El loto de oro
El loto de oro
El reinado de Sneferu (padre del faraón Keops, que construiría la Gran Pirámide de Guiza) fue largo, tranquilo y próspero.
En el exterior no había guerras; en el interior los problemas eran escasos.
Con tan pocos asuntos de gobierno de los que ocuparse, al faraón con mucha frecuencia se le hacían interminables las horas.
Caminaba el monarca un día por su palacio de Menfis, desganado y en busca de un placer con que solazarse, pero sin encontrar nada que aliviase su tedio.
Se acordó entonces de Zazamanj, hechicero de su corte, y se dijo: «Si hay una persona capaz de entretenerme y mostrarme nuevos prodigios, ese es Zazamanj, el sabio escriba de los pergaminos. Lo mandaré llamar».
Enseguida partieron sus sirvientes a la casa de la sabiduría y llevaron a Zazamanj ante el faraón.
—He buscado algún solaz por todo mi palacio —le dijo Sneferu—, pero mi búsqueda ha sido vana. Quiero que tu saber ingenie algo que me llene el espíritu de gozo.
—¡Oh, faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza! —respondió Zazamanj—. Os aconsejo lo siguiente: que os embarquéis Nilo arriba hasta el lago que se halla junto a Menfis. Este viaje os deparará múltiples sorpresas si seguís en todo momento mis instrucciones.
—Estoy dispuesto a ver las maravillas de que hablas. Voy a mandar que preparen el barco real —dijo Sneferu—. Pero un viaje por el Nilo hasta el lago no me parece demasiado emocionante.
—No se trata de un viaje cualquiera —le aseguró Zazamanj—.
Tomarán los remos unos personajes como jamás habréis visto antes: como remeras tendrás a unas hermosas doncellas procedentes del harén real; cuando las veáis remar y contempléis las aves que se posan en el lago, con los delicados campos y la hierba verde en las orillas, vuestro espíritu se llenará de gozo.
—Pues sí, esto sí que sería una novedad —le concedió el faraón, que por fin se mostraba vagamente interesado—. Bueno, te pongo al frente de esta expedición. Habla en mi nombre para que te provean de lo que haga falta.
Zazamanj se dirigió entonces a los oficiales y ayudantes del faraón Sneferu y les dijo:
—Traedme veinte remos de ébano con incrustaciones de oro, con palas de madera ligera e incrustaciones de electro.
Para los remos seleccionad a las veinte muchachas más bellas de la corte del faraón; veinte vírgenes que sean esbeltas y dulces, de apariencia grácil y cautivadora, y largos cabellos.
Traed también veinte prendas de tul, de hilos de oro, y vestid con ellas a las hermosas doncellas.
Que se acicalen también con alhajas de oro, electro y malaquita.
Las palabras de Zazamanj fueron puestas en práctica hasta el mínimo detalle.
Sentaron al faraón en el barco real y las doncellas le llevaron remando por las aguas de la corriente hasta llegar al lago.
El espíritu de Sneferu se llenaba de júbilo al ver a tan hermosas muchachas entregadas a una tarea tan poco corriente; le parecía que Osiris había vuelto a reinar en la tierra, que había llegado al cielo y que iba navegando.
Pero una desventura se abatió sobre la feliz y plácida embarcación.
En la saliente popa de la barca real se encontraban dos muchachas gobernando el rumbo, con grandes remos fijos a sendos postes.
De pronto, el mango de uno de los remos pasó rozando la cabeza de la doncella que lo manejaba, y tiró al agua el loto de oro que esta llevaba, como adorno, en la cinta que le sujetaba los cabellos. El loto se hundió hasta desaparecer.
La muchacha profirió un gritito y se inclinó para intentar cogerlo. Al mismo tiempo, cesó de entonar el cántico que marcaba el ritmo a las remeras de su lado de la barca, y todas abandonaron su tarea.
—¿Por qué no seguís remando? —les preguntó el faraón.
—Porque la que nos marcaba el ritmo se ha detenido, y no tenemos quien nos guíe —le respondieron estas.
—¿Y por qué has cesado tú de gobernar la barca y de marcarles el ritmo con tu cántico? —inquirió Sneferu.
—¡Perdonadme, oh, faraón, a quien deseo larga vida y fortaleza! —sollozó la muchacha—. ¡Pero el remo me ha pasado rozando los cabellos y se me ha soltado el precioso loto de oro y malaquita que su majestad me había dado, y se ha caído al agua y lo he perdido para siempre!
—Sigue remando, que ya te daré otro —replicó el faraón.
Pero la doncella no paraba de llorar.
—¡Pero yo quiero ese loto de oro, no otro! —decía.
—Solo hay una persona que pueda encontrar el loto de oro que se halla sumido en las profundidades del lago —respondió el faraón—. Que venga Zazamanj, el hechicero de mi corte, que es quien ha ideado esta excursión. Que venga aquí, al encuentro de mi barca real.
Así que llevaron a Zazamanj otra vez ante el faraón, que estaba sentado bajo un toldo de seda en la barca real. El hechicero se arrodilló y su señor le dijo:
—Zazamanj, hermano y amigo mío, he seguido tus instrucciones.
Mi regia persona se halla de nuevo jubilosa; la visión de estas deliciosas remeras entregadas a su tarea me resulta particularmente dulce.
Mientras cruzábamos las aguas del lago iban cantándome; en la orilla veía los árboles, las flores y los pajarillos, y me parecía estar viviendo días celestiales, bien en tiempos del pretérito gobierno de Ra, bien en el venidero y eterno reinado del buen dios Osiris.
Pero todo esto se ha visto interrumpido cuando a una de estas doncellas se le ha caído un loto de oro que llevaba en los cabellos y se ha hundido hasta el fondo del lago.
Entonces la muchacha ha dejado de cantar y las remeras de su lado ya no podían seguir el ritmo de remo.
Y la muchacha no se consuela con la promesa de otros regalos, sino que no deja de llorar por su loto de oro.
Zazamanj, ¿no podrías hacer tú que la bella joven recupere el loto de oro y que se sequen sus lágrimas?
—Oh, faraón, señor mío, a quien deseo larga vida y fortaleza: haré lo que me pedís —respondió Zazamanj—.
Para alguien de mi sabiduría, lo que pedís es una minucia.
Sin embargo, lo que voy a hacer es un hechizo que quizás no hayáis visto antes y os causará gran asombro: así vuestro espíritu conocerá un nuevo gozo; mi promesa de entreteneros se verá cumplida con nuevos prodigios.
Zazamanj fue a colocarse en la proa de la barca real y comenzó a entonar unos poderosos cánticos y palabras mágicas.
Entonces extendió su varita sobre el lago y las aguas se abrieron como si una enorme espada las hubiera partido en dos.
Donde estaban, el lago tenía seis metros de profundidad; el hechicero hizo elevarse un bloque de agua y lo mandó posarse sobre la superficie, de modo que junto a la comitiva se alzó una pared de agua de doce metros de altura.
La barca real se deslizó entonces suavemente por una rampa de agua hasta el fondo del lago, que estaba vacío.
En la profundidad, cerca de una pared de agua de veinte metros, apareció un gran espacio abierto; el fondo del lago quedó expuesto a la luz del día, tan seco y firme como la propia tierra firme.
Y justo allí, precisamente bajo la proa de la barca real, estaba el loto de oro.
Con un grito de alegría, su propietaria saltó por el borde de la embarcación y pisó el fondo, cogió el loto y se lo colocó de nuevo en los cabellos. Trepando con gran agilidad, volvió a asumir su posición y retomó el remo de dirección.
Zazamanj fue bajando la varita poco a poco y la barca real fue subiendo por la rampa de agua hasta que estuvo de nuevo a nivel de la superficie.
Con otras palabras mágicas del hechicero y un misterioso movimiento de la varita, el bloque de agua volvió a su lugar; la brisa del atardecer hacía ya pequeñas olas en la tranquila superficie del lago, como si nada extraordinario hubiese sucedido.
El faraón Sneferu se sentía exultante y estaba lleno de asombro.
—Zazamanj, hermano mío —exclamó—, ¡eres el mejor y más sabio de los magos! Hoy me has dado a conocer gozos y maravillas sin fin. Tendrás como recompensa lo que desees, y tu rango en Egipto será igual al mío.
El barco real se puso de nuevo en movimiento y fue surcando el lago en la luz apagada del atardecer.
Las veinte hermosas doncellas de tules de hilo áureo y alhajas doradas en forma de loto sumergieron los remos de ébano y plata en el tenue centellear de las aguas, y entonaron dulcemente una antigua canción de amor egipcia:
Mi amada está al otro lado,
a la otra orilla del Nilo;
en las aguas, entre el barro
se agazapa un cocodrilo.
Pero mi amor me traslada
al otro lado del río:
como una palabra mágica,
a su lado estoy tendido.
He andado sobre las aguas
y siempre estaré a su lado;
juntas se hallan nuestras almas
y así el cielo nos es dado.