Cuentos del antiguo Egipto El Libro de Tot
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El Libro de Tot

El Libro de Tot

El faraón Ramsés II tenía un hijo, llamado Setna, que era muy docto en escritura antigua, además de un notable hechicero.

Mientras que el resto de los príncipes pasaban todo el tiempo cazando, o al frente de los ejércitos paternos en algún confín del imperio, el mayor placer de Setna consistía en quedarse solo para dedicarse a sus estudios.

No solo era capaz de leer hasta los más antiguos jeroglíficos de los muros de los templos, sino que, como escriba, también era capaz de trazar con enorme fluidez todos y cada uno de los cientos de caracteres que componen el alfabeto egipcio antiguo.

Como hechicero, tampoco tenía igual, ya que todas sus artes las había aprendido de los manuscritos más indescifrables, que ni siquiera los sacerdotes de Amón-Ra, Ptah o Tot sabían leer.

Un día estaba estudiando con gran atención un antiguo manuscrito en ambas caras de largos rollos de papiro.

El manuscrito narraba la historia de otro hijo de faraón que había vivido varios siglos antes y que, al igual que él, había sido un reputado escriba y un poderoso hechicero; pero sus artes habían sido aún más asombrosas, ya que Nefrekeptah, pues tal era su nombre, había leído directamente del Libro de Tot, que otorga a quien lo lea poderes con que dominar cielos y tierra o comprender la lengua de aves y bestias.

Setna siguió leyendo y entonces se enteró de que Nefrekeptah había mandado enterrar junto a él, en su tumba real de Menfis, el Libro de Tot; y decidió que no se daría reposo hasta dar con el Libro y leer todos los secretos que este encerraba.

Inmediatamente le pidió ayuda a su hermano Anherru.

—Ayúdame a encontrar el Libro de Tot —le dijo—. Si no lo encuentro, la vida estará desprovista de todo encanto para mí.

—Te acompañaré en tu búsqueda y te asistiré en todos los peligros —respondió Anherru.

Partieron los dos hermanos hacia Menfis; no tardaron apenas en encontrar la tumba de Nefrekeptah, hijo del primer Amenhotep, que había ocupado el trono trescientos años antes.

Setna se introdujo entonces en el interior de la tumba y accedió a la cámara central, donde se había depositado el cuerpo de Nefrekeptah para su reposo eterno.

Allí encontró tendido el cuerpo muerto del príncipe, envuelto en vendas de lino, inmóvil y sobrecogedor.

A ambos lados del sarcófago de piedra reposaban dos figurillas espectrales de una hermosa mujer joven y un niño, que eran los kas o dobles.

En el centro, sobre el pecho momificado de Nefrekeptah, estaba el Libro de Tot.

Setna se inclinó con reverencia ante los dos kas y dijo:

—Que Osiris te tenga en su gloria, príncipe pretérito de un pretérito faraón, oh, Nefrekeptah, espléndido escriba; y también a vosotros, seáis quienes seáis, cuyos kas reposan aquí a su lado.

Sabed que yo soy Setna, sacerdote de Ptah, hijo de Ramsés, el más grande faraón de todos los tiempos.

He venido a buscar el Libro de Tot, que te perteneció en tus días mortales.

Te ruego que me permitas llevármelo pacíficamente; si no, me veré obligado a utilizar la fuerza o la hechicería.

Entonces habló el ka de la mujer:

—No, Setna, hijo del faraón que hoy reina, no os llevéis el Libro de Tot.

Solo os traerá desgracias: eso fue lo único que nos procuró a Nefrekeptah, que aquí reposa; y a mí, su esposa Ahura, que estoy enterrada junto a nuestro hijo Merab en Coptos, en el extremo de Tebas oriental.

Lo que aquí ves son nuestros kas , acompañando al padre y esposo que tanto amamos en vida.

¡Escucha mi historia, y no cometas los mismos errores!

Nefrekeptah y yo éramos hijos del faraón Amenhotep —continuó la princesa—.

Siguiendo la tradición, nos convertimos en marido y mujer; de nuestra unión nació Merab.

Nefrekeptah amaba, sobre todas las cosas, la sabiduría de nuestros antepasados, las artes mágicas que nos son desveladas en los muros de los templos, en el interior de tumbas y pirámides de faraones pasados y de sacerdotes de Saqqara, la ciudad de los muertos que aquí se extiende, en los límites de Menfis.

»Un día —prosiguió el ka de la mujer—, mientras mi esposo estudiaba las inscripciones de los muros de uno de los más antiguos santuarios, oyó que un sacerdote se reía burlón y le decía: «Eso que estás leyendo no tiene ningún interés.

Yo puedo decirte dónde se halla el Libro de Tot, que el propio dios de la sabiduría escribió de su puño y letra.

Con leer nada más la primera página tendrás poder sobre los cielos y la tierra, las profundidades, las montañas y los océanos; sabrás descifrar la lengua de aves, bestias y reptiles.

Y con leer la segunda, tus ojos verán lo mismo que ven los dioses; te serán revelados los secretos divinos, y escrutarás los misterios de las estrellas».

»Nefrekeptah le respondió entonces al sacerdote:

»—Por la vida del faraón, dime lo que quieres que haga, lo que sea, y lo haré con tal de que me digas dónde se halla el Libro de Tot.

»—Si quieres saber dónde está —le replicó el sacerdote—, primero tienes que darme cien lingotes de plata para costear mi funeral, y dar órdenes de que, a mi muerte, me dispensen un funeral de gran faraón.

»Nefrekeptah hizo todo lo que le pedía el sacerdote. Una vez que este tuvo en su poder los cien lingotes de plata le dijo al príncipe:

»—El Libro de Tot se halla sumergido en el lecho del Nilo a su paso por Coptos, en un cofre de hierro.

Dentro del cofre de hierro hay otro de bronce; dentro del de bronce, uno de madera de sicomoro; dentro del de madera de sicomoro, uno de marfil y ébano; en el de marfil y ébano, uno de plata, y en el interior del cofre de plata hay uno de oro.

Al abrir este cofre de oro encontrarás el Libro de Tot.

Alrededor del cofre de hierro hay serpientes que se enroscan y escorpiones que acechan; también lo protege una enorme víbora a la que ningún artilugio puede dar muerte.

»Nefrekeptah no cabía en sí de gozo. Salió apresurado del santuario y se fue corriendo a su casa, donde me contó todo lo que acababa de sucederle. Pero yo temía que el asunto no nos trajera nada bueno y le dije:

»—No vayas a Coptos en busca de este escrito, pues presiento que acarreará grandes infortunios a ti y a todos los que te amamos.

»Traté en vano de impedir su marcha, pero se desentendió de mis ruegos y fue a ver al faraón, nuestro real padre, para referirle todo lo que el sacerdote le había contado.

»El faraón le preguntó cuál era su deseo.

»—Decidles a vuestros sirvientes —respondió Nefrekeptah— que preparen el barco real, porque me voy al sur, rumbo a Coptos, con mi esposa Ahura y nuestro hijo Merab, para buscar este libro sin más tardanza.

»Todo se hizo según sus deseos, y partimos Nilo abajo hasta que llegamos a Coptos.

Una vez allí, los sacerdotes y sacerdotisas salieron a darnos la bienvenida y nos condujeron al templo de Isis y Horus.

Nefrekeptah hizo un sacrificio de un magnífico buey, un ganso y algo de vino.

Celebramos un gran festín con los sacerdotes y sus esposas en una fastuosa edificación que había a la orilla del río.

»Al cabo de cinco días, por la mañana, Nefrekeptah nos dejó a Merab y a mí en la casa y salió.

Le vimos mientras bajaba al río y ponía en práctica sus artes mágicas: primero hizo una barcaza mágica en la que iban muchos hombres con herramientas.

Pronunció un hechizo para dar vida y aliento a los hombres, y hundió la barcaza en el río.

Luego llenó el barco real de arena y soltó amarras.

Se introdujo hasta el centro del Nilo hasta llegar al lugar donde estaba sumergida la barcaza mágica.

Entonces dijo las palabras mágicas y exclamó:

»—¡Diestros excavadores, cavad hasta donde se esconde el Libro de Tot!

»Y estos cavaron sin pausa día y noche. Al tercer día llegaron al lugar donde se hallaba el Libro. Entonces, Nefrekeptah soltó todo el lastre de la barca: así fueron haciendo emerger el Libro hasta que quedó depositado en un banco de arena, algo por encima de la superficie del río.

«Pero he aquí que el cofre de hierro estaba rodeado de serpientes enroscadas y escorpiones amenazantes.

Sobre estos bichos se enrollaba la enorme víbora a la que nada podía dar muerte.

Nefrekeptah les echó a las serpientes y escorpiones un atronador y terrible conjuro: con estas palabras mágicas se quedaron petrificadas y ya no pudieron moverse.

»Entonces, Nefrekeptah traspasó sin dificultad la tupida maraña de serpientes y escorpiones y llegó hasta donde estaba la víbora a la que nada podía dar muerte, que estaba enroscada alrededor del cofre de hierro.

La víbora se irguió, preparada para atacar, puesto que contra ella ningún conjuro servía.

Nefrekeptah desenvainó la espada y, con gran ímpetu, le cortó la cabeza de un solo espadazo.

Pero la cabeza y el cuerpo volvieron a unirse de inmediato; la serpiente a la que nada podía dar muerte estaba otra vez vivita y coleando, dispuesta para la lucha.

Nefrekeptah volvió a cortarle la cabeza y esta vez la arrojó al río, lejos.

Pero en un abrir y cerrar de ojos, la cabeza regresó volando al cuerpo y volvió a ocupar su posición sobre el cuello; la serpiente a la que nada podía dar muerte estaba otra vez lista para atacar.

»Nefrekeptah se dio entonces cuenta de que con la víbora no se podía acabar mediante la violencia, sino que había que vencerla gracias al ingenio.

Así que volvió a cortarle la cabeza; pero esta vez, antes de que cabeza y cuerpo tuviesen tiempo de unirse, los impregnó de arena; cuando intentaban unirse, la arena impedía que entrasen en contacto y no podían pegarse.

Así, la víbora a la que nada podía dar muerte quedó despedazada e inofensiva en el suelo.