Cuentos del antiguo Egipto Se-Osiris y la carta sellada #2
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Se-Osiris y la carta sellada #2

»Jeri-Heb durmió aquella noche en el templo; Tot, el de la cabeza de ibis, apareció ante él y se aproximó a su lecho; le dio las instrucciones de lo que era necesario hacer para restaurar el honor de Egipto y para asegurarle la protección a su faraón, el buen dios.

»Esa noche no hubo visita al palacio de los porteadores etíopes; pero a la noche siguiente regresaron, dispuestos a volverse a llevar al faraón para que lo azotaran ante los salvajes.

Sin embargo, los conjuros que el sapientísimo Tot había revelado a Jeri-Heb eran tan efectivos que todos sus intentos fueron en vano.

Los porteadores solo acertaban a deambular como borrachos por la cámara real: ni siquiera podían levantar los brazos para meter al faraón en la litera mágica.

De pronto se desvanecieron en el aire y no se los volvió a ver en Egipto.

»A la mañana siguiente, el corazón de Jeri-Heb se llenó de júbilo cuando llegó a sus oídos lo que había acontecido en la alcoba del faraón.

Enseguida se dispuso a fabricar otra litera mágica con cuatro porteadores, que esa noche raptaron al rey de Etiopía y lo llevaron al gran patio del templo de Amón-Ra en Tebas.

Allí le propinaron quinientos azotes con una vara frente a un numeroso público.

»A la mañana siguiente, el rey de Etiopía se despertó en su palacio todo dolorido, magullado y agitado. Mandó llamar al hijo de Tnahsit y le conminó a encontrar un conjuro que le protegiese de los hechiceros egipcios y le permitiera vengarse del faraón.

»Pero el hijo de Tnahsit se vio incapaz de hacer lo que se le pedía.

Por tres veces, nada menos, fue llevado a Tebas el rey de Etiopía y azotado ante las gentes.

Al fin prometió someterse a la gloria del divino faraón y cesaron los azotes.

De regreso a su palacio expulsó de su lado al hijo de Tnahsit y le castigó con la siguiente maldición:

»—Tanto en la vida como en la muerte estarás condenado a vagar por la tierra hasta que consigas vengarme de Egipto, del faraón y sus hechiceros; hasta que seas capaz de demostrar que la magia que se practica en las tierras negras del Nilo puede ser superada.

Entonces, Se-Osiris señaló la carta sellada y dijo:

—Etíope, ¿acaso no son estas las palabras exactas que hay escritas en el rollo de papiro que ceñís en la mano? Responded con sinceridad, o Amón-Ra os fulminará en el acto.

El etíope cayó llorando de rodillas y gimió:

—¡Esas son las palabras precisas, oh, poderosísimo hechicero!

Entonces rompieron el sello y leyeron en voz alta la carta ante el faraón y toda su corte.

Y resultó que lo escrito en la carta se correspondía palabra por palabra con lo que Se-Osiris, el extraordinario mozalbete, había leído.

Empero, el jovencito había alterado ciertas palabras, describiendo al faraón en los respetuosos términos que le correspondían y adornando a los bárbaros etíopes con los epítetos adecuados.

Al ver lo que había sucedido, el etíope dijo humildemente:

—Gran faraón, poderoso señor de Egipto y regente de Etiopía, ¿me permitís ahora retirarme en son de paz?

Pero Se-Osiris se adelantó antes de que el faraón respondiera:

—¡Oh, mi faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!

—exclamó—. Este malvado brujo que se arrodilla ante vos lleva en su interior el bai del hijo de Tnahsit.

Sí, se trata del mismo brujo malvado que urdió las injurias contra vuestro antecesor, el que ostentaba el látigo y el cayado y ocupaba el trono de los dos reinos hace quinientos años.

¿No sería acaso aconsejable que la disputa entre las artes mágicas de Etiopía y las de Egipto se dejase aquí zanjada, de una vez por todas, ante vuestros propios ojos?

El faraón Ramsés, el magnífico, asintió con la cabeza y tocó a su insólito nieto con el cetro, diciendo:

—Redivivo Jeri-Heb, pon fin a lo que inició el Jeri-Heb de hace quinientos años. —Al inmenso etíope le dijo con desprecio—: Bestezuela inmunda y sureña, si acaso tus hechizos pueden igualar a los egipcios, ¡demuéstralo ahora!

El etíope dejó escapar una risilla siniestra.

—¡Abyecto perro norteño! —exclamó—. ¡Te desafío!

Mi magia es tan poderosa que, obedeciendo a mis órdenes, Set se apoderará de ti en este instante; en un abrir y cerrar de ojos tendremos aquí a Apofis, el devorador de almas, que matará al faraón y desgarrará a mordiscos su bai con inmenso placer. ¡Vosotros lo habéis querido!

El etíope enrolló el papiro y formó con él una varita. Con ella apuntó hacia una baldosa del suelo mientras murmuraba unas poderosísimas palabras mágicas.

De esa baldosa surgió de pronto una inmunda y colosal serpiente que silbaba amenazadora. La bestia sacó una repugnante y ponzoñosa lengua bífida y mostró unos colmillos repletos de veneno y listos para el mordisco letal.

El faraón dio un grito y corrió a esconderse, muerto de miedo.

Pero Se-Osiris se reía encantado: como quien no quiere la cosa, hizo un gesto con la mano y la repugnante y enorme cobra quedó reducida a un minúsculo gusanillo blanco, que el espabilado muchacho tomó con dos dedos y arrojó por la ventana.

El etíope aulló un grito de furia, aleteó los brazos y se puso a escupir maldiciones y pérfidos conjuros uno tras otro. Obedeciendo a uno de ellos, una negra nube se apoderó de la sala, oscura como una noche lúgubre y espesa como el humo de una pira funeraria.

Se-Osiris volvió a reír despreocupado. Tomó la negrura en sus manos, la aplastó hasta hacer de ella una bola negra del tamaño de una canica, como las que hacen los niños con el barro del Nilo, y la tiró tranquilamente por la ventana.

Volvió el etíope a batir los brazos por vez tercera; esta vez gritaba tanto que parecía que las fauces de Apofis le mordisqueaban el trasero.

Entonces surgió de la nada una cortina de abrasador fuego que iba avanzando por el salón en dirección a la tarima del faraón, para achicharrar al monarca y a toda su corte.

También por vez tercera, Se-Osiris rio como si nada. Lanzó un soplido a la cortina de fuego, que se replegó y rodeó al etíope. Se oyó un terrible grito; luego las llamas comenzaron a menguar hasta que se extinguieron, como a una vela se le gasta la cera.

En el suelo, frente al faraón, no quedaba más que un pequeño montículo de cenizas.

—¡Adiós para siempre, hijo de Tnahsit! —dijo Se-Osiris tranquilamente—. ¡Que su bai more por siempre lejos, y que nunca más vuelva a injuriar a Egipto o a molestar al faraón, al que deseo larga vida y fortaleza!