Se-Osiris y la carta sellada
Se-Osiris y la carta sellada
En el Antiguo Egipto alcanzaron gran difusión las leyendas sobre Setna, ese hijo de Ramsés II que había sido el más docto de los escribas, el mismo que había hallado y leído el Libro de Tot.
También se narraban muchas maravillas acerca de su hijo, Se-Osiris, nombre que significa «el don de Osiris», un extraordinario muchacho que, a los doce años de edad, era ya el hechicero más sobresaliente que Egipto había conocido jamás.
Su actuación más difundida tuvo lugar un día que Ramsés estaba sentado en el salón principal de su palacio en Tebas, con todos los príncipes y notables reunidos a su alrededor. El gran visir entró atropellado y con expresión agitada en el rostro; se postró ante el faraón y exclamó:
—¡Oh, mi faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza! Ha llegado a vuestra corte un truhan de Etiopía de más de dos metros que pide que lo recibáis; dice que ha venido a demostrar que las artes mágicas de Egipto no son nada al lado de las de Etiopía.
—Que venga —ordenó el faraón.
Entró en la sala un etíope de dimensiones colosales y avanzó a grandes zancadas hasta el faraón, se arrodilló ante él y le dijo:
—Faraón de Egipto, tengo aquí en mi poder una carta sellada para comprobar si alguno de vuestros sacerdotes, escribas o hechiceros es capaz de leer su interior sin romper el sello.
Si nadie es capaz, volveré a Etiopía y les diré a mi rey y a todas sus gentes que la magia de Egipto no es más que pura superchería; los egipcios seréis el hazmerreír de mis compatriotas.
Al oír esto, el faraón sintió una ira teñida de preocupación. Enseguida mandó llamar a su docto hijo Setna y le refirió lo que había acontecido. Setna se quedó igualmente consternado, pero dijo:
—¡Oh, faraón, padre mío, a quien deseo larga vida y fortaleza!
Mandad a este salvaje a descansar; dadle comida y bebida y que repose en las estancias para los huéspedes, hasta que la corte vuelva a reunirse; entonces traeré un hechicero capaz de demostrar que las artes mágicas egipcias no palidecen al lado de las practicadas más allá de Kush.
—Que así sea —respondió el faraón. El etíope fue conducido a las estancias para huéspedes, donde se solazó largamente.
Por mucho que hubiese mostrado una aparente seguridad, Setna estaba muy preocupado. Era el hombre más sabio de Egipto; había leído el Libro de Tot y era el más docto de los magos…
Pero no podía leer una carta sin desenrollar el papiro ni romper el sello; era necesario hacer las dos cosas.
De vuelta a su palacio, se tendió en el diván mientras buscaba una solución.
Estaba tan pálido que su esposa se acercó a él, temiendo que estuviese enfermo.
Con ella venía su hijo Se-Osiris; Setna les relató sus cuitas y la esposa prorrumpió en llanto.
Pero el niño, sorprendentemente, echó a reír despreocupadamente.
—Hijo mío —le dijo Setna, que se había quedado de una pieza—, ¿por qué te echas a reír cuando te cuento algo que le causa grandes preocupaciones al faraón, y grandes penas a tu padre?
—Pues me río —replicó Se-Osiris— porque el supuesto aprieto no es un aprieto; es más bien un regalo que os han querido hacer los dioses, para que podáis demostrar la gloria de Egipto y poner en su sitio a ese arrogante rey etíope con todos sus hechiceros.
No os apenéis más. Yo puedo leer la carta sellada.
Setna se incorporó de un salto y miró detenidamente al mozalbete, que le hablaba con una confianza insólita.
—Hijo mío, sé que tus poderes mágicos son asombrosos —le dijo—. Pero ¿cómo puedo tener la seguridad de que, cuando llegue el momento, podrás en efecto leer el rollo de papiro sin romper el sello?
—Id a la cámara donde guardáis todos vuestros escritos —respondió Se-Osiris—. Elegid el papiro que queráis; selladlo en caso de que esté sin sellar, y yo os lo leeré sin siquiera tocarlo.
Setna se levantó como accionado por un resorte y tomó un papiro de su estudio. Se-Osiris leyó todo lo que en él había escrito, sin tomarlo siquiera en sus manos, desenrollarlo o romper el sello de lacre.
Al día siguiente, el faraón Ramsés volvió a reunir a todos sus cortesanos. Cuando ya estaban todos reunidos, ordenó al gran visir que hiciese venir al etíope que traía la carta sellada.
El altísimo hechicero entró en el salón muy ufano, sin dedicar apenas un saludo al faraón de faraones. Llevaba el papiro en la mano y exclamó:
—Monarca egipcio, conseguid pues que vuestros hechiceros lean lo que hay escrito en esta carta sellada: ¡si no, tendréis que admitir que la magia etíope es más poderosa que la magia egipcia!
—Setna, hijo mío —dijo el faraón—, eres el más grande hechicero egipcio: por favor, dale la réplica a este insolente salvaje. Si no viniese como emisario, ya me habría encargado de que fuese azotado repetidas veces.
—¡Oh, mi faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!
—replicó Setna—. Un bárbaro como este, que ni siquiera guarda el debido respeto al faraón Ramsés Usima-Res, el buen dios, no merece medirse con un hechicero como yo, que tengo muchos años de práctica y sabiduría a mis espaldas.
No obstante, mi hijo Se-Osiris, que apenas cuenta doce años, es ya suficientemente docto en los saberes secretos para medirse con él: Se-Osiris leerá esa carta.
Un murmullo recorrió la sala, que fue interrumpido por una carcajada como un gorjeo; era el niño que avanzaba hacia el trono del faraón. El muchacho se puso al lado del altísimo etíope, que estaba todo ceñudo al pie del estrado, ciñendo firmemente la carta sellada en una mano.
—¡Oh, faraón, padre de mi padre, a quien deseo larga vida y fortaleza!
—dijo Se-Osiris con una voz cristalina que llegó a los cuatro confines de la sala—.
Este rollo sellado que lleva el extranjero cuenta la historia de una injuria que se le infligió, hace quinientos años, a quien entonces ostentaba vuestros atributos y ceñía la Doble Corona, es decir, a un pretérito faraón que ocupó el trono donde os sentáis ahora.
Es también la historia de un rey de Etiopía, antecesor del actual monarca.
Un día se hallaba este rey etíope descansando en una residencia veraniega de mármol, a orillas del Nilo, a la que se llega después de un largo viaje al sur.
A su espalda, entre las columnas, había un enrejado para que trepasen las plantas.
Las enredaderas de dulce aroma crecían con tal abundancia y espesura que parecían un seto.
Tras el enrejado había una reunión de hechiceros, que estaban cuchicheando.
El rey se puso a escuchar perezosamente lo que decían y oyó al primero que decía:
»—Puede que nunca venzamos a Egipto en el campo de batalla y que nos veamos sometidos a su imperio, pero en cuanto a las artes mágicas somos sin duda superiores al faraón y a todo su pueblo.
Caramba, ¡si hasta podría hacer que las tinieblas descendiesen sobre las tierras egipcias y no se levantasen en tres días!
»—Muy cierto —dijo otro hechicero—. Yo mismo, sin ir más lejos, podría asolar Egipto con una plaga que arrasaría toda la cosecha de una temporada.
»Y así siguieron, describiendo uno a uno las calamidades que mandarían sobre Egipto. Hasta que, al fin, el hechicero principal del reino dijo:
»—Pues yo, a esta bestia inmunda que se hace llamar faraón nuestro y que nos tiene sometidos, podría traerle aquí mediante la magia y hacer que le dieran quinientos azotes en público para escarnio de las gentes. Luego le devolvería a su palacio en Egipto antes de que pasasen cinco horas.
»En cuanto el rey oyó esto convocó a todos los hechiceros y le dijo al brujo principal:
»—Hijo de Tnahsit, he escuchado tus palabras. Si eres capaz de hacerle al faraón de Egipto lo que acabas de describir, te otorgaré la mayor recompensa que jamás haya recibido un hechicero.
»El hijo de Tnahsit se postró ante él y de inmediato esparció sus conjuros por los vientos.
Modeló en cera una litera con cuatro porteadores; entonó unas palabras mágicas para que las figuras cobrasen vida; les ordenó que fueran a Egipto con toda prontitud y que, en la oscuridad de la noche, trajeran al faraón de Egipto.
Cuando llegó a este pasaje de la carta, Se-Osiris se volvió hacia el etíope y le preguntó:
—Estas palabras que acabo de decir, ¿acaso no son las que están escritas en el papiro sellado que tenéis en vuestras manos? ¡Responded con sinceridad, o Amón-Ra os fulminará en el acto!
El etíope se postró ante Se-Osiris y dijo con voz entrecortada:
—Esas son con precisión las palabras que hay escritas, mi señor.
Se-Osiris continuó leyendo la carta sellada:
—Todo se desarrolló como había pronosticado el hijo de Tnahsit.
Apresaron al faraón en su lecho real, en Tebas, y lo llevaron a Etiopía, donde los sirvientes del rey le propinaron quinientos azotes con una vara; luego lo volvieron a meter en la litera y lo devolvieron a Tebas en menos de cinco horas.
A la mañana siguiente, el faraón se levantó con grandes dolores; las marcas que le habían dejado las varas le mostraban que no había estado soñando.
»El faraón reunió de inmediato a su corte, convocó a todos sus hechiceros y les refirió la ofensa que le habían infligido.
»—Debo vengarme del rey de Etiopía —concluyó—, y también de sus hechiceros. Pero además quiero que las tierras egipcias y su divino regente, el faraón, se vean protegidos de estos bárbaros y de sus insidiosas y groseras artes mágicas.
»Entonces, el hechicero principal del reino, Jeri-Heb el egipcio, se postró humildemente ante el faraón y le dijo:
»—¡Oh, mi faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza!
No podemos seguir permitiendo que esos pérfidos descendientes de Set, que se asientan en tierras de Nubia y Etiopía, continúen obrando maldades contra vuestra divina persona.
Esta misma noche iré al majestuoso templo de Tot, dios de la magia y la sabiduría, y allí le consultaré.
No flaqueéis; mañana por la mañana obrará en mi poder un conjuro que nos procurará venganza y protección.