Al oír esto, Jnum tomó un pedazo de arcilla, lo modeló y creó a la mujer más bella de todo Egipto: era de una hermosura sin par.

Ra le exhaló entonces el aliento de vida y el resto de los dioses la colmaron de dones.

Luego se volvieron a sus lugares de residencia, y llegaron las siete Hatores para tejer el tapiz del destino de la esposa de Bata. Una de las Hatores exclamó de pronto:

—Esta mujer morirá de muerte violenta.

Después de que las Hatores se marcharan, Bata se incorporó, tomó de la mano a su adorable esposa y la llevó a su torre. Allí le regaló valiosísimas joyas y ropajes de tul dorado; ella se sentía afortunada a su lado y él la amaba con locura.

Poco tiempo después, Bata retomó sus actividades diurnas como cazador. Antes de partir, le contó a su mujer que su bai estaba en la flor más elevada de la acacia que había junto a la torre. También le dijo lo que le pasaría si alguien cortaba alguna vez esa flor.

—Me ha sido revelado que una amenaza nos acecha por el río —concluyó Bata—. Así que te ordeno que no salgas de la torre y que, si sales, no vayas más allá de la acacia. Sobre todo, jamás salgas del valle, ya que las aguas intentarían arrastrarte.

Bata se lo repitió muchas veces. Cuanto más se lo repetía, más ganas tenía la mujer de salir del valle e ir a ver esa cosa tan rara llamada río.

Llegó un momento en que fue incapaz de seguir dominando la curiosidad; una mañana que Bata se había internado en el desierto a cazar, su mujer salió furtivamente del valle y bajó hasta la orilla del río.

Allí se puso a caminar por la hierba fresca.

Le maravillaron sobremanera las anchas y azules aguas que danzaban centelleantes bajo el sol y que rompían en pequeñas olas en la ribera.

Pero entonces la vio Hapy, un dios del Nilo, y enseguida sintió por ella un inflamado deseo.

Profiriendo un rugido, salió chorreante de las aguas para atraparla.

Ella dio un grito de terror e intentó escaparse y volver al valle de las acacias, pero mientras se daba la vuelta, Hapy la atrapó.

Antes de que pudiera desasirse, el dios le cortó un mechón de pelo; entonces pudo escapar.

La mujer de Bata volvió corriendo a la torre y jamás volvió a posar el pie fuera del valle ni a bajar a la orilla del Nilo; tampoco le contó a su marido que había faltado a su promesa y que como castigo había perdido un mechón.

El Nilo fue arrastrando el mechón corriente abajo hasta el lago sagrado de Menfis, donde quedó flotando en las aguas. Resulta que a ese lago iban los lavanderos de palacio a lavar las ropas del faraón; el dulce perfume que despedía el cabello quedó prendido en todos los ropajes del monarca.

Dicho perfume causó en todos gran asombro. Su aroma era más dulce y embriagador que cuantos se habían conocido hasta entonces; los lavanderos se peleaban entre sí, porque todos querían atribuirse el mérito de haber impregnado las prendas del faraón de un perfume tan exquisito y placentero.

El capataz de los lavanderos se irritó mucho a causa de estas disputas, así que acudió en persona al lago sagrado para zanjar el misterio de una vez por todas.

Llegó al lugar exacto donde se hallaba flotando el mechón de cabello: después de verlo e inhalar su perfume, decidió, muy ufano, llevarlo personalmente al faraón.