Cuentos del antiguo Egipto El Libro de Tot #3
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El Libro de Tot #3

Un día, mientras estaba sentado en la umbría columnata del templo, vio a la muchacha más hermosa que jamás había contemplado, que entraba en el santuario con cincuenta y dos doncellas en su séquito.

Setna posó una fascinada mirada en esta adorable criatura, que llevaba un cinturón de oro y un tocado también de oro con piedras preciosas.

La muchacha se arrodilló frente a la estatua de Ptah e hizo sus ofrendas.

Enseguida se enteró Setna de que se llamaba Tabubua, que venía de la ciudad de Bubastis, al norte de Menfis, y que era hija del sumo sacerdote de la diosa Bastet, esposa del dios Ptah.

Nada más posar la mirada en Tabubua, el joven sintió que Hator, diosa del amor, le había hechizado con un conjuro.

Se olvidó de todo lo demás, incluido el Libro de Tot; su único deseo era conquistar a la muchacha.

Y parecía que iba a tener suerte, ya que cuando le mandó un mensaje, esta respondió que, si deseaba verla, nada se lo impedía, siempre que llegase en secreto a su palacio del desierto, a las afueras de Bubastis.

Setna no tardó en ir hasta allí. Encontró un pilón que se alzaba, como una torre, en medio de un enorme jardín rodeado por un alto muro. Salió Tabubua a darle la bienvenida con dulces palabras y miradas; luego le condujo a su alcoba, en el pilón, y le sirvió vino en una copa de oro.

Él le habló entonces de amor, y ella le respondió:

—Alegraos, amado y señor mío, pues es mi destino ser vuestra esposa.

Pero no olvidéis nunca que no soy una mujer como las demás, sino la hija de la hermosa Bastet, y no soporto tener que competir con otras mujeres.

Así que, antes de que nos casemos, debéis firmar un papiro para divorciaros de vuestra mujer actual; también debéis prometer que sacrificaréis a vuestros hijos y que me los daréis para que los arroje a los gatos sagrados de Bastet, pues no soporto el pensamiento de que queden vivos para urdir maldades contra los hijos que tengamos nosotros.

—¡Todo será como lo deseas! —exclamó Setna.

Enseguida empuñó la pluma y dejó por escrito una autorización para que Tabubua dejase morir de hambre a su esposa; otra para que matase a sus hijos y se los ofreciera en sacrificio a los gatos sagrados de Bastet.

Después de firmar, Tabubua le volvió a ofrecer la copa, se mostró ante él en toda su belleza y le entonó una canción de nupcias.

Pero entonces se oyeron unos terribles gritos que ascendían hasta la alta ventana del pilón; eran los gritos agonizantes de sus hijos.

Setna fue reconociendo una a una las vocecillas que le llamaban en su agonía. Luego quedó todo en silencio.

El joven príncipe apuró la copa de oro y se dirigió a Tabubua:

—Mi mujer es ahora una pordiosera y mis hijos yacen muertos a los pies del pilón. Eres lo único que me queda en el mundo —proclamaba—; pero volvería a renunciar a todo por ti. ¡Ven a mí, amor mío!

Entonces, Tabubua fue a su encuentro con los brazos abiertos, más hermosa y deseable que la propia Hator.

Setna la estrechó contra sí con un gemido de éxtasis.

Pero mientras lo hacía, de pronto su amada se transformó y se consumió: Setna tenía ahora en los brazos un cadáver marchito y horripilante.

Nuestro amigo profirió un gran grito de terror; las tinieblas lo rodearon como un remolino, el pilón pareció desvanecerse en el aire, y cuando volvió en sí se encontró desnudo en medio del desierto, al lado del camino que va de Bubastis a Menfis.

Los viajeros que por allí pasaban comenzaron a mofarse de la desnudez de Setna. Alguien se apiadó de él y le lanzó una vieja túnica para que se cubriese. De esta guisa volvió a Menfis, como un mendigo.

Cuando llegó a su hogar y vio que allí estaban su esposa e hijos, sanos y salvos, su único pensamiento fue devolverle a Nefrekeptah el Libro de Tot.

—Aunque los hechizos de Tabubua no fuesen más que un sueño —se dijo Setna—, me muestran el enorme peligro que me acecha. Si soy víctima de otro embrujo parecido, seguro que esta vez no será un sueño.

Así que fue a ver a su padre, el faraón, con el Libro de Tot en las manos, y le contó lo que había sucedido. Ramsés, el magnífico, le replicó:

—Setna, ha sucedido aquello de lo que intenté avisarte. Te hubieras ahorrado muchos sinsabores si me hubieses hecho caso a la primera. Desde luego que Nefrekeptah te quitará la vida si no le devuelves el Libro de Tot. Así que vuelve a la tumba con ropas de penitente y acepta tu humillación.

Setna siguió los consejos del faraón. Cuando llegó a la tumba y dijo las palabras mágicas, las puertas se abrieron ante él como la vez anterior; se introdujo hasta la cámara funeraria, donde encontró a Nefrekeptah tendido en su sarcófago y a los kas de Ahura y Merab sentados a ambos lados.

—No es otro sino Ptah, el gran dios —le dijo el ka de Ahura—, quien te ha salvado y ha hecho posible que vuelvas aquí con ropas de penitente.

Entonces, el ka de Nefrekeptah surgió de su cuerpo y soltó una carcajada.

—Te avisé de que regresarías humillado —le dijo— y de que devolverías el Libro de Tot. Deposítalo ahora sobre mi cuerpo, donde lleva reposando todos estos años. Pero no te creas ya libre de mi venganza. A menos que me obedezcas en lo siguiente, la pesadilla de Tabubua se convertirá en realidad.

Entonces, Setna se arrodilló humildemente ante él y le dijo:

—Nefrekeptah, hechicero entre los hechiceros, dime lo que he de hacer para verme libre de tu ira. Si es algo que un humano sea capaz de hacer, lo llevaré a cabo.

—Solo te voy a pedir una cosita —le respondió el ka de Nefrekeptah—.

Sabes que, aunque mi cuerpo esté aquí enterrado, los cuerpos de Ahura y Merab reposan en una tumba de Coptos.

Tráeme sus cuerpos para que reposen junto a mí hasta que Osiris regrese a la tierra.

A nuestro amor le pesa vernos separados.

Setna acudió raudo frente al faraón y le imploró el préstamo del barco real.

El faraón accedió complacido y lo puso a entera disposición de su hijo.

Setna fue navegando el Nilo y llegó a Coptos.

Allí hizo un gran sacrificio a Isis y Horus y rogó a los sacerdotes del templo que le indicasen las tumbas de Ahura y Mehrab.

Pero por mucho que buscaron en los escritos del templo no encontraron ni rastro de ellas.

Setna se hundió en la desesperación. Ofreció una gran recompensa a quien pudiese ayudarle; en esto apareció en el templo un hombre muy anciano, renqueando, y le dijo:

—Si tú eres Setna, el reputado escriba, ven conmigo.

Cuando yo era niño, el abuelo de mi padre, que era tan viejo como lo soy yo ahora, me dijo que cuando él era un niño, el abuelo de su padre le había indicado dónde estaban enterrados Ahura y Mehrab, ya que en su juventud, cuando reinaba Amenhotep I, había ayudado a introducir los cuerpos en la tumba.

Setna siguió con esperanza los pasos del anciano. Llegaron por fin a una vieja casa a las afueras de Coptos.

—Debes echar esta casa abajo y excavar el suelo —le dijo el anciano.

La casa estaba habitada por un escriba; Setna se la compró por una suma exorbitada. Entretanto, el faraón le había mandado unos soldados para que le ayudasen. Setna les ordenó que echaran la casa abajo y que luego excavasen en el solar.

Estos siguieron sus órdenes y bajo la arena acabaron encontrando una tumba excavada en la roca.

Allí estaban los cuerpos de Ahura y Merab.

Al verlos, el anciano elevó los brazos y lanzó un alarido: entonces se desvaneció en el aire y Setna comprendió que se trataba del ka de Nefrekeptah, que había adoptado esa apariencia para guiarle hasta la tumba.

Se hizo cargo de las momias de Ahura y Merab y las transportó hasta Menfis con honores regios en el barco de su padre.

Una vez allí, el propio faraón dirigió la comitiva funeraria hasta Saqqara. Setna depositó los cuerpos de Ahura y Mehrab junto al de Nefrekeptah, en la recóndita tumba que daba también cobijo al Libro de Tot.

Cuando la comitiva fúnebre hubo salido de la tumba, Setna pronunció un conjuro y el muro se cerró tras él, como si allí nunca hubiese habido una puerta.

Después, el faraón ordenó que cubriesen de arena el pequeño santuario de piedra que escondía la entrada a la tumba.

Al poco tiempo, una tormenta de arena dejó allí un enorme montículo de arena, que se fue aplanando poco a poco.

Al final no quedó nada que señalase la entrada de la tumba de Nefrekeptah.

Nadie puede ya hallar el Libro de Tot. Allí siguen también Nefrekeptah, Ahura y Merab en espera de la venida de Osiris.