Cuentos del antiguo Egipto Djedi, el hechicero
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Djedi, el hechicero

Djedi, el hechicero

Corrían los tiempos del faraón Keops. La construcción de la Gran Pirámide de Guiza había comenzado.

El arquitecto del faraón, llamado Hemón, había aprendido todas sus artes de Imhotep, que había construido cien años antes la pirámide escalonada de Djoser.

Durante los meses de la inundación anual, cuando las labores agrícolas se hallaban paralizadas, las gentes egipcias acudían por millares a trabajar jubilosos en la pirámide del faraón Keops, el buen dios, y honrarle de esa manera; como sucedía con todos los faraones, Keops era considerado una encarnación del espíritu de Amón-Ra.

Sin embargo, una cosa faltaba. Ni Hemón ni ningún otro de los hechiceros de Menfis habían sido capaces de encontrar el rollo de papiro donde, según se decía, Imhotep había dejado escritas las palabras mágicas que protegían las pirámides de terremotos y rayos destructores, que son las armas con que ataca el maligno Set.

Por tanto, Keops mandó emisarios por todo el reino y prometió una gran recompensa a aquel que pudiese encontrar las palabras mágicas.

Desde File a Tanis, todos los sacerdotes se afanaban buscando en sus papiros; los hechiceros de Tebas, Abidos y Heliópolis intentaron ayudarse de conjuros y encantamientos para dar con ellas. Pero todo era en vano.

Hasta que al fin, un buen día, uno de los hijos del faraón, el príncipe Hordedef, fue a ver a su padre y se postró ante él, diciendo:

—¡Oh, faraón, padre mío, a quien deseo larga vida y fortaleza!

He hallado un hechicero cuya magia es más poderosa y asombrosa que cualquiera que hayáis conocido.

El hechicero se llama Djedi y mora no lejos de aquí, en Meidum, donde se alza la pirámide de vuestro padre Sneferu.

No hay en Egipto otro como él: cuenta ya con ciento diez años, y era un niño cuando reinaba Djoser e Imhotep construyó la primera pirámide.

A su edad sigue todavía comiéndose quinientos panecillos al día y la mitad de una vaca, además de beberse cien jarras de cerveza.

Cuando a alguien le cortan la cabeza, él sabe cómo reparar el desaguisado; también conoce los secretos para domar a los leones salvajes del desierto y hacer que lo sigan como perritos mansos.

Asegura haberos conocido; también dice que sabe dónde buscar el papiro de Imhotep, el que tiene las palabras mágicas y encantamientos que hay que pronunciar para que una pirámide esté protegida de las asechanzas del pérfido Set, a quien, de no existir tales protecciones, le encantaría arrasar todos los lugares donde reposan los muertos.

Grande fue el júbilo del faraón Keops al oír esta buena nueva.

—Hordedef, hijo mío —le dijo—, ve tú mismo con la litera real y todos los sirvientes que sean necesarios.

Haz que Djedi, el hechicero, venga aquí a Menfis sin dilación; trátale con la deferencia que emplearías con un príncipe vasallo que viniese a verme a mí, su señor.

Emprende la travesía en el barco real, para que Djedi viaje con toda comodidad y descanso.

Hordedef emprendió la marcha y llevó consigo todo lo que le hacía falta.

Fue ascendiendo por el río, pasó Saqqara y dejó atrás las pirámides de Dahshur.

Llegó finalmente a la pirámide de Meidum, que Sneferu había mandado construir.

Aquí desembarcó el príncipe y emprendió la marcha por la avenida real que llevaba a la pirámide, le daba la vuelta, y proseguía hasta la aldea donde moraba Djedi, el hechicero.

Hallaron al anciano en la penumbra de su casa, tendido en un diván de madera de palma, mientras los sirvientes lo abanicaban y le daban masajes con aceite en pies y cabeza.

El príncipe Hordedef saludó con reverencia al sabio.

—Os presento todos mis respetos, venerable anciano —le dijo—.

¡Oh, hechicero Djedi, a quien deseo se vea libre de las molestias de la ancianidad!

He venido con un mensaje de mi padre, el magnífico faraón Keops, a quien deseo larga vida y fortaleza.

Os ruega que vayáis a verlo a Menfis, donde compartirá con vos lo mejor de su mesa y os deleitaréis con los mismos manjares que cata el faraón.

Ha mandado que os trajera incluso el barco real, para que viajéis descansado y con toda comodidad; también he traído la litera real, de ébano e incrustaciones de oro, para que os desplacéis en ella hasta el barco como hace el faraón; de ahí partiréis entonces a Menfis.

—¡La paz sea contigo, Hordedef, hijo bienamado del gran faraón!

—replicó el hechicero—. ¡Que Keops, el faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza, te otorgue pronto el lugar que te corresponde entre sus consejeros y que te favorezca como mereces!

¡Que triunfe siempre tu ka sobre tus enemigos y que tu bai halle el camino de la justicia, que acaba conduciendo al trono de Osiris en el Tuat!

Sí, te acompañaré hasta donde está el faraón.

Solo pido otra embarcación para todos mis sirvientes y para llevar mi libro de hechizos.

Todo se llevó a cabo siguiendo los designios de Djedi. Cuando llegó el momento, el anciano subió a la barca real, viajó por aguas del Nilo y después fue transportado en la litera real hasta el palacio de Menfis.

Cuando Keops supo que Djedi se hallaba ya en el palacio, exclamó de inmediato: «¡Traedlo a mi presencia!». Condujeron a Djedi por el gran Salón de Columnas, donde le aguardaba el faraón en su trono, con todos los notables del reino a su alrededor.

—¿Cómo es posible, venerable hechicero y señor de los arcanos, que vuestro nombre nunca haya llegado a mis oídos? —inquirió el faraón a Djedi.

A lo que el anciano respondió:

—Solo es posible encontrar si uno busca. Su Majestad me ha mandado llamar, y aquí estoy.

—¿Es acaso cierto lo que he oído, que sois capaz como si tal cosa de volver a unir al cuerpo una cabeza decapitada? —quiso saber el faraón.

—Desde luego que sí —respondió Djedi—, ya que me asiste la magia secreta que llevo ciento diez años aprendiendo.

—Traedme de las celdas a algún reo condenado a muerte —ordenó Keops—. Que venga también el verdugo, y que cumpla con la condena ante nuestros ojos.

Pero Djedi protestó:

—¡Oh, no, faraón, señor mío, que no sea un ser humano! Que le corten la cabeza a otra criatura viviente, que no sea humana.

De acuerdo con sus deseos, llevaron un pato al Salón de Columnas, le cortaron la cabeza y la pusieron en un extremo de la sala; el cuerpo lo dejaron en el lado opuesto.

Djedi susurró entonces unas misteriosas palabras mágicas y, obedeciendo a su hechizo, el cuerpo del pato fue sobrevolando la estancia hasta la cabeza, que también se movía al encuentro del cuerpo, y ambos se encontraron.

Al tocarse, quedaron pegados: enseguida estaba el pato batiendo las alas y graznando con fuerza.

Después trajeron un ganso, y con este sucedió lo mismo.

Luego le llegó el turno a un enorme buey; cuando lo decapitaron, Djedi no tuvo más que pronunciar la fórmula de su hechizo y el buey muerto se levantó con un mugido y siguió dócilmente al anciano, arrastrando el cabestro por el suelo, hasta el otro extremo del Salón de Columnas.

—¡Todo lo que había oído sobre ti es cierto!

—exclamó el faraón—. Djedi, ¡eres el más grande de los hechiceros!

Así que ahora dime lo que ardo en deseos de saber: dónde se halla el papiro en que Imhotep dejó escritas las palabras mágicas empleadas para la construcción de la pirámide de Djoser, así como en la de mi propio padre, Sneferu.

—Está en mi poder revelaros dónde se halla el papiro —respondió Djedi—.

Lo contiene una urna de piedra que está oculta en el templo de Amón-Ra en Heliópolis.

No puedo deciros exactamente en qué recóndito lugar fue depositado.

Pero sé, gracias a mis artes, que solo hay en el mundo una persona capaz de dar con la urna.

Sí, el nombre de esa persona os lo voy a desvelar.

—¡Habla, pues, excelso entre los magos! —exclamó vivamente el faraón—. Tu recompensa será de veras magnífica.

—Esta misma noche —le refirió Djedi— la mujer de un sacerdote de Heliópolis va a dar a luz a tres niños, en los cuales se encuentra el espíritu de Amón-Ra.

Dicha mujer se llama Rud-didet, y será uno de sus hijos el que encuentre la urna…

Andando el tiempo, uno de sus hijos accederá al trono que ocupáis ahora y gobernará Egipto.

El corazón de Keops se llenó de pesadumbre.

—¿No sería mejor, entonces, mandar que matasen de inmediato a Rud-didet antes de que dé a luz? —dijo—. Es imposible que un hijo suyo sea faraón; eso solo es posible mediante ilegítimas argucias.

Pero le respondió el hechicero:

—No os aflijáis, faraón. Vuestro hijo Kefrén os sucederá en el trono, y tras él reinará su hijo Micerino; solo después accederá al poder un hijo de Rud-didet y gobernará el Alto y Bajo Egipto.

Este faraón futuro es el único que puede encontrar y decir las palabras mágicas; si un día llega a pronunciarlas, las tres pirámides que habrá en Guiza permanecerán allí hasta el fin de los tiempos.

Pero si no llega a pronunciarlas, todo lo que construyáis, y lo que mande construir vuestro hijo, y el hijo de vuestro hijo, se vendrá abajo con el tiempo y se lo tragarán las arenas del desierto.

Keops entonces redactó un decreto que ordenaba que los hijos de Rud-didet fuesen a vivir a Heliópolis con todos los honores; si alguien intentaba atentar contra ellos, aunque fuese príncipe de Egipto, sería condenado a una muerte vergonzosa, y su cuerpo sería destruido de modo que el ka pereciese también.

Asimismo, mandó a Hordedef que instalase en el palacio real a Djedi, el hechicero, para que pasase allí el resto de sus días; diariamente le daban quinientos panecillos, cien jarras de cerveza, la mitad de una vaca, y todo cuanto pudiese desear.

Entretanto habían nacido ya los tres hijos de Rud-didet.

Un día, cuando aún eran pequeños, Userkaf, que era el mayor, estaba jugando en el templo de Amón-Ra y encontró la urna de piedra que contenía el rollo de papiro donde estaban escritas las palabras mágicas.

Cuando Userkaf llegó a sacerdote, siendo joven, leyó las palabras en la consagración de la gran pirámide de Keops; cuando llegó a sumo sacerdote de Heliópolis, las volvió a leer en la consagración de la pirámide de Kefrén; y en la consagración de la pirámide de Micerino las leyó como sucesor al trono del faraón.

Cuando Micerino fue enterrado en su tumba, Userkaf se convirtió en faraón de las tierras egipcias, instaurando así la V Dinastía.

En lo que respecta a las palabras mágicas y los encantamientos contra Set, el maligno, parece que han cumplido el papel que el faraón Keops deseaba, ya que las tres grandes pirámides de Keops, Kefrén y Micerino continúan hoy en pie en Guiza, y son la primera de las Siete Maravillas del mundo antiguo; la única que permanece en pie, cinco mil años después.