Cuentos del antiguo Egipto El Libro de Tot #2
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El Libro de Tot #2

»Nefrekeptah fue entonces al banco de arena donde estaba el cofre de hierro. Las serpientes y los escorpiones le miraban amenazantes; la cabeza de la víbora a la que nada podía dar muerte también le miraba amenazante, pero ninguna de estas criaturas podía hacerle ya nada.

»Abrió el cofre de hierro y en su interior halló uno de bronce; abrió la tapa del de bronce y dentro encontró otro de madera de sicomoro; abrió este último y dentro había un cofre de marfil y ébano; dentro de este, uno de plata, y al fin uno de oro.

Al abrir el cofre de oro halló por fin, en su interior, el Libro de Tot.

Desenrolló el pergamino y leyó la primera página: de inmediato tuvo poder sobre cielos y tierra, las profundidades, las montañas y los océanos; entendía la lengua de aves, bestias y seres acuáticos.

Después leyó la siguiente página de conjuros, y sus ojos atravesaron el sol del firmamento, la luna y las estrellas; le fueron desvelados todos los secretos celestes; vio también a los mismísimos dioses, que los mortales jamás pueden contemplar.

»Su corazón se llenó de júbilo al comprobar que todo cuanto le había contado el sacerdote era cierto. Luego lanzó un hechizo a sus mágicos sirvientes y les dijo:

»—¡Sirvientes, sirvientes, trabajad para mí y llevadme a casa!

»Las figuras le llevaron de vuelta a Coptos, donde yo le esperaba, sin comer ni beber por lo nerviosa que estaba: hasta que no vi a mi esposo fui incapaz de moverme, como si me hubiera muerto.

»Cuando Nefrekeptah volvió a mí, me tendió el Libro de Tot y lo tomé en mi regazo.

Leí la primera página, y también tuve poder sobre cielos y tierra, las profundidades, las alturas y los océanos; asimismo comprendía de súbito la lengua de aves, bestias y seres acuáticos.

Cuando leí la segunda página, traspasé sol, luna y estrellas; vi a todos los dioses y penetré en todos sus secretos como había hecho mi esposo.

»Entonces, Nefrekeptah cogió un papiro en limpio y escribió en él todos los conjuros del Libro de Tot.

Tomó una jarra de cerveza y la vertió sobre el pergamino; el líquido borró las palabras; luego se bebió la cerveza que las había borrado, y así todo el contenido del Libro entró en su cuerpo.

Pero como yo no sabía escribir, no recuerdo ya lo que decía el Libro de Tot, ya que los conjuros que leí eran muchos e intrincados.

»Una vez hecho esto nos subimos al barco real y pusimos rumbo a Menfis.

Pero apenas habíamos empezado a navegar, cuando un poder invisible se abatió sobre Merab, nuestro hijito, lo tiró al río y lo ahogó.

Nefrekeptah enseguida consultó el Libro de Tot y recitó el conjuro apropiado: inmediatamente apareció el cuerpo de Merab en la superficie de las aguas.

Lo rescatamos y lo depositamos en cubierta, pero ningún conjuro del Libro de Tot ni las artes de ningún hechicero de Egipto surtieron efecto para devolver a Merab a la vida.

Sin embargo, Nefrekeptah consiguió que hablásemos con el ka de nuestro hijo, para que nos contara quién o qué le había dado muerte.

Y lo que nos dijo el ka de Merab fue lo siguiente:

»—Tot, el buen dios, se dio cuenta de que alguien se había llevado su libro; acudió presuroso ante Amón-Ra y le dijo: «Nefrekeptah, hijo del faraón Amenhotep, ha dado con mi cofre mágico, ha vencido a las bestias que lo guardaban y se ha llevado mi Libro, con toda la sabiduría que contiene».

Y Ra le respondió: «Haz con Nefrekeptah y todos sus allegados lo que mejor te parezca.

Envío contra él mis poderes, para que les causen aflicción e impongan castigo a él, su esposa e hijo».

Y ese poder de Ra, dirigido por la voluntad de Tot, me tiró al río y me ahogó.

»Entonces, nos deshicimos en lamentos, pues grande era nuestro dolor ante la muerte de Merab. Volvimos con la barca a Coptos, donde hicimos embalsamar su cuerpo y lo enterramos en una tumba acorde con su rango.

»Una vez que dieron fin los rituales de enterramiento y lamento por los muertos, me dijo Nefrekeptah:

»—Partamos de inmediato hacia Menfis para relatarle al faraón, nuestro padre, todo lo que ha acontecido. Grande será su pesar cuando se entere de la muerte de Merab. Sin embargo, grande será también su júbilo cuando sepa que obra en mi poder el Libro de Tot.

»Así que volvimos a emprender el rumbo en el barco real.

Pero cuando llegamos al mismo lugar donde Merab había caído al río, el mismo poder de Ra se abatió sobre mí; yo también me tiré como embrujada de la barca, caí al río y me ahogué.

Entonces, Nefrekeptah, ayudado de sus artes mágicas, me sacó del río; mi ka le refirió lo que había pasado y él volvió a Coptos, donde hizo que embalsamaran mi cuerpo y me depositó en la tumba junto a Merab.

»Entonces, volvió a partir rumbo a Menfis, muy apesadumbrado.

El barco llegó a su destino y el faraón subió a él; cuál no sería su sorpresa al hallar a Nefrekeptah muerto en cubierta, con el Libro de Tot enrollado en el pecho.

El luto se extendió por todas las tierras egipcias y Nefrekeptah fue enterrado con todos los ritos y honores propios de un hijo de faraón, en esta misma tumba donde ahora reposa.

Entonces, mi ka y el de Merab vinimos para cuidar de él.

»Ahora ya conocéis las desventuras que nos han perseguido por llevarnos el Libro de Tot y leerlo: el mismo libro que pedís ahora que os entreguemos. Pero no os pertenece, no tenéis derecho alguno a llevároslo: estamos aquí para custodiarlo, pues por su causa perdimos la vida.

Setna escuchó enormemente sobrecogido el relato que le narraba el ka de Ahura. No obstante, el deseo de llevarse el Libro de Tot podía tanto en él que dijo:

—¡Dame los pergaminos que reposan en el pecho inerte de Nefrekeptah o me los llevaré por la fuerza!

Entonces, los kas de Ahura y Mehrab se replegaron, como si los poderes mágicos de Setna les causaran un gran terror. Pero el ka de Nefrekeptah surgió de su cuerpo y avanzó hacia el joven, diciéndole:

—Setna, si después de escuchar lo que te ha referido mi esposa Ahura no te das por aludido, el Libro de Tot será tuyo. Pero primero debes demostrar tu ingenio y vencerme a una partida de damas, a cincuenta y dos puntos. ¿Aceptas el reto?

—Estoy dispuesto —anunció Setna.

Colocaron entonces el tablero entre ambos y dio comienzo la partida.

Nefrekeptah le ganó la primera partida a Setna y le echó un conjuro que le dejó hundido en la tierra hasta los tobillos.

Luego ganó la segunda y Setna se hundió hasta la cintura.

A la tercera partida, Nefrekeptah volvió a ganar, y Setna se hundió hasta que solo se le veía la cabeza.

En ese momento lanzó a su hermano, que aguardaba fuera de la tumba, un grito de socorro:

—¡Anherru! ¡Date prisa! ¡Corre junto al faraón y ruégale que te dé el poderoso amuleto de Ptah, pues solo así podré salvarme, si me lo colocas en la cabeza antes de que pierda la última partida!

Anherru se apresuró por el empinado camino que comunica Saqqara con Menfis, donde el faraón se hallaba en su palacio. Cuando el monarca se enteró de lo que había pasado, fue raudo al templo de Ptah, tomó el poderoso amuleto de su lugar en el santuario y se lo dio a Anherru.

—Deprisa, hijo mío —le decía—, rescata a tu hermano Setna de este combate desigual con los muertos.

Anherru volvió a la tumba a toda prisa y recorrió los pasillos que llevaban a la cámara mortuoria donde el ka de Nefrekeptah continuaba su partida de damas con Setna.

Justo cuando entraba, Setna estaba haciendo su último movimiento y Nefrekeptah extendía ya la mano con una exclamación de triunfo para mover la última ficha, que le iba a servir para ganar la partida y enterrar a Setna bajo tierra por siempre jamás.

Pero antes de que a Nefrekeptah le diera tiempo de mover la ficha, Anherru se adelantó presuroso y tocó a Setna en la cabeza con el amuleto de Ptah.

En cuanto lo tocó el amuleto Setna surgió de la tierra, le arrebató el Libro de Tot al cadáver de Nefrekeptah y, junto a su hermano, escapó corriendo de la tumba.

Mientras salían, oyeron cómo se lamentaba el ka de Ahura:

—¡Oh, desgracia! ¡Mi esposo, que aquí reposa, ha sido despojado de toda protección!

Pero el ka de Nefrekeptah le respondió:

—No te aflijas: haré que Setna devuelva el Libro de Tot y que vuelva humillado a mi tumba, con el rabo entre las piernas y ropas de penitente.

En cuanto Setna y Anherru accedieron al exterior, la tumba se cerró tras ellos: parecía como si nunca hubiese sido abierta.

Más tarde, Setna se encontró en presencia de su padre, el gran faraón, y le contó todo lo que había acontecido; le devolvió el amuleto de Ptah. Ramsés le dijo:

—Hijo mío, te aconsejo que devuelvas el Libro de Tot a la tumba de Nefrekeptah como un hombre prudente y sensato.

Si no lo haces, estoy convencido de que tu rival no cejará hasta causarte grandes penas y desdichas: al final tendrás que ir a devolvérselo humillado, con el rabo entre las piernas y ropas de penitente.

Pero Setna se negaba a hacer caso a los consejos.

Lo que hizo fue irse enseguida a sus aposentos y ponerse a leer el Libro de Tot con enorme ahínco para memorizar todos los conjuros que en él se hallaban inscritos.

Con frecuencia acudía con el Libro al templo de Ptah y lo consultaba cuando alguien iba a pedirle ayuda.