El reino de los muertos
El reino de los muertos
Solo ha llegado hasta nosotros una narración de lo que hay en el Tuat, el reino de los muertos. La visita la realizaron Se-Osiris, el insólito niño hechicero que había sido capaz de leer una carta sellada, y su padre Setna, hijo del faraón Ramsés II, el magnífico.
Estaban los dos un día mirando por la ventana del palacio de Tebas, porque por allí pasaban dos comitivas funerarias rumbo al oeste, donde se encuentra el reino de los muertos.
La primera comitiva era la de un hombre que había sido rico: su momia iba protegida por un sarcófago de madera con incrustaciones de oro; acompañaban a su ataúd una muchedumbre de sirvientes y un sinfín de plañideras, que iban al entierro con ofrendas para la tumba; al frente y en la retaguardia marchaban numerosos sacerdotes, que entonaban himnos a los dioses y recitaban las plegarias sagradas que ayudan al difunto en su viaje por el Tuat.
La segunda comitiva era la de un pobre campesino. Su ataúd era de sencilla madera. Solo lo llevaban sus dos hijos; las únicas plañideras del grupo eran su viuda y sus dos nueras.
—Vaya —dijo Setna, mientras miraba la marcha de las dos comitivas hasta el Nilo, donde unas barcas aguardaban para trasladar a los dos grupos a la otra orilla—. Espero que mi destino sea parecido al del rico notable y no al del pobre campesino.
—Os equivocáis —dijo Se-Osiris—: al revés sería mucho mejor. ¡Yo rezo porque vuestro destino sea similar al del pobre campesino, y no al del rico!
Setna se ofendió sobremanera por las palabras de su hijo, así que el mozalbete trató de explicarse mejor:
—Mirad, padre, estas procesiones fúnebres que habéis visto no tienen ninguna importancia.
Lo verdaderamente decisivo es lo que sucede cuando los difuntos se hallan frente a Osiris en el Salón de los Juicios.
Y os lo voy a demostrar si confiáis en mí.
Conozco las palabras que abren todas las puertas y puedo hacer que vuestro bai y el mío, nuestros espíritus, salgan de sus cuerpos y vuelen al Tuat, el reino de los muertos, y allí contemplen todo lo que acontece.
Entonces comprenderéis cuán diferentes son los destinos que aguardan al rico, que solo hizo el mal en vida, y al pobre, que siempre se comportó con rectitud.
Setna había acabado por dar crédito a todo lo que el asombroso chiquillo le decía. Así que accedió a acompañar a su hijo al Tuat, aunque conocía los peligros que podía acarrear tal expedición: era posible que, después de entrar al Tuat, no pudiesen volver a salir jamás.
El príncipe y el jovencito se dirigieron al santuario del templo de Osiris. Como eran miembros de la familia real no encontraron ningún impedimento para acceder a él.
Una vez que Setna hubo atrancado la puerta, Se-Osiris trazó un círculo alrededor de los dos, otro alrededor de la estatua de Osiris y otro alrededor del altar donde se consumían unos troncos de madera de cedro.
Luego, con tres movimientos de muñeca, esparció ciertos polvos mágicos en la llama que ardía en el altar.
Entonces empezó a emerger de las llamas una bola de fuego que quedó suspendida en el aire.
El niño pronunció un conjuro que acababa con una poderosísima fórmula mágica.
El conjuro hizo temblar todo el templo; la llama del altar adquirió proporciones enormes y luego se fue apagando.
Sin embargo, no se quedaron a oscuras. Setna, extrañado, se dio la vuelta para ver de dónde venía la luz. Al hacerlo sintió deseos de gritar de espanto, pero el silencio del templo le sellaba los labios y le impedía reaccionar.
La causa de su espanto era la siguiente: a ambos lados del altar veía su propio cuerpo y el de su hijo Se-Osiris.
Pero se dio cuenta de que no eran exactamente sus cuerpos, sino que esas figuras en tinieblas eran las formas de sus kas o dobles; y sobre cada ka ardía una lengua de fuego que era el jaibit o espíritu; gracias a la luz del jaibit se iluminaban en la penumbra el ka y también la tenue silueta de sus propios cuerpos, de donde habían salido ambas emanaciones.
La voz de Se-Osiris, casi inaudible como la caída de una pluma, pareció irrumpir en el templo y llenarlo de sonido:
—Seguidme, padre mío —decía el muchacho—, pues el tiempo apremia y tenemos que regresar antes del alba. Si no, nunca más volveremos a ver la barca de Ra alzándose sobre Egipto en forma de sol.
Setna se giró y vio a su lado el bai de Se-Osiris: una grandiosa ave de plumas doradas con la cabeza de su hijo.
—Te sigo —dijo el padre, haciendo un esfuerzo por recuperar la voz. Mientras su susurro se extendía por el templo, su bai desplegó también las alas doradas y siguió al bai de Se-Osiris.
El techo del templo pareció abrirse a su paso; enseguida estaban volando raudos al oeste, más velozmente que la flecha de un arco etíope.
La oscuridad se adueñaba ya de Egipto. Solo un chorro de luz rojiza, como sangre, se vertía entre el desfiladero de las montañas del desierto occidental, que se conoce como desfiladero de Abidos.
Pasaron por él y recorrieron veloces la primera región de la noche; vieron desde lo alto el Meseket, la barca que conduce Ra por el Tuat al inicio de su travesía nocturna.
La barca era de una magnificencia sin par y relumbrantes atavíos; ora brillaba como la amatista y la esmeralda, ora como jaspe, turquesa y esmeralda, o con el penetrante fulgor del oro.
La tripulación estaba compuesta por dioses que utilizaban sirgas de oro.
Las puertas del Tuat se abrieron de par en par y penetraron en la primera región tras franquear la entrada que guardan a cada lado seis serpientes erguidas.
En la gran barca de Ra iban los kas de todos aquellos que habían muerto ese día y que se dirigían al Salón de los Juicios de Osiris.
La barca fue avanzando por las regiones de la noche y surcando las impenetrables tinieblas.
Llegaron a las puertas de la segunda región.
Allí los muros de ambos lados eran muy altos, y tenían puntas de lanza en la parte superior para que nadie pudiese escalarlos.
Había unas colosales puertas de madera giratorias; de nuevo guardaban la puerta unas serpientes que escupían fuego y veneno.
Pero los tripulantes de la barca de Ra dijeron las palabras mágicas que dan acceso a la segunda región y se les abrieron las puertas.
La segunda región era el reino de Ra. Los dioses y héroes de antaño, los que moraban la tierra cuando Ra fue faraón, vivían allí en paz y armonía protegidos por unos dioses vegetales, que hacen que brote el trigo o la cebada y que los frutos terrenales maduren.
Pero a ninguno de los muertos de la barca de Ra les estaba permitido hacer allí una pausa o bajar a tierra: debían proseguir al Amenti, la tercera región del Tuat, donde se encuentra el Salón de los Juicios de Osiris. Allí los estaban esperando.
La barca se aproximó al siguiente umbral.
Se oyeron las palabras mágicas y las enormes puertas de madera giraron sobre sus goznes con un chirrido horripilante.
Al mismo tiempo se oía un chillido aún más fuerte y espeluznante: lo profería un hombre tendido en la orilla, que tenía uno de los ejes de la puerta clavado en el ojo como castigo por todas las malas obras que había perpetrado en vida.
La barca de Ra comenzó a surcar las aguas de la tercera región.
Llegaron a un patio y desembarcaron los muertos: casi habían llegado al Salón de los Juicios.
La barca continuaba luego su recorrido por las otras nueve regiones de la noche, hasta que a la mañana siguiente Ra renacía al salir por la boca del dragón del este: entonces amanecía en la tierra.
Pero para que saliese el sol, Ra tenía que luchar con la serpiente Apofis y vencerla, pues el único objetivo de esta serpiente es devorar a Ra todas las noches, cuando se encuentra con él en la décima región nocturna.
Los bais de Setna y Se-Osiris no siguieron el transcurso de la barca, sino que se fueron volando en la misma dirección que llevaban los kas de los recién difuntos. Llegaron a la puerta del Salón de Osiris, donde un guardián interpelaba a los difuntos.
—¡Detente! —exclamaba el guardián—. ¡No serás anunciado hasta que no adivines mi nombre!
—Vuestro nombre es «Inquisidor de Corazones» —respondía el ka , que había aprendido antes la respuesta apropiada—. Os conocen también como el buscador de cuerpos.
—¿Y a quién debo anunciarte? —inquiría el guardián.
—Debéis anunciarme a aquel que conoce todos los secretos de las Dos Tierras.
—¿Y quién es ese, para el que las Dos Tierras no esconden ningún secreto?
—Se trata de Tot, el dios de la sabiduría.
Así iban franqueando los kas la puerta. Luego entraban al Salón, donde Tot los recibía con las siguientes palabras:
—Venid conmigo. Pero decidme, ¿por qué estáis aquí?
—Para que anunciéis mi llegada —respondía el ka .
—¿Cuál es vuestro estado?
—Me hallo libre de todo pecado.
—¿A quién debo anunciar vuestra llegada? ¿Queréis que os reciba aquel cuya morada tiene un techo de fuego, paredes de serpientes y suelo de agua?
—Sí —respondía el ka —, anunciadme a él: Osiris.
Tot, dios de la cabeza de ibis, conducía al ka ante Osiris, que estaba en su trono ataviado con vendas fúnebres y ciñendo en la frente el ureo, la insignia de los reyes egipcios; sobre el pecho tenía cruzados el látigo y el cayado.
Ante él había una enorme balanza con dos platillos.
Anubis, el dios de cabeza de chacal y señor de la muerte, se aproximaba al ka y daba comienzo el juicio.
Antes de que pusieran su corazón en la balanza, el ka del muerto presentaba su caso e intentaba defenderse:
—¡Puro soy! —aseguraba—. ¡Puro soy, y tres veces puro!
Mi pureza es semejante al ave Bennu, la refulgente ave Fénix que anida junto al árbol pétreo del obelisco de Heliópolis.
Contempladme: acudo a vos libre de pecado, de culpa y de maldad; nadie puede deciros algo malo de mí y nunca he ofendido a nadie.
He vivido en la verdad y he sido parte de ella.
He actuado en pos del bienestar de los hombres y en acatamiento del designio de los dioses.
He cumplido con la obediencia debida a cada uno de los dioses.
He compartido mi pan con el hambriento, mi agua con el sediento, mi vestimenta con el desharrapado y mi barca con quien no podía cruzar el río.
Nunca he olvidado las ofrendas a los dioses y las plegarias por los muertos.
Salvadme, pues, de Apofis, devoradora de almas; protegedme, señor del Atef, corona divina; ¡oh, Osiris, señor de la vida, clemente dios!
Entonces llegaba el momento que los truhanes temían, pero que los justos aguardaban jubilosos.
Anubis sacaba el corazón del ka , doble del cuerpo terrenal, y lo colocaba en uno de los platillos de la balanza; en el otro platillo estaba la pluma de la verdad.
Como el corazón de un malvado pesa mucho, enseguida desequilibraba la balanza y el platillo se iba hacia abajo.
Tot medía el astil de la balanza, que bajaba tanto que dejaba el corazón ante las fauces de Amemt, el devorador de corazones; la bestia tomaba el corazón del pecador en sus dientes y se lo llevaba.
Entonces arrastraban al malhechor a las profundidades del Tuat, donde reinan las tinieblas, para que pasase toda la eternidad en un abismo de fuego, junto a la terrorífica Apofis.
Pero si la persona había sido pura, la pluma de la verdad pesaba más que el corazón, y el movimiento de la balanza era el contrario. Tot exclamaba entonces frente a Osiris y todos los demás dioses:
—Ciertas y fidedignas han sido las palabras de esta persona. Ni ha pecado ni ha olvidado sus obligaciones con nosotros. Guardémosle de la devoradora de almas. ¡Que se siente por siempre jamás a la mesa de Osiris; que more por toda la eternidad en los campos elíseos de los fieles de Horus!
Horus tomaba entonces al muerto de la mano y le conducía ante Osiris diciendo:
—He venido ante vos, oh, Osiris Unefer, con este nuevo Osiris a mi lado.
Ha superado el juicio de la balanza, pues su corazón era puro.
Nunca le ha faltado el debido respeto a dios alguno.
Tot le ha pesado el corazón, que ha resultado ser puro y justo.
Concédele el pan y la cerveza osiriacos; ¡que viva junto a los fieles de Horus!
Entonces, Osiris bajaba la cabeza y el muerto pasaba jubiloso a los campos elíseos para vivir allí por siempre jamás.
En esa tierra de abundancia encontraba todo aquello que más había amado en vida y allí moraba hasta el regreso de Osiris.
Pues algún día volverá Osiris a la tierra y resucitarán todos los que han superado su juicio.
El bai de Se-Osiris le mostró al bai de su padre Setna estas y otras maravillas. Por último dijo:
—Padre, ya sabéis ahora por qué deseo que vuestro destino sea como el del pobre, no el del rico: este último era aquel que habéis visto con el eje de la tercera puerta girándole sobre el ojo, pero el pobre mora ya para siempre en los campos elíseos y va ataviado con finos ropajes; también le han sido asignadas todas las riquezas que el pérfido rico llevaba para su tumba.
Entonces, los dos bais desplegaron las alas y surcaron la noche hasta llegar a Tebas.
Allí volvieron a entrar en sus cuerpos, que sus kas se habían quedado vigilando en el templo de Osiris.
Todo volvió a la normalidad sin sorpresas desagradables.
El padre y el hijo, llenos de vida, llegaron justo a tiempo para ver la salida del sol por el desierto oriental; contemplaron la primera luz en los acantilados de Tebas, que despedían destellos rosa, púrpura y oro. Un nuevo día daba comienzo en Egipto.